Andábamos entre crepúsculos y amaneceres, a veces oscuros y cerrados, otros de siembras de mandarinas y naranjas, y vimos como la cosecha de ellas, caía al mar enrojeciéndolo y arrebolándolo. Andábamos la noche de lluvias de bosques, fresca como los pinos. Caminamos la lluvia del desierto, seca y fría, ¿Cuantas lluvias contamos?, ¿Cuantas lluvias anduvimos?. Sentimos los distintos aromas de la tierra, mojada, seca, florecida, ardiente, en la larga geografía de nuestro país. Sentimos los aromas de la gente sencilla de nuestra patria. De los pescadores en nuestros amaneceres, de los chilotes en sus islas de misterios y escondidas, de los mineros sudorosos y cansados. Sentimos los olores, de manos cansadas y duras y sentimos los olores de la amistad de esas manos. Conocimos a cada uno de ellos, y de ellos aprendimos a amar nuestra tierra, con el amor de los que saben. Supimos del cantar del hombre simple y de la poesía del hombre y la mujer grande, dedicada a ellos y a sus niños, y aprendimos a amarlos y junto a ello, también supimos amarnos.
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