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NO ESTAMOS EN TINIEBLAS
"Vos
autem fratres non estis in
tenebris"
(I Tess.
5, 4) |
Introducción: una "pastoralidad" desviada
La verdadera caridad no consiste en tolerar los errores ajenos, principalmente los doctrinarios, sino en el celo para que intelectualmente se recobren de ellos. No es la Iglesia que necesita ser restaurada: ella es pura y santa; son las personas que también la integran o pueden volver a integrarla. Que Dios lo permita.
Sin jurisdicción ordinaria nadie es verdadero "pastor" ni tiene rebaño designado para pastorear. Mas "todos los fieles", enseña el Vaticano I, tienen el deber de repartir con los demás "lo que recibieran" y de colaborar "en ...difundir la luz de la fe purísima" "apartar y eliminar de la Santa Iglesia estos errores" (DS. 3044-D. 1819).
Las ovejas no reconocen imitaciones
distantes de la voz del Pastor. El
ejercicio del poder de Ordenes para
socorrer a los fieles en sus
necesidades no autoriza a nadie a
predicar omitiendo o alterando el
Magisterio. El Sacramento se realiza
"ex opere operato"; la
predicación, "ex opere
operantis". Y tampoco es lícito
el ejercicio del poder de órdenes
para atender a los seguidores de la
propia voz en vez de ser para la
atención exclusiva de los "fieles".
León XIII, enseñó: sin Pedro, "el
orden de los obispos...
necesariamente se diluye en una
muchedumbre confusa y
perturbada" (D. 1960). ¿Mudóse
ese Magisterio? El credo católico
va del Génesis al Apocalipsis y no
se altera por interpretaciones
personales de las profecías. A
quien lo disminuya o lo aumente
"le quitará Dios su parte del
Árbol de la vida" (Ap.
22,19).
"LO
QUE LA IGLESIA MANDA
CREER"
1.1.
El Credo y las Profecías
Es
Magisterio de la Iglesia que Cristo
vendrá por segunda vez y que
existirán señales de ese
advenimiento. Pero es Revelación:
"Que ninguno os engañe de modo
alguno (2 Tess. 2, 3), primero deberán
venir todas las señales". La
Iglesia no enseña que: "los
signos se han cumplido... El tiempo
se acaba..." Enseña lo
opuesto: "S. Pablo nada
absolutamente dijo en sus escritos
que no concuerde perfectamente con
aquella ignorancia del tiempo de la
Parusía que el mismo Cristo proclamó
ser propia de los hombres"
(Benedicto XV, D. 2180).
Lo
cierto es que: "Nadie sabe el día
ni la hora sino solamente el
Padre" (Mt. 24,36). "El día
del Señor vendrá como un ladrón"
(2 Pe. 3,10) y el ladrón viene
"a la hora que menos se
piensa". El deber de vigilar es
pues permanente: los santos
vigilaron en todos los tiempos y a
veces sospecharon el advenimiento de
Cristo. Pero sólo los herejes como
los "Fraticelli" y
Guillermo del Santo Amor, en 1256,
pasaron de las profecías a la
afirmación de la realización de
las señales y por ahí derivaron
perversiones en el Credo. Por eso
Alejandro IV condenó como "inicuo,
depravado y execrable" el "Breve
Tratado de los peligros de los Últimos
Tiempos" de Guillermo del
Santo Amor. No queramos imitar a éste.
Los
teólogos distinguen dos especies de
señales de la segunda venida de
Cristo: señales sólo precedentes a
ella y señales de la proximidad de
esa venida.
Todas
deberán realizarse: "Cuando
viereis todas esas cosas (haec omnia),
sabed que El está a la puerta"
(Mt. 24,33). Mas el acuerdo
entre los teólogos sobre esos
signos es precario y la Iglesia no
los definió. Trátase pues de
materia de libre discusión entre
los teólogos y no de materia que
"la Iglesia manda creer y enseñar".
No se confunde la opinión de
un exégeta con el Magisterio de
autoridad sobre el creer.
¿Cuales
son esas señales?
1.
Predicación universal del
Evangelio: "Este Evangelio
será predicado en todo el orbe, en
testimonio para todos los
pueblos" (Mt. 24,14).
"Mirad que ninguno os seduzca,
muchos vendrán en mi nombre"
(24,4), "seréis odiados por
todos por causa de mi nombre. Muchos
se escandalizarán, y habrá
traiciones de unos a otros y tendrán
odio mutuo... Se enfriará la
caridad de muchos" (Mt. 24,
9-10-12). "Si alguno os dijera:
El está en el desierto no vayáis
atrás; está a la puerta, no creáis"
(Mt. 24,26).
2.
Venida del Anti-Cristo: "Nadie
os engañe (2 Tess. 2,3) a no
ser que primero venga la apostasía
y el hombre del pecado..." (I
Jo 2, 18-20): "el Anti-Cristo
vendrá... Se apartarán de
vosotros, mas no eran de los
nuestros, pues si de los nuestros
fueran, habrían permanecido con
nosotros... mas vosotros tenéis la
unción del Santo y sabéis
todo". "En el lugar santo
veréis la abominación de la
desolación" (Mt. 24, 15).
3.
La gran apostasía: (2
Tess. 2, 3-12). Débese entender eso
más según las naciones que en
cuanto a los individuos, pues los
electos permanecerán y como escribe
un exégeta: "la Iglesia
permanecerá siempre" (R. P.
Salles S. J.): "Discendent
quídam a fide dando oídos a
los espíritus falaces y a doctrinas
diabólicas" (I Tim 4, 1-3).
"Se levantarán hombres
traidores, inhumanos, mostrando
apariencia de piedad, mas negando lo
que es su fuerza... que andan
siempre aprendiendo y jamás arriban
al conocimiento de la verdad".
"Resisten a la verdad... la insipiencia
de ellos se hará patente a
todos" (2 Tim. 3, 1-9).
4. La
conversión de los judíos. Los
judíos "buscarán al Señor"
(Os. 3,4 ss.) y "cuando la
plenitud de las naciones haya
entrado...saldrá de Sion el
libertador que desterrará de Jacob
la impiedad" (Rom. 11, 25
ss.).
Los
judíos interpretarán la ley divina
como sus padres, antes que llegue el
día del Señor.
Esta
conversión, escribe San Agustín: "celeberrimum
est in sermonibus et cordibus
fidelium" (De Civ. Dei 20,29):
es algo celebérrimo en las palabras
y en los corazones de los fieles. Y
San Jerónimo dice: "también
esta higuera dará frutos y todo
Israel se salvará" (In Habac.
3,17).
5.
Advenimiento de Elias y Enoch. 'Yo
os enviaré al profeta Elias antes
que venga el día del Señor, grande
y terrible" (Mal. 4,5).
"Hasta
que surgió un profeta semejante al
fuego y cuyas palabras eran como
horno encendido... ¡Cuan admirable
fuiste! ¡oh Elias!" (Eccles.
48, Is). "Elias ciertamente
viene y restaurará todas las
cosas" (Mt. 17,10) (Le. 1,17).
6.
Abolición del sacrificio
perpetuo. "Y desde el
tiempo en que sea abolido el
sacrificio perpetuo y se establezca
la abominación desoladora..."
(Dan 12,11). "Y abolirán el
sacrificio perpetuo y establecerán
la abominación desoladora".
(Dan. 11,31).
7.
Señales celestes. "Y
haré prodigios en el cielo y en la
tierra: sangre, fuego y columnas de
humo. El sol se trocará en
tinieblas y la luna en sangre antes
de que venga el grande y terrible día
de Yaveh" (Joel 2,3) (Mt.
24,29; Mc. 13, 24-26; Lc. 21,26).
Aunque muchos exégetas tomen
estas palabras en sentido físico,
San Agustín las toma en sentido
figurado. El sol sería el papado;
la luna, los gobiernos temporales.
Las estrellas que caerán de los
cielos serían los obispos, las
autoridades.
8.
Paz y seguridad. "El día
del Señor, como ladrón por la
noche, así vendrá. Así que digan:
Paz y seguridad, entonces de
improviso se les echa encima el
exterminio, como los dolores del
parto a la que se halla
encinta..." (I Tess. 5, 1-4).
9.
Fuego universal. "Los
elementos abrasados se disolverán,
y la tierra, con cuantas obras hay
en ella, será alcanzada por el
fuego" (2 Petr. 3,10).
Santo
Tbmás nos dice: "no es posible
saber con facilidad cuales son estas
señales. Pues las señales que son
leídas en los Evangelios, como dice
San Agustín, pertenecen no sólo al
advenimiento de Cristo para el
juicio, mas también al tiempo de la
destrucción de Jerusalén y al
advenimiento por el cual Cristo
continuamente visita a su Iglesia.
Así tal vez, si diligentemente se
advierte, ninguno de ellos pertenece
al advenimiento futuro, como él
dice, pues las señales referidas en
los Evangelios, como luchas,
terrores y cosas semejantes,
existieron desde el principio del
mundo, a no ser tal vez que se diga
que entonces, en ese tiempo,
aumentarán más. Pero es incierto
según qué medida los aumentos
denuncien la proximidad del
advenimiento" (S.T. Sup. 73,1).
Luego,
extrapola quien afirme que, a partir
de los signos presentes, se pueda
concluir: "Los signos se han
cumplido". Si algunos parecen
realizarse, otros aún no. Peor haría
quien de ahí concluyese
deformaciones del credo sobre la
Iglesia y sobre los deberes morales.
1.2.
La verdadera y la falsa prudencia
El
deber de estar sobre aviso, de
vigilar es de todos los tiempos, es
de la vida individual y social: no
depende de la realización de señales.
Justamente en razón de la
ignorancia del día y de la hora,
sea del fin individual, ya del
social, es que existe el deber
permanente de vigilar. El objeto de
la fe es el de la realización de
las señales y no el de la realización
presente y ni es sobre todas las
determinaciones de cada señal. Y se
incluye en el objeto del deber de
vigilar la preservación integral de
la ley de creer y de obrar. Falsos
profetas existen hace siglos y
"seducen a muchos".
Para
muchos la apostasía arriana y la
herejía protestante aparecen como
la gran apostasía, la falta de Fe
sobre la tierra ya era afirmada por
S. Cipriano, por Cayetano. La
libertad de conciencia fue una señal
del Apocalipsis según Gregorio XVI.
Mas desde el Huerto de los Olivos
Cristo advertía: 'Vigilad y orad
para no caer en tentación" (Mt.
26,41).
La
parábola de las vírgenes prudentes
y fatuas versa sobre todos los
tiempos; no tiene sentido meramente
escatológico. Dom Duarte Leopoldo y
Silva, antiguo arzobispo de San
Pablo escribió: "las vírgenes
representan la universalidad de las
almas llamadas a las nupcias del
Cordero. Representan pues a todos
los hombres de todos los
tiempos".Y la Revelación nos
dice: "¿Quién sabe lo que es
bueno para el hombre en la vida,
durante los días de su vano vivir,
que él pasa como sombra? ¿Quién
le indicará al hombre lo que ha de
ser después de él bajo el
sol?" (Eccl. 7,1). Para cada
uno escribe Santo Tbmás:
"todos los días son días del
Señor". "Por lo que toca
a los tiempos y circunstancias,
hermanos —dice San Pablo— no tenéis
necesidad de que se os escriba"
(1 Tess, 5,1). A lo que comenta el
Angélico: "ciertas cosas están
reservadas solamente a la ciencia
divina" (Mt. 24,36; Me. 13,32;
Act. 1,7). Cristo vendrá "a
media noche", esto es, en hora
incierta, de improviso.
San
Jerónimo, San Hilario, Orígenes
ven en las lámparas de las vírgenes
un símbolo de la verdadera fe; en
la luz de las lámparas, de la
Caridad; el aceite que las mantiene
representa las buenas obras y los
que lo "venden" son los
ministros de la Iglesia. Quien
posterga la conversión, no tiene la
fe; quien no obra con Caridad no
tiene la luz, ni el óleo que la
alimenta.
Las
vírgenes prudentes no fueron
prudentes por confiar en la
"propia prudencia", cosa
que la Revelación condena (Prov.
3,5 y 7), mas confiaron en la
prudencia del Magisterio de la
Iglesia. La parábola de las vírgenes
termina con el mismo precepto del
Huerto de los Olivos, igual a aquél
sobre los tiempos escatológicos:
"Velad pues y orad, porque no
sabéis el día ni la hora".
Desde
los apóstoles hasta hoy los fieles
vigilan. ¿Y si hoy algunos signos
parecen realizarse?, el deber de
vigilar tiene por objeto mantener la
pureza de la fe y no
"enfriar" la Caridad, no
substituyéndolas por el pluralismo
de exégesis personales y por el
odio a los que reiteran el
Magisterio. Es la hora de vigilar
para mantenerse en el "coetus
fidelium" y para aumentar
la Caridad con el prójimo. Es hora
de predicar el Magisterio en su
entendimiento tradicional y de
mantener el precepto: "ne
innitaris prudentiae tuae" (Prov.
3, 1-5), no fundarse en la prudencia
personal.
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