Canto VI

 

Seguimos camino, y ya estamos entrando en un bosque que conduce al exterior del valle cuando una voz del guía nos alerta, esta señalando hacia la aldea de donde venimos, de la cual surge un penacho de humo, al intuir que está siendo atacada, aunque desde donde nos encontramos no lo podemos apreciar, nuestro señor pica espuelas y se dirige al galope hacia el poblado. Se ven surgir de este unas figuras oscuras que corren hacia el Oeste hasta perderse en las primeras escarpas de una abrupta montaña; segun nos vamos acercando, se oyen cada vez con más claridad los lamentos, ya a galope tendido llegamos a las primeras casas para contemplar como ha cambiado el paisaje: algunas casas están ardiendo, vasijas volcadas y rotas, manchas de sangre en las blancas paredes y en el suelo, también se ven algunos cuerpos inertes y otros que se agítan lanzando alaridos. Vemos al anciano en el suelo con una mancha de sangre en el costado, respirando trabajosamente, junto a él dos muchachas que tratan de darle ánimos. El rey descabalga y se aculilla a su lado. Me parece una postura indigna de un rey, mi antiguo señor jamás se hubiera agachado ante un plebeyo, pero estos bárbaros son así, aunque en el fondo su actitud no me disgusta. El anciano le dice que fueron los salvajes de la montaña, que entraron en la aldea para robar, pero que al ver que llegábamos al galope huyeron dejando el botín, en un último suspiro, le pide que proteja a su gente. El rey le jura que le vengará.
Nuestra comitiva estaba acompañada por una guardia de unos doscientos hombres a caballo, cincuenta arqueros y el resto lanceros, pero tambien diestros con la espada; los generales suponian que con esta pequeña tropa bastaría para derrotar a aquellos salvajes, que por muy feroces que fueran, desconocían los secretos del arte militar. Ademas nadie se había enfrentado jamás al rey y había vencido. Se reunieron con mi señor en consejo de guerra, mientras tanto, los sacerdotes estudiaban los augurios para la batalla en una piel que con ellos traían, interrogaban al futuro mediante unas piedrecillas de colores que arrojaban sobre la piel, prediciendo según la posición en que cayeran, durante la ceremonia entonaban una extrña melopea para propiciar la adivinación, en un momento determinado, después de arrojar otra vez las piedras, giraron la cabeza hacia mí, observándome con ojos sorprendidos sin dejar de cantar, después continuaron con el ritual. Al terminar, recogieron la piel y las piedras y se dirigieron hacia los militares, sin duda para comunicar los augurios. Me dejaron levemente preocupado aquellas enigmáticas miradas, me preguntaba si tendrían algo que ver con llo que las piedras habían anunciado,y si esto ocurriera me intrigaba si sería buen augurio para mí.
Ordenaron acampar junto al poblado para pasar la noche, al amanecer marcharían sobre el enemigo, la consigna era no dejar prisioneros, los arrasarían, con ello erradicarían para siempre el peligro que se cernía sobre este, por otra parte , maravilloso lugar; además no querían llevar prisioneros con ellos, ya que sería un engorro conducirlos con tan pocos soldados, y prisioneros tenían de sobra, mis propios compañeros. Estuvimos hasta bastante tarde conversando alrededor de las hogueras, el rey me invitó a la suya, en la que se encontraban tambien sus camaradas y algunos lugareños, ya que no había aceptado las chozas que estos le habían ofrecido, ni había permitido que sus generales las tomaran, ya que , decía, todos éramos soldados en vísperas de una batalla y era menester dar ejemplo a la tropa compartiendo con ellos la intemperie.
Bebimos largamente, escuchamos a los aldeanos, que a preguntas de los generales y del rey fueron desgranando su historia. Por lo visto, aquellas tierras eran un Don de los dioses, la mirada del rey me indicó que él sabía que algo de ello era cierto.
La leyenda decía que después de la Ira de Dios nada había quedado vivo sobre la tierra y las bestias y los hombres habían perecido, pero en aquel lugar, el dios desalojó las aguas, que crecieron en montes de cenagosa tierra al cabo del tiempo. Cuando esas tierras se secaron y empezó a crecer el pasto hombres y bestias emergieron de la tierra y ocuparon el lugar de los peces. Entonces se dividieron en dos razas: La de los que eran mansos y querían trabajar. Estos conservaban alguna ciencia e hicieron germinar el trigo y crecer los rebaños, adoraron al Sol. Otros reclamaron su parte en nombre de la Libertad, se llevaron sus rebaños a las montañas y adoraron a la Luna, pero las cosas les fueron mal, apenas podían malapacentar sus rebaños; con el tiempo le tomaron el gusto a saquear a los que se habían quedado en los valles. Los de los valles trataron de apaciguarlos ofreciéndo un tributo de carne, lana y trigo; Los de las montañas lo aceptaron durante cien lunas llenas. Despues, bien les pareció injusto el trato, bien les gustaron sus mujeres, los de las montañas iniciaron racias sobre las aldeas, estos ataques estaban siendo cada vez más insoportables, pero ellos nunca podrían defenderse, solo sabían crear vida de la tierra muerta.
El rey brindó por la liberad de aquella tierra, cosa que me hizo mucha gracia, él, un conquistador, pero me pareció que lo decía en serio, el rey del mundo quería que aquella tierra siguiera siendo libre, libre incluso de él.

continúa

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