Nuestros encuentros son
siempre tumultuosos niña,
como el encuentro de las olas
en el mar, y como se abrazan
ellas a las rocas de la orilla.
¿Como no van a serlos mujer-niña?
si por tu cuerpo fluye y rumorea
tu sangre oceánica y se une con
el flujo ardiente de mi sangre.
Con nosotros se encuentra el mar
con la lava volcánica y nuestras sangres
se unen en una sola, que hierve, grita
salta, corre y descansa, para encendenderse
otra vez con nuestras miradas
con tus ojos de mar y mis ojos de noche.
¿Como pueden ser quietos y planos?
nuestros encuentros niña-mujer
con nuestros volcanes encendidos
y con la energía del mar bullendo
en tí y en mí.
Si se parecen ellos al encuentro
del viento vigoroso, con los álamos
esbeltos y altos, que se sacuden
vibran, se mecen y danzan.
Son como el encuentro del agua
con la lava ardiente, quemante, abrasadora
y que corren juntas, se poseen y se apagan.
Son como la llegada a la tierra de la lluvia
invernal, que copula con los árboles y las
hojas caídas.
Son nuestros encuentros, rumorosos
altos, enérgicos y llenos de vida como
el de las cataratas con su cauce.
Y son violentos y maravillosos como
el encuentro del niño con la vida
cuando sale lloroso del útero
para encontrarse con los brazos
y tetas de madre.
Amo nuestros encuentros, pues al final
de ellos nos seguimos amando aún más
y quedamos con todas las sensaciones
del mar, volcanes, vientos, tierra y sangre
acumulados en tí y en mí para nuestro
próximo encuentro.