La cruz de Artemio o la muerte del sistema

María Esther Pérez Pardo

Lic. en Historia, 10o. semestre

En ningún momento Carlos Fuentes quiere hacer historia cuando está escribiendo una novela. La creación literaria es un ejercicio de imaginación. El producto es una mentira, sin embargo, en tanto que la novela es un género que necesita crear una ambientación donde se desenvuelven los personajes, puede recurrir para tal efecto a referencias reales e intercalar datos históricos fidedignos a fin de hacer que la narración tenga un toque de verosimilitud, si así lo desea el autor, aunque la trama sea en sí una ficción. Cuando esta conjunción de elementos imaginarios y reales es afortunada, suele llevarnos a comprender mejor algunos eventos históricos o ampliar las bases de una interpretación, pese a que aquí no entran en juego las reglas y métodos de los historiadores, pues la finalidad del escritor no es la verdad, sino la belleza: la verdad de la belleza, o como diría Vargas Llosa, la verdad de la mentira.

En La Muerte de Artemio Cruz se relata la vida y la muerte de un hombre que partiendo de la escala más baja de la pirámide social arribó a la cima, y cuya trama viene a constituir el arquetipo de la clase vencedora de la Revolución Mexicana. Es decir, el grupo de individuos que participaron en algunas acciones armadas junto a una gran masa de seres anónimos, campesinos, rancheros, peones, clases medias desplazadas e incluso esclavos..., que por alguna combinación de circunstancias obtuvieron cierto rango militar, y a partir de allí estrecharon relaciones con personas encaramadas en la cúspide del poder, y de ese modo se forjaron un porvenir acaudalado.

 

Artemio Cruz pertenece al tipo de hombre calculador y pragmático que, sin ser un héroe en la batalla ni tampoco un combatiente desleal, se acomoda a las circunstancias, sabe sacar partido de ellas, y a través de mecanismos de dudosa legalidad, se hace de un puesto en la cadena de autoridad para exprimir la información útil y la conexión adecuada, que redituará en cuantiosas fortunas para él y sus socios.

Al referirnos a Artemio como un modelo, hablamos de hombres con la habilidad y el descaro suficientes para explotar el miedo y las debilidades de la antigua clase dominante, infundir respeto en los subordinados y ganarse la confianza de la burocracia ascendente, formada con los vencedores de la revolución, los supervivientes del antiguo régimen y los oportunistas. Hombres sin recato que se forjaron a sí mismos y que rápidamente se acostumbraron a imponer su voluntad en todos los ámbitos en que se desempeñaban. Avasalladores, caprichosos, y sin embargo, infelices. Podían doblegar a regimientos completos, pero eran incapaces de gobernar sus propios sentimientos.

Independientemente de los caracteres del personaje principal y de los recursos literarios con los que se delinea la personalidad de Artemio Cruz, sus pasiones y sus debilidades, en la novela podemos encontrar algunos elementos fundamentales que configuran los usos y los abusos casi seculares (digamos, fin del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX mexicano), porque, según nuestra hipótesis, Carlos Fuentes entretejió el destino de Artemio con la evolución del sistema político emanado de la revolución.

 

Por consiguiente, la manera predominante de concebir la vida, el poder y la riqueza, así como la descripción de los mecanismos sociales para ascender al pináculo de la sociedad mexicana postrevolucionaria, forman parte de la biografía de Artemio Cruz, quien gozó y sufrió de acuerdo con las opciones que le daba el sistema para prosperar o sucumbir; de allí la sugerencia del título de este trabajo.

 

En lo que se refiere a la estructura de la novela, Carlos Fuentes nos ofrece una visión global de nuestro país con base en un conjunto de remembranzas que se remontan a fines del siglo XIX y se prolongan hasta el año 1959, aproximadamente. Amplísimo lapso en el que la memoria del decrépito y moribundo Artemio Cruz deambula pesadamente en las últimas doce horas de su agonía, ya con 70 años a cuestas. En simetría, se evocan doce días claves del longevo personaje: los días que marcaron el destino de un hombre del sistema, y cuyo desentrañamiento nos remite al conocimiento de diversos hechos relevantes, que en conjunto prefiguran la historia de México en este período de auge modernizador.1

 

Asumimos que Carlos Fuentes nos sugiere una especie de principio metodológico para explicarnos la estructura de las últimas doce horas de vida del personaje, conectadas aleatoriamente con doce días, de doce años diferentes, con lo que resultan doce apartados y una sola historia que enhebra dos conjuntos de registros: el hombre y el sistema, la biografía imaginada y los datos históricos verificables, la ficción y la veracidad, la literatura y la propuesta sociopolítica, la búsqueda de la emoción estética y el encuentro con verdad (y tal vez con una voluntad de denuncia)... Quizá por eso el autor no propone un orden cronológico ni una secuencia sistemática, sino que prefiere ceñirse a la forma azarosa en que procede la memoria de Artemio Cruz:

 

...un día cualquiera, que sin embargo será un día excepcional; hace tres, cuatro años; no recordarás; recordarás por recordar; no, recordarás porque lo primero que recuerdas, cuando tratas de recordar, es un día separado, un día de ceremonia, un día separado de los demás números rojos; y éste seráel día -tú mismo lo pensarás entonces- en que todos los nombres, las personas, palabras, hechos de un ciclo fermentan y hacen crujir la costra de la tierra.2

 

A partir de la «memoria involuntaria» de Artemio Cruz es posible conocer a grandes rasgos la forma en que evoluciona el conjunto de valores dominantes en el México postrevolucionario, los modos de acceder a la riqueza y al prestigio, los pecados que llevan a la caída -como diría Fidel Velázquez: el que se mmueve no sale en la foto- las relaciones familiares y amorosas, el tránsito de una sociedad agraria a una cada vez más urbana y moderna, especialmente en el régimen de Alemán. (El libro fue terminado en diciembre de 1961 y publicado pocos meses después.)

 

Hacia los años veinte del siglo XX, por ejemplo, Carlos Fuentes describe las postreras escaramuzas militares acaecidas en el norte del país. Menciona algunos nombres de personajes reales: Villa, Obregón o Carranza, pero el verdadero realismo aparece en la construcción de la atmósfera y del espíritu de la época; la referencia a valores culturales dominantes y situaciones verosímiles, como en su momento lo hicieron Martín Luis Guzmán en El Aguila y la Serpiente, o Mariano Azuela en Los de abajo. Así, en Carlos Fuentes hay una manera de pensar el proceso de la postrevolución a luz de la degeneración posterior sufrida por el sistema político. Pero mientras el PRI hace de las suyas en el alemanismo, el escritor tendrá que esbozar un escenario en el que predominan los ambientes rurales, los pueblos de adobe, los caminos de polvo y tierra. Cuando todavía se viajaba a caballo y se comía ante el comal; donde pululaban campesinos pobres y explotados, hacendados en decadencia; aparecen indios y mujeres de campo que son abusadas por hombres fuertes y déspotas.

 

En efecto, en la novela de Fuentes los lances de amor son violentos y buscan la subordinación. Las mujeres no son amadas, sino poseídas. Esto no es un elemento incidental, el propio Artemio Cruz nació de un arrebato en el año 1889. Es un bastardo; uno de los muchos hijos que dejó regados por allí el hacendado Atanasio Menchaca. Artemio no tiene apellido paterno. Es una cruz de Isabel Cruz y del potentado Atanasio, quien a su vez fue hijo del coronel Ireneo Menchaca. De manera que el abuelo de Artemio fue nada menos que compadre de Santa Anna, en los tiempos en que la fortuna sonreía al dictador. (pp. 292 y ss.)

 

Por lo demás, las mujeres de la ciudad han refinado las formas de la conquista. Aun en su condición de sumisión se las ingeniaban para intercambiar deseo por posición social. En esta modernidad incipiente las mujeres querían estar a la última moda y en la primera fila de los espectáculos; las de mayores posibilidadeseconómicas aspiraban a una vida cosmopolita. Viajaban a Nueva York. Estaban al tanto de las noticias de París y usaban expresiones en inglés. Las hijas de Artemio decididamente pertenecen a esta descripción. Una de ellas se hace novia del joven Padilla, subordinado de Artemio, que simboliza al nuevo político civil, el que no participó en la conflagración militar, pero que ahora recorre los pasillos de las Secretarías con aire de importancia. Ellos conformarán la nueva casta, descastada, que «no puede invocar las batallas y los jefes ni escudarse detrás de ellos para justificar la rapiña en nombre de la revolución y el engrandecimiento propio en nombre del engrandecimiento de la revolución». (p. 276).

Las mujeres que conoció Artemio cubren todo el espectro de las féminas típicas, desde la hermosa Regina, representación de abnegación sin esperanza, perteneciente a una cultura tradicional, rural, y que fue el gran amor y la gran culpa de Artemio. La mujer traicionada. Mientras que Catalina, hija del hacendado poblano Gamaliel, y a la postre esposa de Artemio con quien procreó a Gloria, Teresa y Lorenzo, alcanza a devenir como una dama de sociedad, pese a su provincialismo. Artemio le compra una mansión en las Lomas de Chapultepec, la traslada en automóviles de lujo y le procura viajes a los Estados Unidos. La mujer oficial usa joyas exquisitas y carísimas pieles. Y, como buen político de la época autoritaria, de la doble moral y el segundo frente, Artemio, entrado en años y viviendo solo en su casona de Coyoacán, pues ya no podía convivir con Catalina, pero tampoco podía divorciarse, contrató los servicios de compañía de la joven Lilia. Mujer ambiciosa, pero no malintencionada, que viene a significar otra cruz para el calvario de Artemio. A ella no tuvo que subyugarla, seducirla o someterla por la fuerza, le bastó con pagarle. Al menos compró un frondoso cuerpo por el tiempo suficiente para pasearse por Acapulco. La bella para la bestia, artículo de lujo al que había que darle vida de jet set, cual corresponde al dueño de un periódico influyente, que tiene ligas políticas de considerable monta -no en balde fue diputado y tuvo importante presencia en los sindicatos y en el partido-. No obstante, esa juventud de Lilia se clava como una cruz porque es la evidencia de que Artemio ha envejecido.

En su agonía, Artemio recuerda a todas las mujeres que amó. Vale la pena retomar este dato más revelador de lo que parece. En esos amores se puede rescatar la maduración de las relaciones modernas, quedando como un estigma que esta clase de hombres no sabe amar, puesto que no pueden depositar su confianza en nadie. No es casual que Artemio Cruz haya traicionado a todas sus mujeres. De hecho, él inició su camino a la cumbre urdiendo la muerte de su suegro y de su cuñado. Una vez en la cima, quedó atrás cómo abandonó a Regina y por qué en su decadencia Artemio se obnubiló con una prostituta, la cual, por cierto, terminó sus días de profesional mediante un matrimonio decente con un hombre de buena posición, quizá otro político o hijo de político.

 

La sangre de Artemio había sorbido de una fuente de poder abyecta, Santa Anna, pero ya en los años cuarenta del siglo XX la herencia decimononónica se había diluido en una confusa idea de modernidad. No obstante, aun queda la maldición. Fenómeno que Octavio Paz, en 1950, analizó con la mayor profundidad en El laberinto de la soledad, y que Fuentes describe del siguiente modo:

 

Nadie quiere caminar cargando de la maldición, de la sospecha, de la frustración, del resentimiento, del odio, de la envidia, del rencor, del desprecio, de la inseguridad, de la miseria, del abuso, del machismo, de la corrupción de tu chingada chingada. (p. 146)

 

He aquí el alma del mexicano: la condición escindida por la violación y el abuso depoder originales. A las claras, Artemio es un genuino hijo de la chingada. Y la chingada, dice Fuentes, envenena el amor, disuelve la amistad, aplasta la ternura, divide, separa, destruye, emponzoña, sacrifica y esclaviza. Por eso, en última instancia, la mejor virtud de Artemio Cruz para tener acceso al Palacio y al mismísimo Presidente consistió en que: «siempre había escogido bien, al gran chingón, al caudillo emergente contra el caudillo en ocaso». (p. 137) Pues la forma de avanzar en este sistema es chingar a los demás. Usar a los demás, dominarlos, despreciarlos, convertirlos en objetos para el placer personal. Lavar el ultraje propio ultrajando a los demás.3

 

En la trama de relaciones que Artemio establece en el recorrido de su memoria, se nota también la transición del campo a la ciudad. Entre un apartado y otro, el paisaje campirano desaparece, entonces los personajes viajan en automóvil, más tarde en avión y se pasean en yates; los hombres ya no son los rústicos militares, sino avariciosos intermediarios que negocian con empresarios extranjeros. A estas alturas es evidente que ya se ha consolidado la sociedad que emergió de la convulsión revolucionaria.

 

El problema fundamental, para Carlos Fuentes, según se sigue de los énfasis que pone a lo largo del texto, es que la maquinaria de la modernidad mexicana sólo pudo ser aceitada por la corrupción, la impunidad, el influyentismo, en fin, todas las enfermedades propias de un régimen autoritario, que concentra el poder y no genera contrapesos. Es parte de la tragedia de la revolución. La desaparición de los ideales y de las individualidades que los inspiren. Zapata y Villa están fuera de la escena. El dilema de a quién apoyar se va aligerando y simplificando para la masa.

 

En el contexto de la novela, la matanza de los yaquis simboliza toda la represión posterior, sean sindicatos, fuerzas opositoras o individuos aislados; es la señal de que los hombres no están ya a la altura de su pueblo ni de su revolución. Todo se reduce a la conveniencia de apoyar a Obregón para liquidar a Villa, o apoyar a Carranza para conformar un séquito de militares mediocres. En cualquier caso, queda claro que las intenciones reales de cambio degeneraron en una lucha de facciones, hasta que apareció el Partido oficial. Del ideal se pasa a la oportunidad. Basta acceder al lugar donde hay, para tomarlo todo sin escrúpulo. El único límite es no enfadar al jefe. Es la misma época que se ilustra de un modo patético y desenfrenado en la película La ley de Herodes.

En el libro queda denunciado un hecho trágico tanto de la Revolución Mexicana como del México de la modernidad: hay cosas que cambiaron de forma pero no fondo, como se desprende de esta desgarradora frase: «desventurado país que a cada generación tiene que destruir a los antiguos poseedores y sustituirlos por nuevos amos, tan rapaces y ambiciosos como los anteriores». (p. 50)

 

Durante la narración se describen diversas formas de corrupción, engaños y simulación, no ya como un acto individual, sino como un férreo mecanismo colectivo producto de la degeneración del proceso revolucionario:

 

Una revolución empieza a hacerse desde los campos de batalla, pero una vezque se corrompe, aunque siga ganando batallas militares ya está perdida. Todos somos responsables. Nos hemos dejado dividir y dirigir por los concupiscentes, los ambiciosos, los mediocres. Los que quieren una revolución de verdad, radical, intransigente, son por desgracia hombres ignorantes y sangrientos. Y los letrados sólo quieren una revolución a medias, compatible con lo único que les interesa: medrar, vivir bien, sustituir a la élite de don Porfirio. Allí está el drama de México.4

 

En los primeros años posteriores a la revolución destacan, a los ojos de Artemio Cruz, los intentos de presentar los beneficios personales como parte de los beneficios de la revolución; es el clímax del tráfico y la apropiación de las mejoras por parte de la nueva clase en ascenso, como en el caso de la reforma agraria que no consolidaba el reparto justiciero: «Entonces era mejor que le quitaran enseguida el dinero a los ricos que quedaban en cada pueblo y esperaran a que triunfara la revolución para legalizar lo de las tierras y lo de la jornada de ocho horas». (p. 70)

 

En la novela, se percibe cómo la rapacidad inmediata de los ganadores tiende a buscar formas más elaboradas en el período de la institucionalización. Quiere decir que pronto prevalecerán las tácticas mediante las cuales son los sindicatos, o a través de ellos, con los que se despoja a los trabajadores y se benefician los concesionarios, que no son otros que los militares vencedores enquistados en la burocracia estatal. Así, Fuentes lo deja asentado entre líneas en un breve diálogo en el que un capitán despechado se refiere a las malas artes de uno de sus revolucionarios compinches:

 

Obtuvo con mi ayuda la concesión para construir esa carretera a Sonora. Incluso le ayudé para que le aprobaran un presupuesto como tres veces superior al costo real de la obra, en la inteligencia de que la carretera pasaría por los distritos de riego que le compré a los ejidatarios. Acabo de informarme de que el lángara también compró sus tierritas por aquel rumbo y piensa desviar el trazo para que pase por sus propiedades. (p. 88)

 

Finalmente, en la época del sexenio de Miguel Alemán, la forma más expedita de amasar grandes riquezas es a través de la asociación con inversionistas extranjeros, quienes para obtener concesiones, permisos, canonjías, etcétera, pagan mucho dinero a los hombres cercanos al presidente o, por lo menos a las cabezas del gobierno, dando cuerpo a lo que ahora llamaríamos «mordidas». Como diría Jean François Revel: «Uno puede hacer todos los negocios que quiera en México, a condición de ‘ponerse de acuerdo’ antes con el gobernador delestado o alguna personalidad federal importante. Siempre se puede ‘interesar’ a los políticos; México es, para los hombres de negocios, un paraíso.»5

 

En todo caso, la constante en toda esta trama plasmada por Fuentes es la escandalosa corrupción y el abuso de poder que priva en todos los ámbitos de la sociedad post-revolucionaria. Es un secreto a voces, un fenómeno colectivo, sin embargo pesa en la conciencia de Artemio Cruz como un asunto personal. Una cruz más. La muerte inminente le hace pensar en su legado. ¿Qué nos dejará la muerte de Artemio?

 

...las muertes inútiles, los nombres muertos, los nombres de cuantos cayeron muertos para que el nombre de ti viviera; los nombres de los hombres despojados para que el nombre de ti poseyera; los nombres de los hombres olvidados para que el nombre de ti jamás fuese olvidado: legarás este país; legarás tu periódico, los codazos y la adulación, la conciencia adormecida por los discursos falsos de hombres mediocres; legarás las hipotecas, legarás una clase descastada, un poder sin grandeza, una estulticia consagrada, una ambición enana, un compromiso bufón, una retórica podrida, una cobardía institucional, un egoísmo ramplón; les legarás sus líderes ladrones, sus sindicatos sometidos, sus nuevos latifundios, sus inversiones americanas, sus obreros encarcelados, sus acaparadores y su gran prensa, sus braceros, sus granaderos y agentes secretos, sus depósitos en el extranjero, sus agiotistas engominados, sus diputados serviles, sus ministros lambiscones, sus fraccionamientos elegantes, sus aniversarios y sus conmemoraciones, sus pulgas y sus tortillas agusanadas, sus indios iletrados, sus trabajadores cesantes, sus montes rapados, sus hombres gordos armados de agualung y acciones, sus hombres flacos armados de uñas: tengan su México: tengan su herencia.6

 

¿Cuánto de toda esta herencia permanece hoy en día? Es evidente que el sistema que ahora está en transición aun está marcado mayoritariamente por la herencia aquí enlistada. El sistema agoniza, pero aun no muere del todo. Artemio cree que «nunca saldremos del hoyo». La enfermedad que atosiga al sistema es indefinida, pero sabemos cómo fue madurando. El propio Artemio Cruz confiesa lo que hizo, y por desgracia la actualidad del Fobaproa, el error de diciembre, los presuntos delitos de los múltiples Raúl Salinas o Espinosa Iglesias, los jilgueros en la campaña electoral del 2000, etcétera, no suenan diferente a lo que se dijo en el año de 1959:

 

quiebras, fraudulentas... devaluaciones monetarias reveladas de antemano... especulación de precios... agio bancario... nuevos latifundios... reportajes a tanto la línea... contratos de obras públicas inflados... jilguero en jiras políticas... despilfarro... coyotaje en las secretarías de estado... nombres falsos... (p. 260)

Artemio agoniza a la par del sistema. A él le duele todo, tiene el vientre hinchado. ¿Cólico nefrítico? ¿Hernia estrangulada? ¿Peritonitis? ¿Vejez? ¿Culpa? ¿Desencanto? Los doctores no atinan. Espasmos, dolor, muerte. La intervención quirúrgica es inútil; los intestinos de Artemio Cruz expelen un olor fétido, el olor de la muerte. A finales del siglo XX, el sistema que elevó a Artemio está muriendo; sólo cabe esperar que las intervenciones democráticas obtengan mejores resultados que la violencia del bisturí.

 

Notas:

 

1 Los días que Artemio Cruz rememora son: abril 9 de 1959; julio 6 de 1941; mayo 20 de 1919; diciembre 4 de 1913; junio 3 de 1924; noviembre 23 de 1927; octubre 22 de 1915; agosto 12 de 1934; febrero 3 de 1939; diciembre 31 de 1951; enero 18 de 1903; abril 9 de 1889.

2 Fuentes, Carlos. La muerte de Artemio Cruz, FCE, México, 1962, pp. 249-250.

3 Ibid. pp. 143 y ss.

4 Ibid., pp. 194-195

5 Citado en Krauze, Enrique. La presidencia imperial, Tusquets, México, 1997, pp 111-112

6 Fuentes. Op. cit., p. 277.

 

 

 

 

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