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Orión - ezine de Divulgación Literaria Cuentos Escogidos de la Literatura Universal www.geocities.com/roland557/ficcion/index.htm | |
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PONIENDOSE SERIOS (cuento) 2da. parte Gordon Weaver
Al fin él se da plena cuenta sobre la quimera y el real sentido de la vida - ha aprendido la lección
Construimos lujosos proyectos de condominios que se vendían tan rápidamente como podíamos construirlos. Tuve primero un hijo y después una hija. En un ala especial de la maravillosa casa de Skokie, vivió mi madre los últimos dos años y medio de su vida. Yo no tenía problema alguno en mi vida, y hasta mi matrimonio era tan bueno como cualquier otro por la mayor parte del tiempo. Cuando mi madre murió, al final de la primavera de 1965, tomé eso como una excusa para ir al norte, al lago Silver: -Podemos ir todos -dije a mi esposa-. A los niños les gustará, y hasta a tí quizás te guste. Podemos combinar negocios con placer. -Eso es asunto tuyo -dijo ella. -No puedo vender la casa sin estar allí -dije-. Esos chicos de bienes raíces del campo me robarían como a un ciego. -No voy empacar a toda la familia como carga para transportarlos por tan largo camino. -Tengo que ir. No puedo manejar eso a larga distancia. -Haz lo que tengas que hacer. -Siempre hago lo que creo, es por eso que ssoy tan bueno en el trabajo. ¿No lo notaste? Mi esposa y yo nunca hablamos acerca del fracaso de nuestro matrimonio, era un asunto muy serio y deprimente. Supongo también que ambos pensábamos que nuestro fracaso mejoraría si es que lo dejábamos así como estaba, sin mencionarlo para nada por un largo tiempo. Un lago por su naturaleza no cambia. El nivel del agua puede subir o bajar un poco de año en año, pero mientras yo estaba de pie en el acantilado del lago Silver, la luna todavía brillaba sobre la superficie, la brisa agitaba las copas de los pinos en la parte alta y detrás de mí. La otra orilla al extremo, estaba quieta con las luces aun encendidas. Debido a la oscuridad, esa noche no me di cuenta de la pintura descolorida que tenía la casa de verano; tampoco noté las agujas de los pinos recostados contra la casa por el hielo del invierno. Los restos de nuestro muellecito estaba hinchado y roto, también por la acción del hielo; pero adentro las paredes soportaban la mohosa humedad del invierno enclaustrado, tal como yo lo recordaba por las veces que llegaba después del día de los caídos años atrás. En el interior todo estaba en su lugar, aunque pegajoso al tacto debido a los años de abandono pero todo entero y en buen estado. La música todavía venía de la hosteria Silvercryst, como antes, pero más fuerte y voluminosa que nunca, que llegaba a superar el sonido que hacía el agua al golpear en la playa repetidamente, por la parte baja del risco. La hostería estaba atestada de gente, el bar, el comedor, la nueva ala que daba cabida a un segundo bar y sandwichería. Más allá una tiendecita de artesanía para regalos. La música la ponía un hombre vestido de smoking y corbata de cinta que hacía sonar un piano-bar y se acompañaba con una máquina a la que manejaba por medio de un pedal de pie. Cuando los parroquianos gritaban por repeticiones desde el comedor o el bar, una mujer en el piano-bar, se inclinaba hacia él para susurrarle el pedido; él escudriñaba las teclas, sonreía y movía la cabeza afirmativamente cuando conocía la canción. Con el pedal de pie él proyectaba en una diapositiva la letra de la canción sobre un pequeño ecran colgado en la pared al extremo del salón. El proyector era una sola pieza con el piano bar y su luz iluminaba un letrero sobre el piano-bar que decía: Little Freddie Kay. El barman era un hombre casi de mi edad. La gente lo tenía siempre ocupado, pero no tanto como para no aceptar los tragos que le eran ofrecidos cuando alguien le ordenaba una ronda. Era de tipo delgado con pelo muy negro, largas patillas, un gran bigote y una perilla tan negra que parecía pegada en su mandíbula. Tenía puesta una camisa blanca con pliegues, un chaleco de satén rojo, y una afectada ligazón roja en sus muñecas para mantener los puños de su camisa libre de las salpicaduras. Usaba una corbata tipo lazo de coronel, poniendo a prueba una costumbre del oeste de los años 1890. -¿Dónde está el patrón? -le pregunté en vozz alta para que pueda oírme. Little Freddie Kay accionó el pedal del proyector y la gente cantó junto a él "On the road to Mandalay." "K-K-K-Katy." "Down by the Riverside". -Yo mismo soy -dijo sonriendo el barman. TTenía unos ojillos pequeños y profundos, tan negros como su chiva, pero muy vivos, como si alumbraran indirectamente igual a la parte posterior de su bar. -¿Y Guy Roland? El sonrió nuevamente y dijo: -Estará con nosotros pronto. -¿Es usted el nuevo dueño de este lugar? -¿Es usted amigo de Guy? -me preguntó el nuevo dueño de la hostería Silvercryst en un momento que se detuvo a mi lado. Cuando sonrió, sus blancos dientes se notaban más blancos contrastados con su gran bigote y chiva. Yo tenía ganas de extender mi mano y arrancarle la chiva, pero sus blancos y puntiagudos dientes me daban la impresión de que eran los de un perro gruñendo. -Lo conocí hace bastante tiempo atrás. -Ahora Guy es un hombre que puede beber, beber y beber con usted -dijo el nuevo dueño, y continuó: -Aunque ahora él es solo un "bebedor medido" -El sacudió su cabeza y cambió su alegre sonrisa por una más triste. Little Freddie Kay cantó "Waltzing Matilda" y "Roll Me Over in the Clover" y el rugido del gentío lo acompañó. Quedé a la espera preguntándome a mi mismo por qué en vez de estar allí no estaba al lado de mi familia, en mi maravillosa casa de Skokie, luego me acordé de mi padre que me dejó cuando yo tenía 14 años y de mi reciente fallecida madre. De rato en rato, al mirar hacia afuera por la gran pintura de la ventana, atravesando las reflecciones en los grandes cristales térmicos, veía la playa opuesta, pero era incapaz de sacar algo en claro de todo ello. Little Freddie Kay y la gente cantaron "There'll Be a Hot Time in the Old Town Tonight." En el preciso momento en el que Guy Roland entraba al salón, se cantaba "Row,Row, Row Your Boat." Recordé su bebida, pero él ahora solo era un "bebedor medido" Se sentó al lado de los cantantes que entonaban "Danny Boy", él se sentó en medio de los cantantes y grandes bebedores, se mantuvo tan quieto como si estuviera solo en el gran salón. No llamó ni hizo señas al barman para que lo atendieran. Se sentó en su silla de patas altas mirando de frente pero a nada, o quizás a algo que estaba en el cristal de la ventana con la pintura que se suponía estaba encuadrada una vista del lago Silver. El miró detenidamente como lo hace un hombre que solo está viendo lo que piensa. Cuando el nuevo dueño de la hostería de casualidad miró hacia donde estaba Guy, éste levantó un dedo, hizo el movimiento de un beso seco (como quien pronuncia la palabra inglesa beer) con sus labios para ordenar la cerveza ahora que solo era un "bebedor medido" Esperé un momento antes de acercarme a él para hablarle, para tratar de conseguir dos cosas simples y claras para mi. Una era que yo no nunca más podría imaginar el pasado. La otra era que no tendría dificultad alguna en imaginar el futuro. No pude imaginar más al capitán Guy Roland del cuerpo aéreo del ejército, regresando de la guerra mundial. Lo recordaba claramente, lo tenía como si fuera una fotografía en un álbum, y yo estaba en esa foto, pero eso solo era algo que recordaba. No podía más imaginar a Guy Roland yendo y viniendo, yendo y viniendo en su convertible de dos puertas a todos los extensos veranos de mi propia temporada de maduración. Recuerdo su auto deportivo, y la piel bronceada de las chicas, sus amigos con sus camisetas mostrando desteñidas letras griegas, el olor a loción de broncear transportada a mí por la brisa, la música de su radio portátil; aunque eso es solo otra pintura. Habían muchas chicas lindas en el nuevo bar de la hostería, del tipo de Sue que arrancaba las etiquetas de las botellas toda una noche en ese mismo salón diez años antes, pero ahora yo no podía imaginar a Guy Roland en ningún otro sitio previo a ese momento. Al verlo tomar su cerveza, lentamente mientras Little Freddie Kay conducía a la gruesa voz del público en "Oh, Susannah." Lo que sí saqué en claro al mirarlo desde mi sitio en el bar, antes de acercarme a él para conversar, era que el tiempo y el cambio son hechos irrefutables, válidos para todos nosotros. El tiempo y el cambio son los temas de lo que tratamos cuando hablamos sobre el futuro... el futuro sobre lo que queremos para nosotros mismos en la vida. Estos son los hechos de la vida. Pronto él tendría, yo me imaginaba, el moño blanco merengue de su padre. Su pelo rubio ya mostraba pinceladas de rayos plateados que captaban la luz. Usaba el pelo más largo, muy a la moda, alisado con algún componente a base de laca para mantenerlo bien peinado. Su cara había engrosado insinuándosele una papada y una doble mandíbula. Con los años Guy se había vuelto corpulento. Sus mejillas y la punta de su nariz estaban encendidos, signo de los años a no dudarlo, desde épocas cuando aceptaba cada trago que le era ofrecido. Sus recientes años de cauteloso beber no le haría volver la alegría de la juventud. Sus ojos azules todavía brillaban como los ojos de un chiquillo después de lloriquear. -Es mi turno para pedir la próxima ronda -lle dije al acercarme a él. El me reconoció inmediatamente. -Estoy doblemente condenado -dijo. Su apreetón de manos era todavía sólido, y su voz firme. Era como escuchar un disco que mantenía su fidelidad después de años de guardado. -Tu dinero no vale aquí - dijo extrayendo dde su bolsillo un fajo de billetes. El nuevo dueño se acercó a nosotros y exclamó: -¡Vaya con este bebedor poquito a poco! Fuui testigo de los días en que te desafiaría a tomar vaso por vaso hasta hacerte decir basta, no puedo más. -Una verdadera mierda -dijo Guy cuando el nnuevo dueño se alejó de nosotros. -¿Por qué vendiste? -le pregunté. El respoondió con una de sus risas que le salían muy fácilmente las veces que quería dar a entender que una cosa ya no le era muy divertida y dijo: -Seis de uno, media docena del otro. Yo aggarré tanto que nunca más tendré que trabajar un solo día de mi vida. Mi viejo siempre me decía que yo no tenía cabeza para los negocios y que todo lo que yo necesitaba para probarlo era unas cuantas temporadas. Yo miré a la puerta para asegurarme de que había un camino libre para maniobrar con mi pierna tiesa en caso que tuviera que escapar de allí apresuradamente. -La cosa esta -dijo él señalando su vaso dee cerveza-, me fue envenenado por años. Lo sorprendente es que empecé a mejorar una vez que me deshice de este lugar. Estoy de dos a tres semanas bebiendo así, de a poco, y no toco nada de cosas fuertes. Aprende a cuidarte, es mi consejo -dijo Guy achinando los ojos, riendo y moviendo la cabeza en aprobación a mi trago. Luego agregó: -Un hombre puede terminar como la señorita Peaches: Creyendo que parte y no se da cuenta que ya está a medio camino del infierno. -Estaré alerta -respondí convencido. Entonces me comentó que la señora Peaches Roland vivía en el sanatorio al sur del estado. Yo le conté que mi madre había muerto, y que yo había venido de Chicago para vender la casa de verano. -Véndela, véndela -dijo Guy-. Toda la partte frontal del lago pasó a otras manos. Puedes venderla en un minuto. Usa tus sentidos. Deshazte de ella ahora que la zona está bien cotizada. Le dije que lo haría no obstante haber tomado en ese momento la decisión de hacer lo contrario. Le conté que estaba casado, y lo puse al tanto sobre mi esposa, mi hijo y mi hija en la maravillosa casa de Skokie, Illinois; le conté también sobre la construcción de condominios que se vendían a la misma velocidad como podíamos construirlos, mi suegro y yo. Mientras yo le hablaba su mirada parecía como perdida en la nada, se pasaba la lengua por los labios y saboreaba la cerveza. Evitó decirme que estaba soltero, que no hacía nada porque no tenía por que hacerlo. Pero yo podía leer su mente tan claramente como si Little Freddie Kay lo estuviera diciendo entre las líneas de sus canciones de su ecran. Antes de irme, le pregunté: -Guy, ¿recuerdas a aquella muchacha, Sue? -Sue nosecuanto. Ella andaba contigo por aaquí, hace años. -Sue -repitió él, tratando de ver algo en lla vacuidad del aire frente a él-. Dos veces maldita sea si me acuerdo -dijo. Luego se me ocurrió preguntarme a mí mismo ¿porqué no debió haber sido su memoria mejor que la mía? Pasaron otros diez años y para ese entonces las cosas se presentaron muy diferentes. Cuando mi suegro murió, comenzaron los problemas en el negocio de la construcción. El había dejado en el negocio menos de lo que creí debiera haber sido. La construcción empeoró para todos, casi nadie podía pagar el valor de los condominios. No pude conseguir dinero fresco de los bancos para construir más. Todavía no estaba tan mal la situación hasta el día que que mi esposa se divorció de mi y se apoderó de casi todo lo que quedó. Tuve que salirme totalmente del negocio de la construcción. Ya no vivía más en la maravillosa casa de Skokie, ni veía más a mi ex esposa ni a mi hijo ni a mi hija. Tuve que viajar hacia el lago Silver en pleno invierno para vender la casa de verano porque necesitaba urgentemente el dinero ya que estaba casi en cero. Guy Roland me había puesto en contacto con un corredor de bienes raíces llamado Harley Eagan, que, según me escribió Guy, manejaba la mayor parte de la parte frontal del lago, que fue comprado y luego vendido por esos días. Por un momento casi quedé ciego debido a la nieve; mis ojos lagrimeaban por el fuerte viento al momento de entrar al bar Silvercryst. Golpee la planta de mis pies, ya sin nieve, contra el suelo, eso me hizo sentir nuevamente mis dedos, luego tosí al recibir el aire caliente. Cuando me quité el sobretodo, fue como quitarse el aire frío invernal para cambiarlo de repente por un clima de finales de primavera. Harley Eagan, Guy y el nuevo dueño de Silvercryst junto a otro hombre más, que no sé quien era, me esperaban. Me di cuenta que habían abierto el Silvercryst sólo por mí. -Chequeen su carnet de identificación. Sóllo miembros -dijo el cuarto hombre. -¡Bienvenidosbienvenidosbienvenidos! -dijo el nuevo dueño. -¡Es mi visita! -dijo el hombre que debió sser Harley Eagan, el corredor de inmobiliarias. Ya conocía su voz por haber hablado con él por teléfono. -Denle al hombre un vaso -dijo él y agregó:: -Está por congelarse y morir por tanta expoosición al frío. -No tien'e tarjeta e socio, no trag', no 'aay trag' aquí -dijo el hombre que yo no conocía. -Póngase bien, mayor -le dijo Guy Roland-. Este hombre es un héroe de guerra. Ví las cicatrices con mis propios ojos. Era como una especie de club. Sequé mis ojos con mi pañuelo, y, temblando tomé el whiskey con ellos para calentarme por dentro. Ellos pertenecían a un club de hombres que se reunían diariamente en el bar de la hostería durante todo el invierno para beber. Creo que todos estaban medios locos. -Necesito ver esas cicatrices -dijo el mayoor, de quien nunca supe su nombre. El era un mayor retirado del ejército, los otros lo llamaban mayor a secas, y casi nunca ponían atención a lo que él hablaba, ni le respondían. Usaba su corte de cabello al estilo militar, y bebía más que cualquier otro. -Tápale la boca con un mantel del bar -dijoo Guy Roland al nuevo dueño de la hostería. -Esconda su cara, mayor -le dijo el nuevo ddueño-. No se preocupen por el mayor, él es muy buena gente, tomará sus tragos bajo la mesa -el nuevo dueño no había cambiado. Bajo el triste tono gris de la luz que penetró por la ventana congelada, apareció mejor el negro azabache de su pelo, su mostacho y chiva mostrando con más notoriedad que antes el tinte empleado. Se había quitado el chaleco y la corbata de coronel porque en invierno no tenía clientela. Sus ojillos aun estaban vivarachos, y sus blancas manos nunca temblaban cuando servía tragos o prendía un cigarrillo. Su encendedor tenía una flama muy alta, y cada vez que lo utilizaba los parroquianos se reían. -Lanzallamas -dijo el nuevo dueño volteandoo y volviendo a prenderlo a la vez que le gritaba al Mayor: -¡Hey, mayor lanzallamas! Cuando iba a hablarle a Harley Eagan sobre su participación en la venta rápida de mi casa de verano, él me dijo: -No hace daño mezclar un poquito de alegríaa con el negocio, señor -después se dirigió al nuevo dueño: -Pon la próximo ronda en mi cuenta, compañeero. Harley Eagan me trajo el recuerdo de mi ex suegro ya fallecido. El difunto no era alcohólico, pero igual que Harley Eagan, le gustaba oler aguas de colonia, cremas de afeitar, pastillas medicadas las cuales un alcohólico exitoso utiliza para enmascarar el tufo. Se vestía muy bien: saco de tweed y chaleco, gemelos y prendedor de corbata de oro, reloj de pulsera de esfera digital y su gran anillo masónico. Exhibía también un peinado pasado de moda, cuando me le acerqué lo suficiente pude observar que tenía puesta una fina redecilla pegada a la frente, el cabello castaño artificial se notaba al contrastarla con el gris de su verdadero pelo sobre la oreja, mirándolo por la parte posterior de su cabeza. -Necesito vender -le dije. -La mucha ansiedad, señor, lo conducirá a una derrota, lo sé. -Póngale atención -me dijo el nuevo dueño refiriéndose a Harley Eagan-. Le está hablando el más rico de los catadores de licor en este y otros tres condados. Y también es socio fundador de la Sociedad de Borrachos del Lago Silver. -Me estas viendo en lo que considero mi verdadero elemento -dijo Guy Roland. El ahora pasaba de los cincuenta, era diferente pero igual a la vez. Era exactamente igual a como yo lo hubiera imaginado si es que lo hubiera intentado antes de ese momento. Su pelo había tomado la forma del moño blanco de su padre manteniendo sobre sus cejas un fleco al parecer con laca. Y había ganado mucho peso, pero él sabía disimularlo usando una bata de paisano, parecida a la que su mamá Peaches Roland usaba para cuidar sus flores. Tenía puesta una gargantilla de perlas, pantalones de denim y mocasines marrones. -¿Cómo le va a tu mamá? -La va pasando de acuerdo al tiempo -responndió. -Pensé que eras bebedor de a pocos solamentte de vez en cuando -le dije al ver que sorbía el whiskey de a poquitos. -Está en sus días más importantes de beber ¿comprendes? -dijo el nuevo dueño. -Me enfermaría si tratara de vivir a ";secas" -dijo Guy. -Esta época es tan brava que tenemos que teener agallas para poder respirar -dijo el nuevo dueño. Luego se escuchó la voz del mayor que decía: -Lo confieso: nunca derramé una gota de mi sangre por nuestra bandera. -En los inviernos miento poco -dijo Harley Eagan, golpeándose la sien con su dedo índice, como si allí dentro hubiera un delicado mecanismo que con el golpe preciso lo estuviera sincronizando. Y prosiguió: -En primavera me pongo muy activo. Hago producir la propiedad del lago como un cobrador armado. Me avergonzaría decirle al cobrador de impuesto la cantidad de comisiones que me meto al bolsillo. -Jesús ha llorado -dije sin dirigirme a ninguno de ellos. Guy intervino: -Y bien, ¿cómo se siente uno al pisar de nuevo en su propio terruño después de tiempo? Pude notar a través de la ventana térmica como que el cielo tenía un techo bajo y oscuro que prometía nieve. Traté de penetrar esa oscuridad para ver al lago, pero debí imaginar las oleadas de nieve soplando sobre el hielo, carreteras, cabañas heladas de pescadores, la línea exacta de la playa opuesta oculta por la capa de nieve, los oscuros árboles... El comedor estaba cerrado, el piano bar cubierto por una manta. ¿Qué pasó con Little Freddie Kay? -me pregunté a mí mismo. -Me iré al infierno si tratara de mantenerme sobrio todo un invierno aquí -dijo Guy. -Podría vender queso "Cheese Box" en primavera -dijo Harley Eagan. -Para hacer vida militar se requiere una especial estirpe de hombres que soporte esa vida -seguía hablando el mayor. -¿Qué les parece si el próximo año me encierro aquí yo solito, y reduzco yo solito el inventario en mi soledad? -dijo el nuevo dueño, y continuó: -¿Entonces, qué harán ustedes para reír, buscadores de trago? Mayor, ¿usted se volvería completamente loco, nos es así? Seguí pensando que Jesús lloraba. Pensé en la gente que había conocido a lo largo de mi vida y que ya estaban muertos, pensé en mi ex esposa, en mi hija y mi hijo que se habían apartado de mí, y como es que cuando yo los volví a ver fueron diferentes, tan diferentes como si fuesen nuevas personas a las que acababa de conocer. La gente que se había apartado de mí, era como toda la gente que ya había muerto. Luego pensé en las casas veraniegas del lago Silver, todas cerradas hasta el final del invierno, vacías, oscuras. Pensé que el lago helado se había convertido en la extensión plana de un cementerio, todo abandonado al fr{io, al viento, a la nieve... Afuera empezaba a oscurecer. Los cuatro hombres, cinco conmigo, éramos como los últimos sobrevivientes, penitentes arrejuntados para que nos llegue el último calorcito de las últimas llamas, y rogando desde nuestros altos asientos, esperanzados en las primaveras y veranos que ya casi habíamos olvidado, y que solo los recordamos a modo de afiebrada ensoñación. Cerré mis ojos y traté de olvidar todo acerca de cada cosa del pasado habidos en mi cabeza. Debí haber dicho algo porque Guy lo escuchó y me dijo: -No tomes la vida tan en serio. Ni siquierra es algo permanente. Abrí mis ojos, respiré profundo y sacudí mi cabeza para asegurarme de que no fuera el whiskey el que me hiciera hablar. Dije: -Bueno, la vida es seria para mí. -No. No lo es -dijo Guy terminando su bebida y colocando el vaso en el mostrador para que le volvieran a servir. -Conozco mejor las cosas -dije. -No. No las conoces -dijo él, levantó su nnuevo vaso de whiskey, achinó los ojos como para ver la ventana a través del líquido y tratar de divisar la oscuridad del invierno allá afuera. -Aun cuando ahora no fuera así, antes lo hice bien -dije. Guy sorbió un trago, apretó sus labios, sacudió su cabeza como si estuviera manteniendo el licor en su boca y lo revolvió con su lengua. Pero no. No fue exactamente así, lo reconocí y dije: -Al menos fue así para mí en una época. El miró nuevamente a la ventana, dio otro sorbo y movió la cabeza. Pero no, pensé mejor, no era justo para mí y agregué: -¿Entonces, para que hablamos tanto del asunto? -Él se encogió de hombros. Salí del local tan pronto como pude. Establecí en mi mente la pintura de ellos allí, juntos, medio desquiciados; pero yo estaba y no estaba en esa pintura y solo me quedó partir. Me senté un buen rato en el carro, pensando mientras el motor y la calefacción alcanzaban su temperatura. Seguí pensando sobre el mismo asunto en todo el camino de regreso a Chicago, por esa súper carretera tan traicionera en esos momentos debido a los remolinos de nieve y los trozos de hielo que se habían formado. Podía esperar hasta la primavera para vender la casa de verano en mejor mercado. Súbitamente se me vino a la memoria toda la gente viva y muerta que conocía, y también pensé en la gente viviente como Guy Roland, que ya estaba muerto; y también pensé en toda esa gente que se había apartado de mí en vida al igual que los muertos. Luego recordé a toda la gente viviente que conocía y que todos tenían que morir, cuando murieran, o antes que murieran. Conduje a poca velocidad para no preocuparme por la carretera. No prendí la radio, ni traté de leer los paneles verdes y plateados colocados a lo largo de la carretera, donde aparecían los nombres de todos los pueblos de Wisconsin por donde estaba pasando, de ese modo podía pensar mejor sobre todo el asunto, y sobre mí mismo. Traté de decidir si yo era un ser viviente o un muerto en vida. Si yo estaba vivo, ¿esperaría todavía morir para dejar de existir? o si yo ya estaba muerto, ¿cuándo había sucedido eso? ¿Cuánto tiempo había yo vivido? Estas son cuestiones muy serias. No las pregunto con ligereza y sigo buscando las respuestas. FIN |
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