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MANIFIESTO
Anselme Bellegarrigue
(el primer manifiesto del anarquismo: una condena
inexorable y definitiva del poder y de la pol�tica)
Indice
1.La
anarqu�a es el orden
2.La raz�n colectiva tradicional es una ficci�n
3.El dogma individualista es el �nico dogma fraterno
4.El contrato social es una monstruosidad
5.De la actitud de los partidos y de sus peri�dicos
6.El poder es el enemigo
7.El pueblo no hace m�s que perder su tiempo y prolongar sus sufrimientos
haciendo suyas las luchas de gobiernos y partidos
8.El pueblo no tiene nada que esperar de ning�n partido
9.Del electorado pol�tico o sufragio universal
10.Las elecciones no son y no pueden ser actualmente m�s que un fraude y
una expoliaci�n
11.El derecho de primogenitura y las lentejas del pueblo franc�s
12.Lo que hace nacer a los gobiernos no es lo que los hace vivir
13.Desenmascarar la pol�tica es destruirla
14.Conclusiones
La
anarqu�a es el orden
Si me preocupara el sentido
atribuido com�nmente a ciertas palabras y dado que un error vulgar ha hecho
de "anarqu�a" el sin�nimo de "guerra civil", tendr�a
horror del t�tulo con que he encabezado esta publicaci�n, porque tengo
horror a la guerra civil.
Al mismo tiempo, me honra y me complace no haber formado parte nunca de un
grupo de conspiradores ni de un batall�n revolucionario; me honra y me
complace porque esto me sirve para establecer, por una parte, que he sido
bastante honesto para no enga�ar al pueblo, y, por la otra, que he sido
bastante h�bil para no dejarme enga�ar por los ambiciosos. He visto pasar,
no puedo decir que sin emoci�n, pero al menos con la mayor calma, a fan�ticos
y charlatanes, sintiendo piedad por los unos y sumo desprecio por los otros. Y
cuando, despu�s de esas luchas sanguinarias -habiendo constre�ido mi
entusiasmo a no moverse sino en el estrecho marco de un silogismo-, he querido
hacer cuenta del bienestar que hab�a tra�do cada cad�ver, he encontrado
cero en el total; y cero es nada.
Me horroriza la nada; tambi�n me horroriza la guerra civil.
Por eso, si he escrito ANARQU�A en la portada de este diario, no puede ser
para adjudicar a esta palabra el significado que le han dado -muy
equivocadamente, como explicar� en breve- las sectas gubernamentalistas, sino
por el contrario, para restituirle el derecho etimol�gico que le conceden las
democracias.
La anarqu�a es la negaci�n de los gobiernos. Los gobiernos, de los que somos
pupilos, naturalmente no han encontrado nada mejor que hacer que educarnos en
el temor y el horror a su destrucci�n. Pero como, a su vez, los gobiernos son
la negaci�n de los individuos o del pueblo, es racional que �ste,
despertando a las verdades esenciales, paulatinamente se sienta m�s
horrorizado por su propia anulaci�n que por la de sus maestros.
Anarqu�a es una vieja palabra, pero esta palabra expresa para nosotros una
idea moderna, o m�s bien un inter�s moderno, porque la idea es hija del
inter�s. La historia ha calificado de "an�rquico" el estado de un
pueblo en cuyo seno se encuentran varios gobiernos en competici�n; pero una
cosa es el estado de un pueblo que, queriendo ser gobernado, carece de
gobierno precisamente porque tiene demasiados, y otra el de un pueblo que,
queriendo gobernarse a s� mismo, carece de gobierno precisamente porque no lo
quiere. En efecto, antiguamente la anarqu�a ha sido la guerra civil, y esto
no porque ella expresara la ausencia de gobiernos, sino la pluralidad de �stos,
la competici�n, la lucha de clases gubernamentales. El concepto moderno de
verdad social absoluta o de democracia pura ha abierto toda una serie de
conocimientos que invierten radicalmente los t�rminos de la ecuaci�n
tradicional. As�, la anarqu�a, que, confrontada con el t�rmino monarqu�a
significa guerra civil, desde el punto de vista de la verdad absoluta o democr�tica
no es nada menos que la expresi�n verdadera del orden social.
En efecto:
quien dice anarqu�a dice negaci�n del gobierno;
quien dicer negaci�n del gobierno, dice afirmaci�n del pueblo;
quien dice afirmaci�n del pueblo, dice libertad individual;
quien dice libertad individual, dice soberan�a de cada uno;
quien dice soberan�a de cada uno, dice igualdad;
quien dice igualdad, dice solidaridad o fraternidad;
quien dice fraternidad, dice orden social.
Al contrario:
quien dice gobierno, dice negaci�n del pueblo;
quien dice negaci�n del pueblo, dice afirmaci�n de la autoridad pol�tica;
quien dice afirmaci�n de la autoridad pol�tica, dice dependencia individual;
quien dice dependencia individual, dice supremac�a de clase;
quien dice supremac�a de clase, dice desigualdad;
quien dice desigualdad, dice antagonismo;
quien dice antagonismo, dice guerra civil;
por lo tanto, quien dice gobierno dice guerra civil.
No s� si lo que acabo de decir es nuevo, exc�ntrico, o espantoso. No lo s�
ni me preocupo por saberlo. Lo que s� es que puedo audazmente poner en juego
mis argumentos contra toda la prosa gubernamentalista blanca y roja del
pasado, presente y futuro. La verdad es que yo, en este terreno -que es el de
un hombre libre, extra�o a la ambici�n, tenaz en el trabajo, despreciativo
del mando, rebelde a la sumisi�n-, desaf�o a todo argumento del
funcionarismo, a todos los l�gicos de la marginaci�n y a todos los
defensores del impuesto -mon�rquico o republicano-, ya se llame progresivo,
proporcional, territorial, capitalista, sobre la posesi�n o sobre el consumo.
S�, la anarqu�a es el orden, mientras que el gobierno es la guerra civil.
Cuando mi inteligencia penetra m�s all� de los miserables detalles en los
que se apoya la dial�ctica cotidiana, encuentro que las gueras intestinas
que, en todos los tiempos, han diezmado a la humanidad, est�n ligadas a esta
�nica causa, exactamente: la destrucci�n o la conservaci�n del gobierno.
En el campo pol�tico, sacrificarse por la conservaci�n o el advenimiento de
un gobierno siempre ha significado destriparse y degollarse. Mostradme un
lugar donde el hombre se asesina en masa abiertamente, os har� ver un
gobierno a la cabeza de la carnicer�a. Si busc�is explicaros la guerra civil
de otra forma que como un gobierno que quiere llegar o un gobierno que no
quiere irse, perd�is vuestro tiempo; no encontrar�is nada.
La raz�n es simple.
Un gobierno es creado. En el mismo instante en que el gobierno es creado tiene
sus criaturas, y, en consecuencia, sus partidarios; y en el mismo momento en
que tiene sus partidarios, tiene tambi�n sus adversarios. Y este solo hecho
fecunda el germen de la guerra civil, porque es imposible que el gobierno,
investido de todo su poder, obre del mismo modo respecto a sus adversarios que
a sus partidarios. Esimposible que aqu�llos no se vean favorecidos y que �stos
no sean perseguidos. Por lo tanto, tambi�n es imposible que de esta
desigualdad no surja pronto o tarde un conflicto entre el partido de los
privilegiados y el partido de los oprimidos. En otras palabras, una vez que el
gobierno se ha constitu�do, es inevitable el favoritismo que funda el
privilegio, que provoca la divisi�n, que crea el antagonismo, que determina
la guerra civil.
Por lo tanto, gobierno es guerra civil.
Si es suficiente ser, por un lado el partidario y por el otro el adversario
del gobierno para determinar un conflicto entre ciudadanos; si est�
demostrado que fuera del amor o del odio que se siente por el gobierno, la
guerra civil no tiene ninguna raz�n de existir, esto quiere decir que para
establecer la paz es suficiente que los ciudadanos renuncien, por una parte, a
ser partidarios, y por otra, a ser adversarios del gobierno.
Pero dejar de atacar o de defender al gobierno para hacer imposible la guerra
civil, no es nada menos que no tenerlo en cuenta, ponerlo entre los
desperdicios, suprimirlo a fin de fundar el orden social.
Ahora, si suprimir el gobierno es, de un lado, establecer el orden, y del
otro, fundar la anarqu�a; entonces, el orden y la anarqu�a son paralelos.
Antes de seguir adelante, ruego al lector que se prevenga contra la mala
impresi�n que pueda causarle la forma personal que he adoptado con la
finalidad de facilitar el razonamiento y de precisar el pensamiento. En esta
exposici�n, YO significa mucho menos el escritor que el lector y el oyente:
YO es el hombre.
La
raz�n colectiva tradicional es una ficci�n
Puesta en estos t�rminos, la cuesti�n
estriba en tener -por encima del socialismo y del inextricable caos en que lo
han sumergido los capitostes de las diversas tendencias- el m�rito de la
claridad y de la precisi�n. Yo soy an�rquico, hugonote pol�tico y social;
lo niego todo, no me afirmo sino a m� mismo; porque la �nica verdad que me
es demostrada material y moralmente, con pruebas sensibles, comprensibles e
inteligibles; la sola verdad verdadera, sorprendente, no arbitraria y no
sujeta a interpretaciones, soy yo. Yo soy. He aqu� un hecho positivo. Todo el
resto es abstracto y cae dentro de la X matem�tica, en lo desconocido: no
tengo que ocuparme de ello.
La sociedad consiste esencialmente en una vasta combinaci�n de intereses
materiales y personales. El inter�s colectivo o de Estado -en virtud del cual
el dogma, la filosof�a y la pol�tica reunidas han reclamado hasta hoy la
abnegaci�n integral o parcial de los individuos y de sus bienes-, es una pura
ficci�n, que en su vestidura teocr�tica ha servido de base a la fortuna de
todos los cleros, desde Aaron hasta el se�or Bonaparte. Este inter�s
imaginario s�lo existe en la legislaci�n.
No ha sido cierto nunca ni nunca ser� cierto, no puede ser cierto que haya
sobre la tierra un inter�s superior al m�o, un inter�s al cual yo deba el
sacrificio, siquiera parcial, de mi inter�s. Si sobre la tierra s�lo hay
hombres y yo soy un hombre, mi inter�s es igual al de cualquier otro. Yo no
puedo deber m�s de lo que me es debido; no se me puede dar m�s que en
proporci�n a lo que doy. Pero no debo nada a quien no me da nada; entonces,
no deba nada a esa raz�n colectiva (o bien al gobierno) porque el gobierno no
me da nada y no podr�a nunca darme tanto cuanto me toma (de aquello que por
otra parte no tiene). En todos los casos el mejor juez de la oportunidad de un
elecci�n y quien debe decidir acerca de la conveniencia de repetirla soy yo;
respecto a esto, no tengo consejos, ni lecciones, ni, sobre todo, �rdenes que
recibir de nadie. Es deber de cada cual, y no solamente su derecho, aplicar
este razonamiento a s� mismo y no olvidarlo. He aqu� el fundamento
verdadero, intuitivo, incontestable, indestructible del �nico inter�s humano
que se deber�a tener en cuenta: el inter�s personal, la prerrogativa
individual. �Significa esto que quiero negar absolutamente el inter�s
colectivo? Ciertamente, no. S�lo que, al no gustarme hablar en vano, no
hablo. Despu�s de haber puesto las bases del inter�s personal, obro respecto
al inter�s colectivo como debo obrar respecto a la sociedad cuando he
introducido al individuo. La sociedad es la consecuencia inevitable de la
agregaci�n de individuos; el inter�s colectivo es, a igual t�tulo, una
consecuencia providencial y fatal de la agregaci�n de los intereses
personales. El inter�s colectivo s�lo se rrealizar� plenamente en la medida
en que quede intacto el inter�s personal; porque, si se entiende por inter�s
colectivo el inter�s de todos, basta que, en la sociedad, sea da�ado el
inter�s de un solo individuo para que inmediatamente el inter�s colectivo ya
no sea m�s el inter�s de todos y, en consecuencia, haya dejado de existir.
En el orden fatal de las cosas, el inter�s colectivo es una consecuencia
natural del inter�s del individuo. Esto es tan cierto que la comunidad no
tomar� mi campo para trazar una calle o no me pedir� la conservaci�n de mis
bosques para mejorar el aire sin indemnizarme. En este caso mi inter�s es el
que se impone. Es el derecho individual el que pesa sobre el derecho
colectivo. Yo tengo el mismo inter�s que la comunidad en tener una calle y en
respirar aire sano; sin embargo, cortar�a mi bosque y guardar�a mi campo si
la comunidad no me indemnizara; pero as� como su inter�s es indemnizarme, el
m�o es ceder. Tal es el inter�s colectivo que resulta de la naturaleza de
las cosas. Hay otro que es accidental y anormal: la guerra. Esta escapa a tal
ley. Esta crea otra ley y lo hace siempre bien. No es preciso ocuparse sino de
lo que es constante.
Pero cuando se llama inter�s colectivo a aqu�l en virtud del cual cierran mi
laboratorio, me impiden el ejercicio de tal o cual actividad, secuestran mi
diario o mi libro, violan mi libertad, me prohiben ser abogado o m�dico en
virtud de mis estudios personales y de mi clientela, me intiman la orden de no
vender esto, de no comprar aquello; cuando, en fin, llaman inter�s colectivo
a aqu�l que invocan para impedir que me gane la vida a la luz del sol, del
modo que m�s me gusta y bajo el control de todos, declaro que no lo entiendo
o mejor, que lo entiendo demasiado.
Para salvaguardar el inter�s colectivo, se condena a un hombre que ha curado
a su semejante ilegalmente -es un
mal hacer el bien ilegalmente-, con
el pretexto de que no tiene el t�tulo; se impide a un hombre defender la
causa de un ciudadano (libre) que le ha dado su confianza; se arresta a un
escritor; se arruina a un editor; se encarcela a un propagandista; se env�a
al juzgado de lo criminal a un hombre que ha lanzado un grito o que se ha
comportado de cierto modo.
�Qu� gano yo con estas desgracias? �Qu� gan�is vosotros? Yo corro de las
Pirineos al Canal de la Mancha, del Oc�ano a los Alpes, y pregunto a cada uno
de los treinta y seis millones de franceses qu�e provecho han obtenido de
estas crueldades est�pidas ejercitadas en su nombre sobre infelices cuyas
familias gimen, cuyos acreedores se inquietan, cuyos asuntos van a la ruina y
que, cuando logren sustraerse a los rigores de que han sido v�ctimas, quiz�
se suiciden por disgusto o se conviertan en criminales por odio.
Y frente a esta cuesti�n nadie sabe qu� he querido decir, cada uno declina
su responsabilidad en aquello que ha sucedido, la desgracia no ha hecho surgir
nada en nadie. Se han derramado l�grimas, los intereses han sido da�ados en
vano. Pero �es a esta monstruosidad salvaje a lo que se llama inter�s
colectivo! En cuanto a m� afirmo que si este inter�s colectivo no es un
torpe error, yo lo llamar�a la m�s vil de las bribonadas.
Pero dejemos esta furiosa y sangrienta ficci�n y digamos que, dado que el �nico
modo de llegar a obtener el inter�s colectivo consiste en salvaguardar los
intereses personales, queda demostrado y suficientemente probado que lo m�s
importante, en materia de sociabilidad y econom�a, es favorecer, ante todo,
el inter�s personal. Por lo tanto, tengo raz�n al decir que la �nica verdad
social es la verdad natural, es el individuo, soy yo.
El
dogma individualista es el �nico dogma fraterno
No quiero ni oir hablar de la
revelaci�n, de la tradici�n, de las filosof�as china, fenicia, egipcia,
hebraica, griega, romana, tedesca o francesa; fuera de mi fe o de mi religi�n,
de las que no debo rendir cuentas a nadie, no s� qu� hacer con las
divagaciones de los antepasados; yo no tengo antepasados. Para m�, la creaci�n
del mundo data del d�a de mi nacimiento; para m�, el fin del mundo debe
cumplirse el da en que devuelva a la tierra mi cuerpo y el aliento que
constituyen mi individualidad. Yo soy el primer hombre, yo ser� el �ltimo.
Mi historia es el resumen de la historia de la humanidad; yo no conozco, no
quiero conocer otra cosa. Cuando sufro �qu� satisfacci�n me proporciona la
alegr�a ajena? Cuando gozo �qu� ganan de mis placeres aquellos que sufren?
�Qu� me importa lo que se ha hecho antes de m�? �En qu� me afecta aquello
que se har� despu�s de m�? No tengo que servir de holocausto al respeto de
las generaciones extintas, ni de ejemplo a la posteridad. Yo me encierro en el
ciclo de mi existencia y el �nico problema que tengo que resolver es el de mi
bienestar. No tengo m�s que una doctrina, esta doctrina no tiene sino una f�rmula,
esta f�rmula no tiene m�s que una palabra: GOZAR. Honesto quien la reconoce;
impostor quien la niega.
Es la del individualismo crudo, del ego�smo innato: no lo niego en absoluto,
lo confieso, lo constato, me glorifico de ello. Traedme para que lo interrogue
a aqu�l que podr�a sentirse herido y reprocharme. �Os causa alg�n da�o mi
ego�smo? Si dec�s que no, no ten�is nada que objetar, porque soy libre en
todo aquello que no puede da�aros. Si dec�s que s�, sois unos fulleros,
porque mi ego�smo no es m�s que la simple apropiaci�n de m� por m� mismo,
un llamado a mi identidad, una protesta contra todas las supremac�as. Si os
sent�s heridos por la realizaci�n de este acto de toma de posesi�n, por la
conservaci�n que llevo a cabo de mi persona -es decir, de la menos discutible
de mis propiedades-, vosotros reconoc�is que os pertenzco o como m�nimo que
ten�is miras sobre m�. Sois unos explotadores (u os est�is convirtiendo en
tales), unos acaparadores, unos codiciosos de los bienes ajenos, unos
ladrones.
No hay camino intermedio. Es el ego�smo el que es de derecho o lo es el robo;
es necesario que yo me pertenezca o es necesario que caiga en posesi�n de alg�n
otro. Es inadmisible pedir que yo reniegue de m� mismo en provecho de todos,
porque si todos deben renegar de s� como yo, nadie ganar� en este est�pido
juego m�s de lo que ya habr� perdido y, en consecuencia, quedar� igual, es
decir, sin provecho. Evidentemente, esto har�a absurda la renuncia inicial. Y
si la abnegaci�n de todos no puede beneficiar a todos, necesariamente
beneficiar� a algunos en particular. Entonces, estos �ltimos ser�n los due�os
de todo y tambi�n, probablemente, los que se doler�n de mi ego�smo. Pues
bien, que se fastidien.
Cada hombre es un ego�sta; quien deja de serlo se convierte en un objeto. El
que pretende que no necesita serlo, es un ladr�n.
�Ah!, s�, comprendo. La palabra suena mal: hasta ahora la hab�is aplicado a
aqu�llos que no se contentan con sus propios bienes, a aqu�llos que acaparan
los bienes ajenos; pero aquellas personas pertenecen al orden humano, vosotros
no. Al lamentaros de su rapacidad, �sab�is qu� hac�is? Constatar vuestra
imbecilidad. Hasta ahora hab�is cre�do que existen tiranos. Y bien, os hab�is
enga�ado, no hay sino esclavos: all� donde nadie obedece, nadie manda.
Escuchad bien esto: el dogma de la resignaci�n, de la abnegaci�n, de la
renuncia de s� mismo ha sido siempre predicado a los pueblos. �Qu� result�
de ello? El papado y la soberan�a por la gracia de Dios. �Oh! el pueblo se
ha resignado, se ha anulado, durante mucho tiempo ha renegado de s� mismo. �Qu�
os parece? �Est� bien eso?
Por cierto, el mayor placer que pueda darse a los obispos un poco confundidos,
a las asambleas que han sustitu�do al rey, a los ministros que han sustitu�do
a los pr�ncipes, a los gobernadores civiles que han sustitu�do a los duques
-grandes vasallos-, a los subgobernadores que han sustitu�do a los barones
-peque�os vasallos-, y a toda la secuela de funcionarios subalternos que
hacen las veces de caballeros y nobiluchos del feudalismo; el mayor placer,
digo, que pueda darse a toda esta nobleza de las finanzas, es volver a entrar
cuanto antes en el dogma tradicional de la resignaci�n, de la abnegaci�n y
del reniego de uno mismo. Encontrar�is todav�a entre ellos protectores que
os aconsejar�n el desprecio de las riquezas -y correr�is el riesgo de que os
despojen de ellas-, enocontrar�is entre ellos devotos que, por salvar vuestra
alma, os predicar�n la continencia -reserv�ndose el derecho de consolar a
vuestras mujeres, vuestras hijas o vuestras hermanas. No est� mal. Gracias a
Dios, no carecemos de amigos devotos dispuestos a condenarse en nuestro lugar
mientras nosotros seguimos el viejo camino de la beatitud, del cual ellos se
mantienen cort�smente alejados, sin duda para no entorpecernos el camino.
�Por qu� todos estos continuadores de la antigua hipocres�a ya no se
sienten tan en equilibrio sobre los esca�os creados por sus predecesores? �Por
qu�? Porque la abnegaci�n se va y el individualismo arremete; porque el
hombre se encuentra lo bastante hermoso como para osar tirar la m�scara y
mostrarse al fin tal cual es.
La abnegaci�n es la esclavitud, la vileza, la abyecci�n; es el rey, es el
gobierno, es la tiran�a, es el luto, es la guerra.
El individualismo, al contrario, es la redenci�n, la grandeza, la hidalgu�a;
es el hombre, es el pueblo, es la libertad, es la fraternidad, es el orden.
El
contrato social es una monstruosidad
Que cada uno en la sociedad se
afiance personalmente y s�lo se confirme a s� mismo y la soberan�a
individual est� fundada, el gobierno ya no tiene raz�n de ser, toda supremac�a
queda desvirtuada, el hombre es igual al hombre.
Hecho esto, �qu� queda? Queda todo lo que los gobiernos vanamente han
tratado de destruir; queda la base esencial e imperecedera de la nacionalidad;
queda la comunidad que todos los poderes perturban y desorganizan para hacerse
con ella; queda la municipalidad, prganizaci�n fundamental, existencia
primordial que resiste a todas las desorganizaciones y a todas las
destrucciones. La comunidad tiene su administraci�n, sus jurados, sus �rganos
judiciales; y si no los tiene los improvisar�. Por lo tanto, estando Francia
municipalmente organizada por s� misma, tambi�n est� democr�ticamente
organizada de por s�. No hay, en cuanto al organismo interno, nada que hacer,
todo est� hecho; el individuo es libre y soberano en la naci�n.
Ahora �debe la naci�n o la comunidad tener un �rgano sint�tico y central
para solventar ciertos intereses comunes, materiales
y concretos, y para servir de interlocutor entre la comunidad y el
exterior? Esto no es problema para nadie; y no veo que haya que inquietarse
demasiado por aquello que todos admiten como racional y necesario. Lo que est�
en cuesti�n es el gobierno; pero un mecanismo funcional, una canciller�a,
debidos a la iniciativa de las comunidades autorreguladas, pueden constituir,
si es necesario, una comisi�n administrativa, no un gobierno.
�Saben qu� es lo que hace que un alcalde sea agresivo en una comunidad? La
existencia del gobernador civil. Si se suprime a �ste, y aqu�l se apoya �nicamente
sobre los individuos que lo han nombrado, la libertad de cada uno est�
garantizada.
Una instituci�n que depende de la comunidad no es un gobierno; un gobierno es
una instituci�n a la cual la comunidad obedece. No se puede llamar gobierno
aquello sobre lo cual pesa la influencia individual; se llama gobierno a
aquellos que aplasta a los individuos bajo el peso de su influencia.
En una palabra, lo que est� en cuesti�n no es el acto civil -del cual expondr� pr�ximamente la naturaleza y el car�cter-,
sino el contrato social.
No hay, no puede haber, un contrato social, en primer t�rmino porque la
sociedad no es un artificio, ni un hecho cient�fico, ni una combinaci�n de
la mec�nica; la sociedad es un hecho providencial e indestructible. Los
hombres, como todos los animales de costumbres sociales, vive en sociedad por
naturaleza. El estado natural del hombre es en s� el estado de sociedad; por
lo tanto, es absurdo, cuando no infame, querer constituir con un contrato lo
que est� constitu�do de por s� y a t�tulo fatal. En segundo lugar, porque
mi modo de ser social, mis actividades, mi fe, mis sentimientos, mis afectos,
mis gustos, mis intereses, mis h�bitos, cambian cada a�o, o cada mes, o cada
d�a, o a veces varias veces al d�a, y no me complace comprometerme frente a
nadie, ni de palabra, ni por escrito, a no cambiar de actividad, ni de
convicci�n, ni de sentimiento, ni de afecto, ni de inter�s, ni de h�bito; y
declaro que si yo hubiera tomado un compromiso semejante no habr�a sido m�s
que para romperlo. Y afirmo que si me lo hubieran hecho tomar por la fuerza,
habr�a sido la m�s b�rbara y al mismo tiempo la m�s odiosa de las tiran�as.
A pesar de ello, la vida social de todos nosotros ha comenzado por contrato.
Rosseau invent� esta cuesti�n, y desde hace sesenta a�os el genio de
Rosseau se arrastra en nuestra legislaci�n. Es en virtud de un contrato,
redactado por nuestros padres y renovado �ltimamente por los grandes
ciudadanos de la Constituyente, que el gobierno nos prohibe ver, oir, hablar,
escribir o hacer nada fuera de aquello que nos permite. Tales son las
prerrogativas populares cuya alienaci�n da lugar a la constituci�n del
gobierno. En lo que me ata�e, yo pongo en discusi�n a �ste y por otra parte
dejo a los otros la facultad de servirlo, de pagarlo, de amarlo y finalmente
de morir por �l. Pero a�n cuando el pueblo franc�s en pleno consintiera en
ser gobernado en materia de educaci�n, culto, finanzas, industria, arte,
trabajo, afectos, gustos, h�bitos, movimientos y hasta en su alimentaci�n,
yo declaro con todo derecho que su voluntaria esclavitud en nada empe�a mi
responsabilidad, as� como su estupidez no compromete mi inteligencia. Y sin
embargo, de hecho, su servidumbre se extiende sobre m� sin que me sea posible
sustraerme a ella. No hay duda de ello, es notorio que la sumisi�n de seis,
siete u ocho millones de individuos a uno o m�s hombres comporta mi propia
sumisi�n a �ste o a estos mismos hombres. Yo desaf�o a cualquiera a
encontrar en este acto otra cosa que una insidia, y afirmo que en ning�n per�odo
la barbarie de un pueblo ha ejercitado sobre la tierra un bandolerismo mejor
caracterizado. En efecto, ver una coalici�n moral de ocho millones de siervos
contra un hombre libre es un espect�culo de bellaquer�a, contra cuya
barbarie no se podr�a invocar a la civilizaci�n sin ridiculizarla o
convertirla en odiosa a los ojos del mundo.
Pero yo no puedo creer que todos mis compatriotas sientan deliberadamente la
necesidad de servir. Lo que yo siento todos deber�an sentirlo; lo que yo
pienso, todos deber�an pensarlo; porque yo no soy ni m�s ni menos que un
hombre; yo estoy en las mismas condiciones simples y laboriosas de cualquier
trabajador. Me sorprende y asusta encontrar a cad paso que doy en el camino, a
cada pensamiento que acojo en mi mente, a cada empresa que quiero comenzar, a
cada moneda que tengo necesidad de ganar, una ley o reglamento que me dice: no
pasar de aqu�; no pensar esto; no emprender aquello; aqu� se deja la mitad
de esa moneda. Frente a los m�ltiples obst�culos que se levantan por todas
partes, mi esp�ritu intimidado se hunde en el embrutecimiento: no s� hacia d�nde
volverme; no s� qu� hacer; no s� en qu� convertirme.
�Qui�n ha agregado al flagelo de los desastres atmosf�ricos, a la poluci�n
del aire, a la insalubridad del clima, al rayo que la ciencia ha sabido domar,
esta potencia oculta y salvaje, este genio malvado que espera a la humanidad
desde la cuna para que sea devorada por la misma humanidad? �Qui�n? Los
mismos hombres que, no teniendo bastante con la hostilidad de los elementos,
adem�s se han dado a los hombres por enemigos.
Las masas, todav�a demasiado d�ciles, son inocentes de todas las
brutalidades que se cometen en su nombre y en su perjuicio. Son inocentes,
pero no ignorantes; creo que, como yo, las sienten y se indignan; creo que,
como yo, se apurar�an a suprimirlas; s�lo que, no distinguiendo bien las
causa, no saben c�mo actuar. Yo estoy intentando esclarecerlas sobre uno u
otro punto.
Comencemos por se�alar a los culpables.
De
la actitud de los partidos y de sus peri�dicos
La soberan�a popular no tiene �rganos
en la prensa francesa. Diarios burgueses o nobles, sacerdotales, republicanos,
socialistas: �Servidumbre! Domesticidad pura; lustran, friegan, desempolvan
los arreos de alg�n caballo pol�tico a la espera de un torneo del cual el
poder es el premio -del cual, en consecuencia, mi servidumbre, la servidumbre
del pueblo, son el premio-.
Exceptuada "La Presse" que, a veces, cuando sus redactores olvidan
su orgullo para permanecer altivos, sabe encontrar alguna elevaci�n de
sentimientos; exceptuada "La Voix du Peuple" que, de tanto en tanto,
sale de la vieja rutina para arrojar alguna luz sobre los intereses generales,
no puedo leer un diario franc�s sin sentir por quien lo ha escrito una gran
piedad o un profundo desprecio.
Por una parte, veo venir al periodismo gubernativo, al periodismo poderoso
gracias al oro del impuesto y al hierro del ej�rcito, aqu�l que tiene la
cabeza ce�ida por la investidura de la autoridad suprema y que tiene en sus
manos el cetro que esta investidura consagra. Lo veo venir con la llama en el
ojo, la espuma en los labios, los pu�os cerrados como un rey del foro, como
un h�roe del boxeo, que acusa a su gusto y con una perversidad brutal a un
adversario desarmado contra el cual lo puede todo y del cual no tiene nada,
absolutamente nada que temer; trat�ndolo de ladr�n, de asesino, de
incendiario. Lo cerca como a una bestia feroz, neg�ndole la comida, arroj�ndolo
en laas prisiones sin decirle por qu� y aplaudi�ndose por lo que hace, alab�ndose
de la gloria que obtiene, como si luchando contra gente desarmada arriesgase
algo y corriese alg�n peligro.
Esta cobard�a me rebela.
Por la otra parte, se presenta el periodismo de la oposici�n, esclavo
grotesco y mal educado; que gasta su tiempo en quejarse, en lloriquear y en
pedir gracia; que a cada escupida que recibe, a cada bofetada que le propinan,
dice: vosotros os comport�is mal conmigo, no sois justos, no he hecho nada
para ofenderos. Y replica est�pidamente a las acusaciones que le dirigen como
si se tratara de cosas leg�timas. No soy un ladr�n, no soy un asesino,
tampoco soy un incendiario; venero la religi�n, amo la familia, respeto la
propiedad; sois m�s bien vosotros quienes despreci�is todas estas cosas. Yo
soy mejor que vosotros y sin embargo me oprim�s. No sois justos.
�Esta bajeza me indigna!
Contra polemistas semejantes a �stos que encuentro en la oposici�n,
comprendo la brutalidad del poder; la coomprendo porque, despu�s de todo,
cuando el d�bil es abyecto, se puede olvidar su debilidad para no recordar
sino su abyecci�n. Esta es una cosa irritante, algo que se tira y se tritura
bajo el pie como se aplasta a un gusano de tierra. Y la abyecci�n es algo que
no comprendo en un grupo de hombres que se llaman democr�ticos y que hablan
en nombre del pueblo, principio de toda grandeza y de toda dignidad.
Aquel que habla en nombre del pueblo, habla en nombre del derecho; ahora, yo
no comprendo que el derecho se irrite, no comprende que se digne discutir con
la injusticia y menos a�n puedo comprender que descienda hasta el lamento y
la s�plica. Se sufre la opresi�n, pero no se discute con ella cuando se
quiere que muera; porque discutir es transigir.
El poder es institu�do; vosotros os hab�is puesto (todo el pa�s se ha
puesto, gracias a vuestro adorables consejos e iniciativas) a disposici�n de
algunos hombres. Estos hombres usan de la fuerza que les hab�is dado; la usan
contra vosotros �Y vosotros os compadec�is? �Qu� pens�bais? �Que se
servir�an de ella contra s� mismos? No pud�steis pensar esto; por tanto, �de
qu� os quej�is? El poder debe necesariamente ejercitarse en provecho de
aquellos que lo tienen y en perjuicio de los que carecen de �l; no es posible
ponerlo en movimiento sin da�ar a una parte y favorecer a la otra.
�Qu� har�ais vosotros si fueseis investidos de �l? O no lo usar�ais para
nada (lo cual equivaldr�a pura y simplemente a renunciar a la investidura), o
lo usar�ais en vuestro beneficio y en detrimento de aqu�llos que lo tienen
ahora y que no lo tendr�an m�s. Entonces cesar�ais de lamentaros, de
lloriquear y de pedir clemencia para asumir el rol de aqu�llos que os
insultan y para pasarles a ellos el vuestro. Pero, �qu� me importa a m� que
la cosa se d� vuelta? A m�, que nunca tengo el poder y que sin embargo lo
hago; a m�, que pago dinero al opresor, cualquiera que sea y de dondequiera
que venga; que, de alguna manera, soy siempre el oprimido. �Qu� me importa a
m� este columpio que alternativamente abate y exalta la cobard�a y la
abyecci�n? �Qu� tengo que decir del gobierno y de la oposici�n, sino que
�sta es una tiran�a en formaci�n y aqu�l una tiran�a de hecho? �Por qu�
despreciar� m�s a este campe�n que al otro, cuando ambos no se ocupan sino
de edificar sus placeres y sus fortunas sobre mis dolores y mi ruina?
El
poder es el enemigo
No hay peri�dico en Francia que no
sostenga a un partido, no hay partido que no aspire al poder, no hay poder que
no sea enemigo del pueblo.
No hay peri�dico que no sostenga a un partido, porque no hay peri�dico que
se eleve a aquel nivel de dignidad popular donde impera el tranquilo y supremo
desprecio de la soberan�a. El pueblo es impasible como el derecho, altivo
como la fuerza, noble como la libertad; los partidos son turbulentos como el
error, iracundos como la impotencia, viles como el servilismo.
No hay partido que no aspire al poder, porque un partido es esencialmente pol�tico
y se forma, en consecuencia, de la esencia misma del poder, origen de toda pol�tica.
Ya que si un partido cesara de ser pol�tico, cesar�a de ser un partido y
entrar�a de nuevo en el pueblo, es decir, en el orden de los intereses, de la
producci�n, de la actividad industrial y de los intercambios.
No hay poder que no sea enemigo del pueblo, porque cualesquiera que sean las
condiciones en las cuales se pone, cualquiera que sea el hombre que est�
investido de �l, de cualquier modo como se lo llame, el poder es siempre el
poder, es decir, el signo irrefutable de la abdicaci�n de la soberan�a del
pueblo y la consegraci�n de un dominio supremo. La Fontainelo ha dicho antes
que yo: el patr�n es el enemigo.
El poder es el enemigo en el orden social y en el orden pol�tico. En el orden
social:
Porque la industria agr�cola, sustento de todas las industrias nacionales, es
aplastada por los impuestos con que la grava el poder y devorada por la ussura
(desembocadura fatal del monopolio financiero), cuyo ejercicio es garantizado
por el poder a sus disc�pulos o agentes.
Porque el trabajo, es decir la inteligencia, es expropiado por el poder,
ayudado de sus bayonetas, en provecho del capital (elemento tosco y est�pido
en s�), que ser�a l�gicamente la palanca de la industria si el poder no
impidiera la asociaci�n directa entre capital y trabajo. Y que de palanca se
convierte en f�retro debido al poder que lo separa de �ste, poder que no
paga sino la mitad de lo que debe y que, cuando no paga en absoluto, tiene
-por su uso de las leyes y los tribunales-, alguna instituci�n gubernativa
dispuesta a applazar por muchos a�os la satisfacci�n del apetito del
trabajador perjudicado.
Porque el comercio est� amordazado por el monopolio de los bancos -del cual
el poder tiene la llave- y estrechamente atado por el nudo corredizo de una
reglamentaci�n entorpecedora -producto tambi�n del poder-. Y este comercio
debe enriquecerse indirectamente, en forma fraudulenta, sobre la cabeza de
mujeres y ni�os, mientras le est� prohibido arruinarse bajo pena de infamia
(contradicci�n �sta que ser�a un certificado de idiotismo si no fuera
porque existe en el pueblo m�s espiritual de la tierra).
Porque la ense�anza est� cincelada, recortada y reducida a las restringidas
dimensiones del modelo confeccionado por el poder, de tal forma que toda
inteligencia que no lleva su marca es como si no existiese.
Porque quien no va al templo, ni a la iglesia, ni a la sinagoga, debido a la
interferencia del poder paga el templo, la iglesia y la sinagoga.
Porque -para decirlo todo en pocas palabras-, es criminal quien no oye, ve,
habla, escribe, piensa ni act�a tal como el poder le impone o�r, ver,
hablar, escribir, pensar, actuar.
En el orden pol�tico:
Porque los partidos s�lo existen y desangran al pa�s con y por el poder.
No es el jacobinismo lo que temen los legitimistas, los orleanistas, los
bonapartistas, los moderados: es el
poder de los jacobinos.
No es al legitimismo a quien combaten los jacobinos, los orleanistas, los
bonapartistas, los moderados: es el
poder de los legitimistas.
Asimismo, todos aquellos partidos a los que v�is moverse sobre la superficie
del pa�s como flota la espuma sobre un l�quido en ebullici�n, no se han
declarado la guerra a causa de sus disidencias doctrinales, sino justamente a
causa de su com�n aspiraci�n al poder. Si cada uno de estos partidos supiera
con certeza que sobre �l no caer� el peso del poder de alguno de sus
enemigos, el antagonismo cesar�a instant�neamente, como ces� el 24 de
febrero de 1848, en la �poca en que el pueblo, habiendo destru�do el poder,
desbord� a los partidos.
De ello se deduce que un partido, sea cual sea, s�lo existe y es temido
porque aspira al poder. Y si quien carece del poder no constituye un peligro,
en consecuencia es verdad que cualquiera que tenga el poder es autom�ticamente
peligroso; de donde queda abundantemente demostrado que no existe otro enemigo
p�blico que el poder.
Por lo tanto, social y pol�ticamente hablando, el poder es el enemigo. Y,
como m�s adelante demostrar� que todos los partidos aspiran al poder,
resulta que cada partido es premeditadamente un enemigo del pueblo.
El
pueblo no hace m�s que perder su tiempo y prolongar sus sufrimientos haciendo
suyas las luchas de gobiernos y partidos
Es as� como se explica la ausencia
de todas las virtudes populares en el seno de los gobiernos y de los partidos;
es as� como, en estos grupos nutridos de peque�os odios, de miserables
rencores, de mezquinas ambiciones, el ataque ha ca�do en la bellaquer�a y la
defensa en abyecci�n.
Es necesario matar al periodismo corrompido. Es necesario destituir a estos
amos sin nobleza que tienen miedo de convertirse en siervos y expulsar a estos
siervos sin audacia que esperan llegar a ser amos.
Para comprender la urgencia de desembarazarse del periodismo, el pueblo debe
ver claramente dos cosas:
En primer t�rmino, que al intervenir en las luchas entre gobiernos y entre
partidos, dirigiendo su actividad hacia la pol�tica en vez de aplicarse a sus
intereses materiales, lo �nico que consigue es descuidar sus asuntos y
prolongar sus sufrimientos.
En segundo lugar, que no tiene nada que esperar de ning�n gobierno ni de ning�n
partido.
En efecto -tal como luego demostrar� de modo m�s preciso-, se puede afirmar
que un partido, despojado de esta apariencia y de ese prestigio patri�ticos
de los cuales se circunda para enredar a los tontos, no es sino un hatajo de
ambicioses a la caza de cargos.
Esto es tan cierte que a los mon�rquicos s�lo les ha parecido soportable la
Rep�blica a partir del momento en que ellos ocuparon las funciones p�blicas
y estoy segur�simo que no pedir�n jam�s el restablecimiento de la Monarqu�a
si se les deja ocupar en paz todos los cargos de dicha Rep�blica. Esto es tan
cierto que los republicanos �nicamente han encontrado soportable la Monarqu�a
a partir del momento en que, bajo el nombre de Rep�blica, ellos la
gestionaron y administraron. En fin, es tan cierto que el partido burgu�s ha
hecho la guerra a los nobles desde 1815 a 1830 porque los burgueses eran
mantenidos a distancia de los cargos importantes; que los nobles y
republicanos han hecho la guerra a los burgueses desde 1830 hasta 1848 porque
a unos y a otros les estaba vedado el acceso a esos mismos cargos y que, despu�s
del advenimiento al poder de los mon�rquicos, el mayor reproche que les han
formulado los republicanos es el haber destitu�do funcionarios de esta
escuela, reconociendo as�, de una manera conmovedora, que para ellos la Rep�blica
es una cuesti�n marginal.
Por la misma raz�n por la cual un partido se mueve para apropiarse de los
cargos o del poder, el gobierno, que est� provisto de �stos, se activa para
conservarlos. Pero un gobierno se encuentra circundado de un aparato de
fuerzas que le permite acosar, perseguir, oprimir a aqu�llos que quieren
despojarlo. Y el pueblo, que de rebote sufre las medidas opresivas provocadas
por la agitaci�n de los ambiciosos -y cuya alma generosa se abre a las
tribulaciones de los oprimidos-, suspende sus asuntos, marca un alto en el
camino progresivo que recorrem se informa de lo que se dice, de lo que se
hace, se calienta, se irrita y finalmente presta su fuerza para contribuir a
la ca�da del opresor.
Pero el pueblo, al no haber peleado por sus propios intereses, ha vencido sin
provecho -am�n que, como explicar� m�s adelante, el pueblo no tiene
necesidad de combatir para triunfar-. Puesto al servicio de los ambiciosos, su
brazo ha empujado al poder a una nueva pandilla en lugar de la anterior. Poco
despu�s, al convertirse a su vez los antiguos opresores en oprimidos, el
pueblo -que, como antes, vuelve a recibir el contragolpe de las medidas
provocadas por la agitaci�n del partido vencido, y cuya gran alma, como
siempre, se abre a las tribulaciones de las v�ctimas-, suspende de nuevo sus
asuntos y termina por prestar su fuerza a los ambiciosos una vez m�s.
En definitiva, en este juego brutal y cruel, el pueblo no hace m�s que perder
su tiempo y agravar su situaci�n; se empobrece y sufre. No avanza un solo
paso.
Admitir� sin repugnancia que las fracciones populares (que son todo
sentimiento y pasi�n) dif�cilmente se contienen cuando el aguij�n de la
tiran�a las hiere demasiado intensamente; pero est� demostrado que dejarse
arrastrar por la codiciosa impaciencia de los partidos s�lo empeora las
cosas. Est� probado, adem�s, que el mal del cual tiene que lamentarse el
pueblo le es causado por lo grupos que, s�lo por el hecho de no obrar como �l,
obran contra �l. Los partidos deben cesar en su inquinidad en nombre de ese
mismo pueblo al que oprimen, empobrecen, embrutecen y habit�an a no hacer
otra cosa m�s que lamentarse. No hay que contar con los partidos. El pueblo
no debe contar m�s que consigo mismo.
Sin retroceder demasiado en nuestra historia, tomando solamente las p�ginas
de los dos �ltimos a�os transcurridos, es f�cil ver que la turbulencia de
los partidos ha sido la primera causa de todas la leyes represivas que se han
sancionado. Ser�a largo y fastidioso hacer aqu� la lista, pero para respetar
la exactitud de los hechos hist�ricos debo decir que, desde 1848, s�lo puede
citarse una medida tir�nica que no se apoy� sobre provocaciones de partido,
sino que fue debida a la sola voluntad del poder: es aquella cuya ejecuci�n
M. Ledru-Rollin impuso a sus prefectos.
Desde esa �poca las prerrogativas populares han ido desapareciendo una a una,
debido al abuso que de ellas hizo la impaciencia de los ambiciosos, expresada
a trav�s de maniobras agitativas. No pudiendo el poder discriminar, la ley
inflinge a la totalidad golpes que s�lo deber�an sufrir los provocadores: el
pueblo es oprimido y la culpa no es sino de los partidos.
Si por lo menos los partidos no sintieran que el pueblo los respalda; si �ste,
ocupado en sus intereses materiales, de sus atividades industriales, de su
comercio, de sus negocios, ahogara con su indiferencia e inclusive con su
desprecio esa baja estrategia que se llama pol�tica; si tomara, con respecto
a esta agitaci�n psicol�gica, la actitud que tom� el 13 de Junio frente a
la agitaci�n material, los partidos, aislados de improviso, cesar�an de
agitarse; se extinguir�an inmediatamente, se disolver�an poco a poco en el
seno del pueblo y, en fin, desaparecer�an. Y el gobierno -que no existe sino
por la oposici�n, que no se alimenta sino de los problemas que los partidos
suscitan, que no tiene raz�n de ser m�s que por los partidos, que, en una
palabra, desde hace cincuenta a�os no hace m�s que defenderse y que, si no
se defendiera m�s, cesar�a de existir- el gobierno, digo, se pudrir�a como
un cuerpo muerto; se disolver�a por s� mismo y la libertad estar�a fundada.
El
pueblo no tiene nada que esperar de ning�n partido
Pero la desaparici�n del gobierno,
el aniquilamiento de la instituci�n gubernativa, el triunfo de la libertad de
la cual todos los partidos hablan, en verdad no satisfar�a el inter�s de �stos.
Ya he probado abundantemente que todo partido, por su propia naturaleza, es
esencialmente gubernativo (caracter�stica �sta que se procura ocultar al
pueblo con el mayor cuidado). En efecto, en su cotidiano polemizar se da a
entender que el gobierno obra mal, que su pol�tica es mala, pero que podr�a
obrar mejor, que su pol�tica podr�a ser mejor. Al fin de cuentas, cada
periodista transluce en sus art�culos este pensamiento: �Si yo estuviera all�,
ya ver�ais c�mo se gobierna!
�Y bien! Veamos si verdaderamente hay un modo ecu�nime de gobernar; veamos
si es posible crear un gobierno dirigente y de iniciativa propia, un poder,
una autoridad, sobre las bases democr�ticas del respeto al individuo.
Me interesa examinar a fondo esta cuesti�n, porque hace poco he dicho que el
pueblo no tiene nada que esperar de ning�n gobierno ni de ning�n partido y
por lo tanto me apresuro a demostrarlo.
Henos aqu� en 1852; el poder que esper�is obtener, vosotros monta�eses,
socialistas, moderados -me da lo
mismo-, lo ten�is. Me complace ver que la mayor�a est� orientada hacia las
izquierdas. �Sed bienvenidos! Por favor, �quer�is explicarme c�mo conceb�s
vosotros lo que se ha de hacer?
Deseo ignorar vuestras divisiones internas; me abstengo de ver entre vosotros
a Girardin, Proudhon, Louis Blanc, Pierre Leroux, Considerant, Cabet, Raspail
o sus disc�pulos; supongo que reina entre vosotros una perfecta uni�n (si
supongo lo imposible, es porque quiero, ante todo, simplificar el
razonamiento).
De modo que aqu� os tenemos, todos de acuerdo. �Qu� har�is?
Liberaci�n de todos los prisioneros pol�ticos; amnist�a general. Bien. Sin
duda no har�is una excepci�n con los pr�ncipes...As� demostrar�is temer
la fuerza de sus partidarios -y este temor traicionar� un defecto vuestro, el
de reconocer que bien se los podr�a preferir en lugar vuestro, reconocimiento
que implicar�a vuestra incertidumbre acerca del hecho de cumplir con el bien
general-.
Las injusticias, una vez reparadas en el orden pol�tico, siguen deteriorando
la econom�a y la vida social.
Vosotros no presentar�is bancarrota, por supuesto. El honor nacional, que
entend�is a la manera de Garlier, 45 cent�simos, os impondr� respetar la
Bolsa en detrimento de 35 millones de contribuyentes, ya que el d�bito creado
por las monarqu�as tiene un car�cter demasiado noble como para que el pueblo
franc�s no deba desangrarse 450 millones anuales en provecho de un pu�ado de
especuladores. Por lo tanto, comenzar�is por salvar el d�bito: pobres, pero
honrados. Estas dos calificaciones no concuerdan en particular con los tiempos
que corren; pero, en fin, vosotros actu�is todav�a como en los viejos
tiempos y que el pueblo, endeudado como antes, piense lo que quiera.
Pero, ahora que lo pienso, vosotros deb�is ante todo privilegiar a los
pobres, a los trabajadores, a los proletarios; lleg�is con una ley de
contribuci�n sobre los ricos.
.....
(Este tramo lo he suprimido por anacr�nico
y poco interesante: se supone que el gobierno trata de subir los impuestos a
los pr�stamos de banqueros y capitalistas, y �stos evidentemente suben el
porcentaje al que prestan el dinero, haci�ndo pagar el impuesto a los
pobres.)
....
�Proclam�is la libertad ilimitada de prensa? Esto os est� prohibido. Si
cambi�is la base de los impuestos, si toc�is la fortuna p�blica, os expondr�is
a una discusi�n de la cual no saldr�is bien parados. Personalmente, me
siento dispuesto a probar con toda claridad vuestra impericia acerca de este
punto, as� como la necesidad que la necesidad de vuestra conservaci�n os
obligar� imperiosamente a hacerme callar (con lo cual har�is muy bien).
Por lo tanto, a causa de las finanzas, la prensa no ser� libre. Ning�n
gobierno que se inmiscuya con los grandes intereses puede proclamar la
libertad de prensa; eso le est� expresamente prohibido. Las promesas no os
faltar�n; pero prometer no es cumplir y si no preguntad al se�or Bonaparte.
Evidentemente, vosotros conservar�is el ministerio de educaci�n y el
monopolio universitario; s�lo que dirigir�is la ense�anza exclusivamente en
el sentido filos�fico, declarando una guerra feroz al clero y a los jesu�tas
-lo cual me convertir� en jesu�ta contra vosotros, como me hago fil�sofo
contra el se�or Montalembert, en nombre de mi libertad, que consiste en ser
lo que me place sin que vosotros ni los jesu�tas teng�is nada que ver en
ello.
�Y el culto? �Abolir�is el ministerio de culto? Lo dudo. Me imagino que, en
el inter�s de los gobern�manos, crear�is ministerios m�s que suprimirlos.
Habr� un ministerio de culto como hoy y yo pagar� el cura, el ministro y el
rabino, a pesar de que no voy a misa, ni a la pr�dica ni a la cena.
Conservar�is el ministerio de comercio, el de agricultura, el de obras p�blicas.
Y sobre todo el de interior, porque tendr�is prefectos, subprefectos, una
polic�a del Estado, etc. Y mientras conserv�is y dirig�s todos estos
ministerios -que constituyen precisamente la tiran�a de hoy-, continuar�is
diciendo todav�a que la prensa, la instrucci�n, el culto, el comercio, las
obras p�blicas, la agricultura son libres. �Qu� har�is entonces que no hag�is
hoy? Yo os lo dir�: en vez de atacar, os defender�is.
No veo para vosotros m�s recurso que cambiar todo el personal de las
administraciones y de las oficinas y obrar con respecto a los reaccionarios
como los reaccionarios obran respecto a vosotros. Pero esto, �no se llama
gobernar? Este sistema de represalias, �no constituye el gobierno? Si debo
juzgar por lo que sucede desde hace casi sesente a�os, me doy clara cuenta de
lo �nico que har�is convirti�ndoos en gobernantes...Afirmo que gobernar no
es otra cosa que luchar, vengarse, castigar. Ahora, si vosotros no os d�is
cuenta que es sobre nuestras espaldas que sois azotados y que azot�is a
vuestros adversarios, nosotros, por nuestra parte, no sabemos disimularlo, y
creemos que el espect�culo debe llegar a su fin.
Para resumir toda la impotencia de un gobierno, cualquiera que sea, en cuanto
a lograr el bien p�blico, dir� que ning�n bien puede surgir sin reformas.
Pero cada reforma constituye necesariamente una libertad, cada libertad, una
fuerza adquirida por el pueblo y, a su vez, un atentado a la integridad del
poder. De ello se sigue que el camino de las reformas -que para el pueblo es
el de la libertad- para el poder es fatalmente el de la decadencia. Por lo
tanto, si vosotros dec�s que quer�is el poder para hacer reformas, admitid
al mismo tiempo que quer�is alcanzarlo con la finalidad premeditada de
abdicar de �l... Y como no soy tan est�pido de creeros tan poco ingeniososm
advierto que ser�a contrario a todas las leyes naturales y sociales -y
principalmente la de la propia conservaci�n, que ning�n ser puede dejar de
lado- que hombres investidos de la fuerza p�blica se despojaran por su propia
voluntad de la investidura y del derecho principesco que les permite vivir en
el lujo sin producirlo. �Id a contar vuestras patra�as a otra parte!
Vuestro gobierno no puede tener m�s que un objetivo: vengarse del anterior;
exactamente como el que os siga no podr� tener sino una finalidad: vengarse
de vosotros. La industria, la producci�n, el comercio, los asuntos del
pueblo, los intereses de la multitud no pueden florecer en medio de estas
luchas. Yo propongo que se os deje solos para que os romp�is bien la cara, de
modo que nosotros podamos dedicarnos a nuestros asuntos.
Si la prensa francesa quiere ser digna del pueblo al cual se dirige, debe
cesar de hacer sofismas en torno a los asuntos deplorables de la pol�tica.
Dejad que sean los ret�ricos quienes fabriquen a su gusto leyes que los
intereses y las costumbres desbordar�n. Por favor, no interrump�is con
vuestros cacareos in�tiles el libre desarrollo de los intereses y la
manifestaci�n de las costumbres.
La pol�tica no ha ense�ado nunca a nadie el medio de ganarse honradamente su
pan; sus preceptos no han servido m�s que para estimular la poltroner�a y
dar coraje al vicio. Por lo tanto, no nos habl�is m�s de pol�tica. Llenad
vuestras columnas con estudios econ�micos y comerciales; decidnos qu� se ha
inventado de �til; qu� se ha descubierto en cualquier pa�s que sea material
o moralmente provechoso para el acrecentamiento de la producci�n y el aumento
del bienestar; tenednos al corriente de los progresos de la industria, de modo
que encontremos, a trav�s de estas informaciones, el modo de ganarnos la vida
y de vivirla en un ambiente confortable. Todo esto nos importa mucho m�s que
vuestras est�pidas disertaciones acerca del equilibrio de los poderes y sobre
la violaci�n de una Constituci�n que -hablando francamente- ni a�n virgen
me parece muy digna de mi respeto.
Del
electorado pol�tico o sufragio universal
Lo que acabo de decir me lleva
naturalmente al examen de las causas que originan todos estos vicios. Estas
causas, para m�, deben buscarse en las elecciones.
Desde hace dos a�os y por s�rdidas razones de las que -quiero creer- los
partidos no se dan cuenta, se mantiene al pueblo en la convicci�n de que no
llegar� a la soberan�a y al bienestar sino con la ayuda y la intervenci�n
de representantes regularmente elegidos.
El voto -tesis municipal aparte- puede conducir al pueblo a la libertad, a la
soberan�a, al bienestar, tanto como la entrega de todo lo que posee puede
conducir a un hombre a la fortuna. Quiero decir con esto que el ejercicio del
sufragio universal, lejos de garantizarla, no es sino la cesi�n pura y simple
de la soberan�a.
Las elecciones, de las cuales los sofistas de la �ltima revoluci�n han
hablado tanto y tan seriamente; las elecciones, si se las antepone a la
libertad, son como el fruto antes que la flor; como la consecuencia antes que
el principio; como el derecho antes que el hecho: la m�s solemne estupidez
que se haya podido imaginar en cualquier tiempo y pa�s. Aquellos que se han
permitido, aquellos que han tenido la audacia de llamar al pueblo a votar
antes de permitirle consolidarse en su libertad, no s�lo han abusado
groseramente de la inexperiencia de �ste y de la docilidad temerosa de una
larga dependencia ha impreso en su car�cter; sino tambi�n, d�ndole �rdenes
y declar�ndose, por este solo hecho, superiores a �l, han desconocido las
reglas elementales de la l�gica -ignorancia que deb�a conducirlos a caer v�ctimas
de su infernal artilugio, impeli�ndolos a errar tristemente en el exilio
empujados por el resultado del sufragio universal.
Un hecho extra�o -y sobre el cual debo reclamar la atenci�n del lector,
sobre todo en inter�s de la demostraci�n que seguir�- es que el sufragio
universal se ha volcado en ventaja de sus enemigos declarados, esto es, en
provecho de los servidores las monarqu�as. El pueblo ha dado las gracias a
aquellos que lo hab�an esclavizado; les ha otorgado, con su votom el derecho
a darle caza con red y se�uelo, al acecho o persigui�ndole, al tiro libre o
con trampa, con la ley por arma y con sus semejantes por perros de presa.
Creo que me est� permitido no aceptar sin examen esta pretendida
"panacea" de la democracia a la que se llama electorado o sufragio
universal, cuando observo que �sta destruye a aquellos que le han dado
existencia y que vuelve omnipotente a los que la han torturado desde su
nacimiento. Asimismo, declaro que la combato como se combate a una cosa mal�fica,
a una mostruosidad sin proporciones.
El lector ya habr� comprendido que aqu� no se trata de contestar un derecho
popular, sino de corregir un error fatal. El pueblo tiene todos los derechos
imaginables. Yo me atribuyo por mi parte todos los derechos, inclusive el de
quemarme el cerebro o el de tirarme al r�o. Sin embargo -aparte que el
derecho a mi destrucci�n, al salirse de la ley natural, deja de llamarse un
derecho para convertirse en una anomal�a del derecho, en una forma de
desesperaci�n-, ni a�n esta exaltaci�n ab norma (que llamar� tambi�n un
derecho a fin de facilitar el razonamiento) en caso alguno podr�a darme la
facultad de hacer sufrir a mis semejantes la suerte que me toca sufrir
personalmente. �Es as� tambi�n en cuanto al derecho a votar? No. En este
caso, el votante arrastra en su mismo suerte tambi�n al que se abstiene.
Yo me obstino en creer que los electores no saben que se suicidan civil y
socialmente yendo a votar: un viejo prejuicio los enajena de s� mismos y el h�bito
que tienen de aceptar el gobierno les impide ver lo que les conviene mirar por
s� mismos. Pero suponiendo, por el m�todo del absurdo, que los electores que
abandonan sus asuntos, que descuidan sus intereses m�s urgentes para ir a
votar, sean conscientes de esta verdad -vale decir, que con el voto se
despojan de su libertad, de su soberan�a, de su fortuna, en favor de sus
elegidos que, en adelante, dispondr�n de las mismas; suponiendo que aceptan
esto y consientan libre pero locamente en ponerse a disposici�n de sus
mandatarios, no veo por qu� su alienaci�n deba comportar la de sus
semejantes. No veo, por ejemplo, c�mo ni por qu� los tres millones de
franceses que no votan jam�s son objeto de la opresi�n legal o arbitraria
que hace pesar sobre el pa�s un gobierno constitu�do por los siete millones
de electores votantes. No veo, en una palabra, por qu� debe suceder que un
gobierno que yo no he hecho, ni he querido hacer, ni consentir�a jam�s en
hacer, venga a pedirme obediencia y dinero, bajo el pretexto de que est�
autorizado por sus art�fices. Hay aqu�, evidentemente, un enga�o sobre el
objeto, acerca del cual es importante explicarse, y es lo que estoy por hacer.
Pero primero har� la reflexi�n siguiente, que me sugiri� el advenimiento
electoral del 28 del corriente mes.
Cuando se me ocurri� publicar este diario, no eleg� el d�a adecuado, ni
pens� en las elecciones que se preparaban; por otra parte mis ideas son
demasiado elevadas para que puedan nuncaa adecuarse a las circunstancias y las
eventualidades. Adem�s, suponiendo da�oso para alg�n partido el efecto de
la presente exposici�n -suposici�n bien gratuita por cierto-, una voz de m�s
o de menos a derecha o a izquierda no cambiar� la situaci�n parlamentaria.
Y, despu�s de todo, que no se alarmen si bajo el golpe de mis argumentos el
sistema parlamentario se derrumba entero. Dado que es precisamente dicho
sistema el que combato, esto me impedir� al menos ir m�s lejos.
Por otra parte, mucho m�s importante que saber si estoy inquietando a los fan�ticos
del sufragio universal o a los que lo aprovechan, es asegurarme de que mis
doctrinas se apoyan en la raz�n universal; y, por lo que se refiere a este �ltimo
punto, estoy absolutamente tranquilo. Oso decir que, si no tuviera la garant�a
absoluta de la oscuridad de mi nombre contra el ataque de los que se nutren
del electorado, en la solidez de mis deducciones encontrar�a todav�a un
refugio donde la prudencia les impedir�a venirme a buscar.
Los partidos acoger�n este diario con desprecio; seg�n mi opini�n, es la
cosa m�s sabia que pueden hacer. Se ver�an obligados a tenerle demasiado
respeto si no lo desde�aran. Este diario no es el diario de un hombre, es el
diario del HOMBRE o no es nada.
Las
elecciones no son y no pueden ser actualmente m�s que un fraude y una
expoliaci�n
Dicho esto, afrontar� la situaci�n
sin preocuparme de los sentimientos de miedo o de los sue�os de esperanza que
podr�n empujar de vez en cuando a mi favor o en mi contra a los evocadores de
la monarqu�a y los profetas de la dictadura. Usando de la inalienable
facultad que me dan mi t�tulo de ciudadano y de mi inter�s de hombre, y
razonando sin pasi�n as� como sin debilidad; austero como mi derecho, calmo
como mis pensamientos, dir�:
Cada individuo que, en el presente estado de las cosas, pone en la urna
electoral una papeleta para la elecci�n de un poder legislativo o de un poder
ejecutivo es -si no voluntariamente, al menos por desconocimiento, si no
directamente, al menos indirectamente-, un mal ciudadano. Ratifico lo dicho
sin quitarle ni una s�laba.
Al presentar la cuesti�n de este modo, me desembarazo de una sola vez de los
mon�rquicos, que persiguen la realizaci�n del monopolio electoral, y de los
gubernamentalistas republicanos, que hacen de la formaci�n de los poderes pol�ticos
un producto del derecho com�n; en realidad caigo, no en el aislamiento -que,
por otra parte, me preocupar�a poco-, sino en medio del vasto n�cleo democr�tico
-m�s de un tercio de los electores inscritos- que protesta, con una abstenci�n
continua, contra la indigna y miserable suerte que le hacen sufrir, desde hace
m�s de dos a�os, la hedionda ambici�n, y la no menos hedionda rapi�a de
los partidos y de los vividores.
Sobre 353.000 electores inscritos en el departamento del Sena, s�lamente
260.000 han tomado parte en la votaci�n del 10 de marzo pasado, a pesar de
que el n�mero de las abstenciones esta vez ha sido menos elevado que en las
elecciones precedentes. Y siendo Par�s un centro pol�tico m�s activo que
los dem�s y coteniendo, en consecuencia, menos indiferentes que la provincia,
es exacto decir que los poderes pol�ticos se forman sin la participaci�n de
m�s de un tercio de los ciudadanos del pa�s. Es a ese tercio al que me
dirijo. Porque all�, se convendr� en ello, no existen el miedo que vota bajo
el pretexto de conservar, ni la ignorancia servil que vota por votar; all�
existe la serenidad filos�fica que fundamenta en una conciencia apacible el
travajo �til, la producci�n no interrumpida, el m�rito oscuro, el coraje
modesto.
Los partidos han calificado de malos ciudadanos a estos sabios y serios fil�sofos
de los intereses materiales, que se mezclan a las saturnales de la intriga.
Los partidos tienen horror a la indiferencia pol�tica, metal sin poros que
ninguna dominaci�n puede corroer. Es tiempo de prestar atenci�n a estos
legionarios de la abstenci�n, porque es entre ellos que se encuentra la
democracia; es entre ellos que reside la libertad, tan exclusivamente, tan
absolutamente, que esta libertad no ser� alcanzada por la naci�n sino el d�a
en que el pueblo entero imite su ejemplo.
Para aclarar la demostraci�n que estoy haciendo, debo examinar dos cosas:
primero, �cu�l es el objetivo del voto pol�tico? Segundo, �cu�l debe ser
inevitablemente su resultado?
El voto pol�tico tiene un doble objetivo, directo e indirecto. El primero es
constituir un poder; el segundo es -una vez constitu�do �ste- liberar a los
ciudadanos y reducir las cargas que pesan sobre ellos; y adem�s, hacerles
justicia.
Este es, si no me equivoco, el objetivo reconocido del voto pol�tico, en
cuanto al interior. Aqu� no est� en cuesti�n lo que ata�e al exterior.
Por tanto, yendo a votar y por el solo hecho del voto, el elector reconoce que
no es libre y atribuye a aqu�l a quien vota la facultad de liberarlo;
confiesa que est� oprimido y admite que el poder tiene la fuerza de volverlo
a levantar; declara querer la instituci�n de la justicia y concede a sus
delegados toda autoridad para juzgarlo.
Muy bien. Pero reconocer a uno o m�s hombres estas capacidades, �no es poner
mi libertad, mi fortuna y mi derecho fuera de m�? �No es admitir formalmente
que �ste o estos hombres -que pueden liberarme, volver a levantarme,
juzgarme-, son capaces asimismo de oprimirme, arruinarme, juzgarme mal? E
inclusive les es imposible hacer otra cosa, considerando que, al haberles sido
transferidos todos mis derechos, yo ya no tengo ninguno y que protegiendo el
derecho, no hacen sino protegerse a s� mismos.
Si yo pido a algo a alguien, admito que �ste tiene lo que yo le pido; ser�a
absurdo que hiciese una petici�n para obtener lo que ya est� en mi poder. Si
tuviera el uso de mi libertad, de mi fortuna, de mi derecho, no ir�a a ped�rselos
a nadie. Si se los pido, probablemente es porque �ste los posee y, si es as�,
no veo del todo claro qu� lecciones m�as tenga que recibir acerca del uso
que considera oportuno darles.
Pero, �c�mo es que el poder se encuentra en posesi�n de lo que me
pertenece? �C�mo lo ha conseguido? El poder, tomando por ejemplo aquello que
tenemos delante, est� constitu�do por el se�or Bonaparte que, todav�a
ayer, era un pobre proscrito sin demasiada libertad y sin m�s dinero que
libertad; por setecientos cincuenta J�piteres tonantes que -vestidos como
todos y no m�s bellos ciertamente-, hace unos meses hablaban con nosotros -y
no mejor que nosotros, oso decirlo-; por siete u ocho ministros y sus ac�litos,
la mayor parte de los cuales, antes de tirar de las cuerdas de las finanzas,
tiraban de la cola del diablo con tanta obstinaci�n como un amanuense
cualquiera.
�C�mo ha sucedido que estos pobres desgraciados de ayer sean mis patrones de
hoy? �C�mo es que estos se�ores detentan el poder al cual han sido
enajenadas toda libertad, toda riqueza, toda justicia? �A qui�n hay que
responsabilizar por las persecuciones, las imposiciones, las inquinidades que
sufrimos todos nosotros? A los votantes, evidentemente.
La Asamblea Constituyente, que fue la que empez� a meternos en el baile; el
se�or Luis Bonaparte, que ha continuado la instrumentaci�n; y la Asamblea
Legislativa, que ha venido ha reforzar la orquesta, todo esto no se ha hecho
solo. No, todo esto es el producto del voto. A todos aqu�llos que han votado
les corresponde la responsabilidad de lo que ha sucedido y de lo que seguir�.
Nosotros, dem�cratas del trabajo y de la abstenci�n, no aceptamos esta
responsabilidad. No busqu�is entre nosotros la solidaridad con las leyes
opresivas, los reglamentos inquisitoriales, los asesinatos, las ejecuciones
militares, los encarcelamientos, los traslados, las deportaciones...la crisis
inmensa que aplasta al pa�s. �Id a golpear vuestro pecho y a prepararos para
el juicio de la Historia, man�acos del gobierno! Nuestra conciencia est�
tranquila. Ya es bastante que, por un fen�meno que repugna a toda l�gica,
suframos un yugo que s�lo vosotros hab�is fabricado; ya es bastante que hay�is
empe�ado, junto con lo que os pertenec�a, lo que no os pertenec�a -lo que
deber�a ser inviolable y sagrado-: la libertad y la fortuna de los dem�s.
El
derecho de primogenitura y las lentejas del pueblo franc�s
Y no os cre�is, burgueses enga�ados,
gentilhombres arruinados, proletarios sacrificados, no cre�is que lo que
sucedi� pudo no haber sucedido si vosotros hubi�seis nombrado a Pedro en
lugar de Pablo, si vuestros votos hubiesen sido para Juan y no para Francisco.
De cualquier modo que vot�is os entreg�is y quienquiera que sea el vencedor,
su victoria os perjudica. A uno y a otro tendr�is que ped�rselo todo; por lo
tanto, jam�s volver�is a tener nada.
Por otra parte, comprended bien que -y no es ciencia en absoluto, sino la pura
y simple verdad-, si el mal hubiera venido �nicamente de los reaccionarios,
si los revolucionarios hubieran podido hacer vuestra fortuna, ser�ais riqu�simos.
Porque todos los gobiernos, de Robespierre a Marat -sus almas ante Dios est�n-,
fueron revolucionarios; esta Asamblea que ten�is aqu�, ante vuestros ojos,
tambi�n se compone totalmente de revolucionarios. Nadie ha sido m�s
revolucionario que el se�or Thiers, el administrador de Nuestra Se�ora de
Loreto. El se�or Montalembert ha pronunciado discursos tales sobre la
libertad absoluta que nadie podr�a hacerlos mejor. El se�or Brryer ha
conspirado desde 1830 hasta 1848. El se�or Bonaparte ha hecho revoluciones
por escrito, con las palabras y con las acciones; y no hablo de la Convenci�n
de la Monta�a, cen�culo que por muchos meses ha tenido en sus manos los
medios de gobierno para cubriros de un manto de opulencia. Todos los hombres
han sido revolucionarios hasta que han formado parte del gobierno; pero tambi�n
todos, cuando han formado parte del mismo, han sofocado la revoluci�n. Yo
mismo, si un d�a se os ocurriera entregarme el gobierno y si, en un momento
de olvido o de v�rtigo, en vez de sentir piedad y desprecio por vuestra
estupidez, aceptase el t�tulo de amparador del robo que hab�is perpetrado
contra vosotros mismos, �os juro por Dios que os las har�a ver negras! �No
os bastan las experiencias que hab�is tenido? Sois bien duros de mollera.
Justamente hace poco que hab�is erigido un gobierno blanco cuyo �nico
objetivo -y no podr�ais reproch�rselo- es desembarazarse de los rojos. Si ma�ana
hac�is un gobierno rojo, su �nico objetivo -�y estar�a bueno que lo
encontr�seis incorrecto!- ser� desembarazarse de los blancos. Pero los
blancos no se vengan de los rojos ni los rojos de los blancos m�s que a
golpes de leyes prohibitivas y opresivas. �Y sobre qui�n pesan estas leyes?
Sobre aqu�llos que no son ni rojos ni blancos, o que son, a sus expensas,
tanto rojos como blancos; sobre la multitud que no tiene ninguna culpa; as�
es que el pueblo est� totalmente magullado por los golpes de maza que los
partidos se propinan mutuamente.
Yo no critico al gobierno. �ste ha sido creado para gobernar y gobierna. Usa
de su derecho y, haga lo que haga, opino que cumple con su deber. El voto, al
darle el poder, impl�citamente le ha manifestado: el pueblo es perverso,
vuestra es la rectitud; aqu�l es pasional, a vos corresponde la moderaci�n;
aqu�l es est�pido, vos inteligente. El voto, que ha dicho esto a la mayor�a
actual, al presidente en funciones, volver�a a decirlo -porque no puede decir
otra cosa- a una mayor�a cualquiera y a cualquier presidente.
Por tanto, gracias al voto y a lo que consigo trae, el pueblo se pone en
cuerpo y bienes a merced de sus elegidos para que �stos usen y abusen de la
libertad y la fortuna que se les otorgan; entregada sin reservas, la autoridad
no tiene l�mites.
Dir�is: �Pero la probidad! �Pero la discreci�n! �Pero el honor!...Humo.
Vosotros hac�is sentimentalismos cuando es necesario hacer n�meros. Si
invert�s vuestros intereses sobre conciencias, invert�s a fondo perdido: la
conciencia es un utensilio a v�lvula.
Refelxionad un instante sobre lo que hac�is. Vosotros os amonton�is en torno
a un hombre como alrededor de una reliquia; bes�is el borde de su manto; lo
aclam�is hasta la sordera; lo cubr�s de regalos; replet�is sus bolsillos de
oro; os despoj�is, en su provecho, de todas vuestras riquezas; le dec�s: Sed
libre por encima de los libres, opulento por encima de los opulentos, fuerte
por encima de los fuertes, justo por encima de los justos. �Y os imagin�is
que a continuaci�n podr�is controlar el uso que hace de vuestros regalos? �Os
permit�s criticar esto, desaprobar aquello, calcular sus gastos y pedirle
cuentas? �Qu� cuentas quer�is que os rinda? �Hab�is extendido la factura
de lo que le hab�is dado? �Vuestra contabilidad est� en d�ficit? Y bien:
no ten�is t�tulos contra �l, la cuenta que quer�is presentar no tiene
base, no se os debe nada.
�Ahora grit�is, hac�is ruido, amenaz�is! Es un af�n in�til. Vuestro
deudor es vuestro due�o: inclinaos y pasad.
En los cuentos b�blicos se dice que Esa� vendi� su derecho de primogenitura
por un plato de lentejas. Los franceses lo hacen a�n mejor: regalan su
derecho de primogenitura y junto con �l las lentejas.
Lo
que hace nacer a los gobiernos no es lo que los hace vivir
Repetir� que no discuto el derecho;
lo que discuto, como cosa inoportuna, es el uso actual del derecho. Antes de
hacer uso de mi derecho de nombrar delegados, es importante que comience por
hacer acto de soberan�a, por ejercerla materialmente en los hechos, para
darme cuenta de aquello que tengo que hacer personalmente y de lo que debe
entrar en las atribuciones de mis delegados. Debo, en una palabra, consolidarme
a m� mismo antes de fundar cualquier otra cosa. Las instituciones no deben
ser creadas por medio de leyes, sino que, al contrario, deben promulgarlas.
Primero me instituyo, despu�s legislar�.
No que perder de vista que la teor�a del derecho divino, a la que estamos
directamente ligados, se basa sobre una pretendida prioridad que tendr�a el
gobierno sobre el pueblo. Toda nuestra historia, toda nuestra legislaci�n,
est�n fundadas sobre este monumental absurdo: que el gobierno es una cosa que
precede al pueblo, que el pueblo es una derivaci�n del gobierno; que ha
habido o que ha podido haber un gobierno anteriormente a la existencia de ning�n
pueblo. Esto es lo aceptado, los anales del mundo est�n esculpidos sobre esta
aberraci�n de la inteligencia humana. Por lo tanto, mientras dure el
gobierno, el principio de su autoridad quedar� intacto, el derecho divino se
perpetuar� entre nosotros y el pueblo -cuyo sufragio equivale a la antigua
consagraci�n- nunca ser�, tome el nombre que tome, m�s que un s�bdito.
El paso de la teocracia a la democracia no pueda advenir en ning�n caso a
trav�s del ejercicio del derecho electoral, porque este ejercicio tiene como
objetivo espec�fico el de impedir la muerte del gobierno, es decir, mantener
y reavivar el principio de la autoridad gubernativa.
Para pasar de un r�gimen al otro es necesario romper el mecanismo de delgaci�n,
que empuja fatalmente hacia el respeto de la tradici�n teocr�tica. Es
necesario interrumpir su uso y no retomarlo sino despu�s de haber introducido
en los hechos sociales el ejercicio estable del gobierno de s� mismos: el
autogobierno. Racionalmente, puedo poner a cargo de otro la gesti�n de
algunos aspectos de mi futuro solamente despu�s de hacer acto de posesi�n;
si lo nombro antes de haber mostrado mis t�tulos, luego se negar� a
reconocerme y tendr� raz�n.
Pero he aqu� lo que quiero decir: en cualquier pa�s, la unanimidad acerca de
cualquier cuesti�n es irrealizable. Sin embargo, dada la forma en que todo
gobierno deriva del voto, para impedir el nacimiento de un gobierno se
necesitar�a nada menos que la abstenci�n un�nime. Porque, suponiendo que
nueve sobre diez millones de electores se abstuvieran, quedar�a siempre un
mill�n de votantes para instituir un gobierno al cual la naci�n entera se
ver�a obligada a obedecer. Y en Francia siempre habr� al menos un mill�n de
individuos que tendr�n inter�s en crear un gobierno; por lo tanto, la
propuesta es absurda.
Y lo que es m�s: no se necesita encontrar un mill�n de hombres para crear un
gobierno; cien mil, diez mil, quinientos, cien, cinco individuos pueden
hacerlo, un ciudadano solo puede constitu�rlo. Lafayette solo, en 1830, hizo
rey a Luis Felipe; y durante los dieciocho a�os que siguieron a este
advenimiento, el poder parlamentariose ha formado, en un pa�s de 35 millones
de almas, con el �nico concurso de 200 mil contribuyentes. No importa lo
restingido que sea el n�mero de ciudadanos que concurren a hacer un gobierno,
su autoridad no sufre mengua. Pero lo que me importa demostrar aqu� es que
ning�n gobierno podr�a vivir sin el benepl�cito de la mayor�a nacional.
La filosof�a y, despu�s de �sta, una escuela mucho m�s segura -la de la
experiencia y los hechos-, han demostrado de una manera irrefutable que la
veradera raz�n de la permanencia de los gobiernos est�, no ya en el concurso
material o electoral de los ciudadanos de un pa�s, sino en la fe p�blica o
en el inter�s, porque la fe y el inter�s son una sola y �nica cosa.
El gobierno que tenemos en este momento lo debemos a los juegos electorales de
siete u ocho millones de ciudadanos muy obedientes, cada uno de los cuales ha
perdido, con la mejor gracia del mundo, dos o tres d�as de trabajo para
aprovechar la oportunidad de entregarse en cuerpo y alma a personajes que no
conoc�an, pero a los cuales han asegurado cinco monedas de cinco francos a
fin de hacer amistad. �Os parece que la Asamblea Legislativa y el se�or
Bonaparte est�n m�s s�lidamente asentados de lo que lo estuvieron la C�mara
de Diputados de 1847, creada por doscientos mil contribuyentes s�lamente, o
que Luis Felipe, creado por un solo hombre? Decidme: �Pens�is que un
gobierno creado por un mill�n de individuos podr�a haber sido m�s mezquino,
m�s impopular, m�s confuso que aqu�l al cual ocho millones de individuos
han dado vida? Evidentemente, no lo pens�is. Aqu� no hay hombre -y cuando
digo hombre, quiero decir lo contrario de funcionario- que no haya visto
profundamente heridos sus intereses o su fe por los reg�menes que han sido
instaurados sucesivamente desde 1848; en consecuencia, no hay hombre que deba
felicitarse del resultado de su voto y que pueda creer que su abstenci�n habr�a
dado lugar a algo peor que lo existente. Est�is, pues, constre�idos a
admitir que hab�is perdido vuestro tiempo con el m�s m�sero de los
resultados. Y, salvo que teng�is la intenci�n de perder siempre vuestro
tiempo -cosa que dudo-, me parece que deb�is estar muy pr�ximos a sacrificar
el voto a realidades m�s substanciosas. Para el poder ya es una apuesta muy
mala vuestro descontento; pero si le faltara vuestra papeleta para darse
coraje, ser�a muy d�bil, y dudo que pudiera conservar las riendas.
Por lo tanto no es la unanimidad en la abstenci�n lo que importa obtener, as�
como no es necesaria la unanimidad del voto para formar gobierno. La
unanimidad en la inercia no podr�a ser condici�n esencial para el
advenimiento del orden an�rquico que est� en el inter�s y, en consecuencia,
en el honor de todos los franceses realizar. Siempre habr� suficientes
funcionarios, advenedizos, aspirantes, rentistas del Estado y pensionistas del
Tesoro para constituir el electorado. Pero el n�mero de chinos que a toda
costa quieren mantener a estos mandarines del poder se reduce d�a a d�a, y
si de aqu� a dos a�os todav�a quedan diecinueve, declaro que la culpa no
ser� m�a.
Por otra parte -ya que es necesario decirlo todo-, �a qu� llam�is vosotros
sufragio universal?
Un diario dice: hay que elegir al ciudadano Gouvernard.
Otro objeta: no, hay que elegir al ciudadano Guidane.
"No escuch�is a mi antagonista -responde el primer diario-. �El
ciudadano Gouvernard es el candidato necesario! He aqu� los motivos"
Etc.
"Guard�os de prestar fe a aquello que os dice mi adversario -replica el
segundo diario-, nada es posible sin el ciudadano Guidane: he aqu� la raz�n"
Etc.
Para ese entonces y despu�s de haberse mantenido hasta aqu� encerrado en una
reserva ol�mpica, desciende a la liza un tercer diario (el m�s gordo de la
especie) que pronuncia doctoralmente esta sentencia: es necesario elegir al se�or
Gouvernard.
Y se elige al se�or Gouvernard.
�Y vosotros dec�s que es el pueblo quien ha hecho la elecci�n?
Esta decisi�n ha tenido tan poco que ver con la voluntad popular como si la
adjudicaci�n del poder se hubiera jugado a los dados o a la loter�a. Dicho
sea esto para arreglar mis cuentas con la forma, sin comprometer mis reservas
en cuanto a la sustancia.
Pero yo conozco republicanos, o quienes se las dan de tales, que tienen mucho
miedo a que el pueblo, con su abstenci�n, favorezco el renacimiento de la
soberan�a real. En lengua vulgar -lengua que es la m�a-, podemos decir que
el miedo que sienten estos republicanos expresa la aflicci�n que les causar�a
la imposibilidad de su elecci�n personal, ya que si, seg�n se dice, los
republicanos han prestado importantes servicios, yo afirmo que ni vosotros ni
yo hemos visto ni la sombra de estos servicios en moneda, en libertad, en
dignidad o en honor. Puede ser que yo desmitifique un poco el patriotismo,
pero, �qu� quer�is? No he nacido poeta y en la matem�tica de la historia
he encontrado que sin estos republicanos la monarqu�a estar�a muerta y
enterrada desde hace sesenta a�os; que sin estos republicanos que han
prestado a la monarqu�a el ya citado servicio de restablecer la autoridad
cada vez que el pueblo ha querido darle un empuj�n, har�a ya mucho tiempo
que los franceses -inclu�do yo- ser�amos libres. Los mon�rquicos, creedlo,
no ir�n muy lejos el d�a en que estos republicanos tengan la extrema cortes�a
de no hacer m�s monarquismo. Los mon�rquicos, os lo aseguro, detendr�n su
carrera bien pronto cuando les abandonemos el campo electoral entero en vez de
dejarles simplemente la mayor�a.
Lo que he dicho parecer� extra�o, �verdad? Lo es, en efecto; pero tambi�n
la situaci�n es extra�a, y yo no soy de los que solucionan las situaciones
nuevas con viejas f�rmulas como las que empapelan desde hace medio siglo las
barracas del periodismo revolucionario.
Desenmascarar
la pol�tica es destruirla
A riesgo de repetirme, expondr�
ahora esta cuesti�n: �Qu� expresa el elector cuando depone su papeleta en
la urna?
Por medio de este acto, el elector dice al candidato: os doy mi libertad sin
restricciones ni reservas; pongo a vuestra disposici�n mi inteligencia, mis
medios de aacci�n, mis haberes, mis r�ditos, mi actividad, toda mi fortuna;
os cedo mis derechos de soberan�a. Asimismo y por extensi�n, tambi�n os
cedo los derechos y la soberan�a de mis hijos, parientes y conciudadanos
-tanto activos como inertes-. Todo esto se os entrega para que lo us�is como
os parezca oportuno. Vuestro humor es mi �nica garant�a.
Esto es el control electoral. Argumentad, opon�os, discutid, poetizad,
sentimentalizad, no cambiar�is nada. As� es por contrato. Y da igual que el
canididato sea uno u otro: republicano o mon�rquico, el hombre que se hace
elegir es mi amo y yo soy una cosa suya; todos los franceses somos una cosa
suya.
Queda entonces demostrado que el electorado conjuntamente con la alienaci�n
de lo suyo, consagra la de lo ajeno. Por lo tanto, resulta evidente que el
voto es, por un lado, una estafa, y por el otro, una maldad, o, para decirlo
claramente, una expoliaci�n.
Si todos los ciudadanos electores votaran, el voto s�lo ser�a una estafa
universal, ya que, en este caso, tanto unos como otros, debido a la acci�n de
cada uno, habr�an perdido por igual. Pero que un solo elector se abstenga o
sea impedido de hacerlo y la expoliaci�n comienza. Cuando sobre nueve o diez
millones se abstienen m�s de tres -como viene sucediendo-, los expoliados ya
forman una minor�a demasiado importante para que se la pueda dejar de lado.
El antiguo principio de la honestidad del poder est� mellado y la decadencia
del poder es directamente proporcional a la ruina de este principio.
Suponed que la mitad de los electores inscritos se abstenga. La situaci�n se
vuelve grave para los votantes y para el gobierno que han constitu�do.
Indudablemente, el escepticismo pol�tico de toda una mitad del cuerpo social
pondr� en crisis las no confrontadas convicciones de la otra mitad. Y si se
considera que dicho escepticismo provendr� de una indiferencia calculada,
motivada, meditada; y que ser� fruto de la inteligencia o de la libertad -t�rminos
equivalentes-, mientras que entre los votantes s�lo se encontrar� el
instinto borreguesco y el apego a la tradici�n, la ignorancia o la abnegaci�n
-que tambi�n son la misma cosa-, f�cilmente os har�is cargo de la derrota
que tal estado de las cosas infligir� al gubernamentalismo. Hoy en d�a ya es
posible tener por v�lida esta suposici�n, ya que si cuatro millones de
electores no se han abstenido todav�a no es precisamente porque deban
felicitarse de haber votado. Y todo arrepentimiento implica el reconocimiento
de un error.
Insistimos sobre la hip�tesis: supongamos que todos los adversarios de la
monarqu�a , convertidos al principio moderno de que el poder no puede ser
honesto, se abstengan de votar y fundamenten su actitud en esta incontestable
verdad: que el voto es al mismo tiempo una estafa y una expoliaci�n. Autom�ticamente
la abolici�n del sufragio universal , convertido en un delito por la
iluminaci�n del esp�ritu p�blico, har� decaer inmediatamente y en bloque a
los mon�rquicos, ya que no tendr�n m�s c�mplices. Dado que fuera de ellos
s�lo encontrar�is hombres perjudicados -cuya no intervenci�n estar�
racionalmente fundamentada-, los ladrones quedar�n desenmascarados. O m�s
bien, en homenaje al sentido com�n, digamos que ya no habr� ladrones. Porque
si la cuesti�n es reducida a estos t�rminos duros -pero simples y sobre todo
ver�dicos-; si la pol�tica, descendida de sus antiguas y charlatanescas
alturas, es restitu�da al nivel de los delitos comunes -de los cuales siempre
ha sido el genio escondido pero real-, la ficci�n gubernativa desaparece y la
humanidad se libera de todos los malentendidos que hasta hoy han sido el
origen de todas las luchas y los deplorables advenimientos que las han
seguido.
He aqu� la Revoluci�n. �He aqu� la tranquila, sabia y racional
transformaci�n del principio tradicional! He aqu� la supremac�a democr�tica
del individuo sobre el Estado, de los intereses sobre la idea. Ninguna
perturbaci�n, ninguna conmoci�n podr� producirse en este majestuoso
desvanecerse de los nubarrones hist�ricos; el sol de la libertad brilla sin
tormentas y, tomando su parte de los generosos rayos, cada uno act�a a plena
luz y se preocupa de encontrar en la sociedad el puesto que debe ocupar por
sus aptitudes o su genio.
Ved: para ser libre, no hay m�s que quererlo. La libertad, que est�pidamente
hemos aprendido a esperar como un don de los hombres, est� en nosotros,
nosotros somos la libertad. Para
obtenerla, no son necesarios ni las barricadas o la agitaci�n, los afanes,
las facciones, los votos, ya que todo esto no es m�s que desenfreno. Y como
la libertad es honesta, s�lo se la alcanza con la reserva, la serenidad y la
decencia.
Cuando ped�s la libertad al gobierno, la estupidez de vuestro pedido
demuestra inmediatamente a �ste que no ten�is ning�n concepto de vuestro
derecho. Vuestra petici�n es el acto de un subalterno, os declar�is
inferiores. Al constatar su supremac�a, el gobierno se aprovecha de vuestra
ignorancia y se comporta respecto a vosotros como debe comportarse respecto a
unos ciegos, porque vosotros est�is ciegos.
Los que cada d�a, en sus peri�dicos, piden inmunidades al gobierno y tratan
de hacer creer que lo arruinan y lo debilitan, en realidad sustentan la fuerza
y la fortuna de �ste -fuerza y fortuna que les interesa conservar, porque
aspiran a alcanzarla un d�a con el apoyo del pueblo, de un pueblo embrollado,
enga�ado, burlado, robado, escarnecido, estafado, subyugado, oprimido,
fustigado por intrigantes y cretinos que le hacen enarcar el lomo adul�ndole,
cortej�ndole como a una potencia, recubri�ndole de t�tulos pomposos como a
un rey de opereta y present�ndole, para burla del mundo, como el pr�ncipe de
los tugurios, monarca de la fatiga y soberano de la miseria.
Yo no tengo, por mi parte, que adularle; porque nada quiero coger, ni siquiera
la parte que me espera de sus miserias y verg�enzas. Pero tengo que pediros
-a vosotros, entendedme bien, y no al gobierno, al que no conzco ni quiero
conocer-, tengo que pediros mi libertad que hab�is empaquetado junto con la
vuestra para luego regalarla. No os la pido como un compromiso que deb�is
asumir por m�; en realidad, para que yo sea libre, es necesario que lo se�is
tambi�n vosotros. Sabed serlo. Para esto es suficiente que no ensalc�is a
ninguno por encima de vosotros. Alejaos de la pol�tica que devora los pueblos
y aplicad vuestras actividades a los quehaceres que los nutren y los
enriquecen. Recordad que la riqueza y la libertad est�n juntas como est�n
juntas la servidumbre y la indigencia. Volved las espaldas al gobierno y a los
partidos que son s�lo lacayos de aqu�l. El desprecio mata a los gobiernos,
porque s�lo la lucha los hace vivir. Deponed por fin a este soberano que no
consulta a su gente y re�os de las astucias del monarquismo blanco y del
gubernamentalismo rojo. Ning�n obst�culo podr� resistirse ante la tranquila
manifestaci�n de vuestras necesidades e intereses.
Dice una leyenda gazcona que mientras el rey de Tillac ignor� qui�n era, el
intendente lo maltrat� duramente; pero cuando la dama Juana, su nodriza, les
hizo conocer sus t�tulos y calidad, las gentes del castillo, con el
intendente a la cabeza, vinieron a humillarse ante �l.
Que el pueblo muestre a sus intendentes que ya no reniega m�s de s� mismo;
que cesa de mezclarse en las pol�micas de antec�mara, y sus intendentes
callar�n, tomando frente a �l una actitud de respeto. La libertad es una
deuda que tiene para consigo mismo, para con el mundo que todav�a espera de
�l, para con los ni�os que nacer�n.
La nueva pol�tica est�, por una parte, en la negativa, en la abstenci�n, en
la no colaboraci�n c�vica y, por la otra, en la actividad industrial. En
otros t�rminos, es la negaci�n misma de la pol�tica. Ya desarrollar� m�s
ampliamente este argumento. Por ahora me basta decir que si los republicanos
no hubieran votado en las �ltimas elecciones generales, no habr�a habido
oposici�n a la asamblea. S�lo hubiera habido el caos entre los legitimistas,
los orleanistas y los bonapartistas, los cuales se habr�an arruinado
mutuamente con grave esc�ndalo y, a la hora presente, ya habr�an ca�do
todos juntos bajo los silbidos divertidos de la libertad.
Conclusiones
De todo lo que he dicho -y acerca de
lo cual volver� a insistir en otra ocasi�n, ya sea sobre lo que he olvidado,
ya para ampliar lo que no he podido desarrollar enteramente en esta exposici�n-,
resulta que el objetivo del voto pol�tico es la formaci�n de un gobierno. He
demostrado que la formaci�n de un gobierno -y de la oposici�n que sirve a �ste
como garant�a esencial-, implica la consagraci�n de una tiran�a inevitable,
cuyo orden debe buscarse en la entega espont�nea que los votantes hacen de
sus personas y de sus bienes -as� como de las personas y de los bienes de los
no votantes- en favor de sus elegidos. De todo ello se deduce que la alienaci�n
de la propia soberan�a podr�a no ser una estupidez, sino todo un derecho,
cuando el que la regala por medio del voto dispusiera solamente de su parte.
Sin embargo, este acto cesa de ser una estupidez o un derecho y se convierte
en una expoliaci�n cuando, vali�ndose de la brutal raz�n del n�mero, el
votante impone a la soberan�a de las minor�as su propia soberan�a.
Y agrego que siendo todo gobierno necesariamente una causa de antagonismo, de
discordia, de asesinato y de ruina, aqu�l que, con su voto, concurre a la
formaci�n de un gobierno, es un provocador de guerra civil, un promotor de
crisis y, en consecuencia, un mal ciudadano.
Ya estoy oyendo gritar a los republicanos del funcionarismo: �Traici�n! No
me emocionan, porque los conozco mejor de lo que se conocen ellos mismos.
Tengo que arreglar con ellos una vieja cuenta de sesenta a�os y su quiebra,
de la que me hago curador, no ser� de las m�s divertidas.
Oigo tambi�n a los mon�rquicos e imperialistas preguntarse si no habr�a
alguna cosa que espigar de entre la cosecha que muestro; no me turban, porque
he calculado el valor de sus antiguallas de la manera m�s justa.
El porvenir no pertenece ni a �stos ni a aqu�llos. �Gracias a Dios! Y la
monarqu�a, para hincar su �ltimo diente, s�lo espera ver caer la �ltima u�a
de la dictadura.
Yo me propngo arrancarles a estas se�oras la u�a y la ra�z.
�En guardia!

pRiNziPaL
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