REVISTA ROMA

Año XXVII Nº 130

BUENOS AIRES

PASCUA 1994

 
 
 

NO ESTAMOS EN TINIEBLAS

"Vos autem fratres non estis in tenebris"
                          (I Tess. 5, 4)

     

Introducción: una "pastoralidad" desviada

   La verdadera caridad no consiste en tolerar los errores ajenos, principalmente los doctrinarios, sino en el celo para que intelectualmente se recobren de ellos. No es la Iglesia que necesita ser restaurada: ella es pura y santa; son las personas que también la integran o pueden volver a integrarla. Que Dios lo permita.

   Sin jurisdicción ordinaria nadie es verdadero "pastor" ni tiene rebaño designado para pastorear. Mas "todos los fieles", enseña el Vaticano I, tienen el deber de repartir con los demás "lo que recibieran" y de colaborar "en ...difundir la luz de la fe purísima" "apartar y eliminar de la Santa Iglesia estos errores" (DS. 3044-D. 1819). 

   Las ovejas no reconocen imitaciones distantes de la voz del Pastor. El ejercicio del poder de Ordenes para socorrer a los fieles en sus necesidades no autoriza a nadie a predicar omitiendo o alterando el Magisterio. El Sacramento se realiza "ex opere operato"; la predicación, "ex opere operantis". Y tampoco es lícito el ejercicio del poder de órdenes para atender a los seguidores de la propia voz en vez de ser para la atención exclusiva de los "fieles".

   León XIII, enseñó: sin Pedro, "el orden de los obispos... necesariamente se diluye en una muchedumbre confusa y perturbada" (D. 1960). ¿Mudóse ese Magisterio? El credo católico va del Génesis al Apocalipsis y no se altera por interpretaciones personales de las profecías. A quien lo disminuya o lo aumente "le quitará Dios su parte del Árbol de la vida" (Ap. 22,19). 

"LO QUE LA IGLESIA MANDA CREER"

1.1. El Credo y las Profecías

   Es Magisterio de la Iglesia que Cristo vendrá por segunda vez y que existirán señales de ese advenimiento. Pero es Revelación: "Que ninguno os engañe de modo alguno (2 Tess. 2, 3), primero deberán venir todas las señales". La Iglesia no enseña que: "los signos se han cumplido... El tiempo se acaba..." Enseña lo opuesto: "S. Pablo nada absolutamente dijo en sus escritos que no concuerde perfectamente con aquella ignorancia del tiempo de la Parusía que el mismo Cristo proclamó ser propia de los hombres" (Benedicto XV, D. 2180).

   Lo cierto es que: "Nadie sabe el día ni la hora sino solamente el Padre" (Mt. 24,36). "El día del Señor vendrá como un ladrón" (2 Pe. 3,10) y el ladrón viene "a la hora que menos se piensa". El deber de vigilar es pues permanente: los santos vigilaron en todos los tiempos y a veces sospecharon el advenimiento de Cristo. Pero sólo los herejes como los "Fraticelli" y Guillermo del Santo Amor, en 1256, pasaron de las profecías a la afirmación de la realización de las señales y por ahí derivaron perversiones en el Credo. Por eso Alejandro IV condenó como "inicuo, depravado y execrable" el "Breve Tratado de los peligros de los Últimos Tiempos" de Guillermo del Santo Amor. No queramos imitar a éste.

   Los teólogos distinguen dos especies de señales de la segunda venida de Cristo: señales sólo precedentes a ella y señales de la proximidad de esa venida.

   Todas deberán realizarse: "Cuando viereis todas esas cosas (haec omnia), sabed que El está a la puerta" (Mt. 24,33). Mas el acuerdo entre los teólogos sobre esos signos es precario y la Iglesia no los definió. Trátase pues de materia de libre discusión entre los teólogos y no de materia que "la Iglesia manda creer y enseñar". No se confunde la opinión de un exégeta con el Magisterio de autoridad sobre el creer.

¿Cuales son esas señales?

   1. Predicación universal del Evangelio: "Este Evangelio será predicado en todo el orbe, en testimonio para todos los pueblos" (Mt. 24,14). "Mirad que ninguno os seduzca, muchos vendrán en mi nombre" (24,4), "seréis odiados por todos por causa de mi nombre. Muchos se escandalizarán, y habrá traiciones de unos a otros y tendrán odio mutuo... Se enfriará la caridad de muchos" (Mt. 24, 9-10-12). "Si alguno os dijera: El está en el desierto no vayáis atrás; está a la puerta, no creáis" (Mt. 24,26).

   2. Venida del Anti-Cristo: "Nadie os engañe (2 Tess. 2,3) a no ser que primero venga la apostasía y el hombre del pecado..." (I Jo 2, 18-20): "el Anti-Cristo vendrá... Se apartarán de vosotros, mas no eran de los nuestros, pues si de los nuestros fueran, habrían permanecido con nosotros... mas vosotros tenéis la unción del Santo y sabéis todo". "En el lugar santo veréis la abominación de la desolación" (Mt. 24, 15).

   3. La gran apostasía: (2 Tess. 2, 3-12). Débese entender eso más según las naciones que en cuanto a los individuos, pues los electos permanecerán y como escribe un exégeta: "la Iglesia permanecerá siempre" (R. P. Salles S. J.): "Discendent quídam a fide dando oídos a los espíritus falaces y a doctrinas diabólicas" (I Tim 4, 1-3). "Se levantarán hombres traidores, inhumanos, mostrando apariencia de piedad, mas negando lo que es su fuerza... que andan siempre aprendiendo y jamás arriban al conocimiento de la verdad". "Resisten a la verdad... la insipiencia de ellos se hará patente a todos" (2 Tim. 3, 1-9).

   4. La conversión de los judíos. Los judíos "buscarán al Señor" (Os. 3,4 ss.) y "cuando la plenitud de las naciones haya entrado...saldrá de Sion el libertador que desterrará de Jacob la impiedad" (Rom. 11, 25 ss.).

   Los judíos interpretarán la ley divina como sus padres, antes que llegue el día del Señor.

   Esta conversión, escribe San Agustín: "celeberrimum est in sermonibus et cordibus fidelium" (De Civ. Dei 20,29): es algo celebérrimo en las palabras y en los corazones de los fieles. Y San Jerónimo dice: "también esta higuera dará frutos y todo Israel se salvará" (In Habac. 3,17).

   5. Advenimiento de Elias y Enoch. 'Yo os enviaré al profeta Elias antes que venga el día del Señor, grande y terrible" (Mal. 4,5).

   "Hasta que surgió un profeta semejante al fuego y cuyas palabras eran como horno encendido... ¡Cuan admirable fuiste! ¡oh Elias!" (Eccles. 48, Is). "Elias ciertamente viene y restaurará todas las cosas" (Mt. 17,10) (Le. 1,17).

   6. Abolición del sacrificio perpetuo. "Y desde el tiempo en que sea abolido el sacrificio perpetuo y se establezca la abominación desoladora..." (Dan 12,11). "Y abolirán el sacrificio perpetuo y establecerán la abominación desoladora". (Dan. 11,31).

   7. Señales celestes. "Y haré prodigios en el cielo y en la tierra: sangre, fuego y columnas de humo. El sol se trocará en tinieblas y la luna en sangre antes de que venga el grande y terrible día de Yaveh" (Joel 2,3) (Mt. 24,29; Mc. 13, 24-26; Lc. 21,26). Aunque muchos exégetas tomen estas palabras en sentido físico, San Agustín las toma en sentido figurado. El sol sería el papado; la luna, los gobiernos temporales. Las estrellas que caerán de los cielos serían los obispos, las autoridades.

   8. Paz y seguridad. "El día del Señor, como ladrón por la noche, así vendrá. Así que digan: Paz y seguridad, entonces de improviso se les echa encima el exterminio, como los dolores del parto a la que se halla encinta..." (I Tess. 5, 1-4).

   9. Fuego universal. "Los elementos abrasados se disolverán, y la tierra, con cuantas obras hay en ella, será alcanzada por el fuego" (2 Petr. 3,10).

   Santo Tbmás nos dice: "no es posible saber con facilidad cuales son estas señales. Pues las señales que son leídas en los Evangelios, como dice San Agustín, pertenecen no sólo al advenimiento de Cristo para el juicio, mas también al tiempo de la destrucción de Jerusalén y al advenimiento por el cual Cristo continuamente visita a su Iglesia. Así tal vez, si diligentemente se advierte, ninguno de ellos pertenece al advenimiento futuro, como él dice, pues las señales referidas en los Evangelios, como luchas, terrores y cosas semejantes, existieron desde el principio del mundo, a no ser tal vez que se diga que entonces, en ese tiempo, aumentarán más. Pero es incierto según qué medida los aumentos denuncien la proximidad del advenimiento" (S.T. Sup. 73,1).

   Luego, extrapola quien afirme que, a partir de los signos presentes, se pueda concluir: "Los signos se han cumplido". Si algunos parecen realizarse, otros aún no. Peor haría quien de ahí concluyese deformaciones del credo sobre la Iglesia y sobre los deberes morales.

1.2. La verdadera y la falsa prudencia

   El deber de estar sobre aviso, de vigilar es de todos los tiempos, es de la vida individual y social: no depende de la realización de señales. Justamente en razón de la ignorancia del día y de la hora, sea del fin individual, ya del social, es que existe el deber permanente de vigilar. El objeto de la fe es el de la realización de las señales y no el de la realización presente y ni es sobre todas las determinaciones de cada señal. Y se incluye en el objeto del deber de vigilar la preservación integral de la ley de creer y de obrar. Falsos profetas existen hace siglos y "seducen a muchos".

   Para muchos la apostasía arriana y la herejía protestante aparecen como la gran apostasía, la falta de Fe sobre la tierra ya era afirmada por S. Cipriano, por Cayetano. La libertad de conciencia fue una señal del Apocalipsis según Gregorio XVI. Mas desde el Huerto de los Olivos Cristo advertía: 'Vigilad y orad para no caer en tentación" (Mt. 26,41).

   La parábola de las vírgenes prudentes y fatuas versa sobre todos los tiempos; no tiene sentido meramente escatológico. Dom Duarte Leopoldo y Silva, antiguo arzobispo de San Pablo escribió: "las vírgenes representan la universalidad de las almas llamadas a las nupcias del Cordero. Representan pues a todos los hombres de todos los tiempos".Y la Revelación nos dice: "¿Quién sabe lo que es bueno para el hombre en la vida, durante los días de su vano vivir, que él pasa como sombra? ¿Quién le indicará al hombre lo que ha de ser después de él bajo el sol?" (Eccl. 7,1). Para cada uno escribe Santo Tbmás: "todos los días son días del Señor". "Por lo que toca a los tiempos y circunstancias, hermanos —dice San Pablo— no tenéis necesidad de que se os escriba" (1 Tess, 5,1). A lo que comenta el Angélico: "ciertas cosas están reservadas solamente a la ciencia divina" (Mt. 24,36; Me. 13,32; Act. 1,7). Cristo vendrá "a media noche", esto es, en hora incierta, de improviso.

   San Jerónimo, San Hilario, Orígenes ven en las lámparas de las vírgenes un símbolo de la verdadera fe; en la luz de las lámparas, de la Caridad; el aceite que las mantiene representa las buenas obras y los que lo "venden" son los ministros de la Iglesia. Quien posterga la conversión, no tiene la fe; quien no obra con Caridad no tiene la luz, ni el óleo que la alimenta.

   Las vírgenes prudentes no fueron prudentes por confiar en la "propia prudencia", cosa que la Revelación condena (Prov. 3,5 y 7), mas confiaron en la prudencia del Magisterio de la Iglesia. La parábola de las vírgenes termina con el mismo precepto del Huerto de los Olivos, igual a aquél sobre los tiempos escatológicos: "Velad pues y orad, porque no sabéis el día ni la hora".

   Desde los apóstoles hasta hoy los fieles vigilan. ¿Y si hoy algunos signos parecen realizarse?, el deber de vigilar tiene por objeto mantener la pureza de la fe y no "enfriar" la Caridad, no substituyéndolas por el pluralismo de exégesis personales y por el odio a los que reiteran el Magisterio. Es la hora de vigilar para mantenerse en el "coetus fidelium" y para aumentar la Caridad con el prójimo. Es hora de predicar el Magisterio en su entendimiento tradicional y de mantener el precepto: "ne innitaris prudentiae tuae" (Prov. 3, 1-5), no fundarse en la prudencia personal.

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