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Orión - ezine de Divulgación Literaria
Cuentos Escogidos de la Literatura Universal
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IVC Inc.

PONIENDOSE SERIOS

(cuento)

primera parte

Gordon Weaver

Cuento realista de largo aliento que va desarrollándose
como una película en la mente del lector - este es el mejor relato de Weaver.

PCs y componentes
TigerDirect

Ayude a proteger
animales en abandono

World Society for the Protection of Animals
Cuando el capitán Guy Roland del Cuerpo Aéreo del ejército regresó de la guerra, lo hizo en un automóvil deportivo Lincoln Zephyr. Llegó subiendo por el risco que da exactamente al lago Silver e hizo sonar su bocina una y otra vez para anunciar al mundo que había regresado. Se recostó un poco en el auto para lanzar los largos bocinazos que iban al lago Silver y rebotaban como ecos. Su llegada se sintió por todo el bosque de pinos, y nos dejó inmóviles a todos justo en el sitio donde estábamos, como si hubiéramos escuchado la sirena antiaérea.

-¡Qué diablos es eso!- gritó mi padre.
Mi mamá dejó de accionar la bomba del agua proveniente del lago, la jarra en una mano, el manubrio de la bomba en la otra.
-Creo que el chico Roland ha vuelto -dijo ella volteando la cabeza para mirar a través de la ventana enmallada.
-¿Adonde vas? -me gritó mi padre.
-Quiero verlo.
-Déjalo ir -le gritó mi madre.
Antes de que la puerta de malla se cerrara tras de mí, escuché que mi padre dijo:
-No estoy en mi sitio para insistir en cojudeces.
El capitán Guy Roland seguía tocando el klaxon de su Lincoln Zephyr, sus padres cerraron el bar y el restaurant de la hostería Silvercryst para ir a su encuentro. Toda la gente que había en el restaurant y en el bar salió con sus vasos y botellas en las manos. Uno de ellos le dio una botella de cerveza con la que el capitán Guy empezó a hacer saludos, mientras que con su mano desocupada rebuscaba en su mochila cilíndrica. La gente se saludaba entre ellos.
El sol se escurría a través de las bamboleantes copas de los altos pinos noruegos, y marcaba nuestra posición allí donde estábamos, en el risco de la cabecera del lago. Una ligera brisa rozó el agua del lago y la hizo encrespar, las salpicaduras reflejaron tonos brillantes como chips de diamante que alumbraban festejando el regreso del capitán Guy Roland. La señora Peaches Roland besó a su hijo en la mejilla, en su oído, y en su cuello, manteniendo siempre su cigarrillo alejado de su cara. Ella llevaba en la otra mano un vaso helado de Collins y dijo:
-Bebe, mi bebé -y lo besó nuevamente. Pude ver que ella le había dejado huellas de lápiz labial sobre el lado izquierdo del cuello y la mandíbula. El siguió apretando manos a todo el que se le acercaba mientras su madre lo seguía besando.

El señor Roland se dio la mano con su hijo, y también estrechó la mano a todos los que habían salido del bar y del comedor, luego dio unos pasos atrás y se paró bajo una sombra, siempre sonriente. El señor Roland observaba la escena sin dejar de dar vueltas al hielo que estaba en el fondo de su vaso. El capitán Guy Roland me estrechó la mano.
-Nuestra casa de verano es la puerta quee sigue a la de tu hostería -le dije. Creo que él respondió que estaba de maravilla o que era magnífico o algo por el estilo. Los besos de la madre siguieron y también los apretones de manos con más gente que seguía llegando. El sol nos marcaba en el sitio. La brisa hacía bambolear las ramas de los pinos noruegos, y hacía sacudir las cabezas multicolores de los rascamoños, marigoles y malvas que la señora Peaches Roland cultivaba en la andenería, sobre la falda que bajaba del risco. El viento sobre el lago Silver hacía que el agua movida nos re-enviara intermitentemente rayos de sol hacia lo alto, donde estamos, como si fueran pedazos de papel aluminio que me hacían recordar la época que yo solía juntarlos para ayudar en la guerra.
El capitán Guy Roland le dio a su madre una cajita de madera que contenía un anillo. Este era de plata, con engaste de piedras claras; la cajita era rojiza oscura forrada en su interior con una seda púrpura:
-Esto es de Manila -dijo él-. Allá los diamantes cuestan apenas una fracción de su valor real.
-Mi bebé -dijo la señora Peaches Roland besándolo y descargando sobre su cara una bocanada de humo. Ella llevó la cajita abierta mostrándola a todos los presentes, la hacía cambiar de ángulo para captar el sol y así hacerla resplandecer; junto con la cajita tenía también que sostener con sus delicadas manos, su cigarrera de cuero y su vaso Collins vacío.
El dio a su padre una espada japonesa corta. La funda laqueada tenía adherida una orla con cordones trenzados, y Guy nos mostró como es que se abría por la mitad en la que había un trozo de papel de arroz muy fino con una caligrafía arácnida.
-Puedes hacerte el hara kiri con esto -dijo a su padre-. En el papel están escritas oraciones en favor de tus ancestros para que vayas directo al cielo después de hundírtela.
-Malvado -dijo el señor Roland a la vez que desenvainaba la espada, luego tocaba el filo con la yema del dedo. El cigarrillo en su boca lo hizo bizquear luego tosió manteniendo siempre la espada en sus manos.
-Cuélgala en la chimenea -le dijo Guy y me dio una gorra del ejército japonés y una talega de moneda de ocupación que también provenía de Filipinas. Me dijo:
-En Manila podías comprarte un buen momeento de diversión con este dinero.
Permanecí allí observando la escena hasta que el señor y la señora Roland abrieron nuevamente la puerta del bar y todos volvieron dentro de la hostería Silvercryst.

Estos recuerdos no son detalles vívidos para mi. Más bien, después de treinta años que han pasado desde esa vez, ello solo significa para mí algo así como una pintura, un grupo de gentes congelados en mi memoria como si fueran estatuas: monumentos en honor a la gente, el lugar, la guerra mundial. Puedo observar ese cuadro siempre que quiero, pero para mí no tiene vida.

Estamos colocados cada uno en su lugar, en la grama, cerca del enorme Lincoln Zephyr. En el exterior del bar restaurant de la hostería Silvercrest, marcados por sol que penetra por las copas de los árboles de pino. Estamos congelados en el lugar, colindante con el borde del risco de la parte alta del lago. Por la ladera, descendiendo hacia la playa, las hermosas flores de la señora Peaches Roland, florecen. El agua golpetea la pared del muelle y los botes amarrados, besan la arena de la playa e iluminan nuestra escena con los reflejos del sol, chillante como una sirena antiaérea. Soy parte de ese cuadro y sin embargo me siento fuera de él. Es la visión que tengo del tiempo y lugar de mi infancia, pero después de treinta años, su significado para mí no es más que eso: una visión.
El capitán Guy Roland es el centro de este cuadro. Su gorra la tiene puesta tirada hacia la parte posterior de la nuca, y su moño estilo pompadour está bien peinadito como de esos modelos sacados de figurines. Sus barras de capitán lucen brillantes, sus alas plateadas de piloto deslustrada. Al lado izquierdo de su pecho, están las mudas tramas del mismo color que sus cordones y citaciones prendidas en la casaca de oficial; las barras doradas y planas, prueba de su servicio en combate, adornan los puños de la casaca. Los pantalones de su uniforme, apenas una sugerencia de rosado, tienen la raya al medio bien definida; la puntera de sus zapatos cordobeses, brillan por la lustrada al espejo. Puedes conseguir diamantes por una fracción de su valor, dice él, y Coloca la espada sobre la chimenea, y Podías comprarte un buen momento de diversión con ese dinero.

Mi mundo en ese tiempo de mi infancia y adolescencia, es ni más ni menos mi visión de todo ello, y este cuadro es mi visión, este tiempo y espacio... esta gente.
-Mira -le dije a mi padre cuando volví a la casa de verano-, es dinero de la invasión.
-Con eso, más una moneda de a un centavo te puedes comprar una taza de café -respondió él.
Repliqué:
-Creo que él fue un piloto
-Yo también volé en un Spad en Fort Silk, Oklahoma -dijo mi padre-. ¿Sabías eso, ah?
-Volaste de ida y vuelta a Texas porque no podías conseguir licor en Oklahoma -dijo mi madre.
-Otra chismería de precinto -dijo él.
-¡Hubieras visto qué espada!
-Para buena o mala suerte una noche de tragos ese diablo se cortará la garganta con ella y morirá desangrado -dijo mi padre.
-¿Quieres callarte? -mi madre gruñó.
-No lo haré hasta que no sea tratado conn cortesía.
Intervine y dije a mi padre:
-El le regaló a su mamá un anillo de Manila.
-¿Sabes por qué todos la llaman Peaches (melocotones)? -dijo él-. Porque es bella y está madura para recogerla.
-¿Por qué no tienes cuidado cuando le haablas? le dijo mi madre pero mi padre no le contestó.
-En Manila puedes gastar esto como una mmoneda de a de veras -dije.
-Sácate de la cabeza esa porquería -dijo mi madre-. Solo Dios sabe de dónde ha salido eso.
-Y El no debió decirle esas cosas -dijo mi padre.

Tras su divorcio, mi padre se fue a vivir en Minneapolis y se volvió a casar. Me escribió cartas con regularidad, yo contestaba las veces que no podía resistir las presiones de mamá para que lo haga. Ella decía que, después de todo, él era aun mi padre, no obstante habernos abandonado. En mis cartas yo le decía que sí, que estaba trabajando fuerte, que iba bien en el colegio, y que me comportaba muy bien, que yo era una ayuda no una molestia para mamá. Yo estaba en el lago Silver divirtiéndome por el verano. Y no mentía, pero eran cosas que tenía que decir para agradar a mis padres.
Recuerdo bien ese verano como el que me la pasé vagando, bajo las sombras de los pinos o mas allá, en algún rincón de la playa, fumando cigarrillos, observando, saboreando mi aburrimiento y llenándome de envidia.
En 1950 Guy Roland manejaba un Ford custom convertible. Fue aquel verano en el que me aficioné a las camisetas en "T", cuando tenía que ir a casa a comer o dormir, llevaba mis cigarrillos acomodados en un paquete, escondidos en la parte superior de mi media. Usaba jeans, caídos sobre mi cadera, los zapatos eran negros con puntera; mi cabellera larga a los costados y atrás, corta en la parte delantera. Era la temporada de verano en el que decidí abandonar la idea de odiarme a mi mismo por mi aburrimiento y resentimiento. Detestaba todo lo que por casualidad llamaba mi atención... excepto lo referente a Guy Roland.
Su padre aun administraba el Recreo Silvercryst, y podía ser visto apoyado en la veranda del restaurant, trago en mano, hablando de bienes raíces con gente que llegaba a comprar parcelas de tierra en la parte frontal del lago que él vendía. Era un hombre inmaculado, su pelo, era solo un moño parecido a un merengue blanco, tenía la camisa bien planchada y camiseta casual con pliegos acuchillados. Guy llevaba zapatos en tonos blanco y marrón. Siempre se paraba en el risco en la parte alta del lago, haciendo sonar el sencillo que tenía en el bolsillo, se quedaba mirando con ojos achinados los rayos de sol que venían de las aguas, como si estuviera contando la cantidad de vacacionistas que pagaban por el privilegio de usar la playa más la cabina que alquilaban. Cuando se dio cuenta de mi presencia, achinó aun más los ojos, y yo lo interpreté como algo cercano a lo podía ser una sonrisa de reconocimiento. En ese caso yo solo movía mi cabeza o encogía los hombros o tal vez, si estaba fumando, expelería desafiante una bocanada de humo, luego lanzaba el pucho hacia las flores de su madre en la colina.
La señora Peaches Roland aun salía por las mañanas para atender a sus rascamoños, y margaritas. Se le veía rozagante como sus flores que tanto amaba, siempre llevaba sombreros como los que se usan en fiestas de jardín, cuyas anchas alas ondeaban levemente ante la brisa del lago y estaban sujetos por una cinta de fina gasa. Llevaba sus cigarrillos y encendedor en el bolsillo de parche de su bata color pastel, una mano libre para sostener la paleta. Con sus ojos cubiertos por anteojos oscuros de aviador, se movía insegura por entre las flores con sus zapatos de plataforma del cual le sobresalían los dedos. Los intensos rojos de sus labios, uñas de los dedos, de las manos y pies, hacían juego con los colores de las flores. Cuando yo vagaba por ahí, podía escuchar las canciones que ella cantaba en tono bajo, solo para ella, y captaba el perfume que la circundaba como una exquisita nube.

Guy Roland iba y venía en todo el verano. Lo recuerdo como su verano perfecto, temporada en la que yo hubiera sido capaz de comprometer mi futuro solo por compartir con él la parte más pequeña de su tiempo, sea esta...una semana, un día, o una tarde.
Igual que el verano, él llegaba y luego se iba. Y nunca le faltaban amigos. Del lugar escogido por mí para soñar, algún oscuro rincón de la hostería que no lo recuerdo bien, escuché el chirrido de las llantas de banda blanca del Ford entrando al parqueador de grava. El radio del convertible podía cruzar los pinos porque estaba con alto volumen para contrarrestar el viento que chicoteaba los pinos por cualquier lado. El detuvo el auto entre el grass y las agujas de los pinos cerca al borde del risco. Siempre tocaba el klaxon con algún ritmo, a la vez que sus amigos salían del coche saltando por encima de las puertas. "Cuidado con la pintura, cuidado con la pintura", él les decía. Luego reían.
El conducía sin zapatos y sus amigos también estaban descalzos, vestidos solo con trusas y cargando toallas de baño y sábanas para la arena. También llevaban un radio portátil, cigarrillos, frascos de loción para broncearse, anteojos ahumados, camisas desabotonadas con la cola que les llegaba hasta cubrir sus truzas de baño.
Las muchachas siempre eran bellas... de largas piernas, piel de un dorado tostado, el peinado tirado hacia arriba de sus graciosos cuellos, labios apretados en actitud de engreídas, algunas llevaban el traje de baño de dos piezas. A veces los hombres usaban camisetas con las mangas cortadas en forma muy rústica, y sobre el pecho se veían letras griegas descoloridas. Los amigos de Guy empezaron a bajar por la ladera hacia la playa mientras Guy se dirigía al bar por cerveza.
Yo me las ingeniaba algunas veces para ponerme en su camino sin aparecer torpe por esta acción. Si me veía, me hacía un movimiento con la cabeza o me guiñaba un ojo, como también me podía decir hola. Yo también le contestaba con la cabeza o sonreía o movía mi cigarrillo, y así mataba el tiempo durante el día
-¿Y bien, cuál es el plan programado? -Le preguntaría el señor Roland si es que lo pescaba en la puerta, antes que se alejara con vasos de papel y la enfriadora de cervezas.
-Estoy ocupado, papi, ocupado -le responndía Guy. y a su madre le decía:
-¡Hola señorita Peaches! -gritándole por entre las flores mientras volvía a ver a sus amigos en la arena. Su madre lo saludaba con la mano y le lanzaba un beso hacia su espalda en momentos que desaparecía por la ladera. Lo seguí pero no tan rápido como pudo haber sido.
Guy Roland y sus amigos tendieron sus mantos sobre la arena, extendieron la antena del radio para captar música de Chicago y Milwaukee, destaparon algunas botellas de cerveza y se frotaron entre ellos la loción en la espalda. Las hermosas chicas bronceadas, desataron sus tiras del traje de baño y se tendieron boca abajo para broncear parejo su glaseada espalda. Pude acercarme lo suficiente como para oler el aceite. Guy Roland se recostó en uno de sus codos y achinó los ojos ante el fuerte sol reflejado por el agua del lago. La brisa desarreglaba sus cabellos rubios, fumaba y bebía cerveza, y con los dedos de uno de sus pies, accionaba a la radio para mantener la música. Esa era la visión de un hombre en su perfecto verano, y una perfecta vida que lo esperaba en las distancias apenas visible mas allá de la lejana orilla del lago.
Estaban estirados en la arena, sudando bajo el sol, raramente tocándose, nunca nadando, ni dando importancia a los niños que chapoteaban por la orilla, ni a los botes en el muellecito que acoderaban y partían. Y nunca se daban cuenta de mí presencia. Yo observaba furtivamente a la parte plana de la colina, amargando mi boca con cigarrillos, casi contento con nada más tener mi visión de ellos...estáticos, imperturbables, y desaprensivos. Es un cuadro con ellos dentro, pero de ningún modo estoy en él.
Guy Roland iba y venía, desde el Día de los Caidos hasta el Dia del Trabajo. A este verano lo llamo la temporada de mi rabia contra mi mismo por ser lo que era, sin siquiera tener el derecho a decir que solo yo era el causante de lo que soy. Su padre administraba el recreo Silvercryst y vendía lo que quedaba de la parte frontal del lago que le pertenecía. Peaches Roland cuidaba sus flores a media mañana, tomaba sus copas por las tardes y por las noches en el bar. Pero lo que yo más odiaba de todo ello, era la convicción formada en mí de que allí jamás nada cambiaría.
-¿Dónde has estado tanto rato? -Me preguntó mi madre cuando volví a casa.
-En ninguna parte. Aquí nomás por la playa.
-Huelo a humo de cigarrillo.
-Ya basta, mamá.
-Has estado fumando -insistió ella-. ¿Qué diría tu padre si le escribo que estas fumando?
-Ya pues, no insistas en lo mismo.
-Esta bien. No insistiré porque ni me escuchas. ¿Pero, cuando vas a empezar a tomar las cosas con seriedad?
-Soy muy serio -le repliqué, y lo era.

La tregua se había firmado por dos años cuando volví de Korea. Estuve hospitalizado largo tiempo en Japón, después otro tiempo en el hospital Fitzsimmons de Denver, luego otro largo tiempo en rehabilitación ambulatoria en Fort Sheridan, Illinois, esforzándome en quedar bien de mi rodilla; ellos llamaban a esto "situaciones de la vida real". Me reconstruyeron la rodilla con acero, alambres y plásticos, y el resultado fue bueno. Para caminar solo usaba un bastón porque tenía temor de caer en cualquier momento. Decían que eso era algo psicológico y nada más. Siempre pensaba que en cualquier momento oiría un clic, clic mientras caminaba, pero eso también era solo cuestión psicológica. Mi madre se ponía muy nerviosa por este problema y yo le decía:
-No seas tonta, es la parte más fuerte de mi cuerpo. Es como soldadura, es lo último que se me rompería.
-Lo siento. No puedo evitarlo.
Ella no había cambiado en el tiempo que estuve ausente, solo se le veía un tanto más vieja. Se resentía solo cuando hablábamos de mi padre, quien había muerto repentinamente en Minneapolis un poco antes de mi regreso de Japón.
-Lo siento, no puedo evitar mi preocupacción..
Ella no había cambiado en el tiempo que estuve lejos, excepto, naturalmente, que se le veía un poco más vieja. Solo se se sentía molesta cuando hablábamos de mi padre, quien había fallecido de repente en Minneapolis un poco antes de mi regreso del Japón.
-Es lindo -le dije-. Hablo seriamente, nada ha cambiado un ápice.
Ella no había cambiado, excepto, naturalmente, su apariencia externa: un poco más entrada en años y, bueno, mi padre estaba muerto, pero él había desaparecido de mi vida muchos años antes.
Era de noche. Empecé a caminar lentamente con mi bastón por los claros de luna que los pinos permitían entrar de trecho en trecho. Me detuve a descansar en el borde del risco y observé como la luz de la luna se rizaba en la superficie del lago. Las aguas del lago se extendían por la parte baja de donde yo estaba, lanzando destellos con la luz de luna que bañaba los copos de los pinos, tratando de penetrar no solo por arriba sino también por la parte posterior. Las luces del muelle delineaban la playa opuesta, y yo podía escuchar el sonido de las aguas golpeando la arena, el crujido de las ramas de las copas castigadas por el viento, el susurro de los insectos por la grama y los helechos cercanos a mis pies. La música de la rock-ola en el bar de la hostería, llegaba a mis oídos claramente.
Yo sabía lo que nunca más encontraría por allí. El señor Roland también había muerto; mi madre me contó que había sido suicidio. El se disparó más o menos cuando yo estaba en Denver. Ella no sabía la historia: tal vez negocios, o su esposa. El se alejó en su automóvil, salió de la carretera, luego acomodó el cañón de la pistola en su boca. Tal vez fue por su esposa.
Peaches Roland empezó a apartarse largas temporadas en un sanatorio al sur del estado, allí se consumía en vida. Ahora, dijo mi madre, se le ha ido la memoria y está confinada en el sanatorio de por vida.
-Deberías ver como él mantiene su andenería de flores. Ve a verlo -dijo mi madre.
Guy heredó la hostería y la administraba, aunque, según decía mi madre, él no era un buen hombre de negocios.
Para la noche, víspera del día del trabajo supuse que llegaría por lo menos un pequeño grupo de gente a pasar el fin de semana, pero solo encontré allí a Guy y a una mujer. La rock-ola brillaba y tocaba en alto volumen. Los fluorescentes alumbraban el bar posterior tenuemente, pero allí solo estaban ellos dos, sentados en bancos de patas altas en el mostrador, como si fuesen clientes, y el barman por algún otro lado.
Sonreí, apoyé mi peso en el bastón y le tendí la mano. Guy Roland me miró fijamente por un momento, la mujer junto a él no levantó la vista sino hasta que fuimos presentados. El achinó los ojos para mirarme bien y me reconoció, sonrió y me dio la mano.
No tienes que usar tu uniforme de guerra -dijo Guy-, te serviré aun cuando no tuvieras la edad. Diablos, somos viejos amigos, tu y yo.
-Soy bastante mayor. No tuve la oportunnidad para comprar nueva ropa que me quede.
-Te presento a Sue -dijo él. La mujer me sonrió como si yo fuera a tomarle una fotografía. Era bastante agraciada. Guy siguió diciéndole:
-El, como se llama, es mi antiguo amigo -hizo una pausa y continuó-, Sue es una invitada personal. Recalco en la palabra "personal" porque escuché por ahí decir que ella prefiere a los hombres de uniforme.
Ella rió y bajó la cabeza como para mirar su vaso. Ella tomaba cerveza embotellada y tenía la manía de pelar las etiquetas de la botellas y pegarlas en el mostrador. Le dije hola y ella solo sonrió, pero creo que durante toda mi conversación con Guy, ella nunca me dirigió la palabra.
Era muy bien parecida. Me imaginé que ella pudo haber sido una de las lindas chicas que acompañaban a Guy en los veranos, antes que yo partiera al frente. Hasta podría ser una de aquellas muchachas en la playa, de piel bronceada y lustrosa por la loción que acostumbraban desabotonarse la pieza superior del traje de baño para que el sol les tostara parejo la espalda, mientras tendidas en el manto dormitaban la tarde, con la tenue música de Chicago y Milwakee que emitía el radio portátil.
Pero ella parecía bastante mayor como para ser una de esas chicas, ahora de tez pálida por pasar más tiempo dentro de la casa. Ella llevaba aretes colgantes y brazaletes de cadena que se deslizaban por su torneado brazo blanco y tintineaban cada vez que ella los movía para arrancar las etiquetas a las botellas. En los momentos de calma por el lago, cuando cesaba de entrar la brisa a través de las ventanas que daban al risco, su fuerte perfume llegaba a mi y me hacía recordar a la ausente señora Peaches que en esos momentos se consumía en el sanatorio.
-¡Tragos especiales de la casa! -dijo Guy-. Nombra el que quieras y lo tendrás. El preciso como para que yo lo obtenga sin moverme, eso es.
Sue rió e hizo tintinear sus brazaletes. Guy se estiró a través del mostrador y agarró una botella, rellenó su vaso sin molestarse en el hielo ni la soda. El hablaba claramente, zigzagueaba un poco al momento de ponerse de pie y al caminar, pero no se bamboleaba como un borracho. Cuando Sue quiso otra botella de cerveza para pelarla, se paró y fue tras el bar a buscar una. Caminando también se le veía bien, las joyas en su cuerpo destellaban bajo la luz del salón, su piel se veía más blanca bajo la luz fluorescente. Guy resolló y se estiró un poco para alcanzarme un trago.
-No estoy acostumbrado a tomarlo así, puro -dije, pero él no puso atención a mis palabras.
-Felicidad, felicidad -dijo y tomamos. El cerró sus ojos cuando se bebió el licor, como si necesitara concentrarse para captar el justo sabor, luego se tocó los labios con el dedo índice después de habérselo tomado, y suspiró como lo hace un hombre cuando cae en un profundo sueño. Dijo:
-¿Y que diablos significa el bastón?
Les conté a ambos sobre las esquirlas del mortero que cayeron a mi alrededor.
-Me estás tonteando dijo.
Guy se inclinó hacia mi, achinó los ojos como si las rayas de los galones del uniforme tuvieran letras finas para leer:
-¿Son reales? -preguntó-. ¿Es este un verdadero Corazón Púrpura? -preguntó señalando.
-Ese es la Citación Syngman Rhee. Este de acá es el Corazón Púrpura.
-Amigo, estás faroleando -dijo Guy y me hizo levantar el pantalón para que muestre la costura hinchada y cosida con sutura rosada. Le conté como fue reconstruida con acero, alambres y plástico, y que solía, a veces imaginar que haría clic, clic al caminar.
Cuando terminó de reírse dijo:
-¡Seis moneditas en el PX y te conviertes en la verdadera cosa que quieres!
Luego me contó que él pasó su guerra en Pensacola, Florida, en algo así como un enlace del cuerpo aéreo de la escuela de vuelos de la marina. El puesto era para un capitán así que lo hicieron capitán. Cuando Sue rió, ella reía para sí misma. Sus cintas de campaña provenían de la estación Naval PX de Pensacola, comprados el día que fue licenciado.
-¿Y por qué no? Mi gente consiguió satiisfacciones con esto.
-¿También compraste esos souvenir en la estación PX? -traté de mirar por entre la oscuridad del salón para ver si la espada japonesa colgaba en algún lugar de la chimenea de piedra natural.
-Yo podía conseguir todos esos desperdicios por medio de los marineros que llegaban a la escuela de vuelo. Olvida eso de que fue una gran guerra, hijo.
Conversamos y bebimos de la botella de Guy; cuando yo empecé a sentir los efectos del whiskey, le dije que mi padre había muerto. El apenas movió la cabeza y yo agregué:
-Sentí mucho cuando me enteré lo de tu padre.
-Eso es una larga y complicada historia -fue todo lo que dijo a la vez que bebía y presionaba sus labios con su dedo para secarlos. Sue mantuvo la rock-ola activa con música, cuando le faltaba monedas metía la mano en el bolsillo de él para conseguirlas. Le dije:
-Siento mucho lo de tu madre.
-Necesitaba un descanso. Puedes comprender a una persona que necesita descanso, como tú mismo -hizo una pausa y agregó:
-¿Y ahora que otra maldita cosa imaginas?
-Ir a casa y dormir para que me pase; si es que puedo evitar ir al risco con este bastón -Sue consideró esto último muy chistoso y rió junto con nosotros.
-Superbestial -dijo Guy-. Me refiero a tu pendeja vida.
-Creo que iré a la universidad -dije y le conté sobre el "GI bill" más mi pensión mensual de por vida por mi incapacidad física que me llegaba cada mes. El achinó los ojos como para recordar lo referente a la universidad, como quien mira las páginas de un libro y trata de recordar la lectura, luego sonrió recordando que eso era muy interesante, pero nada serio. El había intentado ingresar a la universidad en un par de esos inviernos llegados anticipadamente, después del día del trabajo y se fue al norte de Wisconsin.
-No vayas a romperte el trasero en mi propiedad -me dijo en momentos que yo trasponía la puerta de salida, sosteniendo mi bastón cuidadosamente frente a mí para guiarme, crei que mi rodilla iba a colapsar en alguno de esos rincones oscuros.
-¡Hey! -grité volteando hacia ellos -¿Donde está la gente? ¿No estamos en un fin de semana del día del trabajo?
-¡El debe estar pensando que esto es un negocio o algo así! -chilló y agregó:
-Cierra la puerta enmallada si no quieres que entren los mosquitos -dijo a la vez que se puso de pie para coger su botella nuevamente.
Mi madre me esperaba aun despierta.
-¿Qué estuviste haciendo toda la noche? -preguntó.
-Conversando con Guy -contesté sin besarla. No quería escucharle más sobre el peligro de beber tanto licor sabiendo que fácilmente podría caer y hacerme daño.
-Silvercryst está hecha un panteón -contesté por decir algo y me fui al porche, lugar donde siempre dormía cuando estaba en Lago Silver.
-El continuará la ruina del negocio que su padre empezó. No pone el cuidado necesario.
-Qué triste -comenté sabiendo que mi madre no prodigaba simpatía alguna ni por Guy ni por sus padres. Me recosté en la cama del porche, esperando que el trepador whiskey ceda de modo que pueda conciliar el sueño. Cuando al fin se aclaró mi mente, me mantuve despierto para planear lo que sería mi futuro. Me sentí muy a gusto pensando en ello, como si recién descubriera que mi vida me pertenecía, que era mía y podía hacer de ella lo que yo deseara. Me sentí muy complacido de mi mismo al saber que había madurado como hombre.



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