| Intro Le fastidiaba tener que dejar su casa en la Catalu�a. Extra�ar�a el clima, la comida, todas aquellas comodidades; sus libros y sus paseos a la luz de la luna acompa�ada de Luis -su eterno maestro- . Abri� un poco la cortina de la carroza y dejando entrar unos cuantos rayos de luz, suspir�. Llevaban viajando cerca de tres d�as y quiz� tardar�an otros dos todav�a para llegar a Roma. La vegetaci�n hab�a cambiado de los grandes campos de olivos a la vegetaci�n semides�rtica para convertirse despu�s en extensos bosques. Cerr� la cortina y se envolvi� en el cobertor que su madre hab�a preparado para el viaje. El C�sar la hab�a mandado llamar y todos en el pueblo se hab�a enterado y emocionado por ello. Commodus andaba en busca de mujer y ella era una de las candiatas a serlo, pero Andrea recordaba muy poco a el Nuevo emperador; de lo poco que se llegaba a acordar de �l era que era un joven muy flaco, d�bil y de un sentido del humor que nadie podia soportar; un ni�o berrinchudo y caprichoso que recientemente hab�a recibido el t�tulo de C�sar. Cerr� los ojos y suspir� de nuevo. La nana se revolvi� en el asiento de enfrente sin hacer caso a los melanc�licos suspiros de la joven. Todo ir� bien le hab�a prometido Luis al despedirla hac�a ya 4 noches. Su familia no ten�a problemas econ�micos ya que su padre era el alcalde la Catalu�a mas a�n as�, el que ella fuera una de las candidatas a ser la futura emperatriz le quitaba el sue�o a su madre y a todo el resto de la familia. Sacrificar�an a la joven por una mejor posici�n. Nada inusual entre la gente de alcurnia. Ni entre la gente normal. El gran alboroto la hizo abrir la ventana curiosa. Hab�an entrado ya a las murallas de Roma despu�s de haber viajado por la pr�spera y alegre Toscana. La cantidad de personas arremolinadas alrededor de la carroza le hizo recordar su villa y eso la hizo sentirse un poco m�s segura. Commodus hab�a mandado un heraldo hac�a casi un mes y ya, para la semana siguiente, las cosas de Andrea estaban listas para partir. Lleg� la carroza con grandes y fuertes corceles y todos los lujos para que el viaje fuera de lo m�s placentero posible para la joven que 6 a�os atr�s hab�a cautivado al inocente pr�ncipe con su sonrisa alegre y sarc�stica y sus comentarios inteligentes adem�s de su inhibidora mirada. Hac�a 6 a�os lo hab�a rechazado pero ahora que era C�sar, ser�a imposible que lo hiciera. Su piel blanca como la leche en contraste con sus obscuros cabellos negros y sus intensos ojos azules lo hac�an temblar cuando pensaba en ella. La nana hizo un gesto de disgusto al sentir el calor y el herdor de la fruta pasada entrar por la ventana. Estir� la mano para cerrar la cortina mas la joven la detuvo sujetando la grotesca mano firmemente. �!Ni�a! El sol puede da�ar tu pulcro cutis y... estos pordioseros no son dignos de apreciar tu belleza antes que el C�sar� refunfu�� como siempre hac�a, mas Andrea la ignor� y admiraba encantada c�mo el pueblo romano empezaba su jornada alegremente. La escencia apasionada de los romanos. A lo lejos vi� a un joven el cual la miraba absorto y hab�a empezado a seguir la carroza entre la multitud. Entonces ella le sonri� y salud�. �l contest� con el mismo gesto y se detuvo debido al tr�fico. Despu�s de todo, Roma no parec�a tan desagradable. Entonces pasaron por una gran puerta guardada por hombres armados. Los cuales dejaron entrar la carroza al ver el escudo real en la puerta. ��Ya llegamos?� pregunt� la nana y ella asinti� sin pronunciar palabra. Avanzaban en calles mucho m�s silenciosas que las que hab�an transitado en un principio. Pero estas s demostraban que la �lite viv�a en ellas. Inmensos e inmaculados edificios de marmol blanco se levantaban a lo largo del camino. Esclavos cargando cosas, hombres en toga blanca discutiendo entre ellos, unas cuantas mujeres ricamente vestidas caminaban por la acera. Le recordaba la villa de Espa�a donde hab�a crecido. Pararon frente a uno de los edificios m�s grandes. Al bajar, la mirada de varios fu� atra�da por aquella exquisita figura vestida de un azul tan profundo como el mar. El chofer le se�al� las escaleras que conduc�an a la entrada principal y seguida por la nana, entr� al edificio. Camin� a lo largo de una amplia b�veda resguardada por guardias que parec�an estatuas por su compostura. Entonces entr� a una c�mara donde una animada charla se llevaba acabo. A lo largo de una espl�ndida mesa hab�a una infinidad de platillos servidos en ella, en la cabecera, el C�sar sentado presidiendo la pl�tica. Al encontrarse con su mirada, descubri� que no hab�a cambiado mucho en seis a�os. Quiz� hab�a embarnecido pero a la vez, se hab�a puesto m�s p�lido y ojeroso. Se levant� y se acerc� a la chica que parec�a atenta a todo lo que pasaba a su alrededor. Ella hizo una peque�a reverencia y entonces Commodus sonri�. �Bienvenida mi querida Andrea de Le�n� dijo con gran entusiasmo mientras hac�a otra reverencia a su vez. Andrea sonri� entonces. �Es un honor el estar ante el C�sar� dijo respetuosamente. Todos en la mesa hab�an callado al ver que Commodus se levantaba de su lugar. Entonces se volvi� a todos los presentes y levantando la mano de la joven, la present�. �Mi muy honorable concurrencia... me place el presentarles a una muy querida amiga de la Catalu�a, Andrea de Le�n� la mayor�a asinti� y murmurando un saludo, observaron pasmados a la joven. Era la primera vez que Commodus les presentaba a una joven. Una joven bella y que parec�a inteligente. Una joven. Andrea sinti� un extra�o escalofr�o recorrer su cuerpo al ser observada por todos. Suspir� y sonri�. |
| LA VENGANZA |
| Por Sofia Diaz |