REVISTA ROMA

 
AÑO VI Nº 25

BUENOS AIRES

JULIO 1972

 
 
 

¿RENOVACIÓN DE LA VIDA RELIGIOSA?

A RAIZ DE LA JORNADA POR LAS VOCACIONES RELIGIOSAS

   La Confederación Latinoamericana de Religiosos (CLAR), con sede en Medellín (Colombia) publica una serie de folletos con directivas que se dicen "para una restauración de la vida religiosa" en el continente.

   Tales publicaciones entran con autoridad en comunidades, masculinas y femeninas, en casas de formación, noviciados. Es explicable que maestros y maestras de novicios busquen en ellas directivas para la formación de sus jóvenes educandos, que van a iniciarse en la vida religiosa.

   Los educadores encuentran directivas; pero tales directivas son factores que promueven y alientan la crisis misma de la vida religiosa contemporánea.

   Al cabo de años de vida religiosa es doloroso saber de noviciados y seminarios que cierran sus puertas, o casas de estudios con jóvenes atolondrados por "la humanización del Continente", la adaptación para el mundo de hoy, la democracia de la Iglesia, el genio de Marx o de Lutero...

   Los intentos de renovación de la vida religiosa protagonizados por la entidad (CLAR), que dice representar a los religiosos, adolecen de gravísimos errores que se deben subsanar de alguna forma.

   Digamos para empezar que no contempla para nada las más primitivas legislaciones religiosas de la Iglesia, cómo la Iglesia ha concebido siempre su vida religiosa, la voluntad de la Iglesia, aquellas normas comunes que empalman con los tiempos apostólicos y que recogen principios de vida, pujante y vigorosa, vigente en las primeras comunidades cristianas.

   Esto tiene una importancia capital. No es posible promover el estúpido preciosismo del "hombre de hoy", la jactancia secularista que barre nuestras casas de formación, después de inutilizar a los formados, quebrando su ideal de religión. Si queremos preservarnos de ver una religión raquítica, endeble y vergonzante, viviendo de prestado del mundo, debemos volver a las grandes tradiciones del cristianismo. La vida religiosa primitiva, lo que se entendía por consagración a Dios en los tiempos más cercanos a los Apóstoles, es lo que puede servir de paradigma. Ocuparse de San Pacomio, San Basilio, o las reglas de nuestros propios fundadores, no es una tarea inútil, ni algo que podamos desestimar. Aquellas formas de vida, promulgadas por la Iglesia, prolongan la tradición apostólica con todo lo que ésta tiene de irreemplazable.

   Es tremenda fatuidad de nuestra parte, romper con aquel pasado, desoír a la Iglesia, para incorporarnos en una frenética asimilación del mundo, donde callan las voces del Espíritu.

   Los actuales esquemas de vida religiosa propiciados por la CLAR, descuidan el pasado, buscan su inspiración en los llevados y traídos signos de los tiempos, la secularidad, el cambio. Ya el Redactor del documento de Medellín (1968), se hacía mentor de "los jóvenes", para señalar "una disociación práctica entre las observancias de la vida regular y la participación en el desarrollo del hombre latinoamericano", ReL. XII, 2.2.1.

   Aquí no hay ninguna disociación. La vida regular sigue su cauce sin ninguna relación especial con el desarrollo económico-social. Si hay alguna disociación es la normal, porque son cosas distintas. El hombre de la calle, en cualquier etapa de su desarrollo económico, quiere esa disociación, y prefiere al sacerdote "disociado" de la vida económica que no al "asociado".

   ¿No se ha hecho en la frase transcripta una línea de fractura, que ahondará después la oposición dialéctica?

   Desorientación

   Es otra de las notas características de los esquemas de vida religiosa propiciados por CLAR. Busca las fuentes de inspiración de la vida consagrada a Dios en algo tan lábil como los signos de los tiempos, que cada cual interpreta a su manera, en algo tan problemático como la secularidad o la adaptación al mundo. Todo esto abre las puertas a un libreprofetismo destructor.

   La desorientación que causa esta prédica, es evidente. Si se introduce en la vida religiosa una orientación secularista, tiene que haber una desorientación religiosa.

   Si hay una secularidad admisible tiene que ser apostólica. Secularidad admisible llamamos a un modo de ser y comportarse del sacerdote en el mundo, que llame a la salvación, a la unión con Jesucristo. Un comportamiento sin pusilanimidad frente a las modas y prestigios del día.

   La orientación secularista en el religioso, tiene razón de fin. No es finalidad religiosa, es lo opuesto a ella, por eso causa la desorientación religiosa.

   La desorientación religiosa se da entonces porque perseguimos fines contrarios a la vida religiosa. La culpa no es del mundo moderno; tiene la culpa nuestro mundo interior que asume aquella orientación (finalidad) secularizante

   El mundo moderno puede ser causa ejemplar, causa ocasional de nuestra secularidad, pero no causa eficiente. Se vuelve causa eficiente, cuando nuestro mundo interior lo asume como causa final.

   La finalidad de la vida religiosa es la unión con Dios. Si se cambia esta finalidad, todo se modifica y se orienta en el sentido del cambio. Entonces tenemos la desorientación.

   Al echar por la borda aquellos elementos esenciales terminamos realmente por "insertarnos en el mundo", más de lo que ya estamos; hemos acabado con la vida religiosa propiamente dicha. Otra cosa pensaba San Pablo: "Sólo os ruego que viváis de manera digna del Evangelio de Cristo", Fil. I, 2. Ya no se trata de seguir este consejo del Apóstol, sino de vivir de manera digna del mundo.

   Aquellos cristianos a quienes escribía San Pablo, eran exhortados por él a una vida irreprensible y sin mancha, "en medio de esta generación mala y perversa, entre las cuales aparecéis como antorchas en el mundo" (ib. 2, 15).

   Es evidente y el mismo sentido cristiano lo dice: no debemos ir al mundo para participar de él sino para salvarle. La salvación no viene del mundo sino de Dios. Si vamos, que sea para salvar y no para asimilar un espíritu mundano que termina por matar nuestro compromiso religioso.

   Las publicaciones de CLAR hablan a menudo de autenticidad. Pero, es una autenticidad de adaptación al mundo, y el compromiso es para luchar por un régimen económico-social en el mundo. ¡Y un régimen "intrínsecamente perverso" como es el comunismo!

   Esto es muy serio porque implica una grave deformación de la vida religiosa suscitada por quienes se presentan en niveles jerárquicos que tienen audiencia en todas partes.

La renovación según los santos
y según los reformadores actuales

   El mal no está tanto en que el mundo me seduzca, obrando como causa ocasional de mi caída. Muchas veces somos seducidos por cosas, aún por bagatelas, y caemos. Siempre, en este sentido, el mundo causó males en la vida religiosa y en los seglares piadosos. El mal y la desorientación de la vida religiosa actual, es la orientación mental de los clérigos hacia los valores mundanos. La causa final, dicen los filósofos, es la causa de las causas. Si la vida religiosa, de laicos y clérigos, si la predicación cristiana, abandona sus objetivos, que son la salvación de los hombres, pobres y ricos, entonces hemos cambiado el rumbo.

   El llamado a la renovación no puede inscribirse en el seno de la desorientación. Debemos renovarnos en el cauce de nuestra orientación religiosa, buscando la unión con Dios, el progreso de las virtudes cristianas.

   La vida religiosa debe permanecer orientada según sus fines; debe usar de sus medios que le son indispensables. La clausura, el silencio, la pobreza, el trabajo constante, la mortificación de sí mismo, una actitud de no creerse personaje, son elementos esenciales.

   En una vida religiosa orientada según sus fines propios el movimiento renovador le da fuerzas, energía, la vuelve fecunda y llena de frutos de santidad, y verdadero apostolado.

   Es la renovación que llevaron a cabo San Bernardo, Santo Domingo de Guzmán, San Ignacio, Santa Teresa y otros verdaderos renovadores. El problema de una verdadera renovación debe plantearse dentro de una orientación religiosa. La renovación que se nos propone en todos los tonos y en todas las lenguas es una renovación secularista: cambiemos pero ¡para adoptar formas seculares o secularizadas de pensamiento y de acción!

   La vida religiosa debe renovarse por sus propios principios, por aquellos postulados que requieren una verdadera consagración al servicio de Dios. Debe ordenarse a la unión con Dios, no ¡al desarrollo del Continente!

   La nueva temática sociológica dice inspirarse en los signos de los tiempos. Cuando nuestro padre Santo Domingo llegó al Languedoc, los signos de los tiempos hablaban un lenguaje maniqueo. Al santo castellano ni por asomo se le ocurrió fundar una familia religiosa maniquea. Cataros y valdenses hablaban un lenguaje maniqueo. Sin embargo Santo Domingo funda una Orden opuesta radicalmente a la herejía, al servicio de la sola Iglesia de Roma.

   Estas cosas deben servirnos de ejemplo. Los presuntos reformadores de la vida religiosa de Latinoamérica han tomado como principios, no la oración o el silencio, sino el cambio, el desarrollo, la inserción en el mundo, etc.

   En la legislación primitiva de la Iglesia, conservada hasta ahora, sobre la vida religiosa y monástica, observamos diversos elementos que difícilmente se compaginan con las pautas señaladas a los religiosos actuales. Señaladas, no en un autor u otro más o menos discutible, sino en publicaciones editadas bajo el patrocinio de la CLAR (Confederación Latinoamericana de Religiosos). Son varios folletos, pero todos tienen la misma tónica y el mismo lenguaje. Es muy importante señalarlo porque la crisis de la vida religiosa en el mundo actual, obedece a esa mentalidad, a esa impostación de los problemas de la vida religiosa, a esa eclesiología volcada a la secularización, al pluralismo, antisacramentalista, anti-institucional, de un espiritualismo sin fe definida, que presupone y acepta la sociedad atea y en ella no se preocupa más que de la promoción humana.

   Quizás en dichas publicaciones podrán señalarse aquí o allá expresiones de cierto contenido religioso; pero la nota dominante es la subestimación de todo lo tradicional, un silencio absoluto acerca de la salvación del rico y del pobre, la insinuación constante de una mentalidad clasista, la atención puesta en la ludia pura que aquella clase inferionr conquiste un lugar superior. ¿Lo ha logrado acaso en los paises socialistas?

   Resumiendo digamos:

   a) A la renuncia del mundo, se opone la secularización. No se deja de decir algo de la renuncia, pero la nota dominante es la promoción humana, la secularidad, la disponibilidad hacia el mundo, el interés de los novicios por la problemática latinoamericana, etc.

   b) Al respeto por las normas tradicionales, se opone siempre la secularización. Una desestima disimulada pero real. Todo gira alrededor del cambio, del cambio por el cambio. Según el folleto nº I, estorban "la supervalorización de las formas tradicionales y aún de un ritualismo puramente exterior", p. 13.

   Atácase todo lo que sea institucional y normativo. No es un ataque franco; basta su presentación como algo hipertrófico y supervalorado.

   c) A la vida de la Iglesia regida por leyes y tradiciones, opónense los "signos de los tiempos".

   Signos de los tiempos: usando y abusando de ellos se ha llegado al libreprofetismo y a una verdadera anarquía. Por los signos de los tiempos, el superior religioso se ha quedado sin súbditos, el obispo sin seminaristas, el maestro de novicios sin novicios, las Casas de Estudios sin estudiantes, los escasos neosacerdotes que creen "adaptarse" entran en polémica con todo buen cristiano que encuentran.

   En este mismo libro, el Redactor se queja de que: "las formas sacrales de vivir impiden una inserción auténtica y eficaz en el mundo" (hábito, horario, clausura), p. 15.

   ¡No conformes con sus carpetas llenas de pedidos de reducción al estado laical, los Superiores Mayores de Latinoamérica, piden aún una mayor inserción en el mundo! Es absurdo.

Adaptación al mundo por el que Cristo no rogó

   La inserción en el mundo no puede significar secularización o complacencia con las formas mundanas de vivir. Si debemos insertarnos, debe ser para llevar e insertar en el mismo mundo elementos de vida religiosa, enderezando ese mundo hacia Dios. La inserción de elementos religiosos en el mundo es nuestro deber. Pero, se nos agrega, que no debemos pecar de clericalismo, y llaman clericalismo precisamente la presencia de elementos de vida religiosa en el mundo. ¡Debemos insertarnos en el mundo, pero cuidando de ser perfectamente inútiles!

   Con la supuesta inserción se nos invita a asimilar elementos mundanos y no dar nada. Tal inserción debe llevar necesariamente a la pérdida total o sea la secularización lisa y llana, la comunidad técnica y atea. No sabremos nunca para qué se quiere nuestra inserción cu el mundo si la fe debe abstenerse de regir la vida humana, si debemos salvar los fueros del pluralismo, cohonestar la herejía, el naturalismo pedagógico y la apostasía.

   Que el sacerdote vaya al mundo para el diálogo y no para hablarle a ese mundo de su salvación por la Cruz, la Iglesia y los sacramentos es absurdo. El mundo, cansado de palabras inútiles, no necesita otra palabra más, tan inútil como todas.

   En el folleto n° I, también hablan los jóvenes, aunque habría que poner esto entre comillas. El Redactor, cuando no quiere decir algo por su cuenta, lo aplica a "los jóvenes". Estos "jóvenes" son —dice— "los más sensibilizados por las condiciones de humanización del continente". Esta es la premisa amable, que sirve para endilgarnos lo siguiente:

   "Aparece una disociación entre las obras de apostolado y el complejo de observancias a las que se da el nombre de vida regular", p. 20. Y esto y decir que hay que anularlas a todas es lo mismo. Este propósito explícito se confirma con la sugerencia expuesta de anular el hábito, la clausura, los horarios (las formas sacrales), por impedir la inserción en el mundo, y aquello otro de que los jóvenes religiosos deben interesarse y participar en "la evolución político-social de Latinoamérica" (p. 17).

   Tenemos también expuesto fuertemente el espíritu comunitario, se habla de la caridad, se menciona la Eucaristía. Pero todo va ordenado a una comunidad para la acción político-social, interesada por su "flexibilidad y adaptación a las circunstancias..., disponibilidad para seguir el ritmo de la Iglesia y del mundo actual" (p. 12). Tal comunidad no se interesa por los errores que atentan contra la vida de la fe, ni se interesa por la salvación.

   Tal es el contenido, lo que leemos en el folleto nº I: RENOVACIÓN Y ADAPTACIÓN DE LA VIDA RELIGIOSA EN AMÉRICA LATINA (4ª edición, 1970).

   Existe un llamado a la renovación; pero las pautas concretas de renovación, implican un llamado liso y llano a la desaparición de la vida religiosa y una distorsión de la acción apostólica, llevada fuera de cauce, hacia la complejidad de una política económico-social que no tiene para nada en cuenta los valores de la Fe y la Revelación, cerrada en la ciudad secular como decimos hoy y que antes se llamaba Babilonia.

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