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Canto VII
Luego explicaron los aldeanos que aquellos bárbaros
les abatían a pedradas y garrotazos y se llevaban a las mujeres,
que era lo que más les dolía, porque si se llevaban los
alimentos podían por lo menos compartir el hambre, pero si se quedaban
solos para qué iban a seguir pensando y trabajando.
Me angustiaba la larga memoria de agravios de los campesinos y las ambiguas
miradas de los que me rodeaban cuando hacia mí sus ojos dirigían,
no sé si fueron los efectos del vino o fue el temor a los augurios
lo que me hicieron decir:
-Señor, no llevas abanderado, yo fuí uno de los portaestandartes
del rey muerto por tí (se me vino el cielo encima cuando me percaté
de que a los abanderados de un ejército derrotado los ajustician
en mi tierra ), he visto que no tendrás abanderado mañana,
quiero ser tu bandera, aunque solo sea una escaramuza, un rey es un rey...
Todos me miraban fíjamente, con una expansión de ojos que
yo nunca había visto, el color de sus rostros se tornaba violáceo
y las pupilas les bailaban en las órbitas. Nunca había sentido
tanto miedo, estaba otra vez ante los cocodrilos, los viejos cocodrilos...
Se resolvió en un acceso de risa incontenible, se retorcían
de risa, se morían de risa, y ja, ja, ja; yo, corrido de vergüenza
y dispuesto a encajarme en la espada de cualquier clemente soldado. Noté
en ese momento la pesada mano de alguien sobre mi hombro. Era la mano
del rey.
-Mira esa piel de lobo, pide una lanza y ensartala en la piel. Ese será
nuestro estandarte.
Pasé buena parte de la noche acomodando la piel del lobo a una
lanza que me prestaron los soldados, los que lo habían cazado me
desearon toda clase de venturas al tiempo que veían perderse en
la nada una de sus pequeñas conquistas. Era una harmosa piel de
lobo con manchas blancas y negras que había estado colgada junto
a la puerta de una de las chozas, conservaba la feroz cabeza, aunque en
vez de ojos tenía unas piedrecitas verdes y ovaladas que le daban
un aspecto inquietante. Cuando por fin logré terminar un estandarte
bastante aceptable, lo planté frente a la tienda del rey y me tumbé
a dormir a su lado, muy orgulloso.
Al alba me despertaron los ruidos que hacían los soldados que efectuaban
los preparativos para el combate, se ajustaban los petos y las grebas,
acondicionaban las sillas en en los caballos asegurándolas para
evitar una eventual caída. Hablaban y reían en voz alta,
nada parecía indicar que tuvieran el más mínimo temor,
mientras los soldados se aprestaban a la lucha, los generales formaban
conciliábulo en un extremo del campamento, posteriormente se reunieron
con el rey y montaron. El rey me llamó a su lado y yo monté
a caballo enarbolando mi piel de lobo no sin cierta arrogancia, a pesar
de que algunos soldados me seguían con sus burlonas miradas. Un
jinete llegó en ese momento al galope, era un heraldo enviado la
noche anterior con un mensaje de su señor al ejército que
vivaqueaba no lejos, en el exterior de aquellos valles. Saludó
y sin más preámbulos informó que no había
novedad en el grueso de la tropa, y que traía un mensaje del general
al mando, el rey leyó el mensaje en silencio y se lo guardó,
despues dijo al mensajero que se quedase en el campamento a descansar.
Iniciamos el camino hacia la montaña. Me embargaba una extraña
mezcla de euforia y tristeza; por un lado sentía la alegría
de abanderar de nuevo una expedición, aunque fuera sólo
una pequeña operación de castigo, por otro, no podía
olvidar que hacía muy poco tiempo había abanderado a otro
señor de la guerra, vencido y muerto por mi nuevo rey, y recordaba
tambien que, aunque gozara de su benevolencia, no podía olvidar
que era su prisionero.
Cabalgamos por los valles que franqueaban el paso hacia la falda del primer
monte entre amenos manantiales y frondosas y agradables florestas, los
duros caminos llegarían más adelante; para no ser sorprendidos
por alguna emboscada y encontrar un paso que nos evitara tener que subir
el monte fueron enviados varios exploradores a reconocer el terreno. Los
parajes seguían siendo un regalo para la mirada, sin embargo algo
había cambiado, ahora sentía en mi corazon los tambores
de la guerra, la cercanía de la muerte como una sombra que se alargaba
por todo el camino que íbamos recorriendo, y todo aquello que antes
era motivo de alegría ahora era premonición de nuevos desastres.
Los exploradores regresaron anunciando camino libre hasta las escarpadas
laderas donde se encontraban los saqueadores, continuaríamos bordeando
la ladera del monte a través de una
estrecha garganta cubierta por las copas de frondosos robles, estos añejos
árboles nos resguadarían de las miradas de nuestros enemigos
hasta el pie de los riscos.
A la salida del desfiladero se veía nuestro objetivo, una alta
pendiente rocosa con algunos matorrales, estaba bastante descubierto y
los caminos de acceso eran casi impracticables salvo por el centro, a
media ladera se divisaba un bosquete de espinos secos y más arriba
unos hilos de humo delataban la presencia de los agresores de nuestros
nuevos amigos. Los generales comprendieron que si querían atacar
tendrían que subir por el mismo centro de la pendiente, precisamente
donde seríamos más vulnerables; habría que contar
con la fortuna y con que nuestros rivales tardasen en descubrirnos. Descabalgamos
y empezamos a subir con sigilo, los soldados procuraban no entrechocar
las armas y los escudos entre ellos ni con las partes metálicas
de su propia armadura; yo seguía al rey con el estandarte casi
horizontal para evitar ser visto, al tiempo, una aviesa idea me rondaba
la cabeza, pero tuve que dejar de pensar en ello y agazaparme porque de
pronto empezaron a llover piedras sobre nosotros, desgraciadamente nos
estaban esperando y habían elegido el lugar que nos era más
desfavorable para atacarnos desde sus seguros refugios. Varios soldados
habían caído con la cabeza destrozada, fluía la sangre
abundantemente por debajo de los yelmos, otros se doblaban sobre sí
mismos como impelidos por un resorte con los rostros transformados en
máscaras de dolor mientras las rocas caían sobre ellos.
El rey instó a los arqueros a que lanzaran sus flechas pera proteger
nuestra retirada hasta un sitio más seguro y ordenó a sus
hombres que retrocedieran ordenadamente bajo severas penas para aquellos
que huyeran en desbandada provocando el pánico de los demás.
Por fin pudimos reunirnos más abajo, al abrigo de unas rocas a
las que habíamos alcanzado a duras penas, tras dejar atras algunos
muertos y heridos, no obstante, la situación seguía siendo
desesperada.
continúa
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