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Orión - ezine de Divulgación Literaria
Cuentos Escogidos de la Literatura Universal
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GERENARDA (SHERAZADE) Y EL SULTAN
Las Mil y una Noches


(cuentos)

Anónimo

Gerenarda, ademas de su belleza, tiene un arma secreta para triunfar

Ayude a proteger animales en abandono
World Society for the Protection of Animals
En uno de los cuatro mayores imperios que han existido en lo antiguo, reinó un monarca poderoso de la dinastía de los Sasanidas, que después de haber extendido sus dominios más allá del Ganges, en la India, y llegado hasta las fronteras de la China, murió, según refieren las crónicas del antiguo imperio persa, que es el grande imperio a que nos referimos, lleno de gloria y poderío, amado de sus vasallos y temido de sus enemigos, habiendo sido el monarca más admirable de su época, tanto por su valor como por su sabiduría.
De los hijos que tenía, el mayor, llamado Chabriar, subió al trono; pero, amando entrañablemente a su hermano menor, quiso darle muestras de su cariño compartiendo con él la herencia de su padre, y le cedió la Gran Tartaria; haciéndolo rey de ella.
Chazeman, que así se llamaba este hermano querido, pasó pues a tomar posesión de su reino y estableció su corte en Samarcanda.
Pasados algunos años, lejos de entibiarse en Chabriar el cariño que profesaba a su hermano Chazenan, se avivó co la ausencia, y sintió grandes deseos de verlo, y con este objeto le envió una solemne embajada rogándole que viniese.
Apenas tuvo conocimiento el rey de la Gran Tartaria de los deseos de su hermano, cuandose apresuró a satisfacerlos; y, después de haber reunido los ricos presentes que pensaba ofrecerle y puesto orden para el gobierno del reino durante su ausencia, estableció fuera de la ciudad su campamento con el fin de emprender su viaje al día siguiente. No quiso, sin embargo, pasar aquella última noche sin volvera abrazar a su esposa, a la que amaba tiernamente, y, regocijándose interiormente del placer que iba a causar a aquella con su visita inesperada, se volvió a su palacio secretamente y se encaminó a los aposentos de su esposa, a quien pensaba encontrar triste y llorando por su ausencia. Grande fué, pues, su sorpresa al hallarla en compañía de un oficial de la corte platicando familiarmente con él.
Pasado el primer estupor que le causó este descubrimiento, arrebatado por la ira, se arrojó sobre los delincuentes y les quitó la vida, volviéndose en seguida al campamento sin dar a nadie cuenta de este suceso.
La infidelidad de su esposa le causó un pesar tan hondo, que nada podía distraerlo de su melancolía. Así fue que cuando llegó a la corte de su hermano, en donde fue recibido con gran pompa y con todo género de honores y de obsequios, el sultán no pudo menos que notar el velo de tristeza que cubría el rostro de Chazenan, sin poder atinar la causa de ello.
Un día que el sultán Chabriar había partido con toda su corte para una cacería dispuesta en honor de su hermano, a la que éste no quiso asistir pretextando hallarse enfermo, pero en realidad para entregarse más a su sabor a las tristes reflexiones que su desgracia le sugería, hallándose asomado a una de las ventanas del palacio que habitaba, vió salir al jardín, por una puerta secreta, a la sultana esposa de su hermano, seguida de otras muchas mujeres, y ocultándose para observar lo que hacían sin que de ellas fuese visto, pudo convercerse de que la misma desgracia de que él había sido víctima, la misma o mayor cabía a su hermano el sultán.
La vista de las escenas que presenció, de tal manera cambiaron sus pensamientos, que al volver el sultán Chabriar de la cacería, lo encontró transformado, alegre y risueño.
Un cambio tan repentino de talante, sin una causa ostensible, debía llamar naturalmente la atención del sultán, como antes la había llamado su melancolía; y deseoso de saber la causa que había producido la una y el otro, el sultán rogó cariñosamente a su hermano, y en vista de los repetidos ruegos e instancias de éste, se vió obligado a ceder, y, aunque con repugnancia, le contó lo que le había sucedido con su esposa en Samarcanda la noche de su salida.
Aprobó el sultán lo ejecutado por su hermano con los dos culpables.
-No extraño tu gran pesar -le dijo-: era llla causa muy legítima; pero alabado sea Dios que te ha enviado el consuelo, y como no dudo que éste sea también fundado, y aún extraordinario, te ruego que me lo comuniques, haciendo de mí una entera confianza.
Mucho más arduo y delicado era el satisfacer en este punto la curiosidad del sultán, y Chazenan se resistió a complacer a su hermano, diciéndole que, como le interesaba más de cerca, temía que su confidencia le causaría mayor pena que la que él había experimentado. Esta negativa no hizo más que avivar los deseos del sultán, de modo que el rey de la Gran Tartaria se vió obligado a ceder, y le refirió lo que había presenciado en el jardín mientras él estaba cazando, terminando su relación con algunas reflexiones propias para calmar la irritación que le causó la conducta de su esposa la sultana, y aconsejándole que se consolara como él se había consolado, en vista de esa ligereza y liviandad que parece ser inherente al sexo frágil.
Chabriar, sin embargo, no dió entero crédito a la narración de su hermano, sin ver por sus propios ojos si era verdad lo que el rey de Tartaria le había contado, pues abrigaba la esperanza de que tal vez se había engañado.
Para conseguir este objeto, hizo preparar otra nueva cacería para la que partieron ostensiblemente con toda la corte de los dos príncipes; pero llegada la noche se volvieron secretamente y disfrazados a palacio. Amaneció el día siguiente, y el sultán Chabriar pudo convencerse de que su hermano no se había engañado, puesto que la sultana y sus mujeres repitieron en el jardín las mismas escenas que el rey de la Gran Tartaria había observado.
El desengaño que recibió de la desenvoltura e infidelidad de la sultana, agriaron su ánimo de tal manera, que resolvió vengarse, no sólo de aquella, sino de todas las mujeres, de un modo nunca visto hasta entonces. Pasando al aposento de la sultana infiel, mandó cortarle la cabeza en su presencia, e hizo morir ahogadas a todas las otras mujeres de su séquito. En seguida juró por la barba del Profeta que ninguna de sus otras esposas volvería a serle infiel, y adoptó para ello un medio muy seguro y eficaz, muy propio de las costumbres del serrallo y de la barbarie de aquellos tiempos.
Resolvió desposarse cada día con una mujer distinta, y al siguiente día de la boda hacerle perder la vida, encargando a su gran visir la ejecución de éste proceder inhumano y sanguinario.
El gran visir, a fuer de buen musulmán y de vasallo sumiso y obediente, cumplía cada mañana con la orden sanguinaria de su despótico dueño, sin atreverse a hacer la menor observación, y las desgraciadas jóvenes que tenían el honor de ser sultanas un día, perdían su vida al siguiente.
Cuando se conoció este proceder bárbaro, la consternación fué general en la ciudad y en el imperio, porque ninguno podía contar segura la vida de las doncellas que hubiese en su familia, y temblaba de recibir a cada momento la orden del sultán para que se las llevasen.
El gran visir tenía dos hijas hermosísimas en extremo. La mayor, llamada Gerenarda (Scherazada), reunía a su belleza una instrucción nada común para aquellos tiempos; tenía una gran memoria, y, sobre todo, estaba dotada de un gran corazón noble y animada de los más generosos sentimientos.
Al ver la aflicción general que causaba el inhumano proceder del sultán, formó la resolución heróica de sacrificarse, y concibió el arriesgado proyecto de hacer cambiar el ánimo del sultán, contando para lograr su ogjeto no sólo con los recursos de su sin par hermosura y de su ingenio, sino excitando también la curiosidad de aquél, por medio de historias y de cuentos, a que sabía era muy aficionado.
Resuelta, pues, a poner en ejecución su proyecto, Gerenarda dijo un día al gran visir:
-Padre, tengo que pediros una gracia.
-Siempre que lo que me pidas sea justo -lee respondió el gran visir-, saber que no me negaré a concedértelo.
-Vos mismo juzgaréis. Quiero poner términnno a la aflicción general y a los temores de todas las doncellas, haciendo cambiar de ánimo al sultán.
-Laudable es tu proyecto, hija mía; pero, ¿Cómo intentas conseguirlo, porque yo creo que el mal no tiene remedio?
-¿Cómo? Siendo esposa del sultán.
Horrorizado se quedó el gran visir al oír a su hija, y empezó a hacerle reflexiones de todo género para disuadirla de semejante proyecto. Inútiles y vanos fueron sus esfuerzos; Gerenarda permaneció firme en su deseo.
-Si logro mi objeto -dijo-, habré hecho unnn gran servicio a la humanidad y a mi patria.
-No lo conseguirás, ¡infeliz! Te sucederá lo que al borrico.
-¿Y qué le sucedió? -preguntó la heróica jóven.
-Te contaré en breves palabras -le respondió el gran visir, que se expresó en estos términos,

EL ASNO, EL BUEY Y EL LABRADOR
Fábula

"Un labrador muy rico que, además de ser dueño heredades inmensas y de rebaños numerosos de ganado de toda especie, había recibido del cielo, como Salomón, el don de entender, el lenguaje de los animales, pero con la condición de no descubrírselo a nadie, so pena de perder la vida, pasando un día por delante de un establo en que se hallaban un borrico y un buey, se detuvo a escuchar el coloquio que entre sí tenían.
Lamentábase el buey de lo mucho que a él le hacían trabajar y de lo mal que lo cuidaban, "mientras que a tí, le decía al borrico, te tratan con cariño, y no te emplean más que para llevar a nuestro amo al mercado". -Tú tienes la culpa -le respondió su compañero; te llaman elTonto, y a fe mía que bien mereces ese nombre tú, y todos los de tu especie. ¿Por qué no haces uso de los medios que te ha dado la naturaleza para defenderte? Mira, cuando quieran uncirte al arado, pega cornadas, da bramidos fuerte, échate en el suelo y hazte el malo y verás cómo te tratan mejor y te dejan tranquilo.
El buey escuchó los consejos del asno y prometió seguirlos.
En efecto, cuando vino el gañán a buscarlo para llevarlo a trabajar, el buey empezó a patear, a pegar cornadas, y, por último, bramando, se arrojó por tierra. El gañán, al ver esto, fue a dar cuenta al amo de lo que sucedía, y el amo le mandó entonces que, en vez de llevar al buey, se llevase al borrico, encargándole que le hiciese trabajar y lo zurrase de firme.
Hízolo así el mozo de labor, y cuando por la noche volvió a traer a la cuadra al borrico, el pobre animal apenas podía tenerse en pie, cansado de trabajar, y quebrantados los huesos con los palos que había recibido. En cuanto llegó se echó en el suelo gimiendo y suspirando.
-Yo me tengo la culpa de lo que me sucede -se decía a sí mismo; ¿Qué necesidad tenía yo de mezclarme en lo que no me incumbía? Yo vivía tranquilo, era querido, bien tratado, y todo me sonreía, y ahora, por mi imprudencia, estoy expuesto a perder la vida...
Al llegar aquí en su narración, el gran visir, dirigiéndose a su hija:
-Merecerías -le dijo- que te trataran comooo al asno; quieres comprender la cura de un mal irremediable, llevar a cabo una empresa imposible, y te expones a perder la vida.
La generosa jóven, inquebrantable en su resolución, le contestó que estaba decidida a intentar la prueba, y que ningún peligro la arredraría.
-Está visto -le dijo su padre entonces- que será preciso hacer contigo lo que el rico labrador hizo con su mujer.
-¿Y qué hizo? -preguntó Gerenarda.
-Escucha, que no he acabado el cuento.



EL GALLO, EL PERRO Y LA MUJER DEL LABRADOR

Al ver el labrador el estado en que había vuelto el asno, quiso saber lo que iba a decir a su compañero, y se puso a escuchar a la puerta del establo, en compañía de su mujer, y oyó lo que el borrico le preguntaba al buey lo que pensaba hacer al día siguiente.
-Seguiré practicando tu consejo -le responnndió el buey.
-Harás muy bien -le dijo el asno con refinnnada malicia-, puesto que también te ha ido; sólo veo en ello un ligero inconveniente. Al entrar en la cuadra he oído decir al amo que ya que no puedes trabajar, que te lleven al matadero y aprovechen tu carne antes que enflaqiezcas.
-¡Cáspita! Eso no -replicó el buey-; en eeese caso, ya estoy bueno.
Y en seguida se puso de pie y dió un bramido de alegría.
Al oír el labrador al asno y al ver el maravilloso efecto que su astucia había producido, se echó a reír a carcajada tendida. La mujer quiso saber el motivo de esa risa; pero como el marido no podía revelar el secreto don que poseía sin perder la vida, se negó a decírselo. Ella entonces prorrumpió en amargo llanto, pateó, se arrancó los cabellos, y juró que, si no se lo decía, no volvería a juntarse más con él. Como la amaba con ternura, el labrador se apesadumbró profundamente al ver a su mujer en tal estado, y le rogó que no se empeñase en saber lo que no podía decirle, a cuyo ruego se unieron los de sus hijos y parientes. Nada, sim embargo, pudo vencer la terquedad de la mujer curiosa, que permaneció llorando en un rincón del patio noche y día. El labrador no sabía que partido tomar y se sentó cabizbajo y pensativo delante de la puerta de un corral en donde estaba solazándose un gallo con sus gallinas. El perro fiel que guardaba la casa, al ver la algarabía del gallo:
-¿Cómo te atreves a recrearte así -le dijooo-, cuando nuestro amo se encuentra tan afligido y sin saber qué hacer para salir del apuro en que se halla?
-¿Pues qué le ha sucedido? -le preguntó elll gallo.
-Que nuestra ama se ha encerrado en un cuaaarto, está llorando y se empeña en que su marido le descubra un secreto que no puede éste decirle sin perder la vida; más, como quiere tanto a su mujer, me temo que se deje ablandar por los lloros de su esposa, y ya ves entonces la desgracia que a todos nos sucedería.
-Pues mira, si no es más que eso -le conteeestó el gallo-, nuestro amo puede salir de su apuro fácilmente. Que coja una buena vara de acebo, que se encierre en su cuarto con su mujer, y que le mida bien con la vara las costillas.
Atento el afligido labrador al coloquio del perro y del gallo, no bien hubo oído a éste, se levantó, agarró un vergajo, y encerrándose con su mujer, de tal manera le cebó el coleto que, cansado de sus lloros, se puso al fin de rodillas, rogando a su marido que la perdonara por Dios, que ya no quería saber por qué se reía, ni se lo volvería a preguntar en toda su vida.
-Como a esta mujer terca e imprudente debeeería yo tratarte -dijo el visir a su hija.
-Padre, haced lo que queráis conmigo, porqqque yo estoy resuelta a ser esposa del sultán aunque me cueste la vida. Ni las historias que acabáis de contarme, ni otras aún más tristes, me harán cambiar en mi designio, y si el cariño que me profesáis os impide el llevarme al palacio del sultán, yo misma iré a ofrecerme.
En vista de la firme resolución de su hija, y forzado por ella, con el corazón lleno de amargura, el gran visir anubció al día siguiente al sultán que aquella misma noche le presentaría a su hija. Admirado se quedó éste al considerar el sacrificio que el visir le ofrecía; pero no cambió por eso de propósito, antes bien, le dijo:
-Ten entendido, visir, que al entregarte mmmañana a tu hija, será para que le quites la vida, y ¡ay de ti si no cumples mis órdenes, porque te juro que lo pagarás con tu cabeza!
-Señor -le contestó el gran visir-, aunqueee mi corazón se desgarre, vuestras órdenes serán cumplidas.
En seguida fue a anunciar a su hija que el sultán la aceptaba por esposa aquella noche, y Gerenarda se preparó para el gran sacrificio. Antes de salir del palacio, llamó a su hermana menor y le dijo:
-Querida Diznarda, es preciso que me prestttes tu auxilio para una grande empresa: no te asustes ni aflijas por lo que voy a decirte. Esta noche voy a ser la esposa del sultán. Cuando esté en su presencia, le pediré que te deje pasar la noche en el aposento inmediato, y espero que me lo concederá. Una hora antes de despuntar la aurora, entrarás en la cámara nupcial y me dirás:
-"Querida hermana, si estás despiertaaa, te ruego que, mientras amanece, me cuentes alguna de esas historias tan bonitas que tu sabes".
"Entonces yo empezaré a referirte un cuento, y trataré de exitar la curiosidad del sultán; y espero que por este medio tan sencillo conseguiré librar al pueblo del azote cruel en que se ve afligido".
Al alzar el velo de su nueva esposa, el sultán vió que Gerenarda tenía el rostro cubierto de lágrimas.
-¿Por qué lloras? -le dijo.
-Señor -le respondió la joven-, tengo una hermana a quien amo con la mayor ternura, y desearía que pudiese pasar esta última noche junto a mí para conversar con ella. Os ruego que no me neguéis este consuelo.
El sultán consintió en lo que Gerenarda le pedía y su hermana Diznarda se instaló en la pieza contigua, separada del cuarto nupcial por una cortina.
Cuando Diznarda creyó que el alba se acercaba, dirigiéndose a su hermana le dijo:
-Querida Gerenarda, mientras que amanece, cuéntame alguna historia bonita.
Sin responder directamente a su hermana, la efímera esposa del sultán pidió permiso a éste para acceder a lo que su hermana le pedía, y obtenido, empezó diciendo:


EL MERCADER Y EL GENIO

-Señor: Un mercader que poseía grandes caudales, así en mercancías como en esclavos, joyas y dinero, tuvo necesidad de hacer un viaje para arreglar algunos asuntos de su comercio...
(para leer esta fábula completa hacer click en enlace que está en parte baja)


NOTA 1
  • Gerenarda cuenta a su hermana este cuento completo en forma episódica. Ella deja el final en suspenso pues ya está despuntando el alba y el sultán debe levantarse para hacer sus oraciones. Gerenarda pide a su esposo nuevo permiso para continuar la historia a la mañana siguiente, cosa que el sultán acepta pues a él también le ha gustado el cuento. De este modo se suceden cuentos uno tras otro engarzados por un hilo invisible de la trama que ella misma teje. Con la ayuda de Diznarda que cada mañana se aparece para pedirle a su hermana que continue con el cuento, pasan las noches con el sultán pendiente del final.
  • Algunos de los muchos cuentos que Gerenarda narra en todas esas noches para retrasar su ejecución, están:
    Historia de Simbad el Marino y sus viajes
    Historia de Aladino y la lámpara maravillosa
    Historia de Alí-Babá, de la esclava Marjiana y de cuarenta ladrones
    Y muchos otros cuentos más, todos ellos muy interesantes.

NOTA 2
  • Después de tantas noches de cuentos, por fín a los mil y una, Gerenarda termina de narrar el último cuento, luego prosigue la propia historia de Gerenarda de la siguiente manera;

Tiempo hacía ya que el sultán de las Indias, Chabriar había resuelto interiormente conservar siempre a su lado a la hermosa sultana Gerenarda, a la que cada día amaba más, así por sus gracias personales, como por su preclaro ingenio; y sólo estaba esperando que se presentase un motivo plausible para derogar el sanguinario decreto que la infidelidad de la anterior sultana le arrancó en un momento de dolor y despecho para borrar con sangre la mancha de su honor ofendido. Este plausible motivo se presentó con el feliz alumbramiento de la sultana, que dió a luz un hermoso y robusto príncipe. Al verse con un heredero que perpetuase su nombre y dinastía, el sultán estaba loco de contento. Mandó llamar al gran mufti, y a los príncipes ulemas, cuyos pareceres fueron conformes para declarar que semejante acontecimiento suministraba la ocasión más propicia para la derogación de aquel fatal y bárbaro decreto que había costado la vida a tantas jóvenes inocentes, y era el terror de todas las familias.
Esta derogación que se hizo, en efecto, así como el nacimiento del príncipe, dieron lugar a innumerables fiestas y diversiones, no sólo en la capital, sino en todo el imperio, y el nombre de la sultana Gerenarda fué el objeto de la veneración y de las alabanzas y bendiciones generales de toda clase de gentes. Ella y su esposo el sultán vivieron felices largo tiempo, y tuvieron la satisfacción de ver crecer y hacerse digno de sucederles en el trono a su amado hijo el príncipe heredero.


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