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Cap�tulo 11


Cuando Mart�n abri� la puerta de su casa dio un respingo. Y luego sinti� un desmayo o una nausea. Se vio a s� mismo como una delicada bailarina novata en las bambalinas de una obra dram�tica para la que no estaba cualificada. Tuvo intenci�n de dar media vuelta y volver a Madrid. No entend�a por qu�. Se sent�a d�bil y mareado. Confuso. No era propio de �l. El pasillo se comb� ante sus ojos y tuvo que apoyarse en el marco de la puerta de roble. Un cuarto piso para saludar las ma�anas de la quietud de provincias, todo su sue�o entre dos paredes, le pareci� inh�spito y agresivo. La gata no corri� a saludarle. Un acre olor a sudor rancio penetr� en su pecho. Imagin� cientos de millones de �caros correteando por las paredes de gotel� y dese� no ser �l mismo sino otra persona invadiendo espacios ajenos. Respir� hondo y vacil� como un naufrago contrariado hasta llegar a la cocina. All� se sirvi� dos g�isquis solos y empez� a sentirse mejor. Descubri� con neutra familiaridad un reguero de heces sobre la bitro y sonri�. La Peque�a Cabrona Peluda hab�a consumado su habitual venganza. Otro g�isqui para el buche y a sentirse due�o de la propia jungla. D�nde est�s, ingrata. Recuper� antiguas sensaciones y la pesadez de las piernas remiti�. Lejos quedaba el aeropuerto y las malas noticias impregnadas de lej�a y s�banas blancas. Aquellas hermosas enfermeras supurando sobre sue�os imposibles. Se sinti� agotado y abri� la ventana. La tarde invernal era p�lida y amable. Largo camino a casa, chico de los recados, se dijo, y rompi� a re�r. Luego avanz� hasta el sal�n y puso un ced� en el est�reo. Lou Reed en Berl�n, a�o setenta y tres, presto para dormir al m�s pintado. A hurtadillas, una gata se aposent� en sus rodillas y ronrone�.

- �Quita, hija de puta!- increp�.

Deshizo sus pantalones y sintoniz� una nueva entrega de J�venes Colegialas en la Mansi�n de Leche. Dos minutos m�s tarde todo hab�a terminado y dese� ser enfermero de un hospital de urgencias. Conocer mujeres con zuecos y pies limpios y salir de casa para ver anodinas pel�culas de �xito entre penumbras, mientras alguien, por ejemplo, una mujer hermosa, susurraba en su o�do tonter�as varias, como personas difusas. Sombras y estratos ajando los cielos de los inviernos viejos. Aeroplanos aterrizando bajo una tormenta. Un desliz en carretera hace que pierdas el sentido y los zapatos. Glup. Ni�as pata negra allende los C�rpatos. Un sorbito de escoc�s y telara�as fuera. Jodida gata. Dichosas mujeres en zuecos. Deshizo su maleficio con dos tragos m�s de barrica etiqueta negra y se desnud� sinti�ndose dolorido y agotado. Ese olor. Parec�a que hubiese estado decenas de a�os fuera. Repas� las notas del corcho de la entrada. Oso hormiguero. Hijo de perra con sesenta y nueve vidas. Puerco esp�n de siete suelas. Estaba en casa. Lou Reed sonaba y le hac�a una buena comida a la pija de Nico. Se tranquiliz�, s�bitamente. Porque era el rey de la casa. El Emperador Escoc�s de los gatos y las notas cosidas a corchos an�nimos. Un poeta urbano de ripios. Un renegado. Un hombre con problemas. Atropellado y redivivo.

Despu�s de una ducha se acost� mientras la melod�a del turras de Lou sonaba. Otro d�a m�s. Vuelta a casa. Siempre reconfortante. Al d�a siguiente ir�a al curro y tendr�a que enfrentarse al cabr�n del jefe. El Gran Tibur�n Blanco. Con su pelo engominado y su voz ronca de garraf�n legionario. He perdido a su hija. Olvid� hacer los deberes. Soy un jodido fracaso. No le importaba. Hab�a recorrido tres vidas en un viaje calamitoso. Se merec�a el descanso. Aunque ese dichoso olor... date la vuelta. Ven para ac�, hija de puta melosa. Vuelve a cobijarte en la normalidad del Imperio. Acarici� a la gata y se convenci� que dorm�a como guerrero huido de una batalla.

Hermenegilda tom� la mano de su madre hija no te preocupes y deshaciendo pensamientos frente al mar condujo sus l�grimas hacia un nuevo sol ha muerto se lament� sin llanto apretando los pu�os gotas de un grifo cuando un pollo se cuece en la olla del tiempo no llores cari�o siempre te ha querido y los hombres persiguen tesoros como cazadores perros sin due�o todo perros y colmillos afilados pero poco seso es ley de vida aguanta el dolor y piensa en Braulio el hijo del boticario en vez de dilapidar tus l�grimas frente al mar muerto el perro se acab� la rabia hay que ser pr�ctica hija m�a doblan campanas del borracho Hemingway como dios lo quiso pero nunca se escriben versos para las viudas...

Madre...

Son dolores que s�lo cura la penumbra de alcoba

Madre...

Romualdo es sombra de galgo y lobo tiempo pasa y ceniza poso de conciencia y remembranza

Qu� hacer

Olvidar y prender velas porque el alt�simo rige los mares mejor para ti los designios del alt�simo nubes negras que se deslindan den estratos

C�mo puedes ser tan cruel

Tan madre pr�ctica y testigo de desgracias tiempo del tiempo visionario

No podr�

Lo har�s como que el cielo es pecho de oc�anos y siempre rige bien el aura de la hembra solitaria verso en rama

El c�lido sol de la ma�ana le despert� con amabilidad. Luego sinti� un dolor insoportable en la espalda y una erecci�n en toda regla. La gata lami� su mejilla y la abraz�. Maldijo los viajes en coche y gir� al otro lado de la cama para aliviar dolores. La gata salt� con u�as sobre su cabeza y buf�. Lo primero que not�, sin abrir a�n los ojos, fue el tacto de las s�banas mojadas. Esto le produjo confusi�n. Instintivamente volvi� a refugiarse en su lado de la cama.

- �Hostia puta!

Luego abri� los ojos y se examin�, incr�dulo, la mano ensangrentada. La espalda remiti� en dolores y su mente se encabrit� como si fuera objeto de una descarga el�ctrica. No era posible. Se incorpor� y se apret� contra la cabecera de madera. Quieto. No te muevas. Paralizado por el terror.

En el otro lado de la cama yac�a una mujer desnuda, hundida en una aparatosa mancha de sangre que empapaba las habituales s�banas amarillas. Alguien se hab�a ensa�ado con la muchacha. Boca arriba, era perfectamente visible un espantoso tajo de oreja a oreja. Mart�n hizo adem�n de vomitarse y luego comenz� a sonar el despertador. Media ma�ana. Hab�a planeado llegar tarde a la oficina, arrastr�ndose como un inv�lido, y urdir una aparatosa f�bula exculpatoria alrededor del fatal accidente de coche.

A�n paralizado, en su parte de la cama, con la mano ensangrentada en el regazo, temblando, reconoci� los ojos azules de la muchacha. El pelo rubio extendido delicadamente por la almohada. La mirada inerte y congelada en una expresi�n de paz. No pod�a creerlo. Parpade� varias veces y dese� que Hermenegilda hiciese acto de presencia con aires de fantasma de cuento, con su camis�n de mojigata calientapollas, y fuese evidencia de una pesadilla. Pero nadie apareci�. S�lo la gata asomando las orejas tiesas por el pasillo. El olor rancio y ajeno. La quietud de la calle. Un barrio residencial. Todo un lujo. No pod�a hacerse a la idea de lo que estaba sucediendo. Hubiese jurado sin vacilar, que la mujer que yac�a degollada como un cerdo sobre su cama, no ten�a la m�s m�nima duda, completamente desnuda y feliz, era la hija de Lanuza. El despertador segu�a pitando, ajeno al estupor.

Cap�tulo 12


Se sinti� incapaz de gobernar las ideas que se suced�an en su cerebro. Un baile desordenado de v�sceras y luces desfilaban frente a sus ojos. La imagen de un tri�ngulo de vello p�bico flotaba junto a un jir�n de s�bana ensangrentada. Luego la voz dulce de la enfermera todo va bien Mart�n, y sirenas, y focos anaranjados que lo cegaban, el traqueteo de un vag�n que terminaba despe��ndose dentro de una garganta sajada.

Despu�s de examinar el resto de la casa se hab�a encerrado en la penumbra de la cocina para ordenar con rigor los hechos. Algo estaba claro: ten�a un cad�ver en la cama, un fardo sanguinolento que alguien con prisas hab�a lanzado a la cuneta de su habitaci�n en mitad de la noche. Se estremeci� al pensar en esa posibilidad. Era indudable. Un cad�ver no camina, ni mucho menos se cuela entre las s�banas como una amante silenciosa. Era evidente que alguien lo hab�a dejado all�, ya sin vida, o quiz�s no, quiz�s hubiera muerto a su lado, mientras Mart�n dorm�a ajeno a todo.

Volvi� a estremecerse. Maldijo su narcolepsia. Era necesario pensar con claridad, a pesar del miedo, a pesar de ese abismo que hab�a surgido en la boca de su est�mago. Corri� hasta el cuarto de ba�o y volvi� a vomitar. Cuando su vientre dej� de palpitar decidi� acercarse de nuevo hasta su habitaci�n. Mientras caminaba por el pasillo elaboraba la absurda esperanza de encontrarse la cama vac�a. Quiz�s el cad�ver hubiera decidido dejar de incordiar y se hab�a marchado. Quiz�s todo era una confabulaci�n de Lanuza para joderle la vida, o un regalo macabro de sus amigos. El cad�ver despertar�a extendi�ndole los brazos: Feliz cumplea�os Mart�n. F�llame . Pero al franquear el quicio de la puerta el cad�ver segu�a all�, quieto, a�n m�s evidente frente a las primeras luces del d�a, tan real como la agitada respiraci�n de Mart�n. Cerr� la puerta y regres� a la cocina. El edificio despertaba. Una comparsa de retretes agitados y ecos radiof�nicos fue ascendiendo por el patio interior Mart�n apoy� los codos sobre la encimera de la cocina.

- La hemos jodido � se dijo � la hemos jodido. Frente al tel�fono volvi� a analizar la situaci�n. Llamar a la polic�a era una idea descabellada. - �C�mo es posible que usted no se haya dado cuenta hasta que no se ha despertado?-, preguntar�a alg�n inspector- �Duerme usted bajo los efectos de sedantes?, �Conoc�a a esta mujer?�A qu� hora se meti� en la cama?, �Por qu� ha tardado tanto tiempo en llamarnos? Mart�n iba desmenuzando las preguntas de un interrogatorio cinematogr�fico que probablemente se prolongar�a en la comisar�a m�s cercana. A�n cuando dijera la verdad pasar�a la noche en un calabozo, repitiendo las mismas respuestas a un abogado que lo mirar�a con desconfianza. Seguramente terminar�a encerrado en un m�dulo preventivo, suplicando somn�feros a los funcionarios, y luego, tras un juicio sin coartadas ni pruebas a su favor, ser�a condenado a quien sabe cuantos a�os.

Se vio a s� mismo embutido en un mono naranja, dando paseos por el corredor de la muerte. Quiz�s har�an una pel�cula con su historia. Una abogado cachonda lo visitar�a frecuentemente y Mart�n le pedir�a que se desabrochara la blusa para masturbarse. Dormir�a junto a siniestros compa�eros de celda que lo violar�an repetidamente en las duchas frente a la pasividad de los funcionarios. Recibir�a corrientes el�ctricas en los genitales y escupitajos en su rancho diario. Probablemente muriera en la c�rcel, o quiz�s enloquecer�a. Terminar�a dando vueltas en c�rculo dentro de un patio rodeado de torretas de vigilancia.

Mart�n no deseaba verse dentro de una pel�cula semejante. Decidi� tomar sus propias medidas preventivas. La primera era deshacerse del cad�ver. Mientras caminaba de nuevo por el pasillo son� el tel�fono.

- Buenos d�as �salud� una voz as�ptica �. Le llamo desde la aseguradora Kernel. Mi nombre es Ramiro Puig.

- Buenos d�as � contest� Mart�n, a quien el coraz�n se le estaba saliendo del pecho.

- �Hablo con Mart�n Prieto? � pregunt� la voz.

Se hizo un silencio al otro lado de la l�nea. A Mart�n le pareci� escuchar el sonido de unos papeles y el protocolario murmullo de oficina.

- S� � contest� Mart�n, - soy yo.

- Bien, - replic� la voz � tengo aqu� mismo el informe de su accidente. Por cierto, �C�mo se encuentra?

- Bien, gracias � contest� Mart�n.

- De acuerdo � afirm� la voz � le comento un par de detalles con respecto a su seguro. La p�liza que usted tiene contratada con nosotros no cubre eventos de siniestralidad, solo da�os a terceros, pero afortunadamente no tenemos que lamentar esta circunstancia. En este sentido conservar� usted la bonificaci�n de su seguro sin penalizaciones. �Tiene intenci�n de adquirir un nuevo veh�culo? �pregunt� la voz.

- De momento no me lo he planteado.

- Comprendo � murmur� la voz � a�n as� le comunico que en el caso de comprar un veh�culo nuevo no ser�a necesaria la renovaci�n y le reducir�amos un quince por ciento del gasto en las dos primeras cuotas.

- Bien � contest� Mart�n, que ya ten�a ganas de colgar.

- De acuerdo � asegur� la voz � pues nada m�s por el momento. Puede usted pasarse por aqu� en horario de oficinas cuando lo desee. Solamente desearle una pronta recuperaci�n a usted y a su acompa�ante.

- Disculpe � replic� Mart�n - �Qu� acompa�ante?

- La mujer que lo acompa�aba en su veh�culo � aclar� la voz -. Tengo constancia de que ingresaron juntos en el Hospital

- Creo que hay un malentendido. Yo viajaba solo �afirm� Mart�n.

- Disculpe � corrigi� la voz - pero en el atestado que tengo ahora entre las manos figura que en el veh�culo siniestrado viajaban usted y una mujer.

- No tengo ganas de bromas � amenaz� Mart�n-, puede irse usted a tomar por culo.

De nuevo se hizo un silencio a trav�s de la l�nea

- Lo lamento caballero � dijo la voz - veo que a�n se encuentra en estado de shock.

- Ni shock ni hostias, expl�queme lo de la mujer.

- Mejor cuando se encuentre m�s tranquilo � recomend� la voz -, h�game una visita cuando se recupere. Buenos d�as.

Cap�tulo 13


Al otro lado del cristal arreciaba de nuevo la lluvia. Una velo de rabiosa indulgencia. La mente de Mart�n se balanceaba como un nav�o a la deriva. �Qu� podr�a pedir? Que un apa�o de dioses y No�s con barcos y veleros de trescientos mil euros salvaran al mundo. El nuevo milagro de los panes y los peces. Branquias vivas supurando cellisca.

- Un g�isqui- orden�.

Luego marc� el tel�fono de Lanuza. Sin cobertura. Una jodienda. El camarero llen� el vaso. Mart�n dibuj� la aleta de un tibur�n con el humo de su cigarrillo y luego escupi� al suelo.

- �Hay que joderse! �En este garito falta clase! Sus palabras se perdieron en el fastidioso rumor del local. Un perro se acerc� a lamerle los zapatos y dio un respingo.

- �Me cago en la puta! Y se acord� de la gata y el piso, sangre sobre sangre, lienzos en barro, torpes designios del destino.

- Oso hormiguero calza bragas para el ...

- �C�mo?

- �Que te den, colega! M�tete en tus asuntos.

Oso hormiguero zigzaguea entre excrementos de mono. Cesa la lluvia. Cruza una nube y regresa el sol. Mart�n introdujo dos dedos en el vaso y se los llev� a la boca. Apret� los labios y luego escupi� de nuevo. Se sent�a ebrio y cansado. Harto de arrastrar los huesos de bar en bar. Paralizado. Como una mosca ahogada en un chorro de bourbon.

- �Este a�o campeones de Liga, Manuel!- grit� un tipo abriendo la puerta.

- �Otro Campeonato merengue! �Hay que joderse!

Y la t�a Hermenegilda, cu�nta estulticia, puebla la niebla en el bajo vientre de la conciencia, v�rtigos de bajamar... Mart�n crey� perder pie y cerr� los ojos para equilibrar el culo sobre el taburete. No pasaba nada. Era necesario controlar la situaci�n.

- Aletas de tibur�n- susurr�.

Crey� verse supurando calima y yodo, para luego sorprender ojos de sangre, cicatrices de quiste, liendre, pescado, algas hediondas. Pierdo pie, cojones. Estoy demasiado alto.

- �Y a ti qu� cojones te va con lo de los blancos?- se volvi� iracundo al tipo.

- �Qu� viva la Cibeles!

Y se acord� del viaje accidentado a Madrid y la lenitiva parsimonia del tr�fico de aviones. Tambi�n de los cielos l�ticos, la sombr�a irritaci�n de tr�fico en la gran ciudad, y le invadi� una n�usea. El accidente. La sangre defecada entre r�os de mugre y ruido. Un �leo de confusi�n rabiando al mundo.

- �Qu� te den por el culo!- grit�.

- �Y este fulano qui�n es?

- El jodido Hemingway, �pasa algo, palurdo?

- �El jodido qu�?

- Que te den.

- Est� borracho, ni te arranques...

- Siendo as�...

- Osos hormigueros en la antesala del co�o de tu se�ora...

- �Mira con lo que sale el ceporro!

- Est� fino... Pasa de �l.

- Lo dicho. El cretino sale por la puerta grande.

- �Osos hormigueros... tiburones, cojones, tiburones!

- �S�calo de aqu� o me pierdo!

- Tiburones... hormigueros... tiburones en salsa verde...

A empujones, Mart�n irrumpi� tambaleante en la acera. Se aproxim� a un kiosco y compr� dos revistas pornogr�ficas. J�venes Siberianas de vacaciones en Wisconsin y Las Mejores Mamadas del 2005. Podr�a sacar un billete y perderse a bordo del Transiberiano. Era una idea. Delirante, claro. Estaba perdiendo el juicio.

Se quej� amargamente de los vuelos perdidos, de los continuos retrasos en cada una de sus apariciones. Del cabr�n de Lanuza. De la incomodidad del p�nico. Un viento helado soterr� su blasfemia, dej�ndolo en aire, puro, descongestionando sus pulmones. Tropez� con un vendedor de los cupones.

- �Ciegos los quieren en la Cibeles!

- �Qu� dices, mentecato!

Dio cuatro pasos y se derrumb� en un banco. Marc� por en�sima vez el n�mero del jefe. Nadie al otro lado. Estaba solo. Lanuza... Menudo jaleo, evoc�, pero luego, embriagado por el alcohol, la mente se torn� en blanco, una nebulosa de acentos alcoh�licos. El rizado arroyo de estratos volaba hacia el sur. Un par de gotas para saciar la sed del mundo no era bastante. Pronto llegar�an las navidades y las guirnaldas colgando de los cojones. Encendi� un cigarrillo, cerrando los ojos. Se pregunt� por qu� hab�a de pensar en las navidades. Menuda chorrada. Es ese rel�mpago que asorda tu discernimiento, Mart�n. Un sue�o. Una aureola de pesadillas mordiendo edificios laqueados por el oto�o m�s duro. Olas fangosas torpedeaban su mente, se hab�a quedado inm�vil, dentro de ese episodio tan di�fano, con la tristeza de haberse apoderado de su fugacidad. Luego despert� de pronto y empuj� la puerta del bar m�s pr�ximo.

- Un g�isqui.

- Este a�o no nos para nadie, amigo. La Liga en el bolsillo.

- �Y a m�, qu�, gilipollas?

- Lo siento.

- Pues eso.

Encendi� otro cigarrillo y dio un sorbo. Escoc�s con hielo. Un gui�o de sol desangelado encog�a r�pidamente al otro extremo de la calle. La cellisca se hab�a evaporado persiguiendo el reguero de estratos. Fugaces como seductores pensamientos. Quiso acordarse del hogar. De la pulcritud del sill�n de las pajas y de la colecci�n de discos. De la gata. Ingrata. Piel de terciopelo. Orientaci�n oeste. Sangre sobre s�banas. En el televisor amenazaban con ofrecer el resumen de la jornada futbolera. La m�quina de juegos dio un premio y la parroquia aplaudi�. Tras la barra un cartel anunciaba toros con los mejores maestros.

Fiestas de guardar. Sangre sobre arena. Sinti� una n�usea.

- Ponme otro, chaval- orden� de nuevo.

- Claro. A celebrarlo.

- Yo no celebro un carajo.

- Pues lo que sea, joder.

Toreros escupiendo costras terrosas y mugrientas, claro, todo era lo mismo. Una muerta, un atardecer m�s de oto�o, un reg�eldo sonoro en medio de la calle, cuando no eres m�s que un rastro sobre hojas secas, imaginarias.

- Invita el se�or de blanco de all�- indic� el camarero, bigote y frente perlada y mezquina.

Mart�n se volvi�. Un gilipollas con corbata y se�ora. Menuda postal dominical. Profes� una exagerada reverencia a la se�ora y luego apur� el vaso de un trago, exhibiendo el dedo coraz�n hacia la concurrencia.

- �Que me chupe el culo el jodido Matusalem!

- Menudos modales, m�s respeto...

- Para los muertos, para los osos, los tiburones.

- �Me est�s vacilando, payaso?

Elude el humor cauteloso del camarero, compa�ero. Vigila. Una mirada rencorosa. Un cad�ver en el armario. Una mala racha en la ruleta de la fortuna. Lejos quedaron viejos anhelos de rutina. Cristales ahumados sobre el pecho de un fiambre. La humanidad es una memoria colectiva. Raudo se escapa uno de sus infiernos pero presto acude a sus destierros.

- Osos hormigueros... susurr�.

- �Qu� dice? Est� como una cuba. Pobre desgraciao...

- �Que os den por el culo, panda de gilipollas!

Hermenegilda sosten�a el cigarillo entre las manos, abriendo el pecho, susurrando hados de buena fortuna, cuando una rabiosa ola golpe� en los riscos de la playa embravecida. Llev� su cigarrillo a los labios de su amado. �Es tanta la sed, mi amor, para cruzar el Oc�ano de Tr�nsito? He visto osos hormigueros en medio de la nieve. Mucho m�s, querida, amasamos la ternura como posteridad, lejos llegaron reyes, pronto acumularemos riquezas. Siempre a punto. Siempre en hora, amor m�o. Quiero un martini. �Un martini? Mezclo sangre y gripe, amado m�o. Hermenegilda abanicaba el viento sobre el acantilado mientras hebras de rojo viento supuraban en los labios ardientes del amante...

Mart�n despert� de pronto. Alguien le abofeteaba. Un coche de polic�a cruz� a toda velocidad por la calle en calma.

- �Espabila, pollo!- grit� a su o�do el camarero.

- �Hale Pucela, cabrones!- contest� sobresaltado, inconsciente.

- Es hora de irse. Que no te vuelva a ver por aqu�.

- Que no te vuelva a ver yo- replic�, unt�ndose el pelo con su propia saliva.

Luego atrap� la ciudad en penumbras. El viejo espectro del oto�o lam�a niebla en las esquinas. Meti� las manos en los bolsillos y emprendi� el regreso a casa. All� donde esperaban gata y sangre. Cad�veres extendidos sobre s�banas como �ngeles inmaculados.

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