Canto II

 

Camino cerca de mi nuevo señor, él charla animadamente con sus compañeros de armas. Hablan en su lengua extraña y parecen contentos; son muy blancos, de pelo y ojos claros; alguno de ellos vuelve la cabeza de vez en cuando y me mira de un modo especial... de un modo parecido a la concupiscencia, pero es otra cosa... no me gusta esa forma de mirar.
Las largas columnas de soldados caminan hacia el Oriente, el flamear de sus banderas es algo verdaderamente hermoso, rojas, verdes, azules, todas son de un solo color; es algo extraño en mi tierra, donde los pabellones se visten de mil colores y símbolos que representan a nuestros héroes, nuestros dioses, nuestros antepasados gloriosos, nuestras ciudades y todo aquello que nos pueda dar aliento para el combate. Parecería que ellos no necesitan aliento, les enardece la sola presencia de su rival en el campo de batalla y su único triunfo es verlos muertos.
Nunca se ensañan con los vencidos, si están vivos, los hacen prisioneros, si están muertos los despojan de sus armas y los llevan personalmente al lugar de los ritos fúnebres, donde se alzan las hogueras, dejando las armas de los muertos en el campo de batalla, abandonadas, según dicen, a su dios de la guerra.
Me dan miedo estos guerreros, no entiendo por qué luchan; parece como si no tuvieran ningún interés por el botín, apenas recogen alguna joya, y, en cuanto a las tierras conquistadas, parecen abandonarlas una vez están a su merced. Sólo muestran tener interés en los prisioneros, que como es natural venderán posteriormente como esclavos. He tratado de hacer amistad con la tropa, pero los amigos del rey me lo impiden; hasta donde he alcanzado a entender su lengua, dicen que es para protegerme.
En las noches cantan extrañas canciones alrededor de las hogueras, proyectando en sus danzas fantásticas sombras sobre las tiendas que asemejan seres de otros mundos, dioses de una religión extraña y olvidada que desde su oscuridad infinita los llaman para realizar sus ritos arcanos. Los cánticos se elevan hacia el cielo estrellado en su extraña lengua; evocan hazañas de lucha y destrucción llevadas a cabo por héroes ancestrales, mitos de vida y de muerte, despertar del deseo y la ternura al recordar unas caricias lejanas. De vez en cuando mezclan con estos sonidos unos alaridos que me erizan el cabello; se diría que sus gargantas se olvidan de que son humanas.
Llevamos varias semanas caminando hacia el Norte, aquí las montañas son más oscuras y mas grandes que las de mi tierra. Se elevan sobre nosotros con cierto aire de amenaza, como si tuvieran vida, pero una vida maligna, depredadora. Apenas se ve algún cuervo volando sobre nuestras cabezas. Los animales parecen temer estos lugares tristes y yermos, algún reptil se agazapa entre las rocas esperando con mirada impasible a su presa, escondiendo el hambre tras el gesto estoico; gárgolas vivas que esperan con avidez el instante de asestar su zarpazo.
Los guerreros ya no cantan desde hace días. Ellos tambien tienen miedo a estos lugares, mas propios para morada de muertos que de vivos; circula por el campamento el rumor de que este lugar está habitado por espectros traicioneros que acaban con la vida de los insensatos que se aventuran a cruzarlo. Yo tengo tanto miedo como ellos, y me sobrecojo de terror cuando entramos en los umbríos valles, estrechos como el filo de una espada; si miro hacia arriba veo las montañas alzarse sobre nosotros como si nos observaran desde su vertiginosa altura. Parece como si hubieran crecido de repente, cuando pasamos entre ellas.
A lo lejos se ve de vez en cuando alguna figurilla aislada; me pregunto que clase de persona puede vivir en un lugar tan inhóspito como este. Me he aproximado a uno de los generales, que habla un poco mejor mi lengua, a preguntarle por esos hombres;
-. Son hechiceros de las montañas, más vale no enojarlos.
Me ha explicado que algunas de las rocas que vemos con formas humanas son, precisamente, viajeros que se internaron por estos lugares sin conocer los rituales de desagravio y que fueron convertidos en piedra. A otros los convirtieron en árbol, y el sonido de sus hojas al mecerlas el viento se parece al llanto. Yo también siento ganas de llorar cuando pienso en mi patria, donde vivía en eterna primavera, de donde fuí arrancado para vivir en este invierno perenne.
Veo a veces a lo lejos a los soldados prisioneros, a mis antiguos compañeros que caminan por la nieve arrastrando los pies, indiferentes, insensibles al frío y al cansancio. Parecen desde la distancia como si hubiesen regresado del infierno. Apenas puedo distiguir desde aquí sus miradas aunque me parecen de un brillo apagado, como de pescado muerto. En algunas ocasiones he intentado acercarme, pero los guardias me lo han impedido; dicen que es para protegerme de ellos, ya que no me perdonarían mis relaciones con el enemigo, mil veces maldito de nuestros dioses. Para mis antiguos camaradas no soy sino un traidor, y, si me tuvieran cerca me matarían sin pensarlo.
Sin embargo, me atenaza la sensación de que no me separan de ellos por este motivo unicamente. Hace poco ha caido uno en la nieve; los guardias se lo han llevado a algún lugar de la retaguardia, supongo que para enterrarlo

continúa

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