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CANTO V
Estamos recorriendo en estas jornadas
un lugar por el que, según me cuentan los soldados, este ejército
no había pasado antes, el rey en persona ha querido conocerlo,
envió exploradores a reconocer el camino y, después de asegurarse
de que no es en absoluto peligroso para su seguridad, ha escogido una
pequeña comitiva de servidores y guardias, adentrándose
en él con gran sosiego mientras el grueso de las tropas se dirige
al Noroeste por un valle más ancho aunque no tan ameno. Yo he sido
uno de los elegidos para acompañarle, según parece le habían
hablado de estas tierras como algo maravilloso y cierto es que no le han
mentido. Despues de atravesar una oscura hondonada nos hemos encontrado
con suaves colinas y fértiles prados, el tiempo aquí es
más cálido y la hierba se asemeja al color de las esmeraldas.
Los prados están salpicados de flores y se ve al ganado pastando
guardado por jóvenes pastores que nos miran con curiosidad pero
sin desconfianza. A lo lejos se ven algunas aldeas de casas blancas diseminadas
por las colinas, una suave y cálida brisa mece las copas de los
árboles. Después de tanto tiempo recorriendo yermos lugares,
este paisaje, este sol y estos aromas me esponjan el alma y me llenan
de alegría. Los caballos tambien se sienten felices y trotan por
los prados sin que haya que acercarles las espuelas. Pasamos junto a un
arroyo donde unos niños juegan a perseguir libélulas y mariposas.
Se detienen y nos miran sonriendo, nos saludan y corren a nuestro lado
durante un rato, después vuelven con sus insectos.
Contorneando un valle llegamos hasta una aldea donde algunas mujeres interrumpen
sus quehaceres para contemplarnos mientras pasamos. Un niño entra
corriendo en una choza de la que momentos despues sale un anciano que
se acerca y nos saluda ceremoniosamente:
-Bienvenidos extranjeros, parece que llegais de muy lejos, espero que
los dioses os hayan sido propicios en vuestro camino.
-Así ha sido buen anciano -contestó mi señor-, hasta
ahora el camino ha sido duro, pero los dioses nos han permitido contemplar
vuestras hermosas tierras, que son un don para la vista. Vamos de paso
hacia el Norte y aun nos queda una larga jornada.
-Sin embargo, no puedo permitiros pasar sin ofreceros nuestra hospitalidad,
descabalgad y reposad un rato, bien es cierto que somos pobres y que no
podemos ofreceros todo aquello que vuestra grandeza merece, pero podreis
saciar el hambre y descansar de vuestras fatigas.
Descabalgamos y pasamos a un patio, alli el anciano nos indicó
una mesa bajo un emparrado donde descansaba un jarro que al parecer contenía
vino de la tierra. Comimos con gran satisfacción ya que los alimentos,
aunque humildes, eran de calidad, el queso era magnífico y el vino
no menos, también había aceitunas, higos y pan blanco, se
nota que esta tierra es generosa. Los demás conversaban con el
anciano y otros dos que se habían sumado a la reunión, yo
solo podía entenderlos a medias, porque todos hablaban en un dialecto,
a mi parecer, bastante arcaico de la lengua de mis captores. Explicaba
el anciano que parecía ser el jefe del poblado que no había
hombres en el poblado porque estaban todos cuidando los ganados o trabajando
las tierras, también nos dijo que éramos los primeros extranjeros
que veían pasar por allí en años, que al principio
habían desconfiado de nosotros porque llevábamos gente armada,
pero que al ver que pasábamos cerca de las aldeas sin hacer ningún
mal, entendieron que éramos gente de honor.
A esto le contestó un general que así era, que estábamos
de paso acompañando a nuestro señor camino de las tierras
del Norte. Una mirada de temor emergió en los ojos del anciano,
que nos dijo que había oído hablar de las gentes del Norte,
que eran crueles y guerreras, nos aconsejó que nos cuidásemos
de ellas. El rey se lo agradeció sin poder evitar que se le escapara
una sonrisa divertida. También nos contó que el valle sólo
tenía una entrada y una salída, bastante difíciles
de encontrar, lo que había resguardado aquellas tierras de las
incursiones guerreras durante siglos, habían vivido siempre, hasta
donde su recuerdo alcanzaba, en relativa calma, interrupida alguna vez
por el ataque de unos bárbaros que vivían en las altas montañas
que se veían al Poniente, que entraban alguna vez en las aldeas
y robaban la comida y las mujeres, pero esto rara vez ocurría.
Después de departir amigablamente durante otro rato, el rey dió
la orden de continuar el camino ya que era su deseo alcanzar el grueso
de las tropas al anochecer, le entregó unas monedas de oro al anciano,
que las contempló perplejo, añadiendo que era excesivo aquel
regalo e indicando a un muchacho que nos sirviera de guía para
encontrar el paso que llevaba a la salida de aquel lugar. Nos despedimos
con promesas de eterna amistad por ambas partes y continuamos nuestro
camino.
En una colina que esta frente a nosotros una bandada de palomas revolotea,
de repente un halcón se lanza sobre ellas velozmente. Ataca a una
de ellas y la atrapa, pero cuando ya la ha cazado, la suelta dejándola
caer ya muerta y se lanza hacia otra, que cae indefensa en sus garras;
repite la misma acción varias veces y finalmente se marcha llevando
en sus garras una presa. Los sacerdotes han interpretado la escena como
un augurio siniestro, aunque no estamos nosotros indefensos como estas
avecillas.
continúa
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