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Cuentos Escogidos de la Literatura Universal
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EL MERCADER Y EL GENIO

Gerenarda (Sherazade) continúa contando fábulas al sultán-
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lectura favorita de niños y grandes

Ayude a proteger animales en abandono
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-Señor: Un mercader que poseía grandes caudales, así en mercancías como en esclavos, joyas y dinero, tuvo necesidad de hacer un viaje para arreglar algunos asuntos de su comercio y como tenía que atravesar un gran desierto al volverse a su casa hizo una gran provisión de dátiles y galletas para su alimento.
"Agobiado por los ardores del sol y sediento, divisando unos árboles no lejos del camino, se fue a poner a su sombra para descansar y tomar alimento, y sacando del zurrón que llevaba los dátiles y la galleta, se puso a comerlos, arrojando los huesos a derecha e izquierda.
"Concluido este frugal refrigerio, y después de echarse un buen trago de agua cristalina del manantial que entre aquellos árboles corría, hechas las abluciones de costumbre como buen musulmán, se puso de rodillas para recitar sus rezos..
"Hallábase todavía en esta postura, cuando se le apareció un Genio de estatura colosal y de horrible aspecto, el cual, dirigiéndose hacia él con semblante amenazador, ya armado con un descomunal alfanje:
-Vas a morir ahora mismo –le dijo-, porque acabas de matar a mi hijo.
"Y agarrándolo por los cabellos y arrojándolo por tierra, alzó el alfanje para cortarle la cabeza. Asustado el mercader con la horrible aparición del monstruo, y temblando de miedo, exclamó:
-¡Señor! ¿Qué mal os he hecho para que me tratéis de esta manera? Yo no he podido matar a vuestro hijo, puesto que ni lo conozco, ni nunca lo he visto.
-¿No acabas de comer dátiles y de arrojar llos huesos?
-Esos es cierto.
-Pues mi hijo que pasaba cerca de ti en esoos momentos, ha recibido uno de los huesos que tirabas en un ojo, y de resultas del golpe ha muerto... Así, justo es que tú mueras...
-¡Misericordia, señor! –Exclamó el mercaderr-; si yo lo he muerto, ha sido involuntariamente y sin saberlo; pero, ya que me quitáis la vida, dejadme siquiera vivir el tiempo necesario para despedirme de mi mujer y de mis hijos, hacer testamento y arreglar mis asuntos. Si me lo concedéis, os juro por el Dios del cielo que volveré después a este sitio para que hagáis de mi lo que queráis.
-Si te concedo un plazo, ¿Cumplirás tu proomesa?
-Pongo a Dios por testigo de que la cumplirré.
-¿Y cuánto tiempo necesitas para arreglar ttus negocios?
-Un año por lo menos.
-Pues bien, te lo concedo –dijo el Genio, ddejando al mercader libre.
"Luego que el monstruo desapareció, el mercader volvió a continuar su camino y llegó a su casa atribulado y triste. Habiéndole preguntado su mujer la causa de su tristeza, refirió a su familia lo que le había sucedido, el juramento que había hecho y el corto tiempo que le quedaba de vida. Al oír tan lamentable historia, la mujer y los hijos prorrumpieron en lamentos, y en toda la casa no se oían más que llantos y gemidos, acompañados con ruegos para que no volviese a semejante sitio.
"El mercader sin embargo, empezó a poner orden en sus cosas, pagó sus deudas, dio libertad a sus esclavos, y llegado el término fatal, despidiéndose por última vez de sus familiares, de sus deudos y amigos, que no querían dejarlo marchar, volvió a ponerse en camino, después de haber hecho a todos regalos magníficos, y llegó al sitio convenido el mismo día en que se cumplía un año, y se sentó al pie del manantial, esperando con resignación la venida del Genio.

Al llegar aquí, Gerenarda suspendió su narración, al ver que despuntaba el día, hora en que el sultán Chabriar se levantaba para hacer sus oraciones y asistir al consejo.
-¡Oh, qué historia más interesante –exclamóó Diznarda.
-Pues todavía es más interesante lo que fallta –le contestó su hermana-: y si el sultán se digna concederme un día más de vida, esta noche acabaré de contártela. El sultán, que quería saber lo que el Genio había hecho con el mercader, no vio ningún inconveniente en aplazar por una noche más la muerte de su nueva esposa, y accedió a los que Gerenarda le pedía. Levantóse, pues; hizo sus oraciones y se fue al consejo, en donde el gran visir lo estaba esperando, más muerto que vivo, para recibir a su desgraciada hija y conducirla al suplicio.
Su sorpresa y su alegría no tuvieron límites, cuando vio que el sultán se puso a despachar los negocios del imperio, sin darle orden fatal consabida; y cuando se divulgó esta noticia en la corte y en la ciudad, fue profundo y general el regocijo que causó, e infinitas las bendiciones que a Gerenarda dirigían.
A la proximidad del alba de la mañana siguiente, Diznarda repitió a su hermana el ruego de la víspera, y Gerenarda, sin pedir esta vez permiso al sultán para proseguir el cuento, anudó el hilo de su historia en estos términos:


EL GENIO Y LOS TRES VIEJOS

Aguardando se hallaba el atribulado mercader, la llegada del genio, y el fin de su vida con ella, cuando vio venir a un anciano respetable, acompañado de una cierva, el cual, después de saludarlo, le preguntó qué era lo que venía a hacer en aquel sitio, al parecer delicioso, pero en realidad muy temible por ser frecuentado por los malos espíritus. El mercader le contó lo que le había sucedido, y el juramento solemne que había hecho.
-Suceso terrible es ése –le dijo el ancianoo-, y más terrible todavía el que no podáis eludir el cumplimiento del sagrado juramento que habéis hecho. Voy a quedarme aquí para presenciar vuestra entrevista con el Genio.
Mientras estaba hablando, se presentó otro viejo seguido por dos perros negros, al que le refirieron el motivo de hallarse el mercader en aquel sitio. El recién venido decidió quedarse también para ver lo que iba a suceder, y lo mismo hizo otro tercer anciano que llegó después.

En esto descubrióse a lo lejos una especie de nubarrón negro a manera de torbellino de arena levantado por el viento, que se fue disipando poco a poco según se iba aproximando, hasta que apareció, en fin, el terrible Genio, armado con su cuchilla.
Acercándose al pobre mercader y agarrándole por un brazo, le dijo:
-Ha llegado tu hora; te voy a matar como túú mataste a mi hijo.
Cuando el viejo que tría la cierva vio que el Genio iba a matar al mercader se arrojó a sus pies llorando y exclamó:
-¡Príncipe de los Genios! Os ruego que susppendáis vuestra justicia, y antes de descargar el golpe me escuchéis un momento. Os contaré mi historia, que es muy maravillosa, y la de esta cierva que llevo conmigo. ¿Si la encontráis más sorprendente que la de este desgraciado mercader, ¿Le perdonaréis el crimen que involuntariamente ha cometido, y le haréis la gracia de la vida?
El genio detuvo el brazo, y reflexionando un momento:
-Consiento en oír tu historia, y... despuéss veremos -le dijo.
Gerenarda suspendió su narración al ver que era de día, y dirigiéndose al sultán:
-Señor -le dijo-, ya es hora de os levantééis para ir al consejo: si lo tenéis a bien, mañana concluiré la historia del anciano y de la cierva.
El sultán, sin responder, se levantó y salió del aposento, pero no dio la orden consabida.


HISTORIA, DEL ANCIANO Y DE LA CIERVA

A la hora acostumbrada de la mañana siguiente, Dinarda rogó a su hermana que prosiguiese la historia comenzada, y Gerenarda hízolo así.
Dirigiéndose al Genio, el anciano le dijo:
-Esta cierva que veis aquí, señor, es primaa mía, y además es mi esposa. Cuando me casé con ella no tenía más de doce años, y, por la edad, yo podía ser su padre.
"Deseando tener hijos compré una esclava, que no tardó en darme uno; pero mi mujer dominada por los celos, concibió un odio mortal por la madre y por el niño. Este tenía ya diez años cuando me vi precisado a ausentarme, dejando bien recomendados a mi esposa, así mi hijo, como su madre. Durante mi ausencia, que fue larga, mi mujer, que se había dedicado a la magia, para vengarse de aquellos inocentes, transformó en vaca a la esclava, y a nuestro hijo en becerro, y se los entregó a un labrador, arrendatario mío.
"Cuando yo volví de mi viaje, mi mujer me dijo que el niño se había perdido, y que la esclava se había muerto de pena. Mucho me afligí con tal noticia, y durante ocho meses no dejé de hacer diligencias para buscar al niño. Cuado llegaron las fiestas del Bairán, le dije al labrador, que como digo era colono mío, que me enviase la vaca más gorda que tuviese, para sacrificarla, y el labrador me envió la misma que mi mujer le había entregado.
"En el momento de ir a darle muerte, empezó a mugir de un modo extraño y a mirarme de una manera tan particular, que no me sentí con ánimo de quitarle la vida. Mi mujer, que sabía bien que aquella vaca era la esclava que ella aborrecía, insistió para que se la matase, y yo, por complacerla, se la entregué al colono para que fuese él quien hiciese el sacrificio. Muerta por él la vaca, a pesar de las lágrimas que por sus ojos vertía, cosa, a la verdad, fenomenal y extraordinaria, se encontró que su gordura era aparente, y que no tenía más que el pellejo y los huesos. Entonces mandé al labrador que me trajese un becerro en vez de vaca, y el hombre me trajo a mi propio hijo. Al verme, el animal empezó a hacerme caricias, se arrojó a mis pies, me los lamía, y me miraba de tal modo, que yo me sentí muy conmovido, y en vez de matarle, mandé que lo llevasen al establo. Mi mujer se enfureció y quería que en el momento se hiciese con él lo que se había hecho con la vaca; pero yo resistí y para apaciguarla la ofrecí que el año próximo lo sacrificaría.
"Al día siguiente vino el labrador a verme y me dijo que tenía que confiarme un gran secreto.
"-Tengo una hija –me dijo- que posee la magia, y con su arte ha descubierto que la vaca sacrificada era vuestra esclava, y que el becerro es vuestro hijo, los cuales han sido metamorfoseados en estos animales, por arte de vuestra esposa, que es también hechicera, y los aborrecía.
"Ya podéis juzgar ¡Oh Genio! Cuál sería mi dolor y sorpresa al oír esto. Fui corriendo al establo en que estaba el becerro, y aunque el pobre animal no podía corresponder del mismo modo a mis caricias, recibió las mías de tal manera, que me convencí de que, en efecto, era mi hijo. En esto vino la hija del labrador y yo le pregunté, ansioso, si no podría devolver a mi hijo su forma primitiva, ofreciendo colmarla de riquezas. Ella me dijo que podría hacerlo bajo dos condiciones: la primera es que me daréis a vuestro hijo por esposo; la segunda, que me entregaréis a la que así le ha metamorfoseado, para que yo le castigue. Accedí sin restricción a la primera, y en cuanto a la segunda, ofrecí entregarle a mi mujer con tal de que no le quitase la vida.
Tomando entonces la joven un vaso lleno de agua, pronunció sobre él, en tono bajo, algunas palabras cabalísticas, y dirigiéndose al becerro, exclamó:
-Si tú has sido criado por el Supremo Haceddor en la forma que hoy tienes, permanece en ella; pero si eres hombre y estás en este estado por arte de hechicería, te mando que recobres tu forma primitiva por virtud y voluntad del Ser Omnipotente. Enseguida derramó el vaso de agua sobre el becerro, y en aquel mismo instante, despojándose éste de su piel, me encontré con mi hijo entre mis brazos. Acto continuo transformó a mí mujer en esta cierva que aquí veis, la cual, por no ser un animal repugnante, puede habitar en medio de la familia.
Mi hijo, que se ha quedado viudo, debe volver de un viaje, y yo he salido a esperarlo en compañía de mi mujer.
-¿No os parece maravillosa mi historia? –lee preguntó el anciano al Genio.
-Sí, por cierto –le respondió éste-, y, en gracia de ella, perdono al mercader una tercera parte de su pena.
-Pues escuchad la mía –le interrumpió el annciano de los perros negros- y veréis que no es menos sorprendente, y estoy cierto que me concederéis por ella otra tercera parte de perdón para el infeliz mercader.
-Te la concederé –le contestó el Genio siemmpre que tu historia sea más maravillosa que la de la cierva.

********

Gerenarda suspendió su narración, porque ya había amanecido; el sultán se marchó, y a la mañana siguiente, a ruego del sultán mismo, la continuó de esta manera:


HISTORIA DEL VIEJO Y DE LOS DOS PERROS NEGROS

-Habéis de saber Gran Príncipe de los Genios –comenzó diciendo el viejo- que nosotros somos tres hermanos: estos dos perros que aquí están, y yo el tercero. Al morir nuestro padre, nos dejó por herencia a cada uno mil zequíes, y los tres nos hicimos mercaderes.
Poco después de abrir mi hermano mayor su tienda, quiso traficar en país extranjero y emprendió un viaje, llevándose muchos géneros. Un año hacía que estaba ausente, cuando al abrir una mañana mi tienda, se presentó un pordiosero.
-Dios os socorra, hermano –le dije:
-Y a ti también –me contestó, añadiendo-: ¡¡Qué! ¿Ya no me conoces?
Lo miré con atención y vi que era mi hermano el ausente. En seguida le hice entrar en mi casa, le di vestidos nuevos y le pregunté lo que le había sucedido.
-No te hablaré de mis desgracias –me contesstó-, porque son tantas y tan grandes las que me han sucedido, que nunca acabaría de contarlas, y tú no las creerías.
Yo no insistí, y como había prosperado en mi comercio, le di mil zequíes para que volviese a abrir su tienda, como así lo hizo.
A mi hermano segundo le entró también el deseo de ir a comerciar en el extranjero, cuyo proyecto puso en ejecución a pesar de nuestras súplicas para que no se fuera, y al cabo de un año volvió tan pobre y arruinado como el primero. Hice lo mismo con él y le di también otros mil zequíes, con lo cual pudo seguir su comercio.
Sin que les sirviese de escarmiento lo que les había sucedido, mis dos hermanos quisieron que los tres juntos fuésemos a traficar en los países extranjeros. Yo me negué al principio, pero al fin accedí a sus deseos. Compramos mercancías con nuestros dineros, porque ellos me confesaron que no tenían un zequí y, como yo era poseedor de seis mil zequíes, le di mil a cada uno, guardé otros mil para mí, y los tres mil restantes los escondí en paraje seguro para remediar cualquier accidente que pudiera sucedernos. Partimos cargados de mercancías y tuvimos tal suerte, que en el puerto a que arribamos las vendimos con un beneficio de mil por ciento. Enseguida compramos géneros de aquel país para venderlos en el nuestro y fletamos un barco por nuestra cuenta.
Estando un día a la orilla del mar, se acercó a mí una joven pobremente vestida, pero de una hermosura sin igual, y besándome la mano, me rogó que le permitiese embarcarse en nuestro buque. Yo, no sólo consentí en ello, sino que su hermosura y su porte me cautivaron de tal modo, que me casé con ella, y a los pocos días nos hicimos a la vela.
Las bellas prendas que descubrí en mi esposa aumentaron mi cariño por ella; pero mis hermanos, envidiosos de nuestra dicha, nos arrojaron al mar una noche, mientras estábamos durmiendo.
Felizmente, mi esposa era una hada, y no sólo se salvó, sino que me salvó también a mí de una muerte cierta.
-Ya ves –me dijo- que no te ha pagado mal eel beneficio, el disfraz que me puse fue para probar tu bondad, y estoy muy satisfecha. Ahora voy a sumergir el barco en que navegan tus hermanos para castigarlos por su ingratitud.
Yo le rogué que les perdonara la vida, y conseguí aplacarla, con mis ruegos. Me trasportó a mi casa, y desapareció en seguida.
Después de abrir las puertas de la tienda, fui a buscar el dinero al sitio en que lo había escondido, y al pasar por el patio me encontré en él estos dos perros negros, que vinieron muy sumisos a lamerme las manos. Pensando estaba de dónde habrían venido aquellos perros cuando se presentó mi esposa y me dijo que sus hermanas, que eran también hadas como ella, habían hecho naufragar el buque en que iban mis hermanos, y metamorfoseando a éstos en perros, en castigo de su ingratitud y su perfidia, añadiendo que durante diez años vivirían de esa manera.
Pasados algunos días conmigo, volvió a desaparecer, diciéndome antes el sitio en que la encontraría. Se han cumplido ya los diez años, y ahora voy a buscar a mi esposa al sitio indicado, llevando conmigo a mis hermanos los perros.
-¿No te parece, ¡Oh poderoso Genio! bien maaravillosa mi historia y digna de que me concedas otra tercera parte de perdón para este desgraciado mercader?
-Sí, por cierto –le contestó el Genio-, y tte concedo lo que solicitas.
-Pues yo espero que a mí me otorgarás la ottra tercera parte del perdón que dará a este mercader la vida –se acercó diciendo el anciano que llegó el postrero-. Cuando hayas oído mi historia, que es todavía más sorprendente.
-Te lo prometo –le contestó el Genio-, si llo que dices es cierto.

*****
Gerenarda se interrumpió porque vio que era de día, y el sultán le dijo que oiría a la mañana siguiente la historia del tercer viejo.
Llegada la hora acostumbrada, Chabriar le dijo:
-Cuéntame pues la historia prometida.
-Señor –contestó Gerenarda-, yo no he podiddo saber nunca lo que el tercer anciano dijo al Genio, sólo sé que éste quedó muy complacido, que perdonó al mercader y que desapareció en seguida.
El mercader se volvió a su casa después de dar las más expresivas gracias a sus libertadores, y éstos prosiguieron su camino. En cambio de esta historia que ignoro, si lo permitís, señor, os contaré la del pescador, que es muy interesante.
El sultán accedió a ello, y Gerenarda contestó diciendo:


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