Canto III

 

Después han llegado días algo mas alegres en los que los guerreros han mostrado sus instintos mas fuertes . Han bailado desnudos en torno a algo imaginario, sus ojos se vuelven blancos, su piel si antes era blanca, ahora es translúcida, su piel está mucho más lejos de su cuerpo de lo que estoy yo.

Los otros los jalean, como si formaran parte del rito; me da la impresión de que tienen miedo a algo. En mi pueblo adorábamos a las arañas de Marte que un día bajarán a la tierra para devorarnos siempre que fuéramos lo suficientemente hombres para ellas.

Se basa esta creencia en la leyenda de Sohar, señor de las artes, enamorado perdidamente de una joven de ojos negros, de un negro tan intenso que ensombrecían todo lo que había a su alrededor; su mirada, su pelo, su aroma, su forma de andar, todo lo que ella era la convertía en algo tan distinto de las demás mujeres que se podía llegar a dudar de que fuera una mujer, incluso de que fuera humana. Sohar, que dominaba la magia, recurrió a sus artes para crear regalos maravillosos para ella: una fuente cuyas aguas al caer recitaban poesías de amor, un arco de triunfo en el que el viento al pasar por sus arcadas cantaba hermosas canciones, muros pintados con figuras que se movían según su capricho, y mil sueños más hechos arte e invención que intentaban en vano atraer el corazón de la amada criatura.

Atrapó, sin embargo, el corazón de la bella una aparición repentina de unos delfines cerca de la orilla que salvaron el corazón de su amado; ellos hablaron con ella, le hablaron de un oscuro destino, de un deber por encima del tiempo, de los seres, de los sentimientos; la convencieron y la extraña dama se unió a Sohar. Solo el Sol podía unir a la feliz pareja. Lo hizo; al crepúsculo se consumó su unión; más bien se consumió; Sohar había sido devorado por aquella criatura que le había envuelto en fuegos de una pasión fuera de las concepciones humanas, unas veces sedante, otras cargada de furia, pero siempre distinta a la que cualquier otra mujer, ¡qué otra mujer!, que cualquier otro ser le hubiera podido ofrecer. Sohar atravesó la línea, una línea muy nítida entre lo que un hombre debe esperar de la existencia y lo que es la existencia en sí. Su amada lo pagó muy caro, sólo aquel hombre le había hecho sentir algo muy especial en toda la extensión de su ser, como cuerpo y alma, pero llegó demasiado lejos. Dos especies distintas no se pueden amar, y una de ellas debe tener cuidado con las costumbres de la otra si llegan al momento de la unión. Sin embargo, Sohar, Señor de las Artes, quedo tan complacido que no le importó ser devorado por aquella sílfide sublunar. Nuestros antepasados, nuestros magos, nuestros hombres de poder, siempre dicen que hemos de construir un mundo más perfecto para que puedan regresar las arañas de Marte, aposentarse en él y apacentarse en nuestra felicidad que consistirá en ayuntar con estos maravillosos seres.

Yo, sin embargo, nunca he creído demasiado en estas religiones; he nacido y he vivido cerca del poder, incluso ahora que soy prisionero de un extraño sigo al lado de los poderosos y se que estos usan de los ritos para perpetuarse en los sueños que otros no podrían ocupar jamás; pero, aunque sé que se trata solo de sueños, Tambien sé que existen, sé que están ahí, más allá del umbral, esperándonos, con la boca abierta...

Ellos temen a un dios mucho menos amable, se pintan para él, matan para él y danzan para él. Lo adoran porque no les queda otra opción: Creer y morir, no morir por creer, como en algunas civilizaciones antiguas se pensaba. Su dios los mata cuando pierden, por eso nunca deben perder.

Pocas veces les he visto comer, lo cual me llena de angustia, ¿De qué se mantienen estos semidioses? Me quieren sin embargo, sus dioses son afines a los míos y no obstante tan terriblemente dispares, con esos rostros feroces y hambrientos.

La extraña orografía del lugar concita reflexiones igualmente extrañas; de sombras sin aliento y salamandras de fuego, misticismos tardíos que nublan la realidad de lo que creemos real. El camino se estira hasta una montaña en el horizonte, allí se agazapa escondiendo las futuras enseñanzas o fechorías que puedan acechar al caminante. Al Sur serpea un río entre álamos antiguos, como de estatua sin brazos, incitando con su cantar al solitario y escondiendo en sus aguas mortíferos secretos, le llaman el Río de la Alegría o del Olvido, que en su lengua viene a significar lo mismo; para ellos no hay diferencia entre olvido y alegría, por eso se embriagan y danzan en las noches sin luna.

Nada se supone que nos diferencie, pero ellos danzan con frenesí en medio de arpegios imposibles, nacidos del delirio de las hierbas que adormecen los sentidos cotidianos y despiertan ocultas percepciones. Ellos danzan y olvidan, luchan y olvidan, mueren y olvidan, nosotros no olvidamos, aunque en mi circunstancia no es una ventaja recordar.

Se oye un grito a lo lejos, parece que un guerrero de avanzada ha caído desde el pretil del puente que cruza el sinuoso río, este lo ha engullido ávidamente y la pequeña figura ha desaparecido en un instante bajo las traicioneras aguas, las imprecaciones rasgan los rumores del paso de las tropas. Algún lamento surge de la columna, no obstante intuyo cierto desapego hacia el caído, por lo que voy aprendiendo de estas gentes, sólo merecen consideración los que mueren en combate, los otros son una especie de parias de los dioses; un silencio se cierra en torno a su memoria y son soslayados sus nombres durante los ritos mistéricos que se celebran en honor a los héroes de la guerra

continúa

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