MADRE

Madre, tus líneas siempre son limpias y claras y sabias, y fuiste construida de detalles al igual que el mundo y como los campanarios y como las caracolas. Tus ojos de uvas negras tienen la energía y la tranquilidad del vino, y su transparencia y su suavidad. Tu voz, hecha cuentos de niño aún cuando ya no lo era. Tus manos de transparencias, como la harina del pan moreno de los hornos de leña que encontrábamos en nuestros caminos de zarzamora y árboles, y yo te miraba desde mi altura mi mamá grande. Cuando el tiempo caminó sobre tu tiempo, te hacías más pequeña y me media contigo, llegué a tu ombligo desde donde estuvimos amarrados, luego alcancé tus pechos que me alimentaron, subí a tus ojos y descubrí los míos, cuando alcancé tu pelo estaba bañado con la sal tuya del desierto, de tus pasos de niña. Crecí tanto, tanto, tanto, empequeñeciste tanto, tanto y te fuiste y te fuiste y nunca alcancé tu altura.

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