Autor:  Juan-José Reyes Ríos                                Última actualización: el 25/08/2007

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"Matices": Poemas del 37 al 93
(37) Su rostro tras las almenas, su aliento tras la tronera, su frío y atiborrado yelmo despuntando en la barbacana; vigía en la elevada atalaya, ... helo ahí cual fiero corsario en mares de plata y espuma, blandiendo su afilada espada, embrazando su escudo oval, sonriendo a la torpe herida. "¡Majaderos!: el castillo no podréis conquistar, pues no sólo son nuestros brazos sino nuestros guerreros corazones quienes os lo impedirán. ¡Alejaos, abandonad el combate; mañana lo sabréis apreciar!" (38) Ya Cronos me deshace con sus manos, y convierte en polvo mi memoria; no se inmuta por nada y sabe que sólo él dicta la historia. Pero me agarraré a él, en sus alas viajaré, y con redaños le omitiré. Su grandeza no alcanzará los tumultuosos tiempos venideros; nadie ni nada ante él hablará ni se le postrará, la naturaleza de Cronos será devorada por sí mismo. (39) Es la hora, y no suenan las trompetas. -No, no suenan. Flota la blanca nube en el cielo, y no tañen las campanas. -No, no tañen. Vuela al cielo un alma humilde, y no hay duelo entorno. -No, no hay duelo. El guerrero mortalmente herido se arrastra por el valle de la muerte, y nadie atiende su último grito. -No, nadie le atiende. Mas el son eviterno sigue interpretando la cósmica partitura, mientras los humanos, plenos de vanidad, ponen color a las mundanas horas, distantes del himno que a todo cobija. (40) Ay si pudiera ser hoja caduca revoloteando por el universo, mientras una música sideral acompaña mi fausto destino. Y no dejar un rastro de sombras, dudas o contradicciones: sólo ser en el espacio, sentir y vibrar; y cuando la sustancia cósmica me reclame, ir hacia ella con espíritu contento, sabiendo que todo forma unidad, que en la forma está la cabeza, que en la cabeza está el sentido. (41) Si con la deseada vanguardia viniese la rica palabra que alienta (pero siempre hermanada con los pueblos y las lenguas) entonces el "adiós a las armas" lo sería en absoluta presencia. (42) Vosotras, todas las vanguardias, dadme una palabra que aliente (pero hermanada con pueblos y lenguas) entonces yo seré fiel paladín del anhelado "adiós a las armas", e inscribiré en mi escudo un lema: "un pueblo y su luz, por la paz". (43) Por un pueblo y su luz, por la Libertad, por la hermandad de pueblos y lenguas, por todo ello os ofrezco la flor de palabras alentadoras, pues sin desnudas palabras nada queda, y el viento todo se lo lleva. (44) ¡Escuchad la música! ¡No veis que son himnos al espíritu, cantos a la libertad de un pueblo (hermanado con otros pueblos y otras lenguas)! (45) He arañado la realidad y su dura costra ni tan siquiera se inmuta. Sé que "el caballero don dinero" está tras todo lo que palpo y bajo todo lo que observo. Podría aducirle: "tu rostro es el rostro de lo frío y mísero. Si desaparecieras, ay, cómo se desinflaría la vanidad del mundo". (46) [Escenas interiores] No eran datos, ni consecuencia de la vasta impresión del mundo, no; no era música de fuera sino un raro ritmo, palabras y acciones tan insólitas que, en su nacimiento, se mostraban extrañadas, vacilantes, turbando mi universo vivificador. (47) Tan abstracto y puro cual la música, como la nave de la vida en un mar tempestuoso, como el increíble antimundo del espejo, como el gigantesco brazo que se alza y en su mano anuda el misterio, como el ancla que se pierde en el caos, como los enjutos espíritus del aire, como el miedo que sublima la sangre, como los mártires entorchados, como una sonrisa irisada, como una llama que quemara la conciencia, como la guerra de los últimos días, sí. (48) ¡Oh espumeante océano, dicha y arrebato, luz para mi conciencia que no se priva de las impresiones, ni es ajena al sutil latido de lo visible, ni desmerece las sensaciones que enaltecen lo invisible! (49) Oh divino corazón: la embriaguez de la inteligencia es un hacha de guerra, transitoria, infeliz, amarilla, cual un penacho sin morrión, y lejos de la cabeza. (50) He visto el arcoiris tras el diluvio, centellas surgiendo de una luz azul y cómo trocitos de bambú puestos en el fuego estallan con estrépito. Sí, eso he visto. He visto la inocencia revestida de candor, la repulsiva fealdad siendo canon de belleza, el signo de lo onírico brillando en el crepúsculo, y el de la servidumbre vencida, descompuesto. Pero quiero ver las altas copas de cristal, las torres de paz y océanos sin límites, abiertos. Y lucir la flor de mi sensibilidad y pensamiento, desparramar la semilla de mi espíritu, y ser un valiosísimo productor de aliento. Más allá, quizá Dios me prepara para el sufrimiento. (51) (Poemas dedicados a Ana) [1] Hela ahí, ascendiendo la montaña en busca de insumisos campos del aire, soñando con tumbarse supina en la cima, sobre un centón que se burle del cielo y de los signos que emperifollan las calles. Y mientras ella lentamente asciende, yo soy blanca nube de figura informe que huye del amontonamiento procaz, y paulatinamente va adoptando la figura de una gigantesca faz humana, absorbente. Mas cuando ella ya está tumbada, serena, mirando al cielo con fascinación; yo me asomo a sus marrones ojos, humedezco sus pestañas y le dicto: "tú, Ana, mi centella, mi arcoiris, mi rebelde y elocuente montaña". [2] ¿Qué queda de aquellos adolescentes que miraban entusiasmados el porvenir? Jirones de piel, jirones de pensamiento, jirones de palabras que anhelaron ser tan bellas y musicales como la Natura, jirones de imágenes que no deambularán por los espacios inhóspitos de la ciudad. Y queda todavía tu tersa piel, tus ojos, esa mirada femenina que arropa el vacío, ese gesto perenne que ahuyenta el marasmo, esa sonrisa que transmite chispas de amor. Pero tú, mi simpática Ana, te columpias entre el sueño y lo que pudo haber sido, entre la cruda realidad y el índice en alto, entre la blanca nube que vase flotando, y el picacho que llora con amargo llanto. [3] Si te viera, ay si te viera. Si te vieran mis ojos, ¿qué me quedaría por ver, a no ser el hondón de tu alma? Si te viera allá en la montaña, conversando con nimbos, y escuchando fascinada el gorjeo de los pájaros, ¿qué te diría? Nada. Me tumbaría a tu lado, y en tu regazo estamparía un cálido y sinuoso beso, sensual como la aurora, versátil como el aedo, hermoso como el velero que deja tras sí fugaz estela, para que las oceánides canten himnos a su empeño. [4] En el crepúsculo vespertino, cuando la luz de las farolas nos anticipa la suave noche, contemplo tus cortos pasos, acompasados, ebrios de luz, en busca de un grato remanso en las regiones del ensueño, o allá donde la pura palabra no dice sino lo que es hermoso. Pero tú, preciosa Ana, ¿qué viste, cómo pudiste apreciar mi voz? Y ahora cuando, solos los dos, nos aventuramos a lo ignoto, y de la mano cogidos ascendemos y descendemos por etéreas regiones donde sólo florece la hermandad y todo se viste de hermosura, me digo: "tú, mi preciosa Ana, alivio para mi corazón solitario, dulzura, diana en la que mi beso fue saeta disparada al centro de paz". [5] Para que no me olvides, he dejado pensil un símbolo, para que no me olvides. Tendrás que asimilarlo, para poder nutrirte de mí, y no te servirán los desmayos. Una vez lo hagas tuyo, no podrás perderte por ahí, pues ese símbolo te marcará mi lugar exacto. No sé si querrás, pero queriéndolo, conmigo estarás (aunque la línea del horizonte se borre y cielo y tierra permanezcan unidos, mientras nosotros, próximos e intactos). [6] Ay Ana ... ¿dónde el ancla nuestra? Nadie envejece en el amor, sólo lo que arde y es fugaz perece. Allí donde el arcoiris toca la tierra intenté besarte, pero tu transido espíritu vagaba por almas regiones cual árbol que espera impaciente su gran despertar. Te besé; sí que te besé, pero te ocultaste; y la antorcha de la sabiduría divina no iluminó mi rostro contrariado. Te besé y cuántas veces lo hiciera, pues sólo veo el azul en tu figura. Pero en este mi bosquecillo no hallo la entrada al jardín, un jardín en un escondido calvero; y tú estás en él, callada, pensativa, siempre ascendiendo escabrosa montaña. (52) Pero volverán los nortes cuando la luz sea difusa, cuando el corazón llore, cuando el suspiro sea confundido con una triste águila sin alas, cuando los niños no jueguen con el espacio y el tiempo, cuando las bolas huyan de nuestros torpes dedos, cuando las pelotas no boten. Pero volverá la sustancia y será el único contenido. También volverá la conciencia ha tiempo oculta en la zona abisal; y cuando todo ello regrese una nueva luz, un nuevo misterio, una nueva utopía se abrirá ante nosotros. Y los horizontes desvelarán símbolos, imágenes las olas imperecederas, parábolas los océanos insumisos, tropos los cielos a la deriva, metáforas todos los animales. Y jugará el viento, y pacerá la lluvia, el rayo se perderá por enormes cataratas, y dormitará el prepotente trueno. (53) Quiero decirte esta noche que mis dedos ya no son aquellos dedos impacientes, que mi ya loca mirada se escinde en el crepúsculo y nunca regresa íntegra, que mis pasos son débiles y ya no renacen con la aurora. Quiero decirte que cuando me veas pugnando con el conflicto y no puedas percibir mi espada, no me consideres ya muerto, sino probándola bien afilada en la invisible oquedad de la vida. Quiero decirte esta noche que de mi vida transcurrida sólo me quedan recuerdos, y si me los borran, ¡ay de mi memoria!, todo lo perderé: juicio, identidad, fuste, ... la solidaria armonía con el tiempo vivido que, ¡cielo santo!, ya nunca volverá. (54) ¿Quién ignora que soy rebelde, provocador, y un transgresor de lo políticamente correcto? No comulgo con esa "poesía de la experiencia", que no es poesía sino efusión circunstancial, que sólo comunica un vacío y olvida su sustento, un contendido espurio. No, estos cálidos tiempos, no os engañe la apariencia, son tiempos sombríos, tiempos en los que la vis poética, al parecer, si no repta, pierde toda su fuerza. Triste poeta que lees mis versos, no permitas que la palabra desnuda, la más pura y virginal, en tus labios muera. (55) Vestiré de pureza mis versos, y el acento subiré solemnemente para que sólo escuchéis, sin mirar, la música de la palabra que envuelve vuestra, a menudo, anhelante dicha. El polvo no cubrirá con su pátina esos textos arcaicos que rezuman inviolable y antigua sabiduría, no; ni el silencio abolirá su verdad: esa vía de abstruso conocimiento; ni los límites de la hermosa Región podrán confundirse con un piélago de cotidianas y ominosas calamidades. (56) Quiero regresar a mi infancia o a la infancia del otro; y abolir el transcurso del tiempo, mientras contemplo las nubes o correteo junto al arroyuelo, y salto y brinco por la colina, para danzar, luego, en el llano, a la vera de gente humilde (dicen: 'gentes sin relieve'). Quiero regresar a la infancia, jugar con las bolas, las pelotas, y el artesano tirachinas, y darte un beso, niña, un beso de niño ingenuo. Y entre pastores meditar, luego, cuando siendo mozo, me impacienten los vientos. (57) Si mañana me ves viejo, no pienses el porqué. Tres pies no son nada, comparado con cien. Si mes ves viejo, ponte delante de mí (los viejos ya no son vanguardia) y respira su transición por este breve mundo socialmente inconexo. (58) Tú me hablabas, yo escuchaba, y a la par la realidad discurría sonora, armónica, frágil y precaria. Miré a su interior y vi hendiduras, oquedades, ... recovecos, y un sinfín de matices que mostraban el misterio, la raíz del grito, ... la herida al descubierto. Tú me hablabas y yo escuchaba; y una rara música oí, procedente de un extremo, que no pude precisar. (59) Cual gigantesca cabeza ella dejó entrever su rara fisonomía: ojos como soles, nariz como vetusto mascarón, boca como horizonte oval, y pómulos como albas altiplanicies, y una barbilla cual barquilla de globo aerostático, descendiendo ligera, jovial, ... bisoña. (60) Si la realidad te mata con sus ásperos garfios, si inclinándose sobre ti te clava su férrea garra, si desmotivándote se oculta y surge en el momento más inesperado, aprisionándote, aherrojándote, columpiándose ante ti, voluble, inverosímil, antojadiza, ... escúpele al rostro, márcale la frente, hazle una muesca para que todos sepan de qué índole está hecha. Si la realidad te matara, dime qué hiciste para arrancarle las entrañas. (61) La belleza de la vida, oscurecida por el hábito y la rutina: ¡cómo despliega sus alas cuando los ojos de la memoria la convierten en arte! Y tú, poeta, que sientes, respiras, intuyes, exploras y describes tantos acontecimientos interiores y externos: no permitas que permanezca inmóvil la pluma, ni que se seque el tintero, ni que falte papel para que otros ojos se deleiten con la fijeza de esos vocablos tan próximos a la sublimidad. (62) No mires atrás, no regreses, el fiel de la balanza no agota tu existencia. El azar te espera impaciente, después que aquel arrojara el dado. Mírale al rostro, su faz no es perversa, no tensó tus rasgos, ni alargó tu ira. Ellos pretenden confundirnos, pero el azar no se rió cuando resbalaste y caíste aparatosamente por el mojado empedrado. Ellos pretenden confundirnos, y seguirán tirando los dados hasta que la cara, la cara oculta de la luna, deje de interesarles. (63) Sin tu histriónica luz, estimado Falstaff, ¿cómo decirle al mundo que una voz, una sola voz, puede formar orquesta, o que un vil gusano, apadrinado por la hediondez, puede devenir gobernante de una nación de naciones, o de una oscura pocilga, en la que el individuo tenga que reptar continuamente para que sistemáticamente se le niegue, desde las más altas esferas, su dignidad y orgullo? (64) ¡Apártate William! Déjanos expedito el escenario. Y tú, apuntador, abandona la concha, que el público no quiere suplir las limitaciones técnicas con una poderosa imaginación. Alejaos de los laterales del patio, vosotros, galanteadores, barbianes, chulos que deambuláis sacando provecho de la tempestad. Que no se diga una palabra sin ton, que el son acompañe a la voz. Y vosotros, claca animadora, aduladores de lo principesco, turba y barahúnda de raro oficio, cuyas dudosas intenciones han socavado cientos de escenarios, y arruinado a serios dramaturgos: dispersaos, alejaos de la poesía que, brotando del proscenio, alcanzará las alejadas filas de este adornado patio de butacas rústico y avejentado. Que esta no es escrupulosa tarde para que se mantengan intactas las reglas, cuya desobedencia ahora manifiesto, y cuya tramoya no acato. Estimado William: el presentador, solicitando el aplauso de la concurrencia, ha incurrido en tamaño desacierto, y ya el naufragio se apodera de la representación. Si ocultas mostrando y callas diciendo ... ¿qué ilustres generaciones sabrán apreciar el glauco mar de tu imaginación? ¿Qué hombres venideros, tañendo mil instrumentos y susurrando a nuestros oídos sublimes expresiones, podrán decir, como tú dijiste: "(...) mi final es desesperación"? (65) Oh, monstruoso Calibán, fruto del ayuntamiento de una malvada bruja y de un travieso demonio, engendro de las tinieblas, esclavo, deforme, malo; pero criatura fascinante por su mucha humanidad: -Esa bestialidad tuya, ese tu ser primitivo, cuya expresión se desborda en riachos de amargura, me tiene cautivado. Y sólo pienso en cómo restituirte la libertad, para que vuelvas a mostrar ese genuino aire digno que siempre rodeó tu semblante. (66) A bordo de un barco (bajo vehemente tormenta que desgaja negros nubarrones, relumbran inesperados relámpagos, y resuenan estruendosos truenos) mi ánimo notablemente se alza, y se reviste de una hondura celestial. Y ni capitán ni contramaestre logran que mis ojos se aparten del hechizo que obra en mí el aparato eléctrico. Ya las bordadas y viradas son mi viejo rumbo soñado, en cuya visión jamás aparecieron ahorcados sobre la mar vorticosa, ni los marineros empapados sostuvieron cálices de amargura, ni troncos arrojados en cubierta por la furia incontenible del mar. Otros con el alma en vilo, rezan y se santiguan, dirigiendo sus plegarias al Hacedor; sus cuerpos parecen resquebrajarse, y por las hendiduras penetran soplos que hielan sus contraídos corazones. No seré yo quien grite al Infierno, ni espante demonios que se nutren de nuestra vanidad; ni destejeré el vistoso tapiz que se ensancha dócilmente en las avenidas de mi imaginación; ni recreándome con el polvo de los caminos hurtaré las huellas a mis zapatillas, ni de los campos del aire determinaré su vis. Nada impedirá que el cielo, hastiado de nuestras villanas barbas, ponga en movimiento todos sus elementos, y en entredicho nuestro antiguo, voluble, y magro humanismo. He dicho. (67) Calla, calla tigre virtual, que la inocencia no es un cordero, ni un caballo, ni una nube sensorial. Y si quieres asfódelos de rosáceos pétalos, primorosos tapices crepusculares, insólitas calas de glaucos mares, purpúreos labios femeniles, o un velero de mástil ligero que a los delfines sepa arrastrar, entonces ... ¡expláyate, alza tu verbo y hermosea este recinto mundanal! (68) ¡Oh ciego aedo, archipiélago verbal, príncipe de los epítetos, emperador de los tropos; y, en la ancha llanura del mar, rey cautivado por la impetuosa tempestad, por los largos y rosáceos dedos de la aurora, y por la blanca nube globular, errante,vital! (69) (Poemas dedicados a Ester) [1] En la verbena de San Juan, petardos y cohetes, y una hoguera a orillas del mar. Suavemente soplo en tu flequillo, despiertan tus soles, con palabras me acaricia tu mar. ¿Qué música cual alondra vendrá volando y me besará? Luz, albor de fuegos artificiales, una luminaria, una centella, un verde ósculo en tu mejilla sonrosada que, cual onda vibrante, ya es ola que me llena de felicidad. [2] Bajo la piedra verde. Bajo la piedra verde un universo negro, y graves almas errantes que, en corro, sangran. Bajo la piedra verde tu verde esperanza, tu anhelo, tu empuje y esa sonrisa que se cuela por las hoscas hendiduras de esta mi estampa profana. Bajo la piedra verde Ester jugando con el agua, soñando, meciéndose en un columpio amarillo, en un columpio de fresca y armónica elegancia; en un columpio sereno, de cuya amplia sonrisa ya el jardín es mirada. [3] Flor de mi dicha, palabra que susurra desmedido aliento; perfume de mi ser, suave y femenil tacto, simpatía, donosura; estricta delicadeza cual ola que muere en la mojada arena, dejando un rastro de diminutos signos, una huella que se borra en su mismo ser, sin exabruptos ni alharacas. ¡Hola!, Ester: esa música que te anima, dulcemente nos acompaña. Y te beso cuando tranquila contemplas el vuelo del ave en el altozano o en la colina. Te beso y es el mar que con el embate de sus olas despierta en mí otros mundos, otras azules serenidades, un cálido corazón de mujer. [4] Ester: ¿qué haría si al no ver tu grafía en el canal literario, o bien comprobase que, en ese que ya es nuestro, el más íntimo y privado, no respondieras a mi carta con tu epístola inmediata, y me quedara perplejo, soñándote y no viéndote, susurrándote, aliviándote, mas sin recibir respuesta? Quizá el mío fuese un beso que se eternizaría sin desmayo. [5] Te quiero y no sé por qué hay en ello tanto misterio. De esa índole es el querer, como una falleba que tras girarse permite la apertura de la ventana que, anhelando divisar el cielo, siente cómo entra un soplido de aire fresco, rejuvenecido, y cómo se transfigura su ser. [6] En esa noche oscura del alma, vestida de un aire azul, viniste a mi mísera fragua. Torbellinos de luz tornasolada, pavesas y centellas innumerables mostráronme el principio y el inexorable fin. Yo, forjador de nada, te vi, y apenas pude apreciar tu don, la escueta poesía de tu figura, tu presencia indómita y feliz. En esa noche oscura del alma me confundí con el otro, con el que subsiste mas allá, lejos del hastío y de la rutina. (70) Entre el sueño y el rostro de un niño famélico y sucio se halla el quid de toda vida. (71) Dulce melodía que desde la distancia turba mi melancólico y torpe existir, ¿qué me traes desde esa región plena de luz y color, que abaniquea retos, confines, magias y utopías? ¡Oh música portadora de un ritmo que hace pendular mi condición, y me precipita en un glauco oasis de llama, fuente, caverna y dicha!: ¿dónde tu raíz, dónde tu duende, dónde tus límites, dónde tu penumbra? (72) Cuando el camino se olvide de ti, cuando no halla luz que ilumine tu alma, cuando los más ricos tesoros sean nada, cuando me mires y no veas en mí un desigual, cuando la sonrisa empañe tu fértil visión, cuando ya no contemples róseos ángeles en el mágico espejo (mi íntimo antimundo), ... entonces me hallarás deambulando por allí, en esa playa solitaria, solo y libre de culpa. (73) Anda, vete, que la triste noche no espera ya de ti esa postura estupenda que dice al pez pájaro, a la nube utopía, al caballo cánon, a la sangre osadía, y a la música celestial vago pensil de mi dicha. (74) ¡Qué ardor, qué ardor! Unir lo efímero y corruptible con esa tornasolada nube eternal, y creer que la felicidad es una nívea mano que ya en la frente del pulido espejo deja generosa su pecho y corazón. Somos prisioneros de las horas del reloj, soñadores resbalando por un tobogán hacia un paraíso cual ciervo esquivo, tunantes que se complacen en las barricadas del vientre de una Belleza azul y ausente. (75) "(...) si temeroso de una acción por dudar del resultado, cuando, una vez realizada, denunciaba mi indolencia, fue un temor que suele afectar al más sabio. (...)" 1 Pero: ¿dónde esa regia moral, esa ética que envuelve todos vuestros actos, así los menudos y cotidianos cual los más solemnes y perentorios? Un hombre sin condición es semejante a un títere, cuyos ojos no distinguen el cielo de la tierra, ni el agua del generoso vino. Por eso os prevengo: un día vendrá que el hombre se alce sobre su pedestal de juguetona vanidad, y contemple su verdadera cara y cruz, limpia del polvo y la sangre del mundo. 1 "Un cuento de invierno", de W. Shakespeare. (76) ¡Alza del suelo, levántate: vil figura de hombre!, que los días y sus noches de tiempos venideros rebosarán de infamia, y semejante ultraje hasta las alimañas del frondoso bosque recordarán. Pues: ¿cómo será la embarazosa pesadumbre de un hombre aprisionado en su podredumbre, que ya no deja sitio en el camino para la imagen de aquél que lo modeló con sus cariciosas manos? ¿Cómo restituirle al hombre su dignidad, ya perdida en tristes caminos polvorientos, mancillado su espíritu, trillada su vacuidad? Que mis lágrimas honren la medida del hombre, del que pudo haber sido y no fue; del hombre cuya utopía era alondra mensajera de la mañana, de la mañana que abre sus párpados, sus oídos, y huele gozosa el tonificante perfume de las flores aromáticas. ¡Ay, desolación: barca y huracán en el océano! (77) Baila corazón!, que los poetas campestres o urbanos han olvidado lo pastoril, y sólo se recrean en lo virtual, desencadenando formas y figuras que no pueden ser tomadas como aquellos arcaicos y sencillos "cuentos de viejas". Pero ... ¿la superación de los indómitos límites de la naturaleza reside sólo en el original tratamiento de la figura y sus efectos, o más bien en los ricos conflictos entre figuras, siempre seguidos por revelaciones que producen palpitaciones en nuestro corazón? (78) Sedienta de sangre está la daga, insumiso el furibundo dragón, decrépita la caduca hoja, inesperada la lágrima, y danzante el corazón. La claridad del día ahora es asfixiada por las frías tinieblas de la noche. Y el aire puro no inflama mis pulmones, ni la verdad se cobija en la caverna, ni las antorchas del cielo iluminan mis huesos. Veo una estela a lo lejos, erigida sobre un suelo voraz, ¿dónde la serenidad, dónde el ímpetu (ambos nodrizas de un pensamiento que siempre se mantuvo liberal)? (79) Oh salado piélago del que muere de improviso en medio de la calle: ¿qué campanas doblarán por ti? A medianoche la barca se desliza por un bravío mar de risa y llanto. El consuelo de un cráneo de hombre flota sobre el teatro baldío de la vida, y ya nada nos curará del espanto. Los cielos se muestran ceñudos, bailan corazones cubiertos de harapos, y la negrura se viste de cortejo fúnebre, andando tras la idigencia y la opresión. Títere del mundo soy yo, y no hay linterna triunfal ni estrella incorpórea que, hastiada del mundo, alumbre a danzantes corazones sumergidos en la ponzoña. He de expirar con el siguiente relámpago, abrazado a la sidérea cripta; y tras ser envuelto en negra mortaja (demonio de la vida, diablo cojuelo del mundo), reirme de la chispa de la vida, del frenético impulso vital, y también del escupitajo que siembra desolación, de la palabra que muere en ruines labios, y del asalto que corta la vis del noble aliento. (80) "Pero de igual modo que vemos con frecuencia, antes de la tempestad que reina en el cielo, una calma silenciosa, las densas nubes permanecen inmóviles, los raudos aquilones sin voz, y abajo la tierra, muda como la muerte, cuando de pronto estalla el espantoso trueno rasgando la región del aire, así también, (...)". 1 Las estrellas brillando en la plenitud de lágrimas de tristeza, los signos aborrecidos y despreciados por corazones innobles, una linterna iluminando el ojo invisible del hombre, manos cerrándose ante la apertura de excelsos espíritus, cimas cobijando a cuervos como genios del crimen, y un mascarón apuntando a la volubilidad humana ... No, que siento el amor en un bosque de retiro, que siento la amistad por encima de los fuegos fatuos, que siento la sinceridad como cresta inviolable, que siento la palabra haciéndose carne y luz. 1 Hamlet, príncipe de Dinamarca. (81) ¿No ves ese fecundo fulgor, esa alma región que crea tonos, luces, sombras, pausas, palabras inéditas que parecen sonreír o flotan sobre una nube de hilaridad? --Heme aquí con una aurora de los tiemposs que nadie sabe cómo se cayó de espaldas; ya va cojeando, mostrándose plebeya, y pronto advertirás el horror de su sumisión. (82) Ya las piedras proclaman mi amargo ocaso, mientras expira el relámpago precursor de un mundo que pudo haber sido y no fue. El mínimo silencio de mi palabra, ¿en qué verdes regiones pastará? Mañana, cuando no haya letras que sembrar en albas páginas, en el bosque me refugiaré cual silvano, y con gotas de agua en las puntas de los dedos escribiré signos en los amplios calveros, signos que abrirán opalinos espacios donde la luz interior refulgirá en llamas, llamas nacidas del corazón de cada palabra. (83) Le vena de tal fuente ... ¡que purpúreo torrente es para mi vana palabra, siempre vacua, corroída, quebrantada por el furor del pobre tiempo presente! Pero existe un arcoiris idolatrado que silabea o silba según el momento; entonces, a mí acuden pájaros de luz, mariposas de deleite y dolor, polvo de estrellas que eclipsa la vanagloria del hombre, y noches fluviales de mérito, cuyo influjo en el humano entendimiento es tal que los pinceles no sólo dan color y forma, sino vida y una animosa estimación. (84) Esos labios impacientes que ansían la dulce flor de los campos del aire, y que delicadamente carnosos muestran sensual comisura ... ¿acaso no son las puertas de la duda, la entrada que guarda íntimos nombres, cobijo de la dulzura y mullido asiento de la vaporosa y fluvial noche? (85) Sopla un viento helado en mi corazón, y el árbol de mi ser tiembla, se conmociona, mírase a sí mismo del revés, y ya nada, ni siquiera la rara ausencia que brota en esos océanos cual inmensas entrañas, puede perder al que se hizo perdedizo, al utópico que busca en el golpe de aire, al soñador que aguarda en regio reposo. Bajo el cielo ya no hay insólitos silbidos, ni la sonrisa predomina en todo; las armas se hallan fuera de sus vainas y el hosco odio aletea sobre visibles atalayas, mientras la luz -que nos llega desde un horizonte dubitattivo- chorrea sobre aquel hermoso niño que juega, y que pronto será, Dios lo quiera, ese hombre que contempla hechos y cosas desde la distancia. (86) ¿Cuál es el rango de vos? ¿El rango de nos?: humildad. (87) Vuela el tiempo como un sueño que quiere ser y no ser; vuela entre himnos y regocijos, entre cuitas y desamores que convienen al calor, al frío, a la destemplanza que mueve galaxias y al universo entero. Vuela el tiempo como un sueño, y yo corro en pos de él, gritando, pisoteando las miserias humanas, y el estéril yugo de bajas pasiones que no serán aurora del mañana. Desde las sombras de un claustro propalo mis desnudas y rebeldes palabras, palabras de un monje que no lleva hábitos, porque cambió las horas canónicas por las quiméricas. Ese monje no sostiene sus derechos, ni ejerce sutil y mayestática autoridad, basada en la desproporción de la edad. (88) ¡Oh relámpago en la noche oscura!: tu relumbrón cómo trastorna mi ser, y lo proyecta hacia inmensidades en que se unen de consuno las almas. ¡Ay si mi melodía no alcanzase el corazón de aquel niño que muy pronto será hombre! Oscuras tinieblas, vanos juramentos, chaparrón de votos: ¡seguidme! Uníos al ilustre séquito de mi fantasía y que no haya diferencia de linaje. Os llevaré, fugaz como una sombra, a ámbitos donde rebrota la bendición, y ni siquiera el aliento se escarcha. Mas el que no tenga ojos para mirar y ver, cual la miseria se quedará frío en el sitio. (89) "TITANIA.-Vamos; ahora una redondela y un canto hechiceresco; después, alejaos durante el tercio de un minuto; unas a matar los gusanos de los olorosos capullos de las rosas; otras, a guerrear con los murciélagos, a fin de conseguir sus alas de cuero para hacer con ellas capisayos a mis pequeños duendes, y otras, a mantener alejado al clamoroso búho, que lanza sus gritos en la noche y sobrecoge a nuestros vaporosos espíritus. Cantadme mientras me duermo; después, a vuestros oficios, y dejadme reposar". 1 Ay aquellas noches santificadas por el delirio, noches bajo las nubes irisadas del país de las hadas en las que poníamos remedio al caluroso verano o al crudo invierno, danzando en corros engendradores de sosiego y comunión espiritual; libres, cual criaturas vivientes exentas de predicar evangelios, pero sencillas y humildes hasta acariciar la fina hierba del césped; aquellas noches santificadas, digo, ¿dónde están? Inútil parlamentar con la abrupta fuente, o con los duendes que merodean junto al lago, o con los genios del aire que vienen y van sin cesar, moviéndose entre el mundo real y universos imaginarios, o con sumisas ninfas, que siempre desnudas, aman, y aman, por encima de toda verdad demostrada, por encima de leyes, del honor, de la estirpe y de toda desechable pomposidad. No. A la vera de los panales de miel y acariciando las alas multicolores de las candorosas mariposas creamos ámbitos y motivos para mecer el sueño. 1 "Sueño de una noche de verano", de W. Shakespeare. (90) "YAGO. ¡Bah, no os preocupéis por eso! Le sirvo porque espero mi desquite. No todos podemos ser amos, ni todos los amos tienen servidores fieles. Ya veréis a más de uno de esos granujas sumisos y de flexibles rodillas, contento con la propia esclavitud, como el burro de su amo, sólo por el pienso, y que cuando envejecen quedan despedidos. ¡Dádmeles de latigazos, a esos honrados lacayuelos!".1 Ni los tesoros de los mares, ni el nauta que navega errante, ni el que se pone máscara de respeto, ni el que niega la opresión y los tormentos del infierno, ni las vírgenes cautivas de otros mundos, ni la mera residencia en la tierra, ni la polvorienta cárcel de la ley, ni ciertos asuntos urgentes de estado, ni la negrura que reclama mensajeros, ni lo que priva al hombre de su dignidad, ni las guerras cantantes y sonantes, ni la miseria y la indigencia sin rodeos, ni las drogas, encantos y conjuros, ni las palabras que sólo son palabras que, en su vuelo, no empapan de luz y color las duras sombras de los pérfidos escaños. ni los blancos guantes de un tirano seguro en el esplendor de su borrasca, causando gemido, conmoción ... calamidad, ni la trompeta que priva de libertad, ni el tiempo preñado de acontecimientos que deja en evidencia nuestra facultad de pensar, y ya no somos hijos de nada; de la Bolsa, quizá, y de la mentira. 1 "Otelo", de W. Shakespeare. (91) ¡Descubre tu rostro, diabólico embozado!, que la vileza escurridiza no puede anidar en el alevoso callejón de El Gato. Los granujas forjan inclinaciones clandestinas, y portan armas con las que salir airosos de la reyerta nocturna. ¡Oh noche perversa, noche de musitada palabra y de agudas puntas de metal que hieren el alma, cual afiladas lenguas que diseminaran pestilencia! La magnitud de la tragedia no reside en el corazón sino en el romo y mudo espacio cubierto de roja sangre. Y no hay poder mágico que disponga de la naturaleza, como el déspota y perverso de la vida de los demás. ¡Oh mixturas y pócimas shakespearianas: venid a mí con el hado trastocado; y, en mi funesto y último suspiro, sed en mí el dulce elixir que dioses hace a los hombres! (92) Nada podrá apaciguar mi espíritu, ni hallaré, fuera de mí, cordura que le cure; y sólo en la bahía desembarcaré mis cofres, repletos de imaginación y humildad. ¡Y voto al diablo, que los hombres sin relieve obtendrán la temprana palabra y no transgredirán los linderos en los que se alza sutil y vaporosa la inmensa y amarilla vanagloria del mortal! (93) (Declaración de Principios para quien entre en esta página) Esta es una web gratuita. Entra y revisa, si lo tuyo es contemplar la Belleza atesorada en los vocablos. No sólo la realidad visible atrae a nuestros ojos; las palabras, si están hermoseadas, son alimento para nuestro espíritu. Cosas se dicen de los poetas "cartujos" en oposición a los "mundanos". Yo, aunque solemne e irónico, nada tengo en contra de los humorísticos, satíricos, sardónicos, ... paródicos. Mas respetad mi solemnidad como yo respeto vuestro signo. La humildad y el esfuerzo son los únicos asideros de mi labor, conducente al núcleo de toda Belleza. ¡Alegraos y pasadlo bien!
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