Autor: Juan-José Reyes Ríos Última actualización: el 25/08/2007
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| "Matices": Poemas del 37 al 93 |
(37)
Su rostro tras las almenas,
su aliento tras la tronera,
su frío y atiborrado yelmo
despuntando en la barbacana;
vigía en la elevada atalaya, ...
helo ahí cual fiero corsario
en mares de plata y espuma,
blandiendo su afilada espada,
embrazando su escudo oval,
sonriendo a la torpe herida.
"¡Majaderos!: el castillo
no podréis conquistar,
pues no sólo son nuestros brazos
sino nuestros guerreros corazones
quienes os lo impedirán.
¡Alejaos, abandonad el combate;
mañana lo sabréis apreciar!"
(38)
Ya Cronos me deshace con sus manos,
y convierte en polvo mi memoria;
no se inmuta por nada y sabe
que sólo él dicta la historia.
Pero me agarraré a él,
en sus alas viajaré,
y con redaños
le omitiré.
Su grandeza no alcanzará
los tumultuosos tiempos venideros;
nadie ni nada ante él hablará ni se le postrará,
la naturaleza de Cronos será devorada por sí mismo.
(39)
Es la hora,
y no suenan las trompetas.
-No, no suenan.
Flota la blanca nube en el cielo,
y no tañen las campanas.
-No, no tañen.
Vuela al cielo un alma humilde,
y no hay duelo entorno.
-No, no hay duelo.
El guerrero mortalmente herido
se arrastra por el valle de la muerte,
y nadie atiende su último grito.
-No, nadie le atiende.
Mas el son eviterno
sigue interpretando la cósmica partitura,
mientras los humanos, plenos de vanidad,
ponen color a las mundanas horas,
distantes del himno que a todo cobija.
(40)
Ay si pudiera ser hoja caduca
revoloteando por el universo,
mientras una música sideral
acompaña mi fausto destino.
Y no dejar un rastro de sombras,
dudas o contradicciones:
sólo ser en el espacio,
sentir y vibrar;
y cuando la sustancia cósmica me reclame,
ir hacia ella con espíritu contento,
sabiendo que todo forma unidad,
que en la forma está la cabeza,
que en la cabeza está el sentido.
(41)
Si con la deseada vanguardia
viniese la rica palabra que alienta
(pero siempre hermanada
con los pueblos y las lenguas)
entonces el "adiós a las armas"
lo sería en absoluta presencia.
(42)
Vosotras, todas las vanguardias,
dadme una palabra que aliente
(pero hermanada con pueblos y lenguas)
entonces yo seré fiel paladín
del anhelado "adiós a las armas",
e inscribiré en mi escudo un lema:
"un pueblo y su luz, por la paz".
(43)
Por un pueblo y su luz,
por la Libertad,
por la hermandad de pueblos y lenguas,
por todo ello os ofrezco la flor
de palabras alentadoras,
pues sin desnudas palabras
nada queda,
y el viento todo se lo lleva.
(44)
¡Escuchad la música!
¡No veis que son himnos al espíritu,
cantos a la libertad de un pueblo
(hermanado con otros pueblos y otras lenguas)!
(45)
He arañado la realidad
y su dura costra
ni tan siquiera se inmuta.
Sé que "el caballero don dinero"
está tras todo lo que palpo
y bajo todo lo que observo.
Podría aducirle: "tu rostro
es el rostro de lo frío y mísero.
Si desaparecieras, ay,
cómo se desinflaría la vanidad del mundo".
(46)
[Escenas interiores]
No eran datos, ni consecuencia
de la vasta impresión del mundo,
no; no era música de fuera sino
un raro ritmo, palabras y acciones
tan insólitas que, en su nacimiento,
se mostraban extrañadas, vacilantes,
turbando mi universo vivificador.
(47)
Tan abstracto y puro cual la música,
como la nave de la vida en un mar tempestuoso,
como el increíble antimundo del espejo,
como el gigantesco brazo que se alza
y en su mano anuda el misterio,
como el ancla que se pierde en el caos,
como los enjutos espíritus del aire,
como el miedo que sublima la sangre,
como los mártires entorchados,
como una sonrisa irisada,
como una llama que quemara la conciencia,
como la guerra de los últimos días, sí.
(48)
¡Oh espumeante océano,
dicha y arrebato,
luz para mi conciencia
que no se priva de las impresiones,
ni es ajena al sutil latido de lo visible,
ni desmerece las sensaciones
que enaltecen lo invisible!
(49)
Oh divino corazón:
la embriaguez de la inteligencia
es un hacha de guerra,
transitoria, infeliz,
amarilla,
cual un penacho sin morrión,
y lejos de la cabeza.
(50)
He visto el arcoiris tras el diluvio,
centellas surgiendo de una luz azul
y cómo trocitos de bambú puestos en el fuego
estallan con estrépito. Sí, eso he visto.
He visto la inocencia revestida de candor,
la repulsiva fealdad siendo canon de belleza,
el signo de lo onírico brillando en el crepúsculo,
y el de la servidumbre vencida, descompuesto.
Pero quiero ver las altas copas de cristal,
las torres de paz y océanos sin límites, abiertos.
Y lucir la flor de mi sensibilidad y pensamiento,
desparramar la semilla de mi espíritu, y ser
un valiosísimo productor de aliento. Más allá,
quizá Dios me prepara para el sufrimiento.
(51)
(Poemas dedicados a Ana)
[1]
Hela ahí, ascendiendo la montaña
en busca de insumisos campos del aire,
soñando con tumbarse supina en la cima,
sobre un centón que se burle del cielo
y de los signos que emperifollan las calles.
Y mientras ella lentamente asciende,
yo soy blanca nube de figura informe
que huye del amontonamiento procaz,
y paulatinamente va adoptando la figura
de una gigantesca faz humana, absorbente.
Mas cuando ella ya está tumbada, serena,
mirando al cielo con fascinación;
yo me asomo a sus marrones ojos,
humedezco sus pestañas y le dicto:
"tú, Ana, mi centella, mi arcoiris,
mi rebelde y elocuente montaña".
[2]
¿Qué queda de aquellos adolescentes
que miraban entusiasmados el porvenir?
Jirones de piel, jirones de pensamiento,
jirones de palabras que anhelaron ser
tan bellas y musicales como la Natura,
jirones de imágenes que no deambularán
por los espacios inhóspitos de la ciudad.
Y queda todavía tu tersa piel, tus ojos,
esa mirada femenina que arropa el vacío,
ese gesto perenne que ahuyenta el marasmo,
esa sonrisa que transmite chispas de amor.
Pero tú, mi simpática Ana, te columpias
entre el sueño y lo que pudo haber sido,
entre la cruda realidad y el índice en alto,
entre la blanca nube que vase flotando,
y el picacho que llora con amargo llanto.
[3]
Si te viera, ay si te viera.
Si te vieran mis ojos,
¿qué me quedaría por ver,
a no ser el hondón de tu alma?
Si te viera allá en la montaña,
conversando con nimbos,
y escuchando fascinada
el gorjeo de los pájaros,
¿qué te diría? Nada.
Me tumbaría a tu lado,
y en tu regazo estamparía
un cálido y sinuoso beso,
sensual como la aurora,
versátil como el aedo,
hermoso como el velero
que deja tras sí fugaz estela,
para que las oceánides
canten himnos a su empeño.
[4]
En el crepúsculo vespertino,
cuando la luz de las farolas
nos anticipa la suave noche,
contemplo tus cortos pasos,
acompasados, ebrios de luz,
en busca de un grato remanso
en las regiones del ensueño,
o allá donde la pura palabra
no dice sino lo que es hermoso.
Pero tú, preciosa Ana, ¿qué viste,
cómo pudiste apreciar mi voz?
Y ahora cuando, solos los dos,
nos aventuramos a lo ignoto,
y de la mano cogidos ascendemos
y descendemos por etéreas regiones
donde sólo florece la hermandad
y todo se viste de hermosura,
me digo: "tú, mi preciosa Ana,
alivio para mi corazón solitario,
dulzura, diana en la que mi beso
fue saeta disparada al centro de paz".
[5]
Para que no me olvides,
he dejado pensil un símbolo,
para que no me olvides.
Tendrás que asimilarlo,
para poder nutrirte de mí,
y no te servirán los desmayos.
Una vez lo hagas tuyo,
no podrás perderte por ahí,
pues ese símbolo te marcará
mi lugar exacto. No sé si querrás,
pero queriéndolo, conmigo estarás
(aunque la línea del horizonte se borre
y cielo y tierra permanezcan unidos,
mientras nosotros, próximos e intactos).
[6]
Ay Ana ... ¿dónde el ancla nuestra?
Nadie envejece en el amor, sólo
lo que arde y es fugaz perece.
Allí donde el arcoiris toca la tierra
intenté besarte, pero tu transido espíritu
vagaba por almas regiones cual árbol
que espera impaciente su gran despertar.
Te besé; sí que te besé, pero te ocultaste;
y la antorcha de la sabiduría divina
no iluminó mi rostro contrariado.
Te besé y cuántas veces lo hiciera,
pues sólo veo el azul en tu figura.
Pero en este mi bosquecillo
no hallo la entrada al jardín,
un jardín en un escondido calvero;
y tú estás en él, callada, pensativa,
siempre ascendiendo escabrosa montaña.
(52)
Pero volverán los nortes
cuando la luz sea difusa,
cuando el corazón llore,
cuando el suspiro sea confundido
con una triste águila sin alas,
cuando los niños no jueguen
con el espacio y el tiempo,
cuando las bolas huyan
de nuestros torpes dedos,
cuando las pelotas no boten.
Pero volverá la sustancia
y será el único contenido.
También volverá la conciencia
ha tiempo oculta en la zona abisal;
y cuando todo ello regrese
una nueva luz, un nuevo misterio,
una nueva utopía se abrirá ante nosotros.
Y los horizontes desvelarán símbolos,
imágenes las olas imperecederas,
parábolas los océanos insumisos,
tropos los cielos a la deriva,
metáforas todos los animales.
Y jugará el viento,
y pacerá la lluvia,
el rayo se perderá por enormes cataratas,
y dormitará el prepotente trueno.
(53)
Quiero decirte esta noche
que mis dedos ya no son
aquellos dedos impacientes,
que mi ya loca mirada
se escinde en el crepúsculo
y nunca regresa íntegra,
que mis pasos son débiles
y ya no renacen con la aurora.
Quiero decirte que cuando me veas
pugnando con el conflicto
y no puedas percibir mi espada,
no me consideres ya muerto,
sino probándola bien afilada
en la invisible oquedad de la vida.
Quiero decirte esta noche
que de mi vida transcurrida
sólo me quedan recuerdos,
y si me los borran, ¡ay de mi memoria!,
todo lo perderé: juicio, identidad, fuste, ...
la solidaria armonía con el tiempo vivido
que, ¡cielo santo!, ya nunca volverá.
(54)
¿Quién ignora que soy rebelde, provocador,
y un transgresor de lo políticamente correcto?
No comulgo con esa "poesía de la experiencia",
que no es poesía sino efusión circunstancial,
que sólo comunica un vacío y olvida su sustento,
un contendido espurio.
No, estos cálidos tiempos,
no os engañe la apariencia,
son tiempos sombríos,
tiempos en los que la vis poética,
al parecer, si no repta,
pierde toda su fuerza.
Triste poeta que lees mis versos,
no permitas que la palabra desnuda,
la más pura y virginal,
en tus labios muera.
(55)
Vestiré de pureza mis versos,
y el acento subiré solemnemente
para que sólo escuchéis, sin mirar,
la música de la palabra que envuelve
vuestra, a menudo, anhelante dicha.
El polvo no cubrirá con su pátina
esos textos arcaicos que rezuman
inviolable y antigua sabiduría, no;
ni el silencio abolirá su verdad:
esa vía de abstruso conocimiento;
ni los límites de la hermosa Región
podrán confundirse con un piélago
de cotidianas y ominosas calamidades.
(56)
Quiero regresar a mi infancia
o a la infancia del otro;
y abolir el transcurso del tiempo,
mientras contemplo las nubes
o correteo junto al arroyuelo,
y salto y brinco por la colina,
para danzar, luego, en el llano,
a la vera de gente humilde
(dicen: 'gentes sin relieve').
Quiero regresar a la infancia,
jugar con las bolas, las pelotas,
y el artesano tirachinas,
y darte un beso, niña,
un beso de niño ingenuo.
Y entre pastores meditar, luego,
cuando siendo mozo,
me impacienten los vientos.
(57)
Si mañana me ves viejo,
no pienses el porqué.
Tres pies no son nada,
comparado con cien.
Si mes ves viejo,
ponte delante de mí
(los viejos ya no son vanguardia)
y respira su transición
por este breve mundo
socialmente inconexo.
(58)
Tú me hablabas,
yo escuchaba,
y a la par
la realidad discurría
sonora, armónica,
frágil y precaria.
Miré a su interior
y vi hendiduras,
oquedades, ... recovecos,
y un sinfín de matices
que mostraban el misterio,
la raíz del grito, ...
la herida al descubierto.
Tú me hablabas y yo escuchaba;
y una rara música oí,
procedente de un extremo,
que no pude precisar.
(59)
Cual gigantesca cabeza
ella dejó entrever
su rara fisonomía:
ojos como soles,
nariz como vetusto mascarón,
boca como horizonte oval,
y pómulos como albas altiplanicies,
y una barbilla cual barquilla
de globo aerostático,
descendiendo ligera,
jovial, ... bisoña.
(60)
Si la realidad te mata
con sus ásperos garfios,
si inclinándose sobre ti
te clava su férrea garra,
si desmotivándote se oculta
y surge en el momento más inesperado,
aprisionándote, aherrojándote,
columpiándose ante ti,
voluble, inverosímil, antojadiza, ...
escúpele al rostro,
márcale la frente,
hazle una muesca
para que todos sepan
de qué índole está hecha.
Si la realidad te matara,
dime qué hiciste
para arrancarle las entrañas.
(61)
La belleza de la vida,
oscurecida por el hábito y la rutina:
¡cómo despliega sus alas
cuando los ojos de la memoria
la convierten en arte!
Y tú, poeta, que sientes, respiras,
intuyes, exploras y describes
tantos acontecimientos
interiores y externos:
no permitas que permanezca
inmóvil la pluma,
ni que se seque el tintero,
ni que falte papel
para que otros ojos
se deleiten con la fijeza de esos vocablos
tan próximos a la sublimidad.
(62)
No mires atrás,
no regreses,
el fiel de la balanza
no agota tu existencia.
El azar te espera impaciente,
después que aquel arrojara el dado.
Mírale al rostro,
su faz no es perversa,
no tensó tus rasgos,
ni alargó tu ira.
Ellos pretenden confundirnos,
pero el azar no se rió
cuando resbalaste
y caíste aparatosamente
por el mojado empedrado.
Ellos pretenden confundirnos,
y seguirán tirando los dados
hasta que la cara,
la cara oculta de la luna,
deje de interesarles.
(63)
Sin tu histriónica luz,
estimado Falstaff,
¿cómo decirle al mundo
que una voz, una sola voz,
puede formar orquesta,
o que un vil gusano,
apadrinado por la hediondez,
puede devenir gobernante
de una nación de naciones,
o de una oscura pocilga,
en la que el individuo
tenga que reptar continuamente
para que sistemáticamente se le niegue,
desde las más altas esferas,
su dignidad y orgullo?
(64)
¡Apártate William!
Déjanos expedito el escenario.
Y tú, apuntador, abandona la concha,
que el público no quiere suplir
las limitaciones técnicas
con una poderosa imaginación.
Alejaos de los laterales del patio,
vosotros, galanteadores, barbianes,
chulos que deambuláis
sacando provecho de la tempestad.
Que no se diga una palabra sin ton,
que el son acompañe a la voz.
Y vosotros, claca animadora,
aduladores de lo principesco,
turba y barahúnda de raro oficio,
cuyas dudosas intenciones
han socavado cientos de escenarios,
y arruinado a serios dramaturgos:
dispersaos, alejaos de la poesía
que, brotando del proscenio,
alcanzará las alejadas filas
de este adornado patio de butacas
rústico y avejentado.
Que esta no es escrupulosa tarde
para que se mantengan intactas las reglas,
cuya desobedencia ahora manifiesto,
y cuya tramoya no acato.
Estimado William:
el presentador,
solicitando el aplauso de la concurrencia,
ha incurrido en tamaño desacierto,
y ya el naufragio
se apodera de la representación.
Si ocultas mostrando y callas diciendo ...
¿qué ilustres generaciones
sabrán apreciar
el glauco mar de tu imaginación?
¿Qué hombres venideros,
tañendo mil instrumentos
y susurrando a nuestros oídos
sublimes expresiones,
podrán decir, como tú dijiste:
"(...) mi final es desesperación"?
(65)
Oh, monstruoso Calibán,
fruto del ayuntamiento
de una malvada bruja
y de un travieso demonio,
engendro de las tinieblas,
esclavo, deforme, malo;
pero criatura fascinante
por su mucha humanidad:
-Esa bestialidad tuya,
ese tu ser primitivo,
cuya expresión se desborda
en riachos de amargura,
me tiene cautivado.
Y sólo pienso en cómo
restituirte la libertad,
para que vuelvas a mostrar
ese genuino aire digno
que siempre rodeó tu semblante.
(66)
A bordo de un barco
(bajo vehemente tormenta
que desgaja negros nubarrones,
relumbran inesperados relámpagos,
y resuenan estruendosos truenos)
mi ánimo notablemente se alza,
y se reviste de una hondura celestial.
Y ni capitán ni contramaestre
logran que mis ojos se aparten del hechizo
que obra en mí el aparato eléctrico.
Ya las bordadas y viradas
son mi viejo rumbo soñado,
en cuya visión jamás aparecieron
ahorcados sobre la mar vorticosa,
ni los marineros empapados
sostuvieron cálices de amargura,
ni troncos arrojados en cubierta
por la furia incontenible del mar.
Otros con el alma en vilo,
rezan y se santiguan,
dirigiendo sus plegarias al Hacedor;
sus cuerpos parecen resquebrajarse,
y por las hendiduras penetran soplos
que hielan sus contraídos corazones.
No seré yo quien grite al Infierno,
ni espante demonios
que se nutren de nuestra vanidad;
ni destejeré el vistoso tapiz
que se ensancha dócilmente
en las avenidas de mi imaginación;
ni recreándome con el polvo de los caminos
hurtaré las huellas a mis zapatillas,
ni de los campos del aire
determinaré su vis.
Nada impedirá que el cielo,
hastiado de nuestras villanas barbas,
ponga en movimiento
todos sus elementos,
y en entredicho nuestro antiguo,
voluble, y magro humanismo.
He dicho.
(67)
Calla, calla tigre virtual,
que la inocencia no es un cordero,
ni un caballo, ni una nube sensorial.
Y si quieres asfódelos de rosáceos pétalos,
primorosos tapices crepusculares,
insólitas calas de glaucos mares,
purpúreos labios femeniles,
o un velero de mástil ligero
que a los delfines sepa arrastrar,
entonces ... ¡expláyate, alza tu verbo
y hermosea este recinto mundanal!
(68)
¡Oh ciego aedo,
archipiélago verbal,
príncipe de los epítetos,
emperador de los tropos;
y, en la ancha llanura del mar,
rey cautivado por la impetuosa tempestad,
por los largos y rosáceos dedos de la aurora,
y por la blanca nube globular, errante,vital!
(69)
(Poemas dedicados a Ester)
[1]
En la verbena de San Juan,
petardos y cohetes,
y una hoguera a orillas del mar.
Suavemente soplo en tu flequillo,
despiertan tus soles,
con palabras me acaricia tu mar.
¿Qué música cual alondra
vendrá volando y me besará?
Luz, albor de fuegos artificiales,
una luminaria, una centella,
un verde ósculo en tu mejilla
sonrosada que, cual onda vibrante,
ya es ola que me llena de felicidad.
[2]
Bajo la piedra verde.
Bajo la piedra verde
un universo negro,
y graves almas errantes
que, en corro, sangran.
Bajo la piedra verde
tu verde esperanza,
tu anhelo, tu empuje
y esa sonrisa que se cuela
por las hoscas hendiduras
de esta mi estampa profana.
Bajo la piedra verde
Ester jugando con el agua,
soñando, meciéndose
en un columpio amarillo,
en un columpio de fresca
y armónica elegancia;
en un columpio sereno,
de cuya amplia sonrisa
ya el jardín es mirada.
[3]
Flor de mi dicha,
palabra que susurra
desmedido aliento;
perfume de mi ser,
suave y femenil tacto,
simpatía, donosura;
estricta delicadeza
cual ola que muere
en la mojada arena,
dejando un rastro
de diminutos signos,
una huella que se borra
en su mismo ser,
sin exabruptos ni alharacas.
¡Hola!, Ester:
esa música que te anima,
dulcemente nos acompaña.
Y te beso cuando tranquila
contemplas el vuelo del ave
en el altozano o en la colina.
Te beso y es el mar
que con el embate de sus olas
despierta en mí otros mundos,
otras azules serenidades,
un cálido corazón de mujer.
[4]
Ester: ¿qué haría
si al no ver tu grafía
en el canal literario,
o bien comprobase que,
en ese que ya es nuestro,
el más íntimo y privado,
no respondieras a mi carta
con tu epístola inmediata,
y me quedara perplejo,
soñándote y no viéndote,
susurrándote, aliviándote,
mas sin recibir respuesta?
Quizá el mío fuese un beso
que se eternizaría sin desmayo.
[5]
Te quiero y no sé por qué
hay en ello tanto misterio.
De esa índole es el querer,
como una falleba que tras girarse
permite la apertura de la ventana
que, anhelando divisar el cielo,
siente cómo entra un soplido
de aire fresco, rejuvenecido,
y cómo se transfigura su ser.
[6]
En esa noche oscura del alma,
vestida de un aire azul,
viniste a mi mísera fragua.
Torbellinos de luz tornasolada,
pavesas y centellas innumerables
mostráronme el principio
y el inexorable fin.
Yo, forjador de nada, te vi,
y apenas pude apreciar tu don,
la escueta poesía de tu figura,
tu presencia indómita y feliz.
En esa noche oscura del alma
me confundí con el otro,
con el que subsiste mas allá,
lejos del hastío y de la rutina.
(70)
Entre el sueño y el rostro
de un niño famélico y sucio
se halla el quid de toda vida.
(71)
Dulce melodía que desde la distancia
turba mi melancólico y torpe existir,
¿qué me traes desde esa región
plena de luz y color, que abaniquea
retos, confines, magias y utopías?
¡Oh música portadora de un ritmo
que hace pendular mi condición,
y me precipita en un glauco oasis
de llama, fuente, caverna y dicha!:
¿dónde tu raíz, dónde tu duende,
dónde tus límites, dónde tu penumbra?
(72)
Cuando el camino se olvide de ti,
cuando no halla luz que ilumine tu alma,
cuando los más ricos tesoros sean nada,
cuando me mires y no veas en mí un desigual,
cuando la sonrisa empañe tu fértil visión,
cuando ya no contemples róseos ángeles
en el mágico espejo (mi íntimo antimundo), ...
entonces me hallarás deambulando por allí,
en esa playa solitaria, solo y libre de culpa.
(73)
Anda, vete,
que la triste noche
no espera ya de ti
esa postura estupenda
que dice al pez pájaro,
a la nube utopía,
al caballo cánon,
a la sangre osadía,
y a la música celestial
vago pensil de mi dicha.
(74)
¡Qué ardor, qué ardor!
Unir lo efímero y corruptible
con esa tornasolada nube eternal,
y creer que la felicidad es una nívea mano
que ya en la frente del pulido espejo
deja generosa su pecho y corazón.
Somos prisioneros de las horas del reloj,
soñadores resbalando por un tobogán
hacia un paraíso cual ciervo esquivo,
tunantes que se complacen en las barricadas
del vientre de una Belleza azul y ausente.
(75)
"(...) si temeroso
de una acción por dudar del resultado,
cuando, una vez realizada, denunciaba
mi indolencia, fue un temor que suele
afectar al más sabio. (...)" 1
Pero: ¿dónde esa regia moral, esa ética
que envuelve todos vuestros actos,
así los menudos y cotidianos cual
los más solemnes y perentorios?
Un hombre sin condición es
semejante a un títere, cuyos ojos
no distinguen el cielo de la tierra,
ni el agua del generoso vino.
Por eso os prevengo: un día vendrá
que el hombre se alce sobre su pedestal
de juguetona vanidad, y contemple
su verdadera cara y cruz, limpia
del polvo y la sangre del mundo.
1 "Un cuento de invierno", de W. Shakespeare.
(76)
¡Alza del suelo, levántate: vil figura de hombre!,
que los días y sus noches de tiempos venideros
rebosarán de infamia, y semejante ultraje
hasta las alimañas del frondoso bosque recordarán.
Pues: ¿cómo será la embarazosa pesadumbre
de un hombre aprisionado en su podredumbre,
que ya no deja sitio en el camino para la imagen
de aquél que lo modeló con sus cariciosas manos?
¿Cómo restituirle al hombre su dignidad,
ya perdida en tristes caminos polvorientos,
mancillado su espíritu, trillada su vacuidad?
Que mis lágrimas honren la medida del hombre,
del que pudo haber sido y no fue; del hombre cuya utopía
era alondra mensajera de la mañana, de la mañana
que abre sus párpados, sus oídos, y huele gozosa
el tonificante perfume de las flores aromáticas.
¡Ay, desolación: barca y huracán en el océano!
(77)
Baila corazón!,
que los poetas campestres o urbanos
han olvidado lo pastoril, y sólo se recrean en lo virtual,
desencadenando formas y figuras que no pueden ser tomadas
como aquellos arcaicos y sencillos "cuentos de viejas".
Pero ... ¿la superación de los indómitos límites de la naturaleza
reside sólo en el original tratamiento de la figura y sus efectos,
o más bien en los ricos conflictos entre figuras, siempre seguidos
por revelaciones que producen palpitaciones en nuestro corazón?
(78)
Sedienta de sangre está la daga,
insumiso el furibundo dragón,
decrépita la caduca hoja,
inesperada la lágrima,
y danzante el corazón.
La claridad del día ahora es asfixiada
por las frías tinieblas de la noche.
Y el aire puro no inflama mis pulmones,
ni la verdad se cobija en la caverna,
ni las antorchas del cielo iluminan mis huesos.
Veo una estela a lo lejos,
erigida sobre un suelo voraz,
¿dónde la serenidad, dónde el ímpetu
(ambos nodrizas de un pensamiento
que siempre se mantuvo liberal)?
(79)
Oh salado piélago del que muere
de improviso en medio de la calle:
¿qué campanas doblarán por ti?
A medianoche la barca se desliza
por un bravío mar de risa y llanto.
El consuelo de un cráneo de hombre
flota sobre el teatro baldío de la vida,
y ya nada nos curará del espanto.
Los cielos se muestran ceñudos,
bailan corazones cubiertos de harapos,
y la negrura se viste de cortejo fúnebre,
andando tras la idigencia y la opresión.
Títere del mundo soy yo, y no hay linterna triunfal
ni estrella incorpórea que, hastiada del mundo,
alumbre a danzantes corazones sumergidos en la ponzoña.
He de expirar con el siguiente relámpago,
abrazado a la sidérea cripta;
y tras ser envuelto en negra mortaja
(demonio de la vida, diablo cojuelo del mundo),
reirme de la chispa de la vida,
del frenético impulso vital,
y también del escupitajo que siembra desolación,
de la palabra que muere en ruines labios,
y del asalto que corta la vis del noble aliento.
(80)
"Pero de igual modo que vemos con frecuencia,
antes de la tempestad que reina en el cielo,
una calma silenciosa, las densas nubes permanecen inmóviles,
los raudos aquilones sin voz, y abajo la tierra, muda como la muerte,
cuando de pronto estalla el espantoso trueno rasgando la región del aire,
así también, (...)". 1
Las estrellas brillando en la plenitud de lágrimas de tristeza,
los signos aborrecidos y despreciados por corazones innobles,
una linterna iluminando el ojo invisible del hombre,
manos cerrándose ante la apertura de excelsos espíritus,
cimas cobijando a cuervos como genios del crimen,
y un mascarón apuntando a la volubilidad humana ...
No, que siento el amor en un bosque de retiro,
que siento la amistad por encima de los fuegos fatuos,
que siento la sinceridad como cresta inviolable,
que siento la palabra haciéndose carne y luz.
1 Hamlet, príncipe de Dinamarca.
(81)
¿No ves ese fecundo fulgor,
esa alma región que crea tonos,
luces, sombras, pausas, palabras
inéditas que parecen sonreír
o flotan sobre una nube de hilaridad?
--Heme aquí con una aurora de los tiemposs
que nadie sabe cómo se cayó de espaldas;
ya va cojeando, mostrándose plebeya,
y pronto advertirás el horror de su sumisión.
(82)
Ya las piedras proclaman mi amargo ocaso,
mientras expira el relámpago precursor
de un mundo que pudo haber sido y no fue.
El mínimo silencio de mi palabra,
¿en qué verdes regiones pastará?
Mañana, cuando no haya letras
que sembrar en albas páginas,
en el bosque me refugiaré cual silvano,
y con gotas de agua en las puntas de los dedos
escribiré signos en los amplios calveros,
signos que abrirán opalinos espacios
donde la luz interior refulgirá en llamas,
llamas nacidas del corazón de cada palabra.
(83)
Le vena de tal fuente ...
¡que purpúreo torrente
es para mi vana palabra,
siempre vacua, corroída,
quebrantada por el furor
del pobre tiempo presente!
Pero existe un arcoiris idolatrado
que silabea o silba según el momento;
entonces, a mí acuden pájaros de luz,
mariposas de deleite y dolor,
polvo de estrellas que eclipsa
la vanagloria del hombre,
y noches fluviales de mérito,
cuyo influjo en el humano entendimiento
es tal que los pinceles no sólo dan color y forma,
sino vida y una animosa estimación.
(84)
Esos labios impacientes que ansían
la dulce flor de los campos del aire,
y que delicadamente carnosos
muestran sensual comisura ...
¿acaso no son las puertas de la duda,
la entrada que guarda íntimos nombres,
cobijo de la dulzura y mullido asiento
de la vaporosa y fluvial noche?
(85)
Sopla un viento helado en mi corazón,
y el árbol de mi ser tiembla, se conmociona,
mírase a sí mismo del revés, y ya nada,
ni siquiera la rara ausencia que brota
en esos océanos cual inmensas entrañas,
puede perder al que se hizo perdedizo,
al utópico que busca en el golpe de aire,
al soñador que aguarda en regio reposo.
Bajo el cielo ya no hay insólitos silbidos,
ni la sonrisa predomina en todo; las armas
se hallan fuera de sus vainas y el hosco odio
aletea sobre visibles atalayas, mientras la luz
-que nos llega desde un horizonte dubitattivo-
chorrea sobre aquel hermoso niño que juega,
y que pronto será, Dios lo quiera, ese hombre
que contempla hechos y cosas desde la distancia.
(86)
¿Cuál es el rango de vos?
¿El rango de nos?: humildad.
(87)
Vuela el tiempo como un sueño
que quiere ser y no ser; vuela
entre himnos y regocijos,
entre cuitas y desamores
que convienen al calor, al frío,
a la destemplanza que mueve
galaxias y al universo entero.
Vuela el tiempo como un sueño,
y yo corro en pos de él, gritando,
pisoteando las miserias humanas,
y el estéril yugo de bajas pasiones
que no serán aurora del mañana.
Desde las sombras de un claustro
propalo mis desnudas y rebeldes palabras,
palabras de un monje que no lleva hábitos,
porque cambió las horas canónicas por las quiméricas.
Ese monje no sostiene sus derechos,
ni ejerce sutil y mayestática autoridad,
basada en la desproporción de la edad.
(88)
¡Oh relámpago en la noche oscura!:
tu relumbrón cómo trastorna mi ser,
y lo proyecta hacia inmensidades
en que se unen de consuno las almas.
¡Ay si mi melodía no alcanzase el corazón
de aquel niño que muy pronto será hombre!
Oscuras tinieblas, vanos juramentos,
chaparrón de votos: ¡seguidme! Uníos
al ilustre séquito de mi fantasía
y que no haya diferencia de linaje.
Os llevaré, fugaz como una sombra,
a ámbitos donde rebrota la bendición,
y ni siquiera el aliento se escarcha.
Mas el que no tenga ojos para mirar y ver,
cual la miseria se quedará frío en el sitio.
(89)
"TITANIA.-Vamos; ahora una redondela
y un canto hechiceresco; después, alejaos
durante el tercio de un minuto;
unas a matar los gusanos de los olorosos
capullos de las rosas; otras, a guerrear
con los murciélagos, a fin de conseguir
sus alas de cuero para hacer con ellas
capisayos a mis pequeños duendes, y otras,
a mantener alejado al clamoroso búho,
que lanza sus gritos en la noche
y sobrecoge a nuestros vaporosos espíritus.
Cantadme mientras me duermo; después,
a vuestros oficios, y dejadme reposar". 1
Ay aquellas noches santificadas por el delirio,
noches bajo las nubes irisadas del país de las hadas
en las que poníamos remedio al caluroso verano
o al crudo invierno, danzando en corros engendradores
de sosiego y comunión espiritual; libres, cual criaturas
vivientes exentas de predicar evangelios, pero sencillas
y humildes hasta acariciar la fina hierba del césped;
aquellas noches santificadas, digo, ¿dónde están?
Inútil parlamentar con la abrupta fuente,
o con los duendes que merodean junto al lago,
o con los genios del aire que vienen y van sin cesar,
moviéndose entre el mundo real y universos imaginarios,
o con sumisas ninfas, que siempre desnudas, aman, y aman,
por encima de toda verdad demostrada, por encima de leyes,
del honor, de la estirpe y de toda desechable pomposidad.
No. A la vera de los panales de miel y acariciando
las alas multicolores de las candorosas mariposas
creamos ámbitos y motivos para mecer el sueño.
1 "Sueño de una noche de verano", de W. Shakespeare.
(90)
"YAGO. ¡Bah, no os preocupéis por eso!
Le sirvo porque espero mi desquite. No todos
podemos ser amos, ni todos los amos tienen
servidores fieles. Ya veréis a más de uno de esos
granujas sumisos y de flexibles rodillas,
contento con la propia esclavitud, como
el burro de su amo, sólo por el pienso, y que
cuando envejecen quedan despedidos. ¡Dádmeles
de latigazos, a esos honrados lacayuelos!".1
Ni los tesoros de los mares,
ni el nauta que navega errante,
ni el que se pone máscara de respeto,
ni el que niega la opresión
y los tormentos del infierno,
ni las vírgenes cautivas de otros mundos,
ni la mera residencia en la tierra,
ni la polvorienta cárcel de la ley,
ni ciertos asuntos urgentes de estado,
ni la negrura que reclama mensajeros,
ni lo que priva al hombre de su dignidad,
ni las guerras cantantes y sonantes,
ni la miseria y la indigencia sin rodeos,
ni las drogas, encantos y conjuros,
ni las palabras que sólo son palabras
que, en su vuelo, no empapan de luz y color
las duras sombras de los pérfidos escaños.
ni los blancos guantes de un tirano
seguro en el esplendor de su borrasca,
causando gemido, conmoción ... calamidad,
ni la trompeta que priva de libertad,
ni el tiempo preñado de acontecimientos
que deja en evidencia nuestra facultad de pensar,
y ya no somos hijos de nada; de la Bolsa, quizá, y de la mentira.
1 "Otelo", de W. Shakespeare.
(91)
¡Descubre tu rostro, diabólico embozado!,
que la vileza escurridiza no puede anidar
en el alevoso callejón de El Gato. Los granujas
forjan inclinaciones clandestinas, y portan armas
con las que salir airosos de la reyerta nocturna.
¡Oh noche perversa, noche de musitada palabra
y de agudas puntas de metal que hieren el alma,
cual afiladas lenguas que diseminaran pestilencia!
La magnitud de la tragedia no reside en el corazón
sino en el romo y mudo espacio cubierto de roja sangre.
Y no hay poder mágico que disponga de la naturaleza,
como el déspota y perverso de la vida de los demás.
¡Oh mixturas y pócimas shakespearianas: venid a mí
con el hado trastocado; y, en mi funesto y último suspiro,
sed en mí el dulce elixir que dioses hace a los hombres!
(92)
Nada podrá apaciguar mi espíritu,
ni hallaré, fuera de mí, cordura que le cure;
y sólo en la bahía desembarcaré mis cofres,
repletos de imaginación y humildad.
¡Y voto al diablo, que los hombres sin relieve
obtendrán la temprana palabra y no transgredirán
los linderos en los que se alza sutil y vaporosa
la inmensa y amarilla vanagloria del mortal!
(93)
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