Las divertidas vacaciones de la familia Martínez.

(Una historia narrada por Víctor Nebot, que afortunadamente no estuvo allí)
Diciembre de 2001.

La familia Martínez se dispone a comenzar sus vacaciones de verano (en otoño). Pero antes de comenzarlas, deben tomar una serie de decisiones trascendentales.
Primero, la típica y eterna cuestión, campo o playa?? Bufff, crudo, eh?, refrescarse en las heladas aguas del océano, jugar con las olas y luchar contra las peligrosas corrientes que en esta época del año son aún más poderosas, o disfrutar de un marco incomparable (lo siento, pero tenía que decirlo, juazz) en esas montañas que su impresionante país les ofrece, disfrutar de las también heladas aguas de sus lagos o manantiales.
La segunda cuestión que la familia Martínez se planteó, fue: Nos llevamos al abuelo, o no? Y la tercera cuestión incuestionable para todo este tipo de eventos es la de las mascotas, dejamos que se busquen la vida en la capi, o nos las llevamos con nosotros y que molesten a los vecinos?

Tras horas y horas de discusiones, el señor don José Martínez padre de familia, decidió poner orden y hacer lo que le diera la gana porque para eso era el hombre de la casa.
Las decisiones que tomó Don José fueron, montaña, porque ser mas barato y no disponer su país de playas, dejar al abuelo, porque le cae mal y porque iba a pasar mucho frío y eso era peligroso, y llevar las mascotas, porque son útiles (este último punto no lo supo defender, pero aún así, todos hicieron lo que él había dicho.

Empaquetaron todas sus cosas, esto es algo indiscutible siempre que alguien se va de vacaciones, se liaron la manta en la cabeza y pusieron pies en polvorosa (prometo que esta es la última frase hecha que uso)

La familia Martínez estaba de lo mas contento, pero su sorpresa fue extraordinariamente desagradable cuando vieron que prácticamente toda la capital por no decir, el país por completo se dirigía al igual que ellos hacía la montaña.
Don José elevaba plegarias al cielo se llevaba las manos a la cabeza e insultaba a los otros afectados por el colapso, al tiempo.
De pronto el señor Martínez, se acordó de un atajo que el conocía muy bien y que les evitaría tanto malestar. El camino no estaba en muy buenas condiciones transitables ni era muy bonito, debido a las maniobras militares que allí se desarrollaron hace unos años, pero aún así, era mejor que ver como te adelantaban los lagartos.
Una buena virtud de los atajos, es que te evitan llevar el ritmo endemoniadamente lento que se llevan en las caravanas, disfrutar de la vista a tu ritmo, etc etc.

Resulta que éste atajo debía ser muy bueno, porque todo el mundo parecía conocerlo y de la misma manea, decidieron usarlo todos al mismo tiempo provocando un atasco incluso peor.
Resignados decidieron llevar ese ritmo de caravana del oeste hasta el mismo lugar de sus vacaciones. Lo bueno de este tipo de manera de circular, es que no tienes que enfadarte cada kilómetro cuando tu hijo te dice, "papá, tengo ganas de ir al baño".
"Ningún problema, bájate y mea niño, bájate y mea"

Tras dos días de viaje, el niño, como se podrán imaginar, ni meaba ya.

Continuación
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