maneras de los clérigos vagantes o goliardos, de los juglares, forman “Yuntamiento que es fecho d’escolares, trovadores por aver mantenencia, andar las tierras e servir las dueñas dellas con cortesía. Ansí mesmo, es la Tuna escuela de vida, palestra de ingenios, urdidora de ensueños, crisol de amigos nuevos e probanza de los antiguos, fontana de alegrías y honra de las Españas..." (Libro del buen tunar, de Emilio de la Cruz y Aguilar).
El puente de comunicación entre la música de la iglesia medieval y el arte popular fue establecido por los clérigos vagantes o estudiantes en órdenes menores que, de un modo itinerante, irrumpieron por todo el occidente europeo, alrededor, primero, de los cuatro famosos centros de estudio. Salerno, Bolonia, París y Oxford, y más tarde, Palencia, Salamanca, Santiago de Compostela, Valladolid, Lleida y otros centros urbanos. Pero los primeros estudiantes de universidad, no conformes con el ya de por sí estamento privilegiado que le atribuía el fuero estudiantil, se aprovecharon también de la música como instrumento de expansión y de sus inquietudes de juventud, de desenfreno y de burla, de irreverencia y de escándalo a veces. Los comportamientos de los primeros estudiantes universitarios, parte de los cuales son seña del contenido de su música, dieron lugar a continuas advertencias por parte del poder establecido, la Iglesia principalmente, y la propia universidad. Así, la misma Universidad de Salamanca recoge en varias de las filacterias del claustro alto alusiones a las enfermedades y peligros que pueden producirse cuando se lleva una vida desordenada. Tanto así, que hasta el Concilio de Valladolid de 1228 establecía, no ya consejos, sino prohibiciones de que los estudiantes “no sean en compañas do están joglares et trashechadores, el que escusen de entrar en las tabiernas”. Ramón Menéndez Pidal considera la dificultad inherente en la definición de la palabra juglar, y para ello cita a Menéndez y Pelayo, que afirma que la ‘juglaría era el modo de mendicidad más alegre y socorrido, y aquí se refugiaban tanto infelices lisiados, como truhanes y chocarreros, estudiantes noctámbulos, clérigos vagabundos y tabernarios de los que llaman en otras partes goliardos”; finalmente, se reafirma en su definición: “El último tipo afín al juglar es el de los clérigos o escolares vagabundos". El poeta y crítico español Luis Antonio de Villena llega a la conclusión, tal y como pone de manifiesto Miguel Abascal en el Primer Congreso Mundial de Juglaresca celebrado en Madrid en agosto de 1978, de que “actualmente en el ámbito de las universidades españolas, podemos considerar a los grupos de estudiantes conocidos por tunas como los sucesores, con ligeras variantes, de aquellos estudiantes, monjes, universitarios y profesores del siglo XII, que empezaron llenando abadías y monasterios para irse dispersando poco a poco por ciudades y universidades en un continuo movimiento pleno de vida, que une la lengua literaria a la terminología popular, e invade las literaturas románicas y la cultura de la Europa medieval”.
Una buena parte de la literatura picaresca española contiene descripciones de tunos. La pícara Justina habla de un grupo de estos estudiantes a los que llama “Los de la bigornia”, en referencia al sombrero bicornio característico de la vestimenta del tuno. Igualmente hay alusiones a personajes atunantados en obras de Vicente Espinel, y especialmente de Diego de Torres Villarroel, quienes, en opinión de Emilio de la Cruz, reúnen todos los caracteres de un juglar escolar, tañedor de guitarra y escritor, que finalmente acabó como catedrático en la Universidad de Salamanca. Desde la época moderna, la tuna o estudiantina está presente en casi la totalidad de las universidades españolas, ya sea representando a una facultad o escuela universitaria, o al conjunto del distrito de esa universidad. Su composición suele abarcar a una veintena de estudiantes varones que, compaginando sus estudios universitarios, mantienen vivo un legado de cultura medieval, a base de música y canciones que entroncan directamente con el espíritu de alegría juvenil que inspiró a los primeros clérigos vagantes.
Rondas y serenatas
Dado que, en principio, a las tunas no se incorporaban las mujeres, dice la copla popular: “Que en la luna no entren damas /cáusanos tamaña pena, /que nada tan placentero/que una bien plantada nena”. Las principales actividades de la tuna son la ronda o serenata, el pasacalles, así como todo tipo de actuaciones en cualquier acontecimiento social dentro o fuera de la propia universidad, bodas, fiestas, conciertos y demás actividades sociales. Afortunadamente, es cada vez más frecuente la presencia de las tunas en todos y cuantos acontecimientos culturales tienen lugar en su lugar natural: la universidad. Las rondas o serenatas son, sin duda. el aspecto más romántico de las estudiantinas; en este caso, a partir de medianoche y por sorpresa generalmente, o previo saludo escrito, la tuna interpreta debajo del balcón de la mujer a quien se ronda y ante la cual suelen hacerse toda clase de demostraciones de virtuosismo amoroso y musical, canciones generalmente de carácter romántico, o con el nombre incluso de la mujer elegida para la serenata. La ronda suele acabar con una canción de despedida, en un pasacalles donde la tuna realiza diferentes movimientos de varias tilas, en zigzag, caracoleos, y otras más de gran vistosidad, recalcadas por el colorismo de su indumentaria, así como por las cabriolas del tañedor o tañedores de pandereta, y del portador de la bandera o estandarte de la tuna. En la bandera suele ir la mscripcion o lema que define a cada tuna. Sin embargo, y pese al carácter absolutamente romántico de la ronda, esta actividad ha tenido que sortear siempre el afán prohibitivo de quienes han querido suprimirlas. Así, por ejemplo, ya en las Constituciones de la Universidad de Lleida, establecidas por Jaime II de Aragón el 2 de septiembre del año 1300, se hace referencia a los “escolares que andan nochérniegos”. con la Intención de prohibir las rondas nocturnas: "Si vero de nocte...fuerint ... cum musicis instrumentis reperti ... perdant imstrumenta...”. Igualmente, los colegios universitarios también intentaron prohibir las músicas nocturnas; las Constituciones de San Bartolomé, de Salamanca (1414-16), o las complutenses de 1513, recogen siempre el espíritu del Título XXXI de la Partida Segunda, que dice: “Defenderles que non anden de noche más que finguen en sus posadas, e que punen de estudiar, e de aprender, e de fazer vida honesta, e buena. Ca los Estudios para esto fueron establecidos, e non para andar de noche”. De cualquier forma, es de suponer que siendo la noche y las serenatas uno de los quehaceres preferidos desde siempre por los estudiantes de universidad, éstos habrían tomado buena nota de la advertencia que el rey Sabio, Alfonso X, había dictado en la misma Segunda Partida: “De buen ayre el de fermosas salidas debe ser la villa do quisieren establecer el Estudio, porque los maestros que muestren los saberes, e los escolares que los aprenden, vivan sanos en él, e puedan folgar, e rescibir placer en la tarde cuando se levantaren cansados del estudio; el otrosí debe ser abondada de pan, e de vino, e de buenas posadas en que puedan morar e pasar su tiempo sin grant costa”.
Con todo, la serenata se halla descrita en numerosas ocasiones en diferentes obras de la literatura clásica española; por ejemplo, en La tía fingida: “Llegóse en esto la noche, y en la hora acomodada para la solemne fiesta, juntáronse nueve matantes de La Mancha y cuatro músicos de voz y guitarra, un salterio, un arpa, una bandurria, doce cencerros y una gaita zamorana, treinta broqueles y otras tantas cotas; todo repartido entre una tropa de paniaguadores...”. Lope de Vega también hace referencia a ciertos estudiantes que se procuran el buen comer y mejor beber por medio de la música, pero no sin ciertos riesgos: “Salen de camarada y vestidos de noche Alejandro, Mauricio, Riselo, Velardo y Gomecio, con rodelas, espadas y guitarras”. En un momento de la obra, Gomecio advierte a sus camaradas tunantes: “Toma aquesta guitarra, y si por suerte el tabernero llega hacia nosotros, perezca el insensato a espaldarazos”. Las pendencias que los estudiantes tenían que mantener con los alguaciles para salir airosos en las rondas daban a veces lugar a la necesidad de agudizar el ingenio. Muchas veces. la Justicia detenía a los alborotadores, quitándoles los instrumentos. Así lo refleja el famoso Entremés del estudiante, anónimo del s. XVI y editado por Emilio Cotarelo y Mori (tomo 1, Madrid, 1911): “Andaba yo en la rúa enamorado,/de una platera como un ángel bella,/tan necia que había dado en ser doncella/Dio el alguacil de escuelas en quitarme,/una guitarra allí todas las noches/A tres que me quitó pido a un amigo/un galgo que tenía, y de la cola/atele la guitarra por los trastes/Y apenas comencé la seguidilla,/cuando el tal alguacil llega a pedilla./Doy una coz al galgo y al instante,/le dejó la guitarra, y él sintiendo/el son que por las piedras iba haciendo,/aullaba de manera que espantados,/huyeron vara y pluma. Y los criados/contaban que habían visto, esotro día,/un diablo que cantaba y que tañía”. Otras veces, y para burlarse de la justicia, los rondadores o tunantes encordelaban una calle, fingían gritos o pendencias, y cuando acudía el alguacil, éste caía de narices ante las risas de los estudiantes. De todas las formas, los más peligrosos conflictos tenían lugar entre los estudiantes y la justicia del corregidor. En ese mismo instante entraba en juego la defensa del fuero universitario. Los delitos cometidos por los estudiantes, cuando se limitaban al ámbito universitario, caían bajo la jurisdicción del maestrescuela o canónigo encargado de mantener el orden en la universidad. Los estudiantes tenían su propia cárcel, y unas grandes cadenas de hierro señalaban la frontera que la justicia del rey no podía franquear. Pues bien, al fuero estudiantil propiamente, los componentes de la tuna añadían el de su condición de tunantes, lo que les confería, si cabe, mayores ventajas. El fuero estaba muy arraigado entre los estudiantes, y así lo demuestra también la obra que Emilio de la Cruz sitúa entre finales del s. XVII y principios del s. XVIII, Arte tunantesca, y en la que un tuno veterano aconseja a otro novato sobre lo que ha de hacer en el caso de ser detenido por la justicia.
Ante la posibilidad de tantos conflictos nocturnos, no es de extrañar que la universidad hubiese intervenido en la reglamentación de las hospederías para los estudiantes. El rector era la máxima autoridad en cuestión de alojamieitos, tanto en lo que se refiere a los alojados como a los alojadores. Desde finales del s. XVI, la Universidad de Valladolid tomó medidas sobre el comportamiento que los estudiantes debían adoptar en las hospederías. En 1783, una real cédula prohibía la vagancia y, posteriormente, estableció una especie de pasaporte que, con el permiso del rector, servía para la circulación de los estudiantes. Hasta hace muy poco, y con el inicio del curso académico en la universidad, cada tuna solicitaba al gobierno civil de su provincia un permiso oficial para hacer rondas nocturnas y pasacalles, si bien en rarísimas ocasiones era requerido por la autoridad.
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