Canto IV

 

La columna avanza lentamente hacia el río, parece que a pesar de todo el puente permitirá su paso, después de todo ya se ha cobrado su tributo en la vida del guerrero que ha caído. El paso está franco al otro lado del valle -valle de las sombras para mí, como todo el camino, como el camino de un prisionero-, tardarán mucho tiempo en cruzar, porque los carros de la impedimenta y su séquito los demoran, son más lentos y perezosos para las marchas. Tampoco los prisioneros caminarán de buen grado, aunque desde donde estoy no puedo verlos. Hace poco consiguió acercarse uno para hablarme, me insultó, dijo que los había traicionado, que era el perdedor de nuestra raza y que por eso cabalgaba con la elite de los vencedores, me siguió increpando hasta que dos guardias se lo llevaron lejos de mí, cuando lo arrastraban creí oírle decir que cada vez faltaban más prisioneros, que desaparecían misteriosamente. Creo que era esto lo que me quería decir, explicármelo era su verdadera intención al acercarse, pero los guardias se lo han impedido. Los cautivos desaparecen por el camino... esto es algo que me llena de recelos, ya empiezo a sospechar de la suerte que correrán mis compatriotas, y cual será la mía.
Hoy me han permitido entrar en la tienda sagrada, es este el lugar donde se guarda la imagen de su dios de la guerra, era día de ofrendas y los sacerdotes se afanaban en la preparación de los rituales, preparaban unas obleas de lo que parecía miel, hierbas aromáticas y harina, otros servidores del culto llenaban de incienso dos grandes pebeteros de bronce que se encontraban en ambos lados del ídolo, otros arrojaban hierbas parecidas al espliego, pero que embriagaban con sólo su aroma, mientras entonaban lo que se podría interpretarse como cantos de ofrenda. Yo veía subir las volutas de humo que emergían del brasero como cabellos que se enredaban en las cortinas y entre las columnas del palio que se elevaba sobre la cabeza del dios, me fijé más atentamente en la figura, de sorprendente y maligna belleza, su torso desnudo era humano, pero cubierto de escamas doradas con manchas negras, me pregunté cómo se llamaría semejante animal ¿Lageopardo? ¿Leoparto? Me entraron ganas de reír, pero me contuve, no estaba bien reírse de los dioses; yo tampoco me encontraba bien, la cabeza del dios se inclinaba hacia mí, me miraba maliciosamente con sus ojos de turquesa, toda la cabeza es de oro aunque tiene tambien manchas negras de leopardo y escamas, los horribles dientes de marfil ensayan una mueca feroz, y durante un momento aquella boca me sonrió burlonamente. Di un paso atrás sobresaltado, pero me contuvo el militar que me acompañaba, me sacó fuera de la tienda refiriéndome en mi lengua -media lengua más bien- que no podía permanecer dentro puesto que el ritual iba a comenzar, y este era exclusivo. Sólo podían participar en él los sacerdotes y el estado mayor con el rey al frente.
El aire fresco de la tarde me vivificó haciéndome salir paulatinamente del trance hipnótico hacia el que me había deslizado dentro del pabellón sagrado, comencé a ver el mundo en su correcta medida y comprendí que aquel extraño estado se debía a haber respirado el humo del brasero. No obstante algo que había visto en un lateral del improvisado templo me daba vueltas en la cabeza: en un rincón oscuro unos servidores del dios se apresuraban a preparar unos grandes cuchillos, los afilaban en una roca, al parecer sagrada, comprobaban cuidadosamente su filo y, lo que me hacía dudar que esto fuera cierto, de que tal vez fuera de la misma naturaleza que los sueños infundidos por las hierbas del brasero, es que en la oscuridad del lateral, confundido con el ruido de los cuchillos al ser afilados y los cantos de los sacerdotes escuché un murmullo de voces temerosas y estas voces proferían, hasta donde alcancé a escuchar, palabras en mi lengua. Supongo que el miedo me hace a veces ver y escuchar cosas que no son.

continúa

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