Autor: Juan-José Reyes Ríos Última actualización: el 25/08/2007
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| "Matices": Poemas del 1 al 36 |
(1)
(A la memoria de la instructora de Píndaro)
De ser tú mi Corinna ... ¿qué dijera yo,
tan abstraído por la poesía espiritual,
que se alarga o acorta según el ritmo
de esa alma mía que nunca fue voluble,
pero tan ennegrecida en el transcurso
de los años, cual suplicio de las llamas,
que fijan la plenitud o la caída del ser?
(2)
(A la memoria de Arquíloco)
Oh satírico Arquíloco,
maestro de elegías y epigramas,
primer poeta lírico griego,
singular azote de la maraña:
¿qué dijeran de ti los posmodernos,
que nada saben de la vida
ni de diatribas amargas. Y aunque
conocen la cortesana estancia,
por sus honduras no corretea,
¡cielo santo!, la cristalina agua.
(3)
(A la memoria de Safo, la intimista, y Alceo)
Oh décima musa,
la de exquisita fragancia,
poetisa de Lesbos, noble
con la pluma y con el alma:
tú y Alceo, allá en el acantilado,
gozáis de la brisa del mar
y de los naturales efluvios que,
cual microesferas de anciana belleza,
dan la plenitud primigenia al alma.
Viajarán por tus melosas odas
emociones cual zampoñas sáficas,
y relámpagos elocuentes relumbrarán
en un orbe habitado por extraños seres,
los cuales, en vez de manto, llevan
esa profunda melancolía innata.
(4)
(A la memoria del excelso Protágoras)
Oh Sofista de Abdera,
sabio entre los sabios,
y disciplinado en tu lección:
viejo soy ahora en la Bétulo
que tu discurso conoció.
Y sabe que en aquella frase: "El hombre
es la medida de todas las cosas;
de las que son en cuanto que son
y de las que no son en cuanto que no son",
diste en la diana de mi conciencia,
y, desde entonces, otro fui con honor.
Sí: el hombre es la medida
tanto de su realidad
como de su imaginación.
(5)
Aquellos románticos
amantes de la belleza muerta,
exquisitos declamadores
que convertían la hora
en musa de la inspiración
o en arrebato emocionado
(pugnando con la experiencia)
y que ahora inclinados los veo
sobre la urna de transparente cristal,
o tendidos bajo la choza gris y macilenta ...
¿dónde están, qué fue de ellos?
(6)
La injusticia cometida por un individuo,
¿hasta dónde alcanza, cómo pagará
semejante delito? Y, entre los hombres,
¿qué figura adoptará, cuál será su asiento?
(7)
(A la memoria de Anacreonte)
Mira, Anacreonte, una es la verdad
entre la tierra y el abovedado cielo:
que tú y yo no somos nada; si acaso
luz que desde el interior más remoto
deja un centelleo en el cóncavo espejo.
Canciones al amor y al vino, ¿qué son
sino vaporosa vanidad, momento añejo
que, presidido por la lírica, habla quizá
de un talento sin inspirado acierto, de una
vida disipada entre horizontes pérfidos
(palabra que precede a la palabra, palabra
que frecuentemente oculta su turbio gesto).
(8)
Tres veces diré que no te creo,
que la cárcel del alma no es un patio
donde los niños inventan su recreo.
Lo he visto aherrojado, cual galeote,
a un banco que oxida su tosco cuerpo,
suplicando que desde lo alto estirara
de él, invisiblemente, aquella alma,
aquella vivificadora región luciente.
Tres veces diré que no te creo,
que la luz de las estrellas
jamás alcanzó su empeño,
que la noche inmensa
nunca le fue fluvial,
ni su ritmo pleno.
(9)
(A la memoria de Hesíodo)
Ay Hesíodo, qué bella es
la sosegada vida del campo:
el botijo hundido en la sombra del árbol
o bajo la verde, fresca y trémula hierba,
en labrantíos que respiran la excelsitud
de dulces tiempos que ya no volverán,
porque ahora todo se inquieta y estremece.
Quizá la música sutil nos salve del marasmo,
del vórtice que se traga todos nuestros empeños,
y le ponga poderosas trabas al infame instante,
que ya se acelera y nada de veras le conviene.
(10)
(A la memoria de los insignes Homero y Virgilio)
Tiendo una pasarela entre Homero y yo,
una pasarela para ir a su momento, a su tiempo,
al fogonazo épico que le infundió ese ritmo tan bello.
Una pasarela para conversar con él acerca del mundo,
de las conmociones que derrumban viejos edificios,
para que luego se levanten otros nuevos, plenos de vida,
colgados de un corazón cósmico entre lo viejo y lo inmenso.
Homero me habla con versos escandidos, de un equilibrio
que vuelve locos a los rimadores carentes de estro.
¡Que fuera yo sin Homero!
Acaso un poetastro torpe y sin ritmo,
quizá un versificador sin talento,
que suele dejarse en el tintero
la diversidad de la vida, el conflicto,
y, donde los hay, no ve los agujeros.
(11)
(Dedicado a una oceánide)
Fue en un crepúsculo de rosicler.
Ella, cual oceánide de las profundidades,
surgió destellante, arropada por olas
que se arracimaban a su alrededor.
Y caminó ingrávida, sobre las aguas,
aceptando el poderoso embate de la vida,
cual madre nutricia que desparramara
innumerables caricias sobre todo lo vivo.
¿Qué música etérea escuché y de dónde?
No lo sé. Pero la oceánide soltó sus cabellos,
tan negros como el azabache, que se mecieron
en las saladas aguas y anclaron en una región
donde el tacto y la ternura son dádiva de Natura.
Ya no la he vuelto a ver, mas sé que se desliza
por espacios en los que la luz es negra y el sol
invita a la hermandad de todas las criaturas
que habitan en la hermosura y vastedad de Gea.
(12)
(A la memoria de Jenófanes)
Oh mi Jenófanes panteísta,
el primero de todos, el más austero,
recitador incansable: sobre las aguas
dejaste sabiduría y virtud, por las que,
pese a los agoreros, no pasa el tiempo.
(13)
(A la memoria de Platón)
Ay Platón: pocos hay de tu condición.
Sócrates fue para ti el único, el más sincero,
un filósofo que extraía sustancia de la vida,
y anudaba el desviado comportamiento
cual si de hilos raros y visibles se tratara.
Sabe que tu maestro no ha muerto,
que está vivo entre nosotros, y su pensamiento
corretea por nuestros vacuos cerebros,
cerebros no privilegiados de estos tiempos
en los que la extremosa comunicación
pesa más que el entendimiento.
(14)
(A la memoria de Baudelaire)
Oh Baudelaire, el poeta censurado,
el que respiró aromas de flores del mal,
el hombre que visitó paraísos artificiales,
un creador de frescura crítica y de espacios
donde la razón zozobra entre ruinosas callejas,
el traductor del insigne romántico de Bostón
(siempre abrumado por la terca melancolía):
¿dónde el jardín de tus sueños innombrables,
dónde la fontana que derrama sombras de paz,
dónde la elegancia que trasciende lo cotidiano?
(15)
(a Orfeo)
Helo ahí cantando, brincando y tocando la flauta,
sintiendo la animación de rocas, árboles, montes y ríos,
amansando las fieras, las aves, las menudas alimañas,
y mirando de reojo el cambio de curso de los riachuelos,
que no quieren perderse su paso ni el son de la flauta.
Han muerto los Titanes, y Dionisos está vivo entre nosotros.
El espíritu se levanta y la fuerza bruta recula en la gruta.
¡Y ya las mujeres siguen los ritos órficos y todo se purifica!
Sabe que la ninfa Eurídice te ama, desde el espacio que habita,
te ama y pide sollozante que no gimas, que tus oscuros sones
cambies por la alegría pastoril de corros y variopintas flautas.
(16)
(A la memoria de Gorgias)
Ay rétor griego y filósofo sofista,
nacido en Leontini, Sicilia,
padre de la cadencia en prosa:
¿dónde estás que no te veo?
Quisiera yo muchos Gorgias,
tantos ajustados al lenguaje
como al entendimiento.
(17)
(A la memoria de Heráclito)
¡Oh filósofo de origen noble,
altivo despreciador del vulgo,
hombre melancólico y misántropo,
de estilo denso, cortado, sentencioso,
con aforismos preñados de metáforas,
quien dijo: "todo fluye y nada permanece":
¿dónde estás, pues que todo permanece?
Sí, el arco y la flecha: tensiones inversas.
(18)
(A la memoria de Zenón)
No eran ingenuos quienes te escucharon;
muy al contrario, despabilados y listos,
siempre atentos al valor de la experiencia,
sensibles y capaces de arrancarte un centímetro.
¿Adónde vas, Zenón de Elea, raro discípulo
del aventajado Parménides, el de las vías
o caminos del saber que ahonda en la metafísica?
(19)
(A la memoria de los arcaicos)
Desde milenios tenebrosos,
he ahí cómo la cóncava nave
surca los océanos del olvido
y llega mostrando su vieja quilla,
enhiestos mástiles que suscitan el aliento,
y un vetusto mascarón que se adueña del sueño.
Ha poco que hermosearon su velamen,
renovaron la atractiva señera,
y limpiaron la costra de la cubierta.
Mas es la silenciosa nave que, viniendo del pasado,
nos embiste con inusitado ímpetu,
tal que despierta almas de su letargo.
(20)
(Poesía dedicada a todos los
Servidores de Internet).
{Badalona, 9/3/2001}
Oh Servidores de internautas
que nacisteis para comunicar,
uno de aquí con otro de acullá,
ahuyentando los malos espíritus,
saltando y brincando por al aire,
creando campos de signo
en la etérea inmensidad,
con un don que es la palabra,
la palabra pensada y escrita,
la palabra que se remansa
por encima de la cotidianidad.
Oh Servidores de internautas,
que vuestras palabras sentidas
sean la Paz, la Fraternidad y la Libertad.
(21)
(A la memoria de Pitágoras)
Si los números son el origen de todo,
si el universo es armonía y número,
si el número engendra el conocimiento
verdadero y cierto, entonces ...
¿soy yo un mero número,
como el que llevan estampado
en la mojada espalda los reclusos?
¿Se extraerán sonidos de mis ruinas,
habrá sabiduría en mí,
siendo yo un simple número?
(22)
(A la memoria de Demócrito)
Moviéndose los átomos en el vacío
como me muevo yo en esta sociedad
que sólo admite la figura, la posición,
el injusto orden establecido ... Sí, ya sé
que el vacío es condición, nunca causa
del movimiento; pero ahí está el Espíritu:
infinito, sutil, puro y cognitivo;
pero ... ¿para qué? ¿Eterno, incorruptible?
Demócrito: hoy el ser no es nada;
sólo me tropiezo con el caballero don dinero.
(23)
Tiendo la mirada a los cascotes
de mi ruinosa existencia y qué veo:
un sinfín de despojos y jirones
que no componen un centón,
una abominable telaraña, deshilachada,
que no es diseño ni signo de nada,
y un vacío tenebroso, sólo ansiado
por mentes soeces e impúdicas.
En fin: que yo ya no soy yo
(y ahora no sé si alguna vez lo fui)
ni mi estampa es preclara.
(24)
Sé que viajo hacia donde dicta mi conciencia,
dejando atrás ciudades, ríos, valles y crestas;
mas llevo conmigo unos cuantos libros leídos,
unas cuantas noches de gozosa e íntima ficción,
y la cuna de un niño que no quiso ser mayor,
por temor a que ahogaran su libertad y esperanza.
(25)
Por la avenida de los Sauces,
saliendo de un cementerio eviterno,
caminan Poe, Novalis y Cadalso,
tras visitar cada cual la tumba florecida
de su amada, siempre flor de su ardor.
Caminan juntos, pero no hablan;
se diría que a un lado dejaron
la vieja discusión bajo los álamos
(en crepúsculos taciturnos y despejados,
por aquella vereda que lleva al Amor,
o por el sendero que conduce a la Muerte).
(26)
(A la memoria de Hölderlin)
Lo vi examinando los pámpanos de la vid,
tendiendo su mirada hacia los campos floridos,
contemplando los ensortijados cirros del cielo,
deteniéndose a la vera de la hoja cubierta de rocío,
o escudriñando el lugar recoleto que aparece ante sí.
Él repudia la escisión entre el hombre y la naturaleza,
y busca cobijo en la armonía primitiva, en la mitología,
en el orden majestuoso y bizarro de la cultura clásica griega.
Fue el relumbrante relámpago de la tempestad
quien me acercó la nave a mis propias narices.
No era una nave fantasma, sin tripulantes,
ni un barco velero zozobrando en alta mar,
atrapado por enigmático vórtice. No: era una nave
nacida para espantar lo políticamente correcto,
el vacío que da pasos de gigante por un orbe
que ha perdido el norte, la cuerda, la cordura.
El aire ya no se serena
ni viste de hermosura y luz no usada:
se lo impide la soberana estulticia.
(27)
Luz, más luz,
reto y osadía,
aliento y poesía
tras doblar la esquina.
Mira adelante y atrás,
tiende la mirada al horizonte
y contempla el majestuoso escenario:
mares, montañas y cielo,
y un hombre que dormita
bajo un almendro florido.
El almendro es la nave espacial;
el suelo, Plutón al alcance de la mano.
También hay oceánides en el espacio sideral,
que te invitan a regocijarte en sus moradas
elevadas y rodeadas de monolíticas columnas.
Mas no olvides el almendro ni su flor,
ni desdeñes tu casa enternecida,
ni a la mujer que te espera,
cuando dobles la esquina de la galaxia.
(28)
(A la memoria de Dante Alighieri)
Perseguido, humillado, condenado
al ominoso fuego de la hoguera,
buscaste protección en el destierro,
y no hallaste protector. ¿Dónde el cielo?
De aquellos arbitrarios encarcelamientos
tu alma no logró desprenderse,
pues presa del calvario, en el calvario expiraste.
Tú que fuiste el más espiritual cantor,
amantísimo del excelso Virgilio,
y cuyo amor inmortal ofreciste
a una tal Beatriz Portinari, dime:
dónde la raíz de los güelfos blancos,
y dónde la de los negros.
Pensamiento político y creación
(bien lo sé yo) no deben ir de la mano,
a menos que se padezca destierro,
relegación o censura (reinos de quienes
no se supeditan al poder, mas también
el odioso reino del ninguneo).
(29)
(A un auriga)
¿De dónde viene el auriga?
¿Gobierna los caballos del carro
con la destreza de un griego antiguo?
Una vez soñé con un auriga
que viajó en su armonioso carruaje
hacia gloriosas épocas arcaicas,
sin que mermara su aliento.
El polvo de los caminos
no le hizo recular, ni las sierpes,
ni los troncos, ni los roquedales
alzados en medio del camino.
Su carrera era un reto al viento,
o un desafío a un raro nauta
que con su cóncava nave
dijera que vence al viento.
Ese auriga quizá persiguiese la quimera,
o tal vez nació para realizar trabajos hercúleos.
No se detuvo jamás, ni se abatió;
acaso siempre fue impelido por un raro viento.
(30)
Esta noche estoy triste. Triste
porque la Literatura ya no es lo que fue;
triste porque no se vislumbra el espíritu
allá donde el poeta de hoy deja su huella.
Triste porque aunque se hermosea el aire,
no deja el artista, bajo los templos antiguos,
la muesca, el signo, el símbolo de su rara vis.
Pero hay columnas que se retuercen en espiral
mientras se alzan a firmamentos nunca vistos.
No son columnas pasajeras, ni la música del lugar
es música que viaje de fuera adentro, sin vínculos.
Ella, la insólita música, lo remueve todo por dentro,
opera cual una revolución sin masas ni líderes.
Y, de súbito, se es otro, sin más: uno es el otro,
el extraño, el ajeno, no su figura sino su imagen
revoloteando, cual mariposa, en el espejo cóncavo.
(31)
¿Qué será? Parecen dos alas:
perfecta disposición de simetría bilateral.
Mas baten el aire, ascienden
y llevan el tronco a las alturas.
--¿El tronco?
El tronco, los miembros
y un alma que anhela fascinación.
--¿Fascinación?
Una atracción irresistible
entre el exterior conocido y sus adentros.
--Ah, comprendo.
Hay laberintos interiores,
galerías subterráneas de difícil acceso,
mas cuando a ellas se accede, ¡ay!,
qué dicha, qué sosiego, qué paz interior.
(32)
(Poemas dedicados a Olenka)
[1]
Ni el fulgor de las doradas cúpulas de Moscú,
ni la serenidad de la nívea estepa y sus bosques,
ni los ríos, ni los helados lagos, ni la ventisca,
ni el arcoiris formado sobre la nieve del suelo,
nada es comparable a los hondos ojos de Olenka,
a su rara beldad tan delicada como la rosa roja,
ni a su esbeltez, origen de dulces vendavales,
tan envidiada por los rosados dedos de la aurora.
¿Cómo decirle a Olenka que es mi Tania del ayer,
pero mucho más suave, más melosa y más hermosa?
[2]
Transitando gozosamente lo onírico, mi dulce Olenka,
miro tus ojos y veo dóciles cascadas que absorben mi aliento,
y tus cejas son pasarelas que me llevan a tu íntimo corazón.
Ahora tus rubios cabellos desatan mi vis más extraordinaria:
y peleo en combates maravillosos por la espiritual posesión
de uno solo de tus cabellos, entre cientos de hebras suntuosas.
¿Qué me diste cuando me miraste la primera vez,
qué fluido mudaste en mí, áureo, rítmico, ... silabeante?
¡Oh flor de mi emoción, que me fascinas con tu presencia,
que me conmueves con tu dinámico acontecer;
y ya el aleteo de tus dedos me sonroja y hechiza!
[3]
Ese fulgor que envuelve tu esbelta figura,
esa femenina expresión que todo lo arropa,
ese perfume que acuna mis solitarios adentros,
esa mirada que dota de magia el instante tuyo,
feliz como la hoja caduca que cae sobre la hojarasca,
formando un tupido manto que irisa los rayos de sol,
todo ello, con vehemencia, se adueña de mis sentidos.
Y te veo candorosa, Afrodita u oceánide de mi ser,
bañándote en lagos de cuya agua yo formo parte,
y me excitan las ondas que produces, y me extasían
las límpidas gotas que despiden tus cabellos al agitarse.
[4]
Dulce voz, tierno susurro,
arrullo de mujer, dedos cariciosos,
cresta de ola batiendo en mi interior,
vórtice tropológico que atrae mis sentidos,
cuna, caverna, plácida vega de amor, ...
solamente tú rebosas mi vaso,
derrites la cera de mi piel,
enciendes y apagas el volcán
que siempre nace con tu presencia.
[5]
Mi esfera de amor no puede hacerse mayor,
acaso me falte virtud, capacidad, condición.
Te observo; tus gestos y tu aliento me conmueven,
derrochas dinamismo, y una tan femenil energía
que hace sentirme pequeño ante ti, diminuto.
Pero ... ¿dónde tu mirada, dónde esa rara vis
que mágicamente me absorbe y encandila?
Sigo tus ingrávidos pasos, te posas sobre el cieno
y presto se yergue, a tu vera, insólita ciperácea;
luego saco del tallo la lámina y escribo sobre ella:
"Mi amor, mi vida, mi cielo, mi contento: ¡te quiero!
[6]
Ventana por la que observo la vida,
luz de mis más entrañables estrellas,
río caudaloso por el que fluye mi dicha,
figura, ... desván de mis evocaciones,
palabra menuda que, cual voluta, asciende
y me muestra el fulgor de lo distante,
llama que enciende mis temblorosos dedos,
cucaña por la que trepo jugando, y arriba,
en tus pupilas, leo el invariable pensamiento:
"eres mi resplandor, mi remanso, mi sosiego".
[7]
Con el pulgar y el índice diestros en tu barbilla,
con los cálidos nudillos de la siniestra en tu mejilla,
con el tórrido aliento envolviendo tu bello semblante,
un tan meloso cual suave beso te estampo en el entrecejo.
Y luego recojo el néctar de tus rosáceos labios seductores,
y extraño temblor sacude eróticamente todo mi esqueleto.
Olenka: mimosa tempestad que violenta mi velero barco,
iglú en el que me introduzco, me caliento y se derrite
la selvática maraña de primitivos y poderosos nervios.
Ni la estepa, ni la tundra, ni la kibitka, ni la troica, ...
ellas no podrían rozar la tersura de tu piel
y después fundirse deleitosamente en el empeño.
[8]
Quiero beber de la fontana de tus labios,
respirar los vivificantes efluvios de tu ser,
y montar a horcajadas en tu volátil sonrisa.
Luego, miraré a lo hondo de tus verdes ojos
para cerciorarme de que si tú eres mi chispa,
sin ti nada soy, nada puedo, ... sólo adolezco.
Y escribiré signos como grandes letras en el aire,
al viento-hombrón sacudiré si tu cuerpo acaricia,
y al sol madrugador le ordenaré que sus rayos
no bañen esa tu nívea piel, o de veras me muero.
[9]
Oh montañas, mares, cielos, estrellas ...,
¡qué diminutos sois en ausencia de Olenka!
Sus hermosos ojos me embistieron una vez
y no supe lidiarlos, no supe verme en ellos.
¡Ay, Olenka! ¿Dónde mis palabras de amor?
Seguí tu curso y me perdí en tus bellas piruetas,
aproveché mi armonía y no capté tu donosura,
hice caso a mi bizarría e ignoré tu rara ternura.
Pero cuando tu mirada hierve en mis adentros,
es cual hondo pozo dispersando sus quietas aguas.
[10]
Locos mis sentidos,
loca mi efusión,
y ¿qué decir de mi fascinación?
Tu cuerpo desnudo,
el pubis abisal,
límpido tu visaje,
solemnes las pupilas
que me hallarán;
y tus dedos crepitando
en mi vacua inmensidad.
Mis dedos cariciosos
recorren tu faz,
y en esa tersura
pierden el sentido,
y ya son caballo
golpeando el tambor
de tu airosa finura.
[11]
Ay, Olenka, eres la onda de mi dicha,
sereno puente entre mi vida y el olvido,
pompa de jabón que me lleva en su seno,
jaca que en sus briosos escarceos me arquea,
siendo yo navío virando hacia tu hermosura.
Y si mirarte es vivir ... ¡viva la vida!
Que no necesito flor silvestre o de jardín
cuando te mueves arrolladora en torno mío;
y ya mi corazón late a tu mismo compás,
turbando el pérfido barullo que anida
en esos adentros de oscuro laberinto.
[12]
Ya no sé cómo mirarte,
pues son en mí
tantas perspectivas de ti
que, cerrando los ojos,
eres tú en mi pupila,
danzando locuela,
desdoblando mis faces,
o acariciando este cuerpo mío
que sólo sirve para besarte.
[13]
Tras la cabriola,
se alzan mis poderosos brazos
y, suspendido en el aire,
acaricio tu femenil hermosura,
que ya me muestra su bello rostro.
Ay Olenka, sutilísima beldad
de exóticos pliegues y repliegues,
de suave y flexible textura,
¡tú eres el exclusivo móvil
y causa del único arrebato
de mi condición mortal!
[14]
Enredarme en ti,
¡qué bello sería!,
siendo tus brazos ramas,
violáceas lagunas tus ojos,
dos colinas de amor
tus turgentes pechos,
y el centro de mí
tu vorticoso ombligo.
Olenka de mi vida,
de mis suspiros,
de mi rara condición:
te amo como se ama al mar,
a la vaporosa cascada,
al azulino cielo,
al cirro que, intacto,
muestra su sortija de amor.
(33)
¿Qué música celestial me adormece?
En una región donde el mar es misterio,
donde las altas montañas son abrevaderos,
donde las blancas nubes son: "el niño ha vuelto",
donde el rostro es faz de un dios que no duerme,
sino que mira cara a cara al hombre y su signo,
al hombre desnudo, que sereno, osado e inteligente,
descubre en el prójimo la singular brillantez del otro,
me explayo día y noche, y vuelo alrededor de lejanas estrellas
que me dictan un compás, vivo, alegre, bizarro, dicharachero.
(34)
(Dedicado al undécimo aniversario del
"Aula de Poesía de Barcelona",
12 de mayo de 2.001)
¿Qué es un doce de mayo, para la Poesía?
¿Qué ritmos, qué efluvios, ... qué vientos nacen
en esta fiesta levantada con bellos vocablos?
Cuando nace la palabra escogida de la tribu
(desnuda, rodeada de palabras serviles y átonas)
apenas si puede respirar en semejante atmósfera;
pero algo alienta en ella, y su lucidez de chispa
es cual flor brotando en aletargados espíritus,
ahítos del frío y envolvente hastío mundanal.
Quiero respirar poesía, respirarla de verdad
cual si de benéficos y sutiles aires se tratara.
Y sentirla dentro de mí, meciéndose liberada,
ajena al trajín de tiempos de mirada oscura,
tiempos que interrumpen el fiero impulso vital.
Pero si un doce de mayo se abriera el capullo,
y una forma con variopintos colores y ritmo
dejara escapar su íntimo vendaval, entonces ...
(35)
(Poemas a Julia)
[una Venus mortal]
[1]
Ay, mi Venus, derroche de sensibilidad,
fuerza y sencillez en un alma espléndida,
soledad en un camino de femenil perfección,
cálida caverna a la que se reduce todo mi ser,
que se apartó de la bondad y de las pasiones
(visibles potencias en este mundo degradado).
Si buscara la divina centella: ¿dónde la hallaría?
Quizá en los suaves y delgados dedos de mujer,
acaso en el hálito de unos ojos de matiz crisoberilo,
tal vez en el viento apacible que desprende tu sonrisa,
o en ese singular gesto que pone en íntima relación
la omnímoda comunicación, el sentir y la vida.
Ya mi verbo ahuyenta el frío que otrora te invadió,
y te dicta el sosiego que alienta en una mujer madura.
Ni ríos, ni montes, ni lagos, ni cataratas, ni mares,
ni siquiera el arcoiris podría competir en dulzura
con la pulcra aura de tu suave mirada tornasolada.
[2]
¿Qué es lo que late en mí?
Laten el placer y el dolor,
y aprendo con el sufrimiento.
Risa y llanto, ríos y mares,
nubes, vientos apacibles,
estrellas, constelaciones,
el trinar de los pájaros,
y esa campana que tañe
notas de condolencia,
todo ello: ¿qué sería sin ti,
sin tus sonrosadas mejillas,
sin tu despejada mente,
sin tus manos acariciando
suavemente nuestra esperanza?
Tus perfiles curvilíneos
son ya otra medida
para el hombre que te observa,
y están al otro lado de la tosca cotidianidad,
en la otra orilla de la ominosa decadencia.
Ay, Venus, mi nube fugaz, mi susurro,
clamor de dedos vibrátiles,
exquisita ensenada de mar,
espacio mío, recoleto,
¿acaso llevas besos míos en tu haldada?
Ay, Venus, ¡a borbotones te quiero!
[3]
Hela ahí, con su largo peplo,
cual diosa de la Grecia clásica,
mostrándome con una mirada
el inmenso imperio de su luz.
Y yo trepé por sus largos cabellos,
anidé en sus bellos tirabuzones,
y una vez arriba, olvidé quién soy,
o cómo ascendí por tierna beldad.
¡Mi Venus, mi hontanar, mi yelmo!
Quisiera besar tus negros ojos,
recorrer con mis dedos tu cabellera,
acariciar tus femeniles muslos,
palpar la ondulación de tus nalgas,
ceñir esos albos y turgentes pechos,
y fundirme contigo en íntima relación.
[4]
Un raro céfiro agita mis mejillas
cuando veo tu breve palabra escrita,
se alza tu invisible imagen ante mí,
y me rodean tus femeniles brazos.
Te siento tan cerca que tu aliento,
sugeridor como las olas del mar,
inspira mis taciturnas palabras,
perdidas en el ocaso de los tiempos,
pero fulgurantes cuando eres tú,
mi tierna Venus, quien las escucha.
Y soy cual huracán incontenible,
poderosa fuerza que conmueve
tanto bases como superestructuras.
Cuando uno de tus delicados dedos
mueve los hilos de mi espíritu,
soy poeta infatigable, rítmico,
y caballero andante al servicio
de una exquisita dama española.
[5]
¿Dónde aquella hermosa y presumida
moza andaluza que con primor se peina
ante un pequeño espejo, cerca del riachuelo,
y que es observada por numerosos mozos
que se quedan prendados de su hermosura?
En sus preciosos ojos orientales
dejé mi esperanza un día,
mientras nuestras palabras
fluían por el chat a raudales.
Su tacto, su ternura, su exquisitez ...
¿dónde mayor encontraría?
No en la Filosofía, ni en la Poesía,
ni en los almendros en flor,
ni en la fragancia del azahar.
¡Oh mi Venus, mi beldad sibilina!
[6]
Yo no sé cómo anclé en ti,
mas sujetaste con fuerza mis quehaceres;
tu rostro animoso pusiste en mi asunto.
Ya no pude apartarme de las menudas cosas
de este mundo sediento, que extravía las almas
con su infame tormento y su dulce brebaje.
En él te quise, en su vientre descansé;
hui del día y de la noche, pero alejarme
del cielo y sus vistosas estrellas no pude.
¡Cuánto te quise, bajo la luna,
sin ver el resplandor de tu faz,
si apreciar las chispas de tus ojos tristes!
Y te querré aunque el fuego marque mi corazón,
y sea el más redomado culpable
de los libidinosos de este mundo.
[7]
¡Qué doloroso es el cauce de la ausencia,
y el parto del sublime juguete del amor!
La presteza del alma en el rostro,
los delicados dedos haciéndose niños,
los anhelantes ojos contemplando
la indulgencia de tu bello rostro,
y una lágrima que, al resbalar
por tus tersas mejillas de mujer,
se hace meláncólico pensamiento,
negra tristeza y vapuleado cáliz,
conceptos que no pueden disimular
esa sibilina peonza que, a mi vera,
baila al son grotesco y atormentador
de una música infame, lejana, ... vaga.
[8]
Oh gozoso fruto por mí tan sólo imaginado;
incitado por una nube de besos y caricias
abandono la remota soledad de mi sitio.
Y pienso en tu renovado esplendor, en el ave,
que volando presta hacia el más alto cielo,
prueba su fidelidad en ausencia de cuerpo,
declarando su amor al hombre fiel y bondadoso,
a ese que dice con rigor casi filosófico: "El hombre
con hechos a la mujer se gana". Y los dioses,
nunca ajenos a los males, vicios e imperfecciones
de los espumosos mortales que de vanidad se cubren,
dictan al cielo abierto: "Honra y lealtad para los hombres
que amen la desnudez de su pensar y de sus hechos"
¡Ay!, pero tú mi avecilla borrascosa, mujer inscrita
en un horrendo círculo de sufrimiento y tensión,
¿qué, si vestida de blanco níveo, viese tu dignidad
pugnando entre lo presente y lo invisible, que,
además de presente, halla su seguridad en el desliz
de lo que día a día se va enturbiando y oscureciendo?
[9]
"¡Oh, vos, prodigio!
¿Sois mortal o diosa?" 1
Ya mi turbulento pensamiento
no encuentra morada sino en vos,
y suspira por el entramado
de un raro universo celestial
que convierte a los hombres
en inocentes ángeles de la verdad.
Miro en el espejo y veo mi naufragio
por este mundanal ruido,
y sólo ansío que estire de mí
el que apacienta el ganado
en alma región luciente.
Pero mientras aquí esté,
¡oh, diosa y musa de mi inspiración!,
escucharás de mí sólo el consuelo
de un gallo viejo que nada anuncia,
y que sólo clava su mirada
en lo inhóspito e inaccesible
de este, para muchos,
tan idóneo basurero.
Diré la verdad al revés,
me vestiré de aire azul,
y sólo contemplaré la hermosura
de lo verdaderamente hermoso.
¡Y cuán hermosa eres tú!
1 "La tempestad", de W. Shakespeare.
[10]
Ni el pastor con su zamarra,
ni la serrana con su falda larga,
ni las oceánides, ni las náyades,
ni las ninfas de los grandes bosques
con su discreta hermosura, siempre
abrazadas por tiernas ramas arbóreas,
ni la extraña mirada de la "madonna",
nada es comparable a la belleza de Julia,
a esos ojos que encandilan y asaltan
con el ímpetu de la chispa reanimadora,
a ese talle que causa estragos en el varón,
a esa presencia que gira entre el sufrimiento
y el vértigo: ese ramo de locura que atrapa
a su veedor y en amoroso trance lo deja.
Desde la aurora de los tiempos, ¿quién vio
semejante hermosura, tan delicado rostro
haciendo crujir el ánimo de los hombres?
Conocerte ha sido un honor que nunca soñé;
y en la humilde morada de tu disposición
ya he recogido generosos y variados frutos.
¡Qué adorables son tus facciones, flores
que dejan su huella en mi pensamiento,
en mi sensibilidad interior, y como frutos
no asimilables, los mira y remira este amante
en rústica que soy yo, apenas ya sintiendo
el vacuo aire de los modernos tiempos!
Pero tus labios me traen otra presencia,
una vis que templa mis acerados nervios,
que suaviza la endiosada y terca sinrazón
que, desde ha tiempo, me viene atormentando,
que labra en ese soberbio viento que me azota
redondos y cariciosos senos de globoso rocío.
[11]
Tu belleza pende, mi dulce Julia,
del suave rostro de la noche cual joya
envidiable de las estrellas y la luna;
y ya las iluminantes antorchas del mundo
no pueden con el resplandor de tu belleza.
El fulgor de tus ojos, que miran abajo,
en esa estampa tan veraz como raída,
producen tan dulce reposo en mi corazón
como alas liberales en mi ardiente pecho.
Sea sueño o dulce realidad lo nuestro,
tú, ninfa sobre la suprema altura del sol,
que ahuyentas las densas y duras sombras
que sobre mi parco habitáculo se ciernen,
y que perfumas con tu aliento el aire ambiente:
¿por qué tan distantes y a la vez tan próximos
nuestros corazones, ya librados del manto de tinieblas
de la indómita noche, que no daba refugio a suspiros,
ni prosperidad al bendito ardor de nuestras mejillas?
En mi pecho varonil eres beldad celestial, ninfa
que deslumbra todo lo que encierran mis adentros;
ni el infierno ni el tormento tienen ahora sentido:
sólo una luz virginal, purificadora cual lluvia,
baña estancias donde tú eres la dama a mi medida.
[12]
Aquel decisivo paso que diste,
aquella tu voz dulce y serena,
y ese claro y sibilino recuerdo
que vuela ingrávido de uno a otro
son lo que enternece mi ser.
Tu voz, tu bello rostro,
tu cuerpo seductor,
la decisión firme que nace en ti,
y esa magia, esa rara persuasión
que ejerces sobre los demás,
te convierten en mi tesoro,
en la lumbre y candela
de mi convulsa existencia.
¡Te quiero!, lo sabes. Te quiero
y no comprendo como otros
no puedan quererte, ¡ay
mi melosa Musa, mi diana,
único revulsivo para mi vida anodina!
[13]
Lejos de laberintos y de cuevas
para la contemplación interior
estás tú, Julia, la mujer soñadora
que busca y no siempre halla;
pero, encontrando, se alza
sobre sus cariciosas zapatillas,
y roza con sus dedos las nubes,
y sus ojos al mirar lo irisan todo.
Quise ir montado en el Viento
para así penetrar por tu ventana,
acercarme a tu asiento, rodearte,
y besar inesperadamente tu cuello,
tus sonrosadas mejillas y tus rosáceos
labios que me saben a frescas fresas;
quise sentir mi cabeza en tu regazo,
mis manos acariciando tus piernas,
y luego besando esos tus senos
que son mi locura en la tierra.
Quise mirarte fijamente a los ojos,
para ver en ti lo invisible, lo que
a mis toscos ojos no se muestra.
Y al mirarte, el Amor floreció
como planta silvestre halagada
por los límpidos y cálidos rayos del Sol.
[14]
¡O h gratas horas transcurridas
al amparo de un chat no belicoso,
en las que tu feliz palabra y la mía
se hallaron como en un remanso;
fluyendo tan lenta la expresión,
que mi corazón dócil se inflamaba
de dicha, excitación y ansiado amor.
Eras, para mí, blanca estrella luciente,
flor que abría sus pétalos para acogerme,
amorosa nieve caída en mis toscas manos,
para así sentir de cerca la animosidad.
Amiga y amada fue uno en un instante;
y ya tus cálidos dedos buscaban mi pecho
para sentir tus montañas sobre las mías,
tus serenos senos en las tristes ensenadas
por donde mi tardía inspiración se explaya.
[15]
Entre floridos almendros
sueño con la beldad de Julia;
y regocijándonos bajo el azahar,
rodeo con mis manos sus mejillas:
suaves auroras sonrosadas de dicha.
Pasó el medio invierno y el verano,
y triunfal fue su inesperada llamada,
porque las llamadas de Julia, sabedlo,
ay, eclipsan el marasmo cotidiano.
Qué humilde morada es mi pensamiento
para su esperanza. La quiero más allá
del olvido, de la represión, de la náusea.
La quiero como al Libro Abierto del Amor,
que nadie escribió entero, cabal, ... atemporal,
pero que leo en el suave brillo de su cara.
Sueño, sufro, me deleito con ella, y bramo,
qué sé yo, al no tenerla entre mis brazos.
Una fiesta doy cada noche y ella es
la más hermosa de las invitadas.
Bailo con ella, la beso en los labios,
y una nívea paloma aletea
entre su vientre y mi espada.
[16]
Nos hablamos en la distancia,
nos enamoramos, y una lágrima
resbaló por tu mejilla y cayó
desde la barbilla de mi cara.
Con tus cuitas sufro yo,
y deletreo que te quiero;
pero el resplandor no se hace
junto a tu pecho desazonado.
¡Ay, mis corvas se doblan
ante el silencio de tus ojos!
Cuánto quisiera echarte una mano
que despejara el nubarrón
bajo el que pasa tu existencia.
Una letrilla de amor, ligera,
como una paloma enamorada,
si supiera, presto te enviaría.
¡Qué mejor heraldo de mi amor!
Pero mis letrillas no curan,
ni deshacen entuertos, ni traen
la ilusión tanto tiempo ansiada.
[17]
He recorrido tu templo con mis labios,
tus ansias con la embriaguez de mi verbo,
tu donosura con la agudeza de mi genio,
tus curvas con esa mi mirada cautivada;
y he palpado tu espíritu con dedos azules,
tu nariz con delicados dedos neblinosos,
tus senos con la fuerza de mis dedos grana.
Mas tu figura alegre, en el universo mundo,
en cuyos ojos todos se fijan para saber de ti,
trepa por una escala y huye de mí, desaparece;
y apenas si me queda el rescoldo de una brasa
que estuvo cerquita de mí, pero fugazmente.
Frío, sí; todo es frío a mi alrededor. Entelerido
y esperando un cielo de blandura, triste ando yo
por este mundanal ruido, pleno de apariencias,
rebosante de hipocresía, desbordado de imposturas.
¡Hasta que escuché el dulce timbre de tu voz!
[18]
¿Quién viera delicada mano
abanicando ese femenil rostro,
cuyos simulados ojos orientales
me conducen tan deleitosamente
al universo meloso de lo natural,
a tiempos y regiones donde la luz
aún resplandece en la oscuridad?
La humilde morada de tu beldad
causa en mí dóciles palpitaciones
que me sitúan a la vera de tu cielo;
y ya me acomete extraño vértigo
si te miro amorosamente y no veo.
Mi voz hermoseada va hacia ti
y viene tan rica y perfumada que ...
¿Qué te diera yo en la punta de la nariz
que, al sentirlo tú, tan dichosa y dulce,
fueses ya mi Noche, mi Día, mi Lucero?
¡Oh, Julia, mujer de extremada belleza,
simpatía hecha tardo discurrir de fontana,
única luz en mis sombrías y ruidosas esferas!
[19]
Me he dormido en tu suave regazo,
y en mi sueño apareciste llevando
no ya un arcoiris, sino una galaxia
en esa tu haldada que siempre anhelé.
Me miré en el espejo y vi otro rostro,
no el mío; un rostro pleno de inocencia
que descubría la vibración de la luz,
y los corpúsculos que atesora en su vía.
Pero tu mirada libre y sincera
llegaba más lejos que la luz;
y vibraba y reía, y discurría
cual si de un riachuelo se tratara;
y en cascada se precipitaba
hacia mis ojos sedientos.
Te quise, te quiero y siempre te querré,
mi paloma, mi pájaro-aliento, mi luz.
[20]
Tu hermosa faz, lejos de nublarme,
me ha engolfado para la eternidad.
Y no aparto mi vista de tu velamen;
zarpo, te llevo al piélago (me engolfo,
abriéndose mis ventanas de par en par)
y respiro tus aires bajo la "noche fluvial"1.
De regreso a la ensenada, a mediodía,
te varo, te sonrío y me abarquillo en ti.
Sólo en ti hallo la expansión de mi corazón,
las alas que me permiten volar sin mirar.
1Expresión acuñada por el autor en el poemario "Lucero".
[21]
Al verte tan serena bajo la tempestad,
sentí que no eras simple mujer, sino hada,
Musa, cualesquiera de las sublimes deidades
que atemperan mi corazón en alta mar.
Y sorbí de tus rosáceos labios raro néctar,
ese licor que contienen ciertas flores olorosas,
como tú, mi gran Flor, la única e irrepetible.
Digo que sorbí de tus labios el néctar y entonces,
como por arte de magia, te sentí dentro de mí,
recorriendo mis grietas, mis recovecos, mas
encaminándote hacia el oculto núcleo de mí.
¿Qué fue lo que viste allí?
Un hombre perdido, taciturno,
pudriéndose en el marasmo
del tedioso y mundanal ruido.
[22]
¡Oh mi dulce Julia, enséñame a beber
en la fuente primitiva que fluye viva
por los andurriales en los que la palabra,
nos recuerda la desgracia y la angustia
que se ciernen sobre el más mísero mortal!
Beberé y no miraré atrás
para no convertirme, ay,
en penosa estatua de sal.
Luego tus cabellos serán hilos,
hilos de vida que se alarga,
y tejen un escenario de ventura,
digno del ser y su apariencia.
Ah, sibilinos labios vierten sobre mí
la agonía de siglos pretéritos,
y acrecientan mi miserable condición,
sumido en la levedad del caballero don dinero.
Pero tú, en un instante, estiras de mí
y me llevas a la luz de la calma.
Trato de rasgar
el tenue tejido de mis sueños
para unirme a ti.
Y cuando lo logro ...
ya vivo en un pensil.
¡Te quiero!
Tú, mi amada Julia,
por siempre serás allí,
la medida de mi estancia.
(36)
Es la luz, sí, la luz.
Ella pocas veces en mí;
yo siempre persiguiéndola,
acosándola, obligándola
a que bañe todo mi ser.
Pero no es una luz cualquiera,
sino aquella luz de luces,
la que podría iluminar
mi oscuro interior.
La amo porque no me penetra.
Ay si me penetrara, ...
entonces no habría juego,
ni verbo, ni lógica, ni cognición.
En cuyo caso ... ¿dónde el isomorfismo
entre el pulcro lenguaje y la vida?