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NO ESTAMOS EN TINIEBLAS pag.
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1.3.
La polémica con los falsos
profetas
Es
hecho notorio la existencia hoy de
pseudo-pastores y de pseudo-profetas.
Desde el inicio de la iglesia escribía
San Juan: "Ahora pues, han
aparecido muchos anticristos, de
donde conocemos que es la última
hora" (I Jo. 2,18). Mas sólo
la presciencia divina sabe cuál es
la hora y quiénes son los electos.
Mas,
lo sorprendente no es que se afirme la existencia de
falsos pastores, sino el hecho de que
los que se juzgan con derecho a tal
afirmación no esgriman criterios de distinción entre
los verdaderos y los falsos, que no se
apoyen en el Magisterio y no quieran
polemizar con los falsos; de que
opongan virtudes morales a verdades
doctrinarias, como si también no
existiesen falsas penitencias y
falsos penitentes.
¿Cómo
se excluyen de entre los pastores
que predican la falsedad, de entre
los que ellos juzgan?
¿Sin tales criterios?
Veamos las
palabras de Honorio I que, lo afirma
San León III: no guardó "la
doctrina de la tradición apostólica"
(DS. 563).
Con
peyorativos similares Honorio I
llamaba falsos a los que defendían
el Magisterio de la Iglesia: ellos
tenían "la apariencia de
doctores", "para imbuir la
mente de los oyentes", eran
"filósofos rústicos y
soberbios que con voces de ranas (vocibus
ranarum) clamaban contra los
simples y humildes de espíritu",
contra los verdaderos cristianos.
Entre aquellos "filósofos
soberbios" estaba San Sofronio,
sabio y culto obispo de Jerusalén,
mártir de la Fe. Algunos siguen la inversión
de criterios hecha por Honorio I:
los falsos son los que se oponen al
juicio, a la prudencia, a las
elucubraciones de ellos, y no los
que se oponen al Magisterio de la
Iglesia. Son los que se oponen a su
"débil voz" y no los que
se oponen a la voz del Supremo
Pastor, de la Madre y Maestra de
Verdad.
El 2º Concilio de Letrán condenó
la "falsa penitencia", que
es penitencia de unos pecados y no
de otros, que no observa las
palabras de Santiago:
"Quienquiera que guarda los demás
preceptos de la ley, pero tropieza
en uno solo, se ha hecho reo de
todos" (Sgo. 2,10). Ella también
"cierra los cielos en vez de
abrirlos" como la verdadera
penitencia; ella también
"coarta la vía de salvación"
y coloca un "lazo de perdición"
para sí y para los otros (Santo
Tbmás,
S. T. Sup. 8, 4 al 6).
¿A quién aprovecha ese no
polemizar? Basta ver el Magisterio:
Pío IX condenó esa norma de no
polemizar erigida por los Anglicanos
que buscaban una "iglesia"
dividida en ramas (DS. 2885 - D.
1685). Pío XI condenó esa norma en
los Pancristianos (Mortalium
animos), los precursores del
actual Ecumenismo, que no quiere
condenar las herejías y a los
herejes, pero que condena a los que
condenan esa norma de inexistencia
de condenaciones y quieren el "non
impediatur", el no
impedimento en relación a los
malhechores. Ella equivale al "Prohibido
prohibir". Ella es la
protección de la libertad de los
errores de los falsos
protefas.
Tanto son "falsos
profetas" los que abiertamente
defienden la libertad e igualdad
religiosa entre los falsos y los
verdaderos, cuanto los que defienden
a los falsos profetas en los cargos
de jurisdicción ordinaria, cuanto
los que niegan en la Iglesia la
existencia de Sacramentos lícitos o
la validez y licitud de extinguir la
vacancia del cargo del Sucesor de
Pedro.
En las consagraciones episcopales la
liturgia de la Iglesia advierte a
los consagrados: "No
llamarás bien al mal, ni mal al
bien".
Ejemplo católico del deber pastoral
es el de Paulo IV en la Bula "Cum
ex apostolatus": En razón
del cargo el Pastor afírmase
obligado a proveer al rebaño
"repeliendo a los que apoyados
en la propia prudencia pervierten el
entendimiento de las Escrituras y
escinden el rebaño de Cristo".
Él quiere impedir el Magisterio del
error, impedir a los falsos profetas
engañar a los simples, impedir la
abominación de la desolación en el
lugar santo, quiere "capturar
las zonas que destruyen la viña del
Señor, quiere alejar a los lobos,
no quiere ser perro mudo, mal
agricultor mercenario". Es como
obra el Magisterio en sus
"pastorales".
1.4.
La existencia de tinieblas
Un magisterio católico jamás
apunta solamente la existencia de
tinieblas: por el contrario, siempre
trae también "la luz que
brilla en las tinieblas" y un
criterio de distinción entre luz y
tinieblas, entre falsos profetas
transfigurados en ángeles de luz.
Oigamos
a San Pablo: "mas vosotros,
hermanos, no estáis en
tinieblas..." "que todos
vosotros sois hijos de la luz e
hijos de Dios (del día). No somos
de la noche ni de las
tinieblas" (I Tess. 5, 4-5). Es
San Juan enseñando: "Y
vosotros tenéis la unción del (Espíritu)
Santo, y lo sabéis todo. No os
escribí porque no sepáis la
verdad, sino porque la sabéis..."
(I Jo. 2, 20).
Es
el Señor Jesús proclamando:
"Yo soy la luz del mundo; el
que me sigue no tema caminar en
tinieblas, sino que tendrá la luz
de la vida" (Jo. 8, 12).
"Creed en la luz, para que seáis
hijos de la luz" (Jo. 12, 36).
Es San Pablo repitiendo:
"Lancemos pues de nosotros las
obras de las obras de las tinieblas
y revistámonos las armas de la
luz". (Rom. 13,12), no puede
existir una "comunicación de
la luz con las tinieblas" (2
Cor. 6, 14-18).
Pío VI
condenó como "herejía"
la
existencia de un "obscurecimiento
general" de las doctrinas
de la Iglesia (DS. 2601).
En
Vaticano I se enseñó como católica
la doctrina: "la Iglesia no
puede ser ofuscada por tinieblas o
ser infectada por los malos" (Msi.
51, 522).
Pío
XII enseña que son los que quiebran
los lazos visibles con la Iglesia,
los que oscurecen para sí y para
los otros la visibilidad de la
Iglesia (Myst.
Corp.).
Pío
XI nos dice que el alejamiento de
los herejes no quiebra la unidad
visible de los que permanecen fieles
(Mortalium
animos).
Son
los paganos, enseña San Pablo, los
que "tienen entenebrecido el
entendimiento, ajenos completamente
a la vida de Dios, por la ignorancia
en que se hallan, por el encallecimiento de su corazón"
(Ef. 4, 18-19). Ellos aman las
tinieblas (Jo. 1, 5, 9-14).
La
Iglesia, enseña Pío XI: "jamás
se contaminó en el curso de los
siglos y ni en época alguna podrá
ser contaminada... adulterada; ella
es incorrupta" (Mortalium
animos).
"Existía
la luz verdadera, la que ilumina a
todo hombre viniendo a este
mundo", "a cuantos creen
en su nombre les dio potestad de ser
hijos de Dios" (Jo. 1, 9-12).
Esto es de fe. Es actual para la
actual crisis de muchos.
Aunque los
hijos de las tinieblas se mezclen
con los hijos de la luz, aunque se
asienten en los templos materiales,
donde hasta ahora se asentaban los
pastores verdaderos, nosotros
tenemos siempre la luz de la verdad
no oscurecida, no ofuscada por
tinieblas, de la Iglesia
incontaminada y pura.
PARTE 2
LA IGLESIA Y LA APOSTASÍA
2.1.
El alejamiento de la
comunidad
La
razón para llegar a
alejarse de la comunidad,
son el juicio y opinión
personal, humano, sobre las profecías,
sobre tinieblas, sobre falsos
pastores: la indiscriminación entre
verdad y opinión, entre falso y
verdadero, entre luz y tinieblas,
entre Magisterio y exégesis
particular.
Es
la oposición entre una
"penitencia" que no
discrimina la verdadera de las
falsas y la obligación social
verdadera para con la
"comunidad" que es la
Iglesia.
Quien
"no adhiere a ninguna
comunidad", no adhiere a la
Iglesia, no discierne entre la
Iglesia de Cristo y las sectas,
tiene las tinieblas para sí mismo.
Quien
quiere "quedarse solo"
instituye la "iglesia" de
su "propio juicio" (Tit.
3, 10); de su "propia
inteligencia" (Prov. 3, 5), la "iglesia"
de "nosotros solos",
del "ego" encima de todo,
la "iglesia" de su propia
"voz".
"Extra
Ecclesiam salas non est", es
dogma de la Iglesia. Ella es una
"comunidad", un "coetus
fidelium" con unidad de régimen.
La decisión de "no adherir a
ninguna comunidad" corresponde
a una separación voluntaria, al
cisma que caracteriza a todos los
heréticos.
Muchos
falsos místicos proclamaron ese
deseo de "diálogo con el
Amado", de pertenecer a la
"comunidad de los Santos",
de "quedarse en la
soledad", sin la intermediación
de la Iglesia, de la unión a esta
comunidad o Cuerpo dentro del cual
existe salvación. Tal voluntad de
"no adhesión", si psicológicamente
es libre, no lo es moral y jurídicamente:
pertenecer al "Coetus
fidelium" no es moralmente
libre, más acto necesario
consecuente al deber de creer y de
adherir a la Iglesia.
Es
ese Magisterio de autoridad quien
nos dice cuáles son las
"elucubraciones
orgullosas" y cuales las
humildes, sumisas a él. Existen
elucubraciones loables y
recomendadas por la Iglesia a sus
hijos y existen las condenables. La
"pastoral" que viene con
el sello de la misión canónica no
es "juicio humano" aunque
sea ejercida por hombres: es una
"divina potestad" (DS. 874
- D. 469). La que viene entretanto
sin tal autoridad y ni siquiera
repite el Magisterio, no pasa de
opinión, de juicio humano. Ahora
bien, la algunos pretenden hacer de ese su juicio
humano aquello que "la Iglesia
manda creer y enseñar", usurpa
la autoridad de la Iglesia para su
opinión opuesta al Magisterio.
Ninguno
jamás en la Iglesia, pretendiendo
ser fiel, escogió "no adherir
a ninguna comunidad", nivelando
a la Iglesia y a las sectas, al
Magisterio y a los falsos profetas,
irguiéndose a sí mismo como fuente
suprema de verdad. Sólo el Vaticano
II erigió esa libertad e igualdad
de opinión.
No
adherir a "ningún cónclave"
significa igualmente no discernir
los falsos de los verdaderos, ni
tener criterios para tal. Significa
negar el dogma de los
"perpetuos Sucesores" de
Pedro (DS.3052 - D.1821) o negar la
definición de Pablo IV sobre
la vacancia de los cargos por herejía;
o también significa negar el Can.
2315 por el cual, el pertinaz en los
errores, después de adecuadas
admoniciones "debe ser tenido
por hereje".
Significa
pervertir la perfección jurídica
de la Iglesia, dejándola como una
sociedad incapaz de tener una Cabeza
visible. Significa contradecir al
Magisterio de León XIII que el
propio prelado invocó al ser
consagrado: "el orden de los
obispos sin Pedro, necesariamente se
diluye en una multitud confusa y
perturbada" (D.1969).
Véase
el camino de los herejes: los Begardos
juzgándose perfectos,
concluyeron en la propia libertad de
acción en relación a las
autoridades y al Magisterio. LosFraticelli
juzgando a la Iglesia como
contaminada y manchada, concluyeron
que ella estaba destituida de
autoridad, que sólo ellos poseerían
(D.485). Los Donatistas también
unían la autoridad a la santidad de
los ministros, donde los
"orgullosos" en sus
"elucubraciones", aún
cuando repitiesen el Magisterio, no
tenían autoridad (D.483). Huss y Wycleff
dijeron que los papas
"malos",
"orgullosos", perdían el
poder (D. 639). La Iglesia los condenó
(D.646).
Es
el Concilio de Florencia condenando
a quien "no adhiere a ninguna
comunidad": "no puede
salvarse quien no permanece en el
interior y unidad de la
Iglesia" (D.714), aunque
practique los mayores actos de
virtudes. El Vaticano I afirmó:
"jamás debe apartarse (nec
unquam recedendum) de la
Iglesia, del sentido perpetuo de sus
doctrinas, so pretexto de
entendimiento más elevado"
(D.1800). León XIII condenó el
americanismo que pretendía ese
"diálogo" directo con
Dios "sin intermedio de
nadie", oyendo cada uno apenas
la propia voz que "de ordinario
se engaña con apariencia de
bien" (D.1968-1971). En sentido
opuesto el Vaticano II, con la
libertad religiosa predicó:
"los hombres se ordenan a sí
mismos directamente a Dios" (Dign.
Hum. 3, 7). Esta "no adhesión"
hace eco al antiguo "non
serviam "opuesto a la
sumisión predicada por San Pablo (Rom.
13, 1-8).
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