| When they said Repent, I wonder what they meant. L. Cohen. The Future |
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Mariví se ha sentado a escribir, como cada tarde del verano, a la sombra de la vieja palmera, junto al aljibe, armada con un paquete de rubio, la botella de brandy, su pluma. Pobres armas, se dice a sí misma, para enfrentarse a la novela con la que batalla desde hace casi dos años. Enciende un cigarrillo que se fuma despacio, aspirando el humo muy hondo, para después dejarlo escapar en volutas esmeradamente circulares. Le gusta la calma chicha que se extiende sobre la casa de la playa a la hora de la siesta, después del ajetreo que sigue a la hora del baño y la paella multitudinaria en el porche. Han caído todos, piensa, incluso las nenas de Juancho, aunque a las pobres se las haya llevado su madre a dormir a la fuerza. Juancho hubiera hecho la vista gorda, pero Esperancita es implacable, qué extraña obsesión la de las madres con acostar a los niños después de comer. También Mariví tenía que ingeniárselas de pequeña para que la suya no la metiera en la cama durante las dos horas interminables de la siesta, que ya entonces, como ahora, prefería aprovechar para sentarse bajo la palmera, a solas ella, sus libros y la araña que, desde siempre, se afana en la esquina del aljibe.
Pone un disco de Leonard Cohen en el radiocasette, muy bajito, para no molestar. Everybody knows the boat is leaking, suena la voz de Leonard. No basta con ser tenaz, piensa Mariví, hay que tener algo que decir. Ella no está segura de si tiene algo que decir. No está segura de que en el bosque de palabras que crece en su cabeza se oculte un tesoro mágico, la idea redentora que necesita su novela que, como el barco de la canción, le hace agua. Everybody knows the captain lied. Se imagina a bordo de un barco que zozobra, dándose cuenta, demasiado tarde, de que el héroe de los galones relucientes mentía, de que el barco se hunde y el capitán se ha largado con el botín, abandonándola a su suerte. ¿Cuánto tiempo hará que Sandokán se dio a la fuga, esfumándose junto con el ídolo de su infancia, el primo mayor que la llevaba en su moto al cine de los domingos? Everybody knows you are in trouble, dice Cohen, el barco de la infancia que naufraga, piensa Mariví. Recuerda aquel mediodía de agosto, quince años atrás, cuando también se habían quedado solas, a la hora de la siesta, ella y la araña. Leonard cantaba para ambas. Mariví leía, recorriendo los mares del sur, a bordo del bajel pirata del Tigre de Malasia cuando intuyó la presencia de Juancho detrás de ella. Sin apartar la vista del libro, contó los pasos sigilosos de su primo, aproximándose. Esperaba, como otras veces, una mano que le cubriera los ojos y una voz fingidamente grave preguntando «¿Quién soy?» O quizás esa mano le revolvería el pelo mientras la voz de su primo repetiría los versos que tanto le gustaban. «Navega, velero mío, sin temor»... pero se asustó un poco cuando la mano, sin excusa, sin aviso, dejó de enredar con sus cabellos para descender hacia la nuca, deslizándose por su cuello, entreteniéndose un instante en los hombros, antes de precipitarse sin vergüenza, sin tregua, a acariciar sus senos adolescentes, «tu rumbo a torcer alcanza ni a sujetar tu valor». Al cabo de un instante los labios de Juancho habían repetido el recorrido de la mano, antes de tomar los suyos al abordaje. Sandokán no podía besarla y seguir recitando, dejó a Cohen hablando solo. Everybody knows the dice are loaded, cantaba Leonard. El Tigre de Malasia la envolvía en un abrazo todopoderoso. Every body rolls with their finger crossed, la lengua de Juancho se enredaba con la suya, las manos de Juancho la recorrían, seguras, impúdicas. Mariví flotaba ingrávida por encima de las olas, bailaba desnuda en los desiertos de la isla de Mompracem, era la Perla de Labuán, abandonándose en los brazos del rey de los piratas.
Mira tú, piensa Mariví, en lo que somos diferentes de las arañas es en el tema de la tristeza. Everybody got this broken feeling, el ingeniero Rodríguez anda siempre como envuelto en una nube, a pesar del Mercedes, la familia feliz y toda la pasta que gana, like their father or their dog just died. A lo mejor, quien se le ha muerto es su antepasado, el pirata, el de la moto y los poemas. La araña del aljibe, en cambio, probablemente está del mismo estupendo humor que todo su árbol genealógico, contenta y ocupada tejiendo su red y comiéndose a las bobas de las libélulas.
La araña está envolviendo en seda el cadáver de la pobre libélula. Requiesquat in pace, amén. ¿Pasará miedo una libélula, cuando va tan tranquila, pensando en sus cosas y de repente se estrella contra una telaraña? ¿Cuándo se enreda en las hebras pegajosas y ve como se le echa encima una cosa patilarga y peluda, que le debe parecer un monstruo la mar de repulsivo? ¿Sentirá el pinchazo del aguijón, se dará cuenta que la araña la envenena? Las libélulas son muy tontas, a lo mejor ni se entera. Igual que ella. Toda aquella noche de agosto Juancho enredándola con su tela, hipnotizándola. Seguro que le clavó el aguijón envenenado justo cuando salía el sol. Pero en lugar de devorarla allí mismo, de acabar de una vez con la agonía de su víctima, el primo murmuró algo de buscar tabaco en el coche. Se levantó, desapareció. Pasaron diez minutos, media hora, una hora entera antes de que Mariví comprendiera que la araña no volvía, que la había dejado, compuesta y sin novio, asfixiándose, envuelta en seda.
Pero no es tan simple, piensa Mariví. ¿De dónde se saca él que los buenos siempre ganan? ¿Quién son los buenos, en todo caso? Él lo es, sin duda. Noble y honesto a carta cabal, sensible, delicado, siempre atento a su humor impredecible. Y además un auténtico miura en la cama. Algo corto de recursos, pero un miura. Debería hacerle caso a su madre y casarse con él de una puñetera vez, pero no puede evitarlo, le dan tiritonas sólo de imaginarse poniéndose delante de un juez o de un cura y soltar un «sí quiero» muy rotundo, con cara de felicidad y de decirlo en serio ¿Pero por qué no? Se pregunta. Alberto tiene muy claro lo que quiere. Una familia, una vida normal, feliz. ¿Y ella? ¿Qué quiere ella? ¿Un príncipe de los piratas, señor de los mares del sur? ¿No sabe acaso que se puede esperar de un tipo así? Como respondiéndole, la voz de Leonard repite el estribillo, Every body knows the captain lied.
No se ve a la araña por ninguna parte. Se ha dejado la cena bien envuelta, cualquiera sabe, bromea para sus adentros, habrá salido a comprar el vino. La busca por la esquina del aljibe mientras tantea en la mesa buscando el encendedor, hasta que su mano tropieza con otra. Se da el mismo susto que debe haberse llevado la libélula al ver llegar al monstruo. Parece que Juancho tenga más canas de las que le recuerda. «¿Qué tal tu novela prima?» Hace tanto calor como en Malasia. Cohen sigue monologando bajito. Parece que hoy a Juancho se le resquebraja el mutismo, que tiene ganas de contarle su vida. Everybody knows the deal is rotten, una vida que, parece ser, cada día le ofrece menos, con su insoportable letanía de recepciones, almuerzos de trabajo, cenas en hoteles idénticos, con las mismas borracheras y las mismas fulanas para celebrar los contratos millonarios. Una vida cuya rutina cotidiana es las continuas intrigas por fruslerías, las puñaladas traperas, la envidia, la mala leche inagotable y casi siempre inútil. Everybody knows what you’ve been through. Aunque Mariví se da perfecta cuenta de que las cuitas del ingeniero Rodríguez, en el fondo, no le importan un comino. Lo que ella quiere es que Sandokán se descuelgue desde el balcón con un cuchillo entre los dientes, que Juancho se la lleve de allí en su motocicleta voladora, que aparezca a rescatarla el ángel terriblemente hermoso de Rainer María Rilke.
Las cuatro de la tarde, todo el mundo echando la siesta, excepto Mariví, Leonard y la araña. Everybody knows that you love me baby. Everybody knows that you really do. A Mariví le parece que se le ha metido humo en los ojos, se le han llenado de lágrimas así de golpe. And Everybody knows that you’ve been faithful, give or take a night or two. Ya que está en el asunto de llorar aprovecha para dejar caer alguna lágrima por la tonta de la libélula y a lo mejor por la niña de las trenzas y los cuentos de piratas. Le siente más que lo oye llegar. Everybody knows the dice are loaded, canta Sandokán muy bajito. Parece que también a él le haya entrado humo en los ojos. Every body rolls with their finger crossed, contesta Lady Mariana, mientras acaricia las sienes plateadas del Tigre de Malasia. Everybody knows the war is over, sigue la voz quebrada del viejo poeta, mientras la araña del aljibe se decide por fin a devorar a la libélula, Everybody knows the good guys lost. |
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Biografía
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Juan
J. Gómez(Cartegena, 1960) LA AGONÍA DE LAS LIBÉLULAS 2001 Ed. Zócalo |
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Xavier Cros
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Publicado
el 10 de Mayo de 2001