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Capítulo 01
...el mar encabritado golpeaba el acantilado, deshaciendo espuma entre su nervadura. Hermenegilda apretó con fuerza la foto de su amado Romualdo y se dispuso para emprender el viaje definitivo...
El despertador comenzó a sonar y Martín no pudo acabar la frase.
Cerró con disgusto el libro y encendió un cigarrillo. Dos malditas páginas para terminar el capítulo.
Maldijo el dichoso aparato. Cada mañana la misma cantinela. Amanecía. En el horizonte se fraguaba un nuevo día de otoño.
Diciembre. Mal negocio para los noctámbulos. Los días más cortos. Las mañanas más frías.
La ciudad empezaría pronto a caminar sobre la alfombra de hielo con garras de oso hormiguero.
Bonita frase. Tendría que apuntarla más tarde. Alargó la mano y calló el despertador.
Se vino el silencio. Más familiar. Más cercano. Pero ya no tenía ganas de seguir leyendo.
Resultó que Hermenegilda era una histérica de mucho cuidado. Le había estado haciendo la vida imposible al pobre Romualdo.
Era de esa clase de gente que martillea al semejante hasta enloquecerlo y después se lamenta.
No fue una casualidad que él se echara a la mar en busca del Gran Tesoro y muriera en el intento.
Seguro que quería poner distancia con la loca y respirar por fin. De haber dado con el dichoso tesoro, Hermenegilda se hubiera quedado a dos velas.
Martín lo tenía claro como el agua. El tal Romualdo no tenía un pelo de tonto.
Fue a la cocina y rellenó la taza de café. Abrió la ventana y respiró hondo. Las farolas del barrio seguían encendidas.
Lánguidos faros en el limbo. Otro día de la semana. Rumbo a un nuevo año. Figuritas de navidad y belenes de porcelana.
Tala de árboles al otro lado del mundo. En Pucela ya no quedan. Dejaron que corriera el viento por toda la planicie pero da igual. No se ventila.
Arrojó el cigarrillo a la calle y volvió al cuarto. Cedé en el ordena y la enésima entrega de Adolescentes Perversas de Transilvania.
Eyaculó como de costumbre sobre la manta de la gata y se sintió despierto al fin.
Dispuso cuidadosamente la ropa del día sobre la cama y fue al baño para acicalarse un poco. Aguas menores y mayores.
La gata se asomó un momento y escapó como alma que lleva el diablo.
- ¿Dónde vas, ingrata?- rió.
Antes de salir de casa garabateó sobre un papel y lo pegó en el corcho de la entrada. Repasó cada palabra con delectación.
LA CIUDAD CAMINA SOBRE LA ALFOMBRA DE HIELO CON GARRAS DE OSO HORMIGUERO. Recitó en voz alta.
No contento con el resultado hizo algunos arreglos y recitó de nuevo: EL CABRÓN DEL OSO HORMIGUERO SE CEPILLA A LA CIUDAD CON GARRAS DE HIELO.
Satisfecho, cerró la puerta tras de sí y se encaminó rumbo a la oficina.
Buenos días . Neones mutilados y bostezos. Buenos días . Olor a cosmético, a colonia de granel, a fijador de saldo. Buenos días Martín .
Al pisar el suelo enmoquetado lo primero que vio fue el culo apurado de Cati. La secretaria removía una pila de documentos con sus dedos forrados de bisutería.
Aquel era un síntoma inequívoco de la presencia del jefe en su pecera. Mal empezaba la semana.
De haberlo sabido no se hubiera entretenido en la cafetería repasando las variantes que siempre lo dejaban al borde de los once aciertos,
de haberlo sabido no hubiera apurado la papelina con las sobras del sábado.
- Ha venido el cabrón ¿verdad?
Ramírez asintió en silencio allí abajo, desde su mesa de becario rebosante de trabajo atrasado. Su bronceada calva reflejó un brillo de neón
que terminó estrellándose en las pupilas irritadas de Martín. Lo miraba, como quien mira un pez atrapado que pronto
terminará en la boca de un tiburón. El becario se retocó el nudo de la corbata y
volvió a posar sus dedos sobre el teclado, a continuación desvió la mirada hasta la pantalla y
recompuso su habitual gesto de falsa dedicación.
Martín entró en su despacho y encendió el ordenador. No sabía muy bien por donde empezar.
Desde la pantalla lo saludó la instantánea de la gata fotografiada sobre el rebujo de su manta.
No pudo recordar si le había dejado algo de leche en su pocillo.
Al punto entró en su despacho Cati, triunfante, con una grapadora por trofeo.
- El cabrón quiere verte – susurró preocuupada –, cuando ha llegado no estabas.
Martín miró por la vidriera de su despacho. Allí abajo los clientes más madrugadores se disponían a llenar sus carros.
- Sube el hilo musical Cati. Pon unos Villlancicos. Ahora voy.
Martín acercó la nariz a la pequeña pecera. Uno de los pececillos naranjas se quedó muy quieto.
Se preguntó si podrían verle con esos puntos negros sin atisbo de vida. Martín, el gigante bípedo y mal afeitado,
no daba ningún miedo. Ni siquiera cuando sus enormes ojos sanguinolentos se aproximaban a los pequeños nadadores.
Hizo algunas muecas y estuvo tentado de meter los dedos. Aquella pecera era el pasatiempo de todo el personal en el despacho del jefe.
Siempre los hacía esperar. Era la costumbre. Escuchó la cisterna al otro lado de la puerta.
El jefe tenía su propio excusado. Cuando seas padre comerás dos huevos.
- Hombre, Martín, ¿ya está usted con nossotros? Siéntese.
Martín obedeció. Lanuza era un hombre acicalado y corpulento. De robusta quijada y pequeños ojos azules que parecían mostrar siempre una disposición mental benévola y serena. Nada más alejado de la realidad. Cuatro años de universidad en la legión calaban muy hondo. Extrajo un peine del cajón y ajustó los surcos de una mata de pelo abundante y canosa. Luego resopló.
- Joder, dichosas canas. El tiempo no se detiene, ¿eh, amigo?
Martín negó con la cabeza. El tiempo era un pez grande que se comía a otros más chicos. Una puta que siempre te dejaba a medio coito. Qué podía decirle.
- Aún estoy esperando los balances, Marttín. Cada vez que me arranco otra puta cana me da por pensar en usted, ¿sabe por qué?
- ¿Por los balances?
- Exacto. No tiene un pelo de tonto. Si ddedicara a mis balances el mismo tiempo que dedica a mirarle el culo a la Cati ahora tendría su propia empresa. Acabose. ¿Se ha fijado? A veces preferiría que se me cayese el pelo. Como a todo el mundo. Muerto el perro se acabó la rabia.
- Me pondré a ello inmediatamente.
- Inmediatamente... Nada de eso.
Lanuza dio un respingo e hizo girar la silla. Posó su mirada en la pecera y guardó silencio. Martín cruzó las piernas y aguardó paciente. Trataba de dominar una erección espontánea. Cati. Dichoso trasero. Tenía la certeza de que el viejo cabrón había profundizado mucho más que él en ese asunto.
- ¿Tiene algo que hacer hoy, Martín?
- Señor, los balances...
- Nada de balances, cojones. Que se ocupee Ramírez- masculló e hizo girar la silla hasta quedarse frente a frente. Le obsequió con una mirada penetrante y azul. Martín evocó la imagen de un pez. Un enorme tiburón blanco con los ojos encendidos, atrapado en una pecera.
- No entiendo...
- Para hoy ya tiene tarea. Ha de hacerme un favor.
- Lo que usted mande.
- Irá a recoger a mi hija al aeropuerto. Viene de Miami, escala Londres. Su vuelo llega a las tres.
- Tenemos tiempo.
- Nada de eso. Vaya a casa, aféitese y póóngase una chaqueta decente. No quiero que mi hija piense que dirijo una cochiquera de chupatintas.
- Eso está hecho.
- Aquí tiene una foto. No se descuide. Trrate a mi hija como si fuera la suya- ordenó tajante-. No, mejor. Como si fuera su puta madre, Martín, que supongo que tendrá una.
- Por supuesto. Haré lo que pueda.
Cuando salió del despacho se cruzó con Cati.
Echó un vistazo involuntario al trasero y apretó la foto.
Si hubiera tenido que hacer un balance de culos ya tendría su propia empresa. Ja.
El gran tiburón blanco cabrón solía dar en la diana.
La gata lo recibió de un respingo, después giró sobre sus patas y desapareció tras el quicio de una puerta.
Martín examinó el estado de la cocina. El grifo volvía a sus andadas. Su moqueo incesante había formado un lago viscoso en el que se sumergían unos cuantos cubiertos aún por fregar. Hundió la mano en el fango grumoso, palpando el fondo hasta dar con las tijeras. Las escurrió sobre la encimera. Tres golpes de hisopo que lo dejaron todo perdido. Después cortó la etiqueta de la camisa con ellas, mientras caminaba hacia el armario.
Rescató de un rincón una americana de invierno y unos pantalones de pana. Al vestirse sintió la punzada de la etiqueta cortada sobre su cogote. Tuvo que desvestirse de nuevo para rematar la faena, esta vez deshilachando las costuras con la punta de las tijeras.
Se acordó de Berta. Ella era la encargada de amputar las etiquetas de la ropa por estrenar. Una manía, una de tantas a las que Berta se había adaptado antes de largarse definitivamente.
Se sentó a los pies de la cama, el libro descansaba con los lomos abiertos sobre el colchón.
Algo se movía a lo lejos, sobre el insondable azul del mar, en medio de su oscuro rumor. Hermenegilda apretó la vista, hundiendo sus refulgentes pupilas en la neblina de la costa.
Extenuada, cayó de rodillas sobre las rocas. Le pareció oír el silbido de una sirena antes de caer en la oscuridad del sueño.
Sonó el teléfono. Martín lanzó el libro y corrió hacia el salón. Si descolgaba después del tercer toque algo terrible podría sucederle, otra de sus manías. A Berta no le hacían ni puñetera gracia los respingos epilépticos de Martín cuando sonaba el dichoso aparato y salía fulminante a responder la llamada. Afortunadamente descolgó al filo del segundo timbre. Se había librado de la desdicha.
- Martín – susurró Lanuza al otro lado --, menos mal que está usted en casa. ¿Cuándo cojones arreglará su móvil?
- ………………..
- Bueno. Ya habrá tiempo para hablar de esto. De momento escúcheme…
Lanuza estornudó sonoramente a través del hilo, carraspeó.
- Mire. Ahora mismo son las doce, el vueelo va con retraso. Tómese su tiempo.
- De acuerdo. Ya estaba preparado.
- Bien Martín, bien. Necesito que me hagga otro favor.
- Dígame
- Seré breve. Necesito que aloje a mi hiija en su casa, sólo por esta noche. He invitado a alguien a cenar a casa. No quiero que la nena le suministre a la zorra de su madre ni un puto detalle de mi vida sentimental. Pero bueno Martín, no le doy más explicaciones. ¿Me echa un cable?
- Claro. Faltaría más.
- Muy bien Martín, muy bien. Gracias.
- No hay de qué.
- Una última cosa Martín. No iba a decírrselo pero……la nena está en una edad muy difícil. Ya sabe de lo que le estoy hablando ¿no?
Martín guardó silencio. Mucho mejor que un sí o un no era cederle la palabra a Lanuza
- Creo que sí, ya sabe de lo que le habllo Martín. A buen entendedor…Así que no me toque los cojones. ¿Entendido?
- Por supuesto.
- Llamaré a la nena entonces con las novvedades. No me destape Martín. Le diré que hoy no estoy en la ciudad, que me ha surgido un imprevisto. Mañana tampoco pase por la oficina. Espere en casa a que le telefonee. Y recuerde: no me toque los cojones.
Martín colgó el auricular. Al volver a su cuarto volvió a tomar el libro, pero éste se le escurrió entre las manos. La gata se había meado encima de las tapas.
El sol poniente cobreaba sobre la extensa llanura. A lo lejos, en un punto casi tan lejano como su propia conciencia,
se elevaba un cerro truncado y grisáceo. Sus pies se hundían en la blanda desnudez de las besanas mientras una ligera
tolvanera levantaba la aridez entre sus piernas. Martín dio un súbito respingo y tiritó. No lo entendía. Estaba solo.
En un lugar tan solitario como inhóspito. La blanca camisa se le pegaba al cuerpo, empapada en sudor. Sentía el áspero
tacto de las manos dentro de los bolsillos. Estaba elegante. Dentro de su mejor traje. Escupió al suelo y giró sobre
sí mismo. Sólo una vasta extensión de tierras baldías al alcance de sus ojos. Pequeños arbustos entre las sementeras y
un cobertizo de color blanco del que despuntaba una cruz dorada, refulgiendo a espaldas del sol y del inquietante silencio.
El viento detuvo la melodía y entonces su respiración se volvió más agitada. Ronca. Como si una legión de mariposas pugnase
por romper el cerco de los pulmones. En el marco de los cielos se arrebataba una hermosa paleta de colores rosáceos. Sus pies
seguían varados en la tierra. Cerró los ojos durante unos segundos y se sintió frágil, liviano. Un hombre cualquiera puede
acunar la tarde con las manos dentro de los bolsillos, en medio de ningún sitio. Con el traje de los domingos. De los bautizos.
De los entierros. Sopa boba y mucha mierda. Elegancia sobre las tablas de polvo duro. Las mariposas cejaban en su empeño,
al son del inexistente pulso de la tarde. Se sintió el eje de toda la inmensidad palpable. Sin tener que mover un músculo
se sabía poseedor del control de cuanto le rodeaba. Era una sensación tan nueva como placentera. Pronto se levantó la brisa
caliente y atisbó una polvareda aproximándose, rompiendo el sublime equilibrio del paisaje. Creyó ver cómo la cruz dorada
sobre el cobertizo blanco refulgía a intervalos y se volvió hacia la puesta de sol, un baño de olas púrpuras regalaba un
inigualable regalo a la vista. No era posible. Reflejos intermitentes. La noche se cernía a ras de suelo. En pocos minutos
un dos caballos de color verde pistacho con los cristales tintados se hizo visible. Ralentizó la macha y llegó a su altura.
La ventana se deslizó chirriando y Berta le sonrió como nunca lo había hecho. Durante un espacio breve de tiempo Martín
tuvo la sensación de estar en un sueño. Pero las mariposas comenzaron a bramar de nuevo en su pecho y volvió a sentir
la misma punzada en las paredes de la pleura. Sacó las manos de los bolsillos y las tendió hacia ella, que seguía sonriendo.
Martín, susurró, ella, tal y como hacía entonces, no recordaba cuándo... Martín..., repitió... Horrorizado, descubrió que sus
manos se habían ajado y la sangre goteaba sobre los pies hundidos en la tierra. Había perdido las uñas y poco a poco la piel
blanqueaba. Estaba herido. Cómo había ocurrido, sin que él se diese cuenta. Presa del pánico quiso abalanzarse sobre el coche y
suplicar a Berta por su vida. Pero ella seguía riendo. No entendía el por qué de su felicidad.
- Hermenegilda... – imploró...
Hermenegilda... abrió los ojos y saltó sobre la luz movediza derramada por el suelo de la habitación. La gata quedó atrapada en su regazo y dejó la huella de las uñas sobre el pantalón de pana.
- Hija de puta!- bramó.
Tranquilo, colega, sólo era una pesadilla. Se dijo, limpiando la frente perlada y subiéndose el cinto.
Hay que joderse con Berta. Con la puta gata. No tengo mano con las hembras.
Echó al gaznate dos lingotazos de escocés y repartió el acostumbrado chorrito en el pocillo de la gata.
Se sintió renovado. Toda la casa retomaba su claridad habitual. Seguía siendo el mismo.
Del mismo modo que sus manos gastaban costrosas y largas uñas.
Se mordió una y escupió al suelo. Todo en su sitio. El reloj del odiado despertador hablaba de urgencias.
Como siempre. La puntualidad nunca había sido su fuerte. Se había vuelto a quedar dormido.
Los insomnes tenían ese tipo de problemas. El sueño acomete a traición y regala narcolepsia en los momentos más inoportunos.
Repasó su atuendo frente al espejo del baño y soltó un sonoro pedo. Tú eres mi hombre, repitió metiendo la tripa.
Tú eres mi hombre, cabronazo. Hay que ver qué güevos tienes.
Acto seguido salió de casa, asegurándose de que todo estaba en el lugar adecuado.
“ Nos aconsejaron no gritar para no asustar a los presos que esperaban su turno,
mi compañero de catre tiró el jabón al suelo y profirió un insulto contra el capo que nos
había delatado, nos escrutaba satisfecho a través de la trampilla, dos oficiales fumaban a sus espaldas.
Viendo a Moika desnudo me di cuenta del estado anímico en el que nos encontrábamos, estaba claro, íbamos a morir,
aquello era una pantomima sublime, en aquel momento renegué de dios…… ”
Martín apagó la radio, había sido una estupidez tomar la M40 camino del aeropuerto,
en media hora apenas había avanzado quinientos metros. No anochecía nunca y la palidez del sol sobre el asfalto y las carrocerías dilataban el bostezo hasta la nausea.
A veces el pesado e incontenible movimiento migratorio despertaba de su sopor y
ensayaba el camino que dejaría por fin atrás las grietas del arcén y los edificios del polígono.
Martín pisaba el acelerador sin mucha convicción, para terminar frenando tras el utilitario negro
que cinco minutos atrás había irrumpido en su carril sin tan siquiera marcar el desplazamiento desde la vía de servicio.
Estornudó, volvió a encender la radio, los testimonios del holocausto habían terminado,
ahora tocaba el parte meteorológico y la información de bolsa.
De cuando en cuando sonaban bocinas, alguna que otra mano amenazante asomaba sobre la guillotina de una luna.
Martín inspeccionaba a intervalos la aguja del termómetro, que oscilaba con las marchas cortas para relajarse
cuando el flujo parecía dispersarse. Ahora el utilitario negro había sido sustituido por un Vollkswagen con las
lunas tintadas y la carrocería salpicada por lenguas de fuego. Era desesperante, pero estaba acostumbrado a las malas caras,
a la marea de insultos y las impunes inspecciones de nariz.
Empezó a llover, la lluvia siempre lo complicaba todo, - puta lluvia, malógrame el trayecto una vez más -se dijo a media voz.
Un Peugeot aceleró bruscamente a su derecha, pero casi en seguida tuvo que frenar porque estaba a punto de rozar al Ford amarillo
del carril colindante, le tocó el claxon, y el muchacho del Ford amarillo lo miró por el retrovisor y le hizo un gesto de impotencia,
mostrándole con la mano izquierda el Seat pegado a su auto. A continuación un Skoda irrumpió en la escena, dispuesto a ganarle unos metros
al Peugeot, ahora el peligro de choque era inminente, pues ninguno de los dos autos estaba dispuesto a cederse el paso para avanzar
apenas tres miserables metros de asfalto.
Sucedió lo evidente, el Skoda repaso con su parachoques la lustrosa carrocería del Ford amarillo,
Martín apagó la radio y a continuación el chaval que lo conducía salió airado del vehículo, ataviado
con una gorra multicolor y un chándal dos tallas por encima de la correspondiente.
Solo cuando lo tuvo de cerca Martín pudo ver la barra de acero que empuñaba con la mano derecha.
Acto seguido comenzó a golpear la carrocería del Skoda con ella, imprecando a su ocupante,
que escondido tras la carrocería no se decidía a abandonar su vehículo, la mujer que lo acompañaba daba gritos dentro de la cabina.
Ahora el chaval de la gorra estaba arrancando los retrovisores a patadas. Una marea de claxons se cernió desde los vehículos precedentes.
El incidente había formado un tapón y los conductores se impacientaban.
Martín sorteó al Skoda invadiendo parte del arcén, al pasar junto al muchacho, que ya un tanto desinflado zarandeaba la puerta del Skoda mientras boceaba a sus ocupantes le dijo:
- Buen trabajo chaval, se lo merece.
Luego aceleró, tras el retrovisor desapareció la escena. Tomó el desvío a Barajas y volvió a estornudar. La lluvia caía entonces con mayor intensidad
Eran las tres y media cuando pisó el vestíbulo de la terminal. Seis minutos sorteando viajeros despistados y
pesadas maletas le parecieron eternos. Se detuvo exhausto frente al panel informativo y resopló. El vuelo de Londres
llegaba con una hora de retraso. Pudiera ser a causa de la niebla. En el país de los paraguas y los bombines se cocinaba
niebla con garrafón de bifíter. Pudiera ser también que los camelleros de alibabá hubieran vuelto a hacer de las suyas.
Los aeropuertos ya no eran un lugar seguro, eso decían. Respiró aliviado. Los motivos no eran lo importante. Por una vez
la suerte le sonreía. No tendría que dar explicaciones al viejo tiburón. Esta vez no la has cagado, campeón, sonríe y
deja de apretar el culo. Hora de comer. Se acabaron las prisas. Bocata para la tripulación y mucha mierda.
Regresó a la calle y encendió un cigarrillo. La lluvia no cejaba en su empeño.
Una hilera de taxis se agolpaba a lo largo de la calzada como el lomo de una gigantesca tenia blanca.
Sonaban los claxon. Cargaban los viajeros y salían como alma que lleva el diablo. Al otro lado de la acera,
apretados como larvas y sentados sobre las maletas, una cadena humana aguardaba el paso del autobús. Contemplaban
el jarreo con una mezcla de hastío y pereza. El humo de los tubos de escape sorteaba la lluvia. A lo lejos se veía
despuntar el gran Madrid con sus edificios de negocios. El downtown de los apátridas, del papel cambiario, parné, tela,
pasta, cheque en blanco y cielos blanqueados por la gran nube tóxica. Una cresta de gallo esmaltada y difuminada por la tormenta.
- Eh, amigo, ¿tienes fuego?
- Claro, nena.
Buen castellano. Larga melena rubia. De Liverpool beatle por lo menos. O de wisconsin.
Una belleza, aunque tenía entendido que los yanquis ya no le daban al fumeque. Daba igual. Una escultura maciza, la chorba. A éstas se les puede dar candela, la bolsa o la vida. Nunca se sentía uno estafado.
Hizo acto de presencia el esperado autobús. Un coche particular frenó en seco. Otra vez el claxon. La capital no era para él. Un gigantesco cesto de serpientes venenosas.
Violencia atascada en el tubo de escape. Tuvo claro que recogería a la chica y saldría cagando leches para Pucela.
Nada de marear la gamba con ideas descabelladas. Los Madriles podían volver loco al más pintado.
Regresó al vestíbulo y examinó el monitor de nuevo. Cuarenta y cinco minutos. Ahora el tiempo era más lento. Las prisas quedaron lejanas. Recorrió la moderna terminal con las manos en los bolsillos, curioseando los pasillos de facturación y las pequeñas tiendas.
- ¿Tiene usted un minuto, caballero?
- Claro. Tengo siete vidas por lo menos..
- ¿Ha oído hablar de su banco de confiannza?
- Oh, me has pillado. No pierdas el tiemmpo, chaval. Busca otro curro, anda.
La puerta de embarque había perdido efectivos. La cafeterías estaban llenas.
Sacra hora de la manduca. Se abrió paso hasta la barra y pisó el pie de una mujer gorda y malhumorada.
- Tenga cuidado.
- Claro, biomanán, lo que tú digas. Guappa, ponme un escocés, que estoy seco.
Bebió el güisqui de un trago y pidió otro. Los pinchos de tortilla volaban hacia las mesas
y alguien gritó desde la cocina que se habían terminado las naranjas.
- Esto es un escándalo- protestó la gordda.
Martín rió. Se acodó en una esquina y cerró el pico. Tenía ganas de fumar.
La mierda de la ley antihumos era ya un íntimo enemigo. Demasiados politiqueos para masas cerriles.
Agarró el vaso y se escabulló hasta el meadero. Buscó acomodo en un retrete y encendió un pitillo.
Aquello era otra cosa. No había gordas clamando por naranjas ni estirados cuellos de solans de cabras. Cornudos del tiempo.
Maletas con la pose de un pastor alemán. Caras de derrota y desidia. No entendía por qué viajaba la gente con esos caretos de
haber perdido el boleto del euromillón. Para eso era mejor quedarse en casa. Hizo tintinear los hielos. Pensó en la gata.
En su propia cheli. Joder, no hacía ni cuatro horas que estaba fuera y ya echaba de menos el desorden, los libros, Hermenegilda
y las noches en vela. El tiempo que uno pasa lejos siempre transcurre más lento. Bebió un sorbo y cerró los ojos.
Escuchó una cisterna y un grifo. Chorros de agua. Manantiales de orina. El goteo de los enfermos. Pasos que van.
Zapatos que escapan a hurtadillas. Cabrón, te has quedao a gusto, joder con las apreturas en vísperas de vuelo.
Estornudó y maldijo la biodramina y los pinchos de tortilla. Se percató de que nunca había subido a un avión.
Pero eso no le preocupaba. Una vez estuvo a punto de hacerlo. Con Berta. Estaba empeñada en ir a Lanzarote
porque había visto un reportaje sobre los hippis o no recordaba qué chorrada. La víspera del gran viaje
discutieron y ella se fue igualmente con los dos billetes. No sabe a qué otro cabrón se los daría.
Con las furcias nunca podía saberse. Él se quedó compuesto y sin viaje. Con la gata.
Berta le telefoneó poco después para disculparse. Le explicó que había perdido su billete y hacía un sol de muerte en la isla.
Debieron ser unas buenas vacaciones. Berta. Aroma de chanel y bromuro.
Tiró de la cadena y acabó el güisqui. Quince minutos. Salió estirando las piernas y creyó ver al tipo del
skoda secándose las manos. No estaba seguro. Regresó a la cafetería y le rellenaron el vaso. La gorda ya no estaba.
Algunas mesas se habían quedado libres pero no tenía ganas de sentarse. Un rumor de siesta le adormecía las pantorrillas.
Tenía miedo de tener uno de sus inoportunos accesos de sueño. Permaneció de pie y dejó transcurrir el tiempo. Volvía a
tener ganas de fumar. No había quien se librase del dichoso vicio. Cuando el reloj indicó que faltaban cinco minutos
regresó al vestíbulo y localizó el vuelo en el monitor. Todo en su justo lugar. Apresuró el paso hasta la boca de salida y esperó.
Pasada media hora el pasillo se quedó vacío. Cientos de mujeres habían transitado frente a sus ojos y ninguna
encajaba en el perfil de la foto. Había memorizado el rostro y no había lugar a la duda. Un rostro inconfundible.
La niña de papá. No se parecían en absoluto. Mejor para ella, sin duda.
Raudo acudió al estante de la aerolínea. Allí le confirmaron la llegada del vuelo a la hora prevista
y el desembarco de todos los ocupantes. Ya no podía quedar nadie en la zona de maletas.
Martín se desesperó. Estuvo tentado de telefonear a Lanuza pero le faltaron arrestos. Había que tener calma.
Aplicarse sangre fría. La chica estaría esperándole. Supuso que alguien le avisaría de su llegada. Volver
cómodamente en coche sin pagar un duro no se desprecia así porque sí. Recorrió la terminal foto en mano y
regresó al punto de origen. Sentía unos deseos incontenibles de fumar. Sentarse en su querido retrete y darle un
poco de nicotina al asunto. Repasó el monitor por enésima vez y apuntó todos los vuelos que llegarían desde Londres.
Volvió a la cafetería y pidió un güisqui. Las mesas volvían a estar llenas. La parada del autobús en la
planta baja con su renovado reguero humano. Hormigas de cuernos largos. Las maletas grandes sobre ruedas y
las caras de pereza de los viajeros. Sintió una nausea y se acodó en la barra. Pronto se resolvería el entuerto. Era cuestión de tiempo.
La tarde transcurrió entre güisquis y cigarrillos en el retrete. Recibió otros seis vuelos y no halló rastro de la chica.
Finalmente arrojó la toalla y telefoneó al viejo tiburón. Apagado o fuera de cobertura. Sin línea al otro lado del muro.
Del mundo. Tendría que asumir las consecuencias pero eso ya no le importaba.
Pudiera ser que la niñata hubiese cambiado de planes y no fuera informado.
Se la traía floja. Canturreando abandonó la terminal tambaleándose, camino de su coche.
Deseaba volver a Pucela y dormir un poco. Allí le recibiría la gata. Y el sueño profundo.
La noche era púrpura y naranja. Había dejado de llover.
Lo primero que vio al abrir los ojos fue una mano de latex frente a su rostro,
más allá un foco anaranjado, moviéndose intermitente a través del craquelado de la luneta.
- ¡Responde! – exclamó una voz.
Martín quiso abrir un poco más los ojos. Estaba helado.
Algo atenazaba su cuello y le impedía mirar hacia los lados. Vencido, bajó por fin los párpados y esbozó un quejido.
- Tranquilo chaval – dijo de nuevo la vooz – te sacaremos de aquí.
Sintió un grumo viscoso deslizándose por su frente.
La mano de latex removía ahora su rostro con una gasa.
Dentro de su cabeza flotaba un rumor de grillos y alfileres.
Quiso mover las piernas pero un dolor punzante lo atravesó por el costado.
- Toma – dijo la voz – bebe, no te muevaas.
Ahora el guante de latex le alcanzaba una ampolla a la altura de la boca.
El líquido amargo se le escurrió por la barbilla. Tosió. Una nausea subió por la garganta.
Los grillos se revolvían histéricos, acompañados de un zumbido monótono.
- Vamos a ver – dijo la voz – hay que coortar por aquí con cuidado, ¿ves?, sobre la chapa, te marco el punto,
retira los cristales Chuchi. Mira, agarra la radial así, ¿me ves?, con este ángulo, así, sino las chispas lo abrasan vivo.
¿Puedes alcanzarme un martillo?. ¡A ver ese foco joder!, ¡Cagon Dios!, menuda nochecita.
Cuando el silbido comenzó Martín sintió que todo se desplomaba a su izquierda, una bofetada de frío le sacudió la espalda,
los grillos salieron disparados y una lluvia de cristales cayó sobre sus piernas.
Acto seguido sintió algo resquebrajarse sobre su cabeza, pequeñas esquirlas de hielo venían a depositarse en su rostro.
Se estremeció, las manos de latex lo sujetaron fuerte, arrastrando su cuerpo entre un amasijo de hierros.
- Con cuidado joder – gritó la voz.
Luego una bruma horizontal, retales reflectantes, la silueta de unas botas militares cubiertas de barro.
Cuando lo metieron en la ambulancia sintió que algo se estremecía en su bolsillo, le pareció escuchar
el timbre de su móvil durante un instante, luego cerró los ojos, y perdió de nuevo el conocimiento.
... Hermenegilda estaba cubierta de barro, seguía lloviendo en el patio,
el tacto resbaladizo, la respiración agitada, le abrió la bragueta y metió una mano, helada,
Martín sintió un escalofrío y tanteó el suelo buscando la bata blanca... recordaba haberla dejado en algún sitio...
tenía consulta y cada día era la misma cantinela con alguna joven enfermera... soy un profesional, cariño... susurró...
soy, ah... joder, nena...
Martín se incorporó con brusquedad.
Abrió los ojos, contrariado. Estaba en una habitación de paredes blancas.
Olía a lejía. El perfume del tránsito. De la ausencia. Estaba en un hospital.
No era posible. Una enfermera salió de la nada.
- Tranquilo- apaciguó-. Sólo es una pesaadilla. Échese.
- Gracias.
La enfermera entró en el cuarto de baño y Martín oyó correr el agua.
Se palpó el torso. Le dolía. Examinó el resto de su cuerpo bajo la sábana.
Todo estaba en su justo lugar. Sólo un ligero aturdimiento.
- ¡Enfermera!- gritó.
- ¿Qué le ocurre?
- ¿Dónde estoy?
- En el hospital de La Paz.
- ¿Valladolid?
- No- rió-. En Madrid. No se acuerda de nada, ¿verdad?
Martín negó con la cabeza.
Quiso volver atrás y recordar pero sólo halló lluvia y una terminal de aeropuerto.
Güisqui con hielo. Letrinas. Largas esperas. La hija de Lanuza. Nunca pisó ese aeropuerto.
Luego sólo bruma y largos pasillos en blanco.
- Tuvo un accidente de coche.
- ¿Dónde?
- Supongo que no llegó a salir de Madridd.
- Entiendo, ¿cómo se llama?
- Marta.
- Bonito nombre. Marta, ¿sabe cuánto tieempo más estaré aquí?
Metro setenta. Pelo castaño y grandes ojos azules.
Tobillos delgados y pechos breves. Martín se revolvió entre las sábanas.
Comenzaba a sentirse más despejado. Sintió ganas de encender un cigarrillo.
- Supongo que hoy le darán el alta. No ssufrió ninguna fractura y las pruebas del escáner han dado buenos resultados.
Aún con eso tendrá que esperar a que venga el médico.
- Bien, guapa, eso suena bien. Necesito hacer una llamada. Haga el favor y busque en mi chaqueta.
- Entiendo, ¿quiere hablar con algún fammiliar? ¿Con su mujer?
Martín se recostó contra la almohada. Supo al instante que un teléfono no le serviría de mucho.
Se quedaron en silencio. Observándose con ojos de besugo. Peces en una pecera.
Despacho de tiburones blancos y olor a puro y tinte masculino.
No había nadie al otro lado. Ni familiares. Ni amigos. Ni Berta. Tampoco recordaba sus números. Era una completa pérdida de tiempo.
- Mejor déjelo. Gracias.
- Como quiera. Si necesita algo, pulse eel botón.
- Claro.
- Por cierto, anoche una mujer vino a veerle.
Martín estornudó. La penumbra de la habitación se hizo palpable.
También el dolor de su pecho. Una vez tuvo un sueño. Mariposas que pugnaban por atravesar pleuras.
Vacío. Secano. Inabarcables horizontes.
- ¿Una mujer? ¿Está usted segura? Debe ttratarse de un error.
- Bueno, nos cruzamos en el pasillo. Hubbiese jurado que salía de su habitación...
- ¿Cómo era...?- interrumpió-. Su aspectto...
- No lo recuerdo. Quizá rubia. Llevaba uun pañuelo. No me fijé mucho.
- Imposible- sentenció.
- Usted sabrá.
Absurdo. De todo punto, sentenció. Una mujer en su habitación era como agua en medio del desierto. Nadie sabía que estaba allí.
Las chorbas estaban como cabras. Poco después la enfermera abandonó la habitación y Martín saltó de la cama hasta la silla donde
reposaba su ropa. No deseaba barruntar patochadas. Le dolía la espalda y sus piernas vacilaron. Se sentía indefenso dentro de aquella
ridícula prenda que dejaba el trasero al aire. Se preguntó si había sido Marta la encargada de despojarle de los pantalones.
Chasqueó la lengua. Pacientes enfermeras. Ojos azules entre paredes enfermas. Ángeles de batas blancas. Zuecos transportando
delicados tobillos. Chicas recién salidas de la universidad. Fiestas de toga. Pudiera ser que hubiera estado desnudo,
expuesto a docenas de manos femeninas descosiendo su propia mortaja. Rió y extrajo la cartera de los pantalones. Me llamo Martín.
Aquí lo pone, Marta. Soy alguien, no soy un jodido fantasma. Repasó una a una las tarjetas de crédito y todos los papeluchos que
solía guardar. La misma basura de siempre. Siempre podría llamar a la vieja bruja del videoclub, y pedir auxilio.
Ella le respondería, qué coño ha pasado, estoy en una aprieto, fósil mal encarado, acércate a Madrid y resucítame con una mamada.
He regresado del limbo, y lo mejor es que no tengo ni puta idea de cómo ni dónde ha ocurrido. No recuerdo una puta mierda.
No había rastro de la foto. No era extraño. La dio por perdida entre un amasijo de hierros.
Extrajo el paquete de cigarrillos de la cazadora y encendió uno. Al otro lado de la ventana sólo se veía una panorámica
parcial de algunas azoteas cegadas por la niebla. Tiritó. Tenía que salir de aquel hospital y ponerse en contacto con algún vivo.
Pudiera ser que los chicos de la oficina se preocuparan. Por no hablar de Lanuza. Cabía la posibilidad de que ya hubiera sido fulminado.
El viejo tiburón no se andaba por las ramas. Luego pensó en la gata. No recordaba haber dejado comida para ella.
Arrojó el cigarrillo por la ventana y fue hasta el baño. Se contempló frente al espejo. Tenía una marca cruzada sobre el
pecho y una diminuta brecha en la ceja. Aparte de los dolores generalizados todo seguía en su sitio. Retrocedió un paso y pensó
en Marta. En todas las enfermeras del mundo. Acariciando pechos heridos y pollas flácidas. Hey, nena, mira cómo crece mi gambito.
Es cosa de magia.
Volvió al cuarto y se vistió entre dolores. Se acicaló un poco y salió a un pasillo vacío.
Dos enfermeras se cruzaron con él en el ascensor pero ninguna era Marta. Siguió las indicaciones hasta la cafetería
y allí se tomó un güisqui. Luego pidió otro y sólo cuando el estómago volvió a dar señales de vida pudo meter al buche un
trozo de sandwich.
En la calle encendió un cigarrillo y contempló la sobremesa cegada en niebla.
La luz de las farolas como tristes faros en la tormenta. Una soledad anestesiada. Ecos talmúdicos.
Escuchó el fragor del tráfico al otro lado del muro. Tendría que marcharse. Volver a Pucela inmediatamente
y resolver todo el lío. O puede que decidiera quedarse e invitar a Marta a tomar una copa. Chica de
Argüelles busca hombre pulcro amante de los gatos. Leucemias felinas. Encajes y ligeros en las alcobas de las guaridas
de cincuenta metros cuadrados. Chicas de hoy en día. La opción del metro o una scooter es más chic que tragar nitrógeno
en la glorieta de Pirámides. Melena al viento. Avaricia y dientes negros, demasiada testosterona pasada de fecha detrás de la chapa.
Conductores. El pasado. Ahí lo tienes, colega, bravucón, bocazas, Romualdo de pacotilla. Tienes tu viaje a ninguna parte.
En busca del Gran Tesoro. Sólo has de ponerle un poco de güevos al asunto y salir por patas. Perdiste el billete de vuelta.
Tienes excusa para volver andando y perderte.
Una ambulancia se aproximó haciendo girar sus luces.
- ¡Vamos, rápido!- apremió el conductor.. El otro se bajó y sacaron otra mortaja. Un nuevo organismo para sumergirlo en lejía barata.
Tendría que ir a la estación y volver al redil. Por un momento había olvidado que Madrid no espera.
Sangre hirviendo y legiones de trastornados para llenar el infierno.
Escrutó el cielo buscando una respuesta, un claro. Pero no había destino.
Se había evaporado con los sueños húmedos junto a gatas amaestradas. Era hora de echar a andar y perderse tras la niebla.
Tenía decidido su destino. Inmediato.
Martín se revolvió en su asiento, intentando por enésima vez echar una cabezada, el vagón traqueteaba y las luces
del techo se derramaban sobre las cabezas de los pasajeros, el paisaje del interior era más monótono y repugnante que el de fuera,
calvas, permanentes, cohetes de fijador y gorras, todos cabeceaban sobre los asientos menos Martín, quien se volvió a revolver sobre
el mullido para observar el exterior desde la ventana. A través del cristal surgía uniforme un pinar, todos los árboles eran idénticos,
la misma estampa se repetía allá donde alcanzaban los cansados ojos de Martín, la silueta de un palomar derribado asomó por un instante
en la ventana para perderse luego en la sucesión de otro pinar semejante al anterior, en última instancia el cielo cobrizo se cernía sobre
los trigales, lindado por un cercado infinito que le hacía mover las pupilas frenéticamente, poste, hilo, poste, hilo, poste, hilo, poste,
hilo, Martín abandonó la cuenta y terminó por levantarse de un respingo, maldiciendo su suerte camino del retrete.
Atravesó a trompicones un par de vagones, para su fastidio encontró por el camino más de un rostro bobalicón que lo observaba
desde su asiento, bajo la protección de un diario o unos auriculares - ya estoy cerca- se dijo a media voz,
la chusma presentaba los mismos síntomas de siempre, los idénticos usos de una ciudad provinciana y
entrometida acostumbrada a rezarle a dios y a examinar al prójimo de reojo, a Martín le ardía algo por
dentro cuando aquello sucedía, no había distinciones, niños, ancianos, hombres y mujeres, absolutamente todo el mundo
tenía aquella dichosa costumbre de mirarlo a los ojos cuando caminaba por la calle o frecuentaba cualquier transporte público,
asqueado alcanzó la zona de enganche, cartel de ocupado, pegatina roja sobada, ganas de orinar, un bufido salió disparado desde
un punto indeterminado de su garganta, mientras se desplomaba abatido contra la puerta del vagón.
El tipo que cabeceaba en el suelo era clavado a Bob Dylan, o al menos se esforzaba por parecérsele,
Martín no pudo precisar si en realidad dormitaba o estaba persiguiendo el vuelo de una mosca sobre el techo del vagón,
¿ moscas en invierno? – se dijo - , el caso es que aquel tipo que se parecía a Dylan lo estaba observando,
tenía el rostro cuarteado y una sonrisa de mofa pegada en la comisura de los labios.
- No te molestes tío – dijo por fin, meneeando la cabeza en dirección a la puerta del retrete hay un tipo ahí dentro leyendo la Biblia.
Martín se encogió de hombros y revolvió los bolsillos de su chaqueta, la peregrinación había sido absurda, se había dejado
los cigarrillos en el abrigo.
- Ganas de fumar, ¿verdad? – continuó Dyylan– los tiempos están cambiando colega.
- Pssss – musitó Martín, que no tenía muuchas ganas de charla, sobre todo con chalados de vagón.
- Una vez escribí una canción – reanudó DDylan – la titulé: Cuesta mucho reír, basta un tren para llorar ,
yo acababa de poner los pies en el Village y paría canciones con la facilidad de una coneja,
era fácil despertar en el cuarto de una muchachita con ínfulas de grandeza, todo me salíabien colega,
escribía sobre cosas que nunca había visto y sobre cosas que detestaba, como por ejemplo los trenes,
pero aquí me ves, metido en uno, de vuelta a casa.
Realmente estaba frente a un tarado, el tipo le estaba hablando bajo sus gafas de sol y gesticulaba muy afectado,
una camiseta con el logotipo de Triumph asomaba bajo su chaqueta de ante. Martín decidió retirarse a su asiento antes
de que el personaje reanudara su mamotreto, la mosca zumbaba a su alrededor con la melodía de una armónica babeada,
cuando se dispuso a entrar de nuevo en el vagón Dylan se había puesto de pie y lo señalaba con el dedo índice estirado,
un revolver de piel y falanges castigadas apuntaba a Martín.
- No digas que no te avisé cuando tu trenn se pierda – exclamó Dylan antes de que Martín cerrara la puerta a sus espaldas.
- Su destino caballero.
El interventor le estaba zarandeando de las solapas.
- Disculpe señor- volvió a interrumpir ell interventor – su destino.
Martín abrió los ojos, otro ataque de narcolepsia, el tren estaba detenido y los pasajeros se desperezaban en sus asientos,
algunos abandonaban ya el vagón, acosados por una inusitada prisa. Tras recuperar la conciencia se frotó los ojos, examinó el
contenido de sus bolsillos y extrajo el encendedor, lo apretó fuerte y al cabo de dos minutos se levantó para poner los pies
sobre el andén, allí se sucedían las despedidas y los encuentros, la murga de siempre, nada había cambiado.
Cuando salió de la marquesina el reloj marcaba las tres de la tarde, encendió al fin un cigarrillo y
se volvió hacia el andén, el tren aún no había reanudado la marcha y le pareció ver a un tipo parecido a Dylan que
fumaba apostado en el quicio de una de las puertas, al cabo de unos segundos su figura desapareció y Martín reanudó
la marcha, decidió caminar en dirección a su casa.