REVISTA ROMA

Año XXVII Nº 130

BUENOS AIRES

PASCUA 1994

 
 
 

NO ESTAMOS EN TINIEBLAS pag. 2    

1.3. La polémica con los falsos profetas

   Es hecho notorio la existencia hoy de pseudo-pastores y de pseudo-profetas. Desde el inicio de la iglesia escribía San Juan: "Ahora pues, han aparecido muchos anticristos, de donde conocemos que es la última hora" (I Jo. 2,18). Mas sólo la presciencia divina sabe cuál es la hora y quiénes son los electos.

   Mas, lo sorprendente no es que se afirme la existencia de falsos pastores, sino el hecho de que los que se juzgan con derecho a tal afirmación no esgriman criterios de distinción entre los verdaderos y los falsos, que no se apoyen en el Magisterio y no quieran polemizar con los falsos; de que opongan virtudes morales a verdades doctrinarias, como si también no existiesen falsas penitencias y falsos penitentes.

   ¿Cómo se excluyen de entre los pastores que predican la falsedad, de entre los que ellos juzgan? ¿Sin tales criterios?

Veamos las palabras de Honorio I que, lo afirma San León III: no guardó "la doctrina de la tradición apostólica" (DS. 563).

   Con peyorativos similares Honorio I llamaba falsos a los que defendían el Magisterio de la Iglesia: ellos tenían "la apariencia de doctores", "para imbuir la mente de los oyentes", eran "filósofos rústicos y soberbios que con voces de ranas (vocibus ranarum) clamaban contra los simples y humildes de espíritu", contra los verdaderos cristianos. Entre aquellos "filósofos soberbios" estaba San Sofronio, sabio y culto obispo de Jerusalén, mártir de la Fe. Algunos siguen la inversión de criterios hecha por Honorio I: los falsos son los que se oponen al juicio, a la prudencia, a las elucubraciones de ellos, y no los que se oponen al Magisterio de la Iglesia. Son los que se oponen a su "débil voz" y no los que se oponen a la voz del Supremo Pastor, de la Madre y Maestra de Verdad.

   El 2º Concilio de Letrán condenó la "falsa penitencia", que es penitencia de unos pecados y no de otros, que no observa las palabras de Santiago:

   "Quienquiera que guarda los demás preceptos de la ley, pero tropieza en uno solo, se ha hecho reo de todos" (Sgo. 2,10). Ella también "cierra los cielos en vez de abrirlos" como la verdadera penitencia; ella también "coarta la vía de salvación" y coloca un "lazo de perdición" para sí y para los otros (Santo Tbmás, S. T. Sup. 8, 4 al 6).

   ¿A quién aprovecha ese no polemizar? Basta ver el Magisterio: Pío IX condenó esa norma de no polemizar erigida por los Anglicanos que buscaban una "iglesia" dividida en ramas (DS. 2885 - D. 1685). Pío XI condenó esa norma en los Pancristianos (Mortalium animos), los precursores del actual Ecumenismo, que no quiere condenar las herejías y a los herejes, pero que condena a los que condenan esa norma de inexistencia de condenaciones y quieren el "non impediatur", el no impedimento en relación a los malhechores. Ella equivale al "Prohibido prohibir". Ella es la protección de la libertad de los errores de los falsos protefas. 

   Tanto son "falsos profetas" los que abiertamente defienden la libertad e igualdad religiosa entre los falsos y los verdaderos, cuanto los que defienden a los falsos profetas en los cargos de jurisdicción ordinaria, cuanto los que niegan en la Iglesia la existencia de Sacramentos lícitos o la validez y licitud de extinguir la vacancia del cargo del Sucesor de Pedro.

   En las consagraciones episcopales la liturgia de la Iglesia advierte a los consagrados: "No llamarás bien al mal, ni mal al bien".

   Ejemplo católico del deber pastoral es el de Paulo IV en la Bula "Cum ex apostolatus": En razón del cargo el Pastor afírmase obligado a proveer al rebaño "repeliendo a los que apoyados en la propia prudencia pervierten el entendimiento de las Escrituras y escinden el rebaño de Cristo". Él quiere impedir el Magisterio del error, impedir a los falsos profetas engañar a los simples, impedir la abominación de la desolación en el lugar santo, quiere "capturar las zonas que destruyen la viña del Señor, quiere alejar a los lobos, no quiere ser perro mudo, mal agricultor mercenario". Es como obra el Magisterio en sus "pastorales". 

1.4. La existencia de tinieblas

   Un magisterio católico jamás apunta solamente la existencia de tinieblas: por el contrario, siempre trae también "la luz que brilla en las tinieblas" y un criterio de distinción entre luz y tinieblas, entre falsos profetas transfigurados en ángeles de luz.

   Oigamos a San Pablo: "mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas..." "que todos vosotros sois hijos de la luz e hijos de Dios (del día). No somos de la noche ni de las tinieblas" (I Tess. 5, 4-5). Es San Juan enseñando: "Y vosotros tenéis la unción del (Espíritu) Santo, y lo sabéis todo. No os escribí porque no sepáis la verdad, sino porque la sabéis..." (I Jo. 2, 20).

   Es el Señor Jesús proclamando: "Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no tema caminar en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida" (Jo. 8, 12). "Creed en la luz, para que seáis hijos de la luz" (Jo. 12, 36). Es San Pablo repitiendo: "Lancemos pues de nosotros las obras de las obras de las tinieblas y revistámonos las armas de la luz". (Rom. 13,12), no puede existir una "comunicación de la luz con las tinieblas" (2 Cor. 6, 14-18).

   Pío VI condenó como "herejía" la existencia de un "obscurecimiento general" de las doctrinas de la Iglesia (DS. 2601).

   En Vaticano I se enseñó como católica la doctrina: "la Iglesia no puede ser ofuscada por tinieblas o ser infectada por los malos" (Msi. 51, 522).

   Pío XII enseña que son los que quiebran los lazos visibles con la Iglesia, los que oscurecen para sí y para los otros la visibilidad de la Iglesia (Myst. Corp.).

   Pío XI nos dice que el alejamiento de los herejes no quiebra la unidad visible de los que permanecen fieles (Mortalium animos).

   Son los paganos, enseña San Pablo, los que "tienen entenebrecido el entendimiento, ajenos completamente a la vida de Dios, por la ignorancia en que se hallan, por el encallecimiento de su corazón" (Ef. 4, 18-19). Ellos aman las tinieblas (Jo. 1, 5, 9-14).

   La Iglesia, enseña Pío XI: "jamás se contaminó en el curso de los siglos y ni en época alguna podrá ser contaminada... adulterada; ella es incorrupta" (Mortalium animos).

   "Existía la luz verdadera, la que ilumina a todo hombre viniendo a este mundo", "a cuantos creen en su nombre les dio potestad de ser hijos de Dios" (Jo. 1, 9-12). Esto es de fe. Es actual para la actual crisis de muchos.

   Aunque los hijos de las tinieblas se mezclen con los hijos de la luz, aunque se asienten en los templos materiales, donde hasta ahora se asentaban los pastores verdaderos, nosotros tenemos siempre la luz de la verdad no oscurecida, no ofuscada por tinieblas, de la Iglesia incontaminada y pura.

PARTE 2
LA IGLESIA Y LA APOSTASÍA

2.1. El alejamiento de la comunidad

   La razón para llegar a alejarse de la comunidad, son el juicio y opinión personal, humano, sobre las profecías, sobre tinieblas, sobre falsos pastores: la indiscriminación entre verdad y opinión, entre falso y verdadero, entre luz y tinieblas, entre Magisterio y exégesis particular.

   Es la oposición entre una "penitencia" que no discrimina la verdadera de las falsas y la obligación social verdadera para con la "comunidad" que es la Iglesia.

   Quien "no adhiere a ninguna comunidad", no adhiere a la Iglesia, no discierne entre la Iglesia de Cristo y las sectas, tiene las tinieblas para sí mismo.

   Quien quiere "quedarse solo" instituye la "iglesia" de su "propio juicio" (Tit. 3, 10); de su "propia inteligencia" (Prov. 3, 5), la "iglesia" de "nosotros solos", del "ego" encima de todo, la "iglesia" de su propia "voz".

   "Extra Ecclesiam salas non est", es dogma de la Iglesia. Ella es una "comunidad", un "coetus fidelium" con unidad de régimen. La decisión de "no adherir a ninguna comunidad" corresponde a una separación voluntaria, al cisma que caracteriza a todos los heréticos.

   Muchos falsos místicos proclamaron ese deseo de "diálogo con el Amado", de pertenecer a la "comunidad de los Santos", de "quedarse en la soledad", sin la intermediación de la Iglesia, de la unión a esta comunidad o Cuerpo dentro del cual existe salvación. Tal voluntad de "no adhesión", si psicológicamente es libre, no lo es moral y jurídicamente: pertenecer al "Coetus fidelium" no es moralmente libre, más acto necesario consecuente al deber de creer y de adherir a la Iglesia. 

   Es ese Magisterio de autoridad quien nos dice cuáles son las "elucubraciones orgullosas" y cuales las humildes, sumisas a él. Existen elucubraciones loables y recomendadas por la Iglesia a sus hijos y existen las condenables. La "pastoral" que viene con el sello de la misión canónica no es "juicio humano" aunque sea ejercida por hombres: es una "divina potestad" (DS. 874 - D. 469). La que viene entretanto sin tal autoridad y ni siquiera repite el Magisterio, no pasa de opinión, de juicio humano. Ahora bien, la algunos pretenden hacer de ese su juicio humano aquello que "la Iglesia manda creer y enseñar", usurpa la autoridad de la Iglesia para su opinión opuesta al Magisterio.

   Ninguno jamás en la Iglesia, pretendiendo ser fiel, escogió "no adherir a ninguna comunidad", nivelando a la Iglesia y a las sectas, al Magisterio y a los falsos profetas, irguiéndose a sí mismo como fuente suprema de verdad. Sólo el Vaticano II erigió esa libertad e igualdad de opinión.

   No adherir a "ningún cónclave" significa igualmente no discernir los falsos de los verdaderos, ni tener criterios para tal. Significa negar el dogma de los "perpetuos Sucesores" de Pedro (DS.3052 - D.1821) o negar la definición de Pablo IV sobre la vacancia de los cargos por herejía; o también significa negar el Can. 2315 por el cual, el pertinaz en los errores, después de adecuadas admoniciones "debe ser tenido por hereje".

   Significa pervertir la perfección jurídica de la Iglesia, dejándola como una sociedad incapaz de tener una Cabeza visible. Significa contradecir al Magisterio de León XIII que el propio prelado invocó al ser consagrado: "el orden de los obispos sin Pedro, necesariamente se diluye en una multitud confusa y perturbada" (D.1969).

   Véase el camino de los herejes: los Begardos juzgándose perfectos, concluyeron en la propia libertad de acción en relación a las autoridades y al Magisterio. LosFraticelli juzgando a la Iglesia como contaminada y manchada, concluyeron que ella estaba destituida de autoridad, que sólo ellos poseerían (D.485). Los Donatistas también unían la autoridad a la santidad de los ministros, donde los "orgullosos" en sus "elucubraciones", aún cuando repitiesen el Magisterio, no tenían autoridad (D.483). Huss y Wycleff dijeron que los papas "malos", "orgullosos", perdían el poder (D. 639). La Iglesia los condenó (D.646).

   Es el Concilio de Florencia condenando a quien "no adhiere a ninguna comunidad": "no puede salvarse quien no permanece en el interior y unidad de la Iglesia" (D.714), aunque practique los mayores actos de virtudes. El Vaticano I afirmó: "jamás debe apartarse (nec unquam recedendum) de la Iglesia, del sentido perpetuo de sus doctrinas, so pretexto de entendimiento más elevado" (D.1800). León XIII condenó el americanismo que pretendía ese "diálogo" directo con Dios "sin intermedio de nadie", oyendo cada uno apenas la propia voz que "de ordinario se engaña con apariencia de bien" (D.1968-1971). En sentido opuesto el Vaticano II, con la libertad religiosa predicó: "los hombres se ordenan a sí mismos directamente a Dios" (Dign. Hum. 3, 7). Esta "no adhesión" hace eco al antiguo "non serviam "opuesto a la sumisión predicada por San Pablo (Rom. 13, 1-8).

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