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Red Bolivariana, 28 de Octubre de 2003
Reivindicaciones laborales y neoliberalismo (una polémica)
Respuesta al artículo "Falsas y neoliberales reivindicaciones laborales" de Manuel Martínez M.
Víctor Morón
I. Una aclaración necesaria
Con mucha frecuencia suele deleitarnos mi colega, el economista y profesor (jubilado) Manuel Martínez M. con sus heterodoxias en materia económica, política, jurídica y social. Algunas inocuas, otras acertadas y no pocas dignas de réplica mordaz, por disparatadas.
La publicada en esta página el 20 de octubre, con el título de "Falsas y neoliberales reivindicaciones laborales" pertenece al tercer grupo, y merece una respuesta. La merece por su carácter, a mi juicio reaccionario y contrario a los intereses de los trabajadores, y la merece porque navegantes inadvertidos de la red podrían pensar que es la posición de la Red Bolivariana, dada la conspicua publicación de los artículos de MMM.
Este artículo, por lo tanto, es un deslinde. La Red Bolivariana es un espacio democrático y participativo que supone diversidad en las concepciones. Eso me permite adversar radicalmente a MMM.
Las líneas que siguen son polémicas, y por lo tanto duras. No espere encontrar el lector un trabajo de investigación, sino un ensayo. Si tiene algún tono panfletario, su objetivo no es lastimar, sino acentuar la crítica.
II. Descubrimientos y denuncias
MMM descubre (y denuncia), con indignación que debió haber reservado para mejores causas, que las reivindicaciones laborales son una trampa neoliberal para destruir la industria nacional.
No menciona todas, por supuesto. Se ensaña sólo con dos: las prestaciones por maternidad y el descanso semanal remunerado.
En su peculiar concepción, la conspiración urdida (pareciera) por el "jurista constitucionalista, derechista, laborista y politiquista (sic) Rafael Caldera" introdujo en "la actual Ley Orgánica del Trabajo" ("en 1990") conquistas imposibles de asimilar por las empresas, porque "ningún bolsillo privado resiste semejante desembolso gratis".
Pero la conspiración no se detuvo ahí. Según el inefable MMM, "en cambio, se ha permitido que el empresariado burle descaradamente el salario real". ¿Cómo? Muy sencillo: "una trampa contable", consistente en remunerar (o contabilizar como remunerados, para ser leal al pensamiento de MMM) los descansos dominicales, disminuye el jornal diario, con lo que se le burla al trabajador ingentes sumas de dinero.
Resumiendo, los conspiradores, encabezados -pareciera- por el "derechista y laborista" (sic) Dr. Caldera, no contentos con otorgar un beneficio injusto e inmerecido (neoliberal, por ende) a las madres trabajadoras, con lo que dañan irreparablemente al "inversor criollo", benefician "al empresariado" permitiéndole "burlar descaradamente el salario real", al remunerar el descanso dominical y los días feriados.
Es evidente que los "conspiradores" padecieron de indecisión. O que decidieron dar "al empresariado" (que supongo incluye al "inversor criollo") una de cal y una de arena. Por un lado alientan la maternidad irresponsable, ya que "mujer embarazada debe ser mujer con marido con salario suficiente para sostener su hogar por sí solo", perjudicando así al "inversor criollo" con "reivindicaciones [que] no las tiene nadie en ningún país del mundo", mientras que por el otro le permiten "al empresariado" burlar "descaradamente el salario real". Ambas medidas, por supuesto, neoliberales.
Ante tan contundentes pruebas de que el legislador (inspirado por el satánico Dr. Caldera, "derechista y laborista") es neoliberal porque castiga al "inversor criollo" y es neoliberal porque beneficia "al empresariado", se hace urgente revisar toda la legislación laboral, evidentemente neoliberal.
La jornada de ocho horas, ¿no será una trampa neoliberal? ¿No lo será también el pago doble en días feriados? ¿Y qué decir del trabajo nocturno?
El tema merece un análisis pormenorizado, más allá de las contradicciones, que obligan a separar las dos denuncias de MMM sobre "las supuestas conquistas laborales que se introdujeron en la actual Ley Orgánica del Trabajo… en 1990".
Pero antes de comenzar el análisis, vale la pena precisar algunas cosas. Por ejemplo, que "la actual Ley Orgánica del Trabajo" no data de 1990, sino de 1997, cuando sí se desmejoró la situación de los trabajadores y se benefició a las empresas, al modificar el régimen de prestaciones. De todos modos, acepto que la reforma del 97 introdujo reformas puntuales, aunque no menores, y que es lícito fechar la LOT en 1990.
No soy abogado y menos aún historiador del derecho, por lo que ignoro si la primera Ley del Trabajo, promulgada en 1928, contenía disposiciones sobre protección a la maternidad. Lo que sí es seguro es que la Ley de 1936, que con varias modificaciones rigió la materia hasta 1990, las contenía, así que es aventurado afirmar que el tema se introdujo con la promulgación de la LOT. Lo mismo sucede con la definición de salario y su cálculo. Habría que remontarse hasta 1936, y la acotación tiene su importancia porque hace anacrónico el calificativo de "neoliberal" que utiliza MMM.
Hecha la acotación, paso al análisis separado de ambos temas, que no tienen nada que ver uno con el otro. Bien podría MMM, que ya había hecho insistentes pronunciamientos sobre el segundo, haber tratado en su artículo solo el primero. Salvo que su propósito fuera denunciar (cosa que no hace claramente) un quid pro quo (obviamente neoliberal) que intercambió un inmerecido privilegio por un ardid contable para "burlar descaradamente el salario real".
III. La "neoliberal" protección a la maternidad
Bien, MMM afirma que "…la presión practicada por el
feminismo criollo,… emulador del norteamericano … permitió que se aprobaran
logros económicos, como ese de más de cuatro meses de asueto o reposo anual
para las parturientas, o sea, seis semanas antes del parto, y tres después del
mismo". Y nos informa que ello pasó en 1990, cuando "…fueron muchas
las supuestas conquistas laborales que se introdujeron en la actual Ley
Orgánica del Trabajo".
Abandonando por un momento el tono mordaz, uno puede afirmar algunas cosas:
1. Cuando MMM dice que ese "logro económico" se introdujo en la LOT de 1990, miente (o se equivoca). El "privilegio" existe, cuando menos, desde 1936.
2. Cuando MMM dice que "esa reivindicación no es mala per se, sólo que, en principio, mujer embarazada debe ser mujer con marido con salario suficiente para sostener su hogar por sí solo" está rechazando todo el avance social alcanzado en el último siglo por la mujer. La posición de MMM coincide con las tres K (kinder, küche, kirchen, o sea niños, cocina, iglesia) que eran los tres lugares que le asignaba a la mujer en la sociedad el NSDAP (National Sozialistische Deutsche Arbeiter Partei, o Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes). A confesión de partes, relevo de pruebas. Ni Goebbels, ni el gordito Goering, lo hubieran dicho mejor que 3M. Nuestro amigo está mostrando la hilacha, como decía mi abuelo español.
3. Cuando MMM dice "pudiéramos inferir que se trata de logros coadmitidos (¿?) a favor de los trabajadores con miras a estancar, frenar y entorpecer los conatos industriales exógenos (sic) del inversor criollo", a lo que agrega, para que no queden dudas, que "es una manera de expresarse e imponerse la política neoliberal que estamos padeciendo aún", vuelve a mentir, porque las prestaciones por maternidad no la pagan los patronos, las paga el Seguro Social.
4. Cuando MMM formula la hipótesis de "la paridora profesional", capaz de destruirse físicamente para gozar de 16 (sic) prestaciones de maternidad (no reproduzco el párrafo, por demasiado largo), está reproduciendo, casi textualmente, argumentos similarmente ridículos utilizados por los patronos, así que me ahorro los comentarios. Sólo le preguntaría, no por las estadísticas, sino algo más sencillo: cuántos casos conoce, y no de 16 hijos, ni de 10, ni de 5. De tres, digamos, producto de un cálculo crematístico y no de la voluntad de procrear.
No tengo, personalmente, la experiencia de procrear, y menos del lado femenino, que es el que pone el esfuerzo físico (antes, durante y después del parto). Sin embargo, uno conoce el tema. No mucho, lo suficiente como para juzgar que alguien capaz de sugerir semejante cosa es un misógino, un fascista o un canalla. Ninguna de las tres hipótesis deja bien parado a MMM.
5. Cuando MMM afirma que "tales reivindicaciones no las tiene nadie en ningún país del mundo, por rico, industrioso y progresista que luzca", vuelve a mentir, y sobre ese punto me extenderé un poco más, si los lectores tienen la suficiente paciencia.
En primer lugar, podemos examinar los convenios de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), y verificar que el tema ha estado en la agenda desde su fundación. El primer convenio sobre protección de la maternidad, el Nº 3, data de 1919. No sé si eso le dice algo a 3M, el hecho de que en el mismo año de su fundación, generara un convenio que amparara a las madres trabajadoras, pero ese convenio establece, en su artículo 3:
En todas las empresas industriales o comerciales, públicas o privadas, o en sus dependencias, con excepción de las empresas en que sólo estén empleados los miembros de una misma familia, la mujer:
a) no estará autorizada para trabajar durante un período de seis semanas después del parto;
b) tendrá derecho a abandonar el trabajo mediante la presentación de un certificado que declare que el parto sobrevendrá probablemente en un término de seis semanas;
c) recibirá, durante todo el período en que permanezca ausente en virtud de los apartados a) y b), prestaciones suficientes para su manutención y la del hijo en buenas condiciones de higiene; dichas prestaciones, cuyo importe exacto será fijado por la autoridad competente en cada país, serán satisfechas por el Tesoro público o se pagarán por un sistema de seguro. La mujer tendrá además derecho a la asistencia gratuita de un médico o de una comadrona. El error del médico o de la comadrona en el cálculo de la fecha del parto no podrá impedir que la mujer reciba las prestaciones a que tiene derecho, desde la fecha del certificado médico hasta la fecha en que sobrevenga el parto;
d) tendrá derecho en todo caso, si amamanta a su hijo, a dos descansos de media hora para permitir la lactancia.
Más abajo le explicaré a 3M por qué un convenio de 1919 no puede ser calificado como neoliberal, a menos que se sienta una desmesurada vocación por el ridículo.
El segundo convenio, más elaborado (Convenio 103) data de 1952, y es el que fue ratificado por Venezuela. Su artículo 3º dice:
1. Toda mujer a la que se aplique el presente Convenio tendrá derecho, mediante presentación de un certificado médico en el que se indique la fecha presunta del parto, a un descanso de maternidad.
2. La duración de este descanso será de doce semanas por lo menos; una parte de este descanso será tomada obligatoriamente después del parto.
3. La duración del descanso tomado obligatoriamente después del parto será fijada por la legislación nacional, pero en ningún caso será inferior a seis semanas. El resto del período total de descanso podrá ser tomado, de conformidad con lo que establezca la legislación nacional, antes de la fecha presunta del parto, después de la fecha en que expire el descanso obligatorio, o una parte antes de la primera de estas fechas y otra parte después de la segunda.
4. Cuando el parto sobrevenga después de la fecha presunta, el descanso tomado anteriormente será siempre prolongado hasta la fecha verdadera del parto, y la duración del descanso puerperal obligatorio no deberá ser reducida.
5. En caso de enfermedad que, de acuerdo con un certificado médico, sea consecuencia del embarazo, la legislación nacional deberá prever un descanso prenatal suplementario cuya duración máxima podrá ser fijada por la autoridad competente.
6. En caso de enfermedad que, de acuerdo con un certificado médico, sea consecuencia del parto, la mujer tendrá derecho a una prolongación del descanso puerperal cuya duración máxima podrá ser fijada por la autoridad competente.
Recordemos que la OIT, primer organismo de las Naciones Unidas (avant la lettre, porque la OIT data de 1919 y la ONU de 1945) es algo así como una tripartita internacional, en la cual participan el sector empresario, el laboral y el gubernamental. Estos convenios fueron acuerdos de las tres partes. Lo fueron mucho antes de las primeras expresiones teóricas de neoliberalismo, y muchísimo antes de las prácticas. Por supuesto, MMM desconoce ambos convenios. Si los conociera, no se mostraría sorprendido porque la legislación venezolana incluya sus disposiciones. No transcribo el de 1990 para no redundar.
Pero éste no es el punto. 3M sostiene que "tales reivindicaciones no las tiene nadie en ningún país del mundo, por rico, industrioso y progresista que luzca". Examinemos, entonces, las reivindicaciones de los países de la Unión Europea (países "ricos, industriosos y progresistas", en los que nadie tiene esas reivindicaciones, MMM dixit), las más fáciles de conseguir:

Como se ve, en todos los países de la UE existen "tales reivindicaciones" que (según MMM) "no las tiene nadie en ningún país del mundo, etc.". MMM lanza afirmaciones sin verificarlas, en la ilusión de que todos sus lectores padecen del mismo grado de desinformación del que él hace gala. Aclaro: la información no es secreta. Puede encontrársela en el sitio Web de la UE.
Por supuesto, haber demostrado que el beneficio existe en la Unión Europea no nos libra de las iras de MMM. Él puede argumentar (y lo ha hecho en discusiones privadas) que se trata de un lujo para países ricos (después de haber dicho que "no las tiene nadie en ningún país del mundo, por rico, industrioso y progresista que sea"). Veamos entonces qué pasa en Nuestra América (los datos son de FLACSO, y algunos pueden estar desactualizados):

¡Sorpresa! En todos los países de América Latina (en casi todos: no encontré información sobre Honduras, El Salvador y Haití, pero supongo que MMM no pretenderá ubicar a Venezuela en el nivel de ninguno de los tres) existe la "neoliberal reivindicación", y existe desde muchos años antes que el neoliberalismo.
MMM está seriamente preocupado por "los conatos industriales exógenos (sic) del inversor criollo". Supongo que ahora se preocupará por el inversor boliviano, nicaragüense, paraguayo o ecuatoriano, víctima del "neoliberalismo maternal", sin marido que la atienda mientras ella se ocupa, como corresponde, de los niños, la cocina y la iglesia.
He destinado unas cuantas horas a investigar el tema en fuentes públicas y disponibles para cualquiera. Supongo que MMM no me exigirá que le demuestre que la protección a la maternidad existe también en Zimbabwe, en Myanmar o en Vanuatu, así que dejo el tema aquí, para pasar a otro menos aburrido.
IV. Pero ¿qué es el neoliberalismo?
El amigo MMM parece un niño con un juguete nuevo. Descubrió el neoliberalismo (o mejor dicho, la palabrita "neoliberalismo"), y lo carga como un arma lista para disparar indiscriminadamente. ¿No me gusta o no entiendo la protección a la maternidad? Es neoliberal. ¿No entiendo o no me gusta la manera de calcular el salario? Es neoliberal. ¿Me cayó mal la comida? Era neoliberal.
Como trampa, es efectiva cuando el lector está tan desinformado como el autor, y suele utilizarse en el género panfletario. Pero no deja de ser una trampa, y por añadidura, poco rigurosa.
No todo lo que está mal, o no nos gusta, es neoliberalismo. El neoliberalismo no es una consigna, es un objeto de conocimiento, perfectamente identificable y delimitable. Y, contrario sensu de sus propias premisas, ubicable en el devenir histórico. Tratemos de definirlo y contextualizarlo. Para ello, utilizo la definición del Dr. Rodolfo Ángel Vázquez, en un largo y excelente artículo sobre el tema ("Neoliberalismo y Crisis Política", Revista Macrocónsul, Buenos Aires, septiembre de 2000):
En primer lugar, el neoliberalismo es una ideología que, a salvo del fallecimiento apresurado que él mismo decreta para otras perspectivas de pensamiento, cumple con todos los presupuestos de este fenómeno de la sociología del conocimiento. Su primera característica es que se niega a sí mismo como tal, y se identifica con la razón científica y la verdad, dando de tal suerte un salto que no se preocupa en justificar epistemológicamente, del campo del deber ser al campo del ser, desde lo normativo a lo descriptivo. El mundo, entonces, no es lo que yo decido que sea, sino que simplemente es lo que yo digo que es.
Segundo, porque se niega como perspectiva particular e histórica, e identifica sus supuestos y sus inferencias con la verdad, con el curso natural de las condiciones universales de la razón. Decreta también como consecuencia necesaria, el fin de la evolución histórica más allá de sí mismo. Nada suena más lógico. Si el punto de encuentro con la verdad es la constitución de la verdad misma, a partir de ese punto la historia como búsqueda de verdades y camino de perfeccionamiento pierde significado. La ideología aparece entonces como la corporización del más alto, perfecto y definitivo estadio de la evolución humana. Con ella se abroga lógicamente la noción misma de evolución y de progreso.
Tercero, perdido todo particularismo, toda adscripción histórica y predicándose a sí mismo como razón universal, su voluntad de verdad y de poder se torna necesariamente hegemónica, y resulta bueno que se imponga, pero ya no en nombre de un específico conjunto de intereses clasistas, sino encubierto por el nombre más venerable de la verdad, de la razón y de la ciencia.
Pero esta ideología, como ente histórico, no surgió de la nada, sino precisamente de la historia. Dejemos hablar al Dr. Vázquez, una vez más:
La crisis de 1930 plantea al corpus teórico y a los instrumentos de análisis y de gestión económica del paradigma neoclásico -sólidamente asentado en la tradición científica desde 1870- y eficiente discurso legitimador de las prácticas políticas del imperialismo victoriano y austríaco, contradicciones que desafiando de manera inusual, el supuesto equilibrio general del sistema capitalista, lo empujarían a una crisis depresiva de proporciones mundiales, colocándolo al borde de un virtual quiebre económico y político.
Se trataba de un fenómeno complejo en sus causas, pero de naturaleza endógena a la estructura y desempeño del propio sistema, que como era de esperar debía ser corregido por las recetas y prescripciones del paradigma intelectual dominante. Pero significativamente, la ortodoxia económica adormecida quizás en las autocomplacencias de una larga hegemonía, atinó a nada o a muy poco, y aferrada a sus dogmas, concluyó que la depresión constituía un ciclo coyuntural ante el que nada cabía hacer, salvo esperar, confiados en que las tendencias autorregulatorias de los mercados lo revirtieran, imputando por la duración del ciclo a la pertinaz resistencia de los trabajadores a no aceptar salarios más bajos, compatibles con la productividad marginal del trabajo y con las expectativas de rentabilidad de la inversión, todo esto, a pesar de la incontrastable evidencia del paro masivo, de la deflación de precios y de la brusca desaceleración de la actividad económica.
Según parece, los maestros neoclásicos no encontraban otra explicación en sus manuales para la crisis, que no fuera que en un marco supuestamente tan competitivo, la clase obrera había sufrido un ataque de ociosidad y en consecuencia el paro era voluntario.
La ortodoxia había fracasado, la salvación del capitalismo vendría de la mano de la herejía intelectual keynesiana que a partir de un singular diagnóstico acerca del funcionamiento del sistema en términos reales y no supuestos, concluiría ante las evidencias, afirmando la insuficiencia del mercado para revertir el ciclo recesivo, y postulando ardientemente la activa intervención del Estado para recuperar el nivel de actividad y de inversión compatible con el pleno empleo.
La cuestión es que la recesión terminó por ser derrotada, por el monumental gasto público de la Segunda Guerra Mundial, prueba empírica de los análisis keynesianos, y de la que emergió una suerte de capitalismo asistido, altamente productivo, que aceptaba la intervención macroeconómica del Estado para morigerar los ciclos económicos, que la propia economía de mercado provocaba y no lograba por sí misma controlar.
Escandalizados por la negación de las Sagradas Escrituras, y con las filas de fieles bastante diezmadas por el desprestigio, la ortodoxia buscó la reclusión en algunos conventos académicos, tales como la Universidad de Chicago y la Universidad de Viena, pero no para agonizar o morir, sino para iniciar una solitaria tarea de reconstrucción intelectual y política que les llevaría alrededor de treinta años.
Sitiados por el control casi hegemónico de las academias y de la gestión económica concreta, impuesta por los keynesianos -realidad que le hacía decir en 1970 al conservador Presidente Nixon "hoy somos todos keynesianos"- algunos viejos maestros de la segunda generación neoclásica, con un relativamente pequeño grupo de notables discípulos, liberados de los compromisos, condicionamientos y desgastes que produce la dirección de los negocios públicos, encontraron sin duda un ámbito de serenidad intelectual que los confirmaría en su fe y les permitiría no sólo afrontar la travesía por el desierto que les imponían las circunstancias, sino también generar un espíritu de secta que minoritaria y defensiva encuentra en la radicalización de la pureza del precepto, la razón misma de su supervivencia.
¿A qué resultados conduciría esta actitud a la vez titánica y obstinada?, creemos que a los siguientes:
a) A un refinamiento de los supuestos lógicos y económicos de sus precedentes intelectuales clásicos y neoclásicos.
b) Tales refinamientos produjeron la exclusión de algunos principios, la consolidación argumentativa de otros, y la sustracción de la base empírica de un tercer grupo, transformados de supuestos más o menos reales, a puros aprioris lógicos.
c) Esta tarea de purificación otorgó en apariencia a los análisis neoliberales, mayor consistencia en su lógica interna, puso a salvo sus principios de algún grado de contrastación empírica en la instancia del marco teórico, y aumentó el nivel de abstracción y universalidad explicativa de la teoría.
d) La transformación operada en los contenidos también se tradujo al método de análisis económico, rehabilitándose a la perspectiva microeconómica, que ampliada, se convierte en instrumento de análisis de cualquier fenómeno posible. Tan radical ampliación metodológica conllevaba varias ventajas: presentaba una alternativa científica frente a la odiada macroeconomía keynesiana, evitaba sus engorrosas series estadísticas, superaba las tendencias macroeconómicas de los economistas clásicos ingleses, y fundamentalmente reforzaba la coherencia de la teoría, porque se hacía coincidir la simplicidad lógica y el individualismo ontológico que caracterizan al cuerpo teórico, con un instrumental analítico igualmente simplificado e individualista.
El neoliberalismo se definía así como una macroteoría capaz de someter a sus principios, a los campos más diversos de la acción humana, tales como: el derecho, la política, la familia, la sociología, la ecología, la educación, la corrupción administrativa o la virtud.
La transformación teórica reseñada se lleva a cabo esencialmente en la década de 1950, en la que aparecen las obras fundamentales de los economistas neoliberales; entre esta década y principios del '60 cobran personalidad propia la escuela neoliberal de Viena de la segunda y tercera generación, en la que se distinguen Ludwig Von Mises y F. Von Hayek y también las escuelas neoliberales norteamericanas, tales como: el monetarismo representado por Milton Friedman; la teoría del capital humano, creada por Gary Becker y Teodore Shulths; la escuela de los derechos de propiedad, propiciada por Ronald Coase, Douglas North y Svetosar Pejovich; y la escuela de la elección pública cuyos fundadores fueron James Buchanan y Gordon Tullock.
Todas ellas, aún desde distintos espacios empíricos de reflexión, se identifican en el conjunto de supuestos que ordenan sus investigaciones, constituyendo en consecuencia un campo unificado que deriva en conclusiones análogas, por lo que es posible presentar una exposición unificada de sus principios.
Así las cosas, y luego de un largo purgatorio, los teóricos neoliberales tenían el arsenal preparado para un nuevo asalto a la razón y al poder, lo que en términos de lucha ideológica es más o menos lo mismo.
Hacia 1970 el modelo keynesiano empieza a dar muestras de agotamiento, implantador del Estado de Bienestar y artífice de las mayores tasas de desarrollo económico del siglo veinte, con una creciente participación del trabajo asalariado en el ingreso total, o sea, con un franco éxito en el mejoramiento del bienestar humano, provoca sin embargo como reacción, una suerte de hartazgo político de la opulencia, una cierta insatisfacción y apatía hacia su modelo de desarrollo económico y social empieza a ganar a los sectores más jóvenes de la burguesía satisfecha, que enarbolando reivindicaciones de democratización educativa -caso europeo y norteamericano- termina cuestionando la legitimidad global del sistema político y propiciando su transformación radical por la vía revolucionaria -caso latinoamericano-.
A este clima subjetivo se le sumaría como efecto detonante en 1973 la decisión de la OPEP de duplicar el precio del barril de crudo, insumo esencial para sostener la alta tasa de producción de los países desarrollados, el efecto inmediato no se hizo esperar y los países importadores comienzan a sufrir una inflación de costos que unida al volumen de gastos e inversión pública, y a una laxa política monetaria -mecanismos incentivadores esenciales en la estrategia keynesiana- provocan tensiones alcistas en los precios, caída en los ingresos fijos, hacen patente la composición y volumen del gasto público en el presupuesto y trasladan sus efectos a la periferia como un deterioro en los términos de intercambio. La confluencia de estos factores se traducen en términos de economía global en estancamiento con inflación, distorsión ajena a la capacidad de respuesta del paradigma keynesiano, porque en su esquema originario de análisis la estanflación constituía una contradicción en sus términos, veamos por qué: al concebir el keynesianismo la inflación, no como un fenómeno monetario sino básicamente estructural, o sea ligado al sector real de la economía, si se produce es síntoma de que la oferta efectiva se muestra rígida e incapaz de igualar al aumento de la demanda efectiva, por la existencia de algún cuello de botella en el sector productivo que impide la plena utilización de la capacidad instalada y de los factores de producción, pero precisamente por eso, superado el estrangulamiento, la oferta podrá reaccionar aumentando la producción y restaurando el equilibrio del sistema de precios. En esta concepción entonces, las tensiones inflacionarias se conciben como síntomas de un ciclo expansivo de la economía, a contrario sensu un período de estancamiento, sólo es compatible con un proceso deflacionario en los precios.
La reacción neoliberal no se hizo esperar y restaurando la vieja teoría cuantitativa del dinero, con adecuado maquillaje técnico, inició una fuerte ofensiva que atacaba la supuesta ineptitud del burocrático Estado de Bienestar para frenar la desaceleración del crecimiento y el desequilibrio del sistema de precios, apelando a una explicación atractivamente simple: la causa inmediata de la estanflación, no se debía tanto al encarecimiento de un insumo, sino básicamente a la incapacidad de la economía para ajustar sus costos a la nueva situación, y esta incapacidad era causada por la irresponsable expansión de la base monetaria y de sus sustitutos, por acción del propio Estado que a través de este mecanismo sufragaba su déficit fiscal, producto de una masiva y paralizante intervención en el mercado. Esto impedía que los precios se ajustaran y se restableciera el equilibrio entre oferta y demanda, la solución derivaba obvia: había que recuperar el tino y ejerciendo una fuerte y decidida ortodoxia fiscal y monetaria, secar la plaza para inducir una deflación; retirar al Estado de actividades improductivas y equilibrar su presupuesto para impedir el financiamiento del déficit mediante emisión o por la participación del Estado como un demandante en el mercado de dinero, lo que tornaba la tasa de interés inflexible a la baja, manteniéndola artificialmente alta; restablecidos sus niveles normales, se alentaría la inversión privada productiva y se recuperaría el ritmo de crecimiento, pero con equilibrio y en el contexto de una economía con moneda sana. En su caso al Estado sólo le correspondería planear una emisión compatible con el ritmo de crecimiento de la economía.
Pero observada más de cerca esta estrategia de estabilización, tan aparentemente neutral y secamente técnica, contiene en sus argumentos un conjunto de supuestos que no remiten solamente a la solución de una distorsión específica como la inflación, sino que implican a la totalidad de la concepción neoliberal de la organización económica, y a su modo de gestión. No podía ser de otra manera, toda ideología pone en juego, en cada uno de sus capítulos, por cuestiones de articulación y coherencia interna, a su propia totalidad; que involucra no sólo a su cuerpo teórico sino también a sus prácticas, porque siendo una voluntad de poder debe entenderse como una pretensión hegemónica. Así, a partir de un hecho histórico concreto comenzó a difundirse y a cobrar influencia en el universo político, conquistando adeptos entre sus agentes, superando aquel enclaustramiento intelectual con la asunción de Ronald Reagan en los Estados Unidos y de Margaret Thatcher en Inglaterra. Casi contemporáneamente a la conquista de estos espacios de poder, las tesis neoliberales recibían un espaldarazo intelectual cuando el comité nobel concedía el galardón a varios de sus más distinguidos teóricos, y sus ideas se difundían mundialmente, polucionando a las clases dirigentes tanto del mundo desarrollado como de la periferia.
Esta (larga) historia sitúa al neoliberalismo en el tiempo, lo contextúa y lo explica. Lo convierte en un objeto específico, y lo despoja de su categoría de insulto que puede ser lanzado como arma arrojadiza (el uso del que abusa MMM). Sólo faltaría explicar por qué "neo", si el liberalismo tiene más de tres siglos. Y eso nos obliga a bucear de nuevo en la historia.
El liberalismo clásico nace como consecuencia de la emergencia de nuevas clases sociales (la burguesía y el proletariado, para simplificar y utilizar un lenguaje conocido y de aceptación general) en el seno de sociedades que estaban haciendo su tránsito del feudalismo al capitalismo. Recordemos que ese tránsito se hacía en el contexto de las monarquías absolutas, que creaban el estado moderno, con predominio social (y económico) de los terratenientes, excrecencia, de alguna manera, de la era feudal. El liberalismo es la expresión ideológica de las clases dominantes urbanas (la burguesía), frente a los viejos poderes. Por eso su defensa de la competencia y el rechazo a los monopolios.
La Riqueza de las Naciones, de Smith, es, junto con El Capital, de Marx, una de las obras menos leídas y más citadas por sus respectivos apologistas. Seguramente los del primero se sorprenderían al leer, por ejemplo, que "…donde quiera que haya una gran propiedad, habrá gran desigualdad. Por cada hombre muy rico, habrá como mínimo quinientos hombres pobres y la opulencia de unos pocos supondrá la indigencia de muchos, por eso el Gobierno en tanto instituido para proteger la propiedad, ha sido en realidad instituido para defender al rico frente al pobre, o bien para proteger a los que tienen propiedad frente a los que no poseen ninguna en absoluto" (Adam Smith, La Riqueza de Las Naciones).
O que "El interés de los traficantes... en cualquier rama del comercio o de la industria es siempre... diferente, o incluso opuesto, al interés público. El interés de los traficantes consiste siempre en ampliar el mercado y reducir la competencia. Al reducir la competencia, los traficantes pueden imponer para su propio beneficio, un absurdo impuesto al resto de sus conciudadanos" (Ibídem).
Hizo falta recorrer un largo trayecto histórico para que esta concepción, que apostaba a recortar los privilegios y establecer la democracia política para afirmar el predominio de la naciente burguesía, se transformara en una apologética del estado burgués, ya instituido. Ello ocurre a finales del Siglo XIX, y su manifestación en el plano ideológico es la transformación de la "economía política" (political economy) en "teoría económica" (economics).
Contra esta teoría económica tuvo que romper lanzas Keynes, ante su imposibilidad de explicar la crisis y de proponer salidas viables a la misma. Y consiguió desacreditarla completamente.
Como expone arriba el Dr. Vázquez, el risorggimento liberal se produce desde las catacumbas, alentado por el espíritu conservador de quienes tenían fe de cruzados, y al calor de la crisis sistémica del capitalismo de postguerra. Ese liberalismo no tiene nada que ver con el clásico. Ningún neoliberal diría, por ejemplo, que "La racionalidad económica dista mucho de la perfección, proviene de la presuntuosa idea que tiene la mayor parte de los hombres acerca de sus propias facultades" (Adam Smith, La Riqueza de Las Naciones), sino todo lo contrario, porque mientras el liberalismo clásico era progresista, el neoliberalismo es totalitario y conservador.
Pero además es un fenómeno relativamente nuevo. Cincuenta años, en el terreno de la teoría, y menos de treinta, en el ejercicio del poder. Por eso digo que es anacrónico, y revela un descomunal desconocimiento de la historia, atribuir el calificativo "neoliberal" a políticas que datan de la primera postguerra, y que se incorporaron a nuestro derecho positivo en la década de los 30.
Hay un punto específico en el pensamiento y en la práctica neoliberal, que tiene que ver con el centro de esta polémica: el análisis del mercado de trabajo y las políticas que de ese análisis se derivan. Sobre ello insistiré más abajo, porque las coincidencias de MMM con ese pensamiento son, como mínimo, sospechosas.
Como interludio, y para distraernos un rato, vayamos ahora a la "segunda conspiración".
V. La "burla del salario real"
Hace muchos años, y después de muchas luchas, que las clases trabajadoras obtuvieron el derecho a la remuneración de los días feriados. Nuestro amigo 3M, consecuente con lo que podríamos llamar "visión paranoica de la historia", descubre en ello una conspiración para confiscar parte del salario. No abundo en detalles, porque para eso se ha esmerado en publicar una ingente cantidad de artículos en estas páginas. A ellos remito al lector, y a su inocente matemática de escuela primaria.
La tesis, resumida, es que al dividir el salario entre el total de días del mes (trabajados y no trabajados), se obtiene un salario diario inferior al "real" (me imagino que no habla del "salario real", término técnico bien conocido en economía, y que alude a otra cosa, sino a una especie de "salario verdadero").
¿Cuál sería la importancia de esta trampa? Según el acucioso 3M, que "…se está escamoteando el monto del pago por concepto de días de vacaciones, de prestaciones sociales y de utilidades anuales, etc."
El tema no da para mucho. No me meto a discutir el etc., por indeterminado. Sobre los otros "escamoteos", una lectura superficial de la LOT arroja los siguientes resultados:
1. Vacaciones: la Ley establece la obligatoriedad de otorgar una determinada cantidad de días hábiles de vacaciones, creciente según la antigüedad. Si son, por ejemplo, 15 días (el mínimo), el trabajador se tomará 15 días hábiles más los feriados correspondientes, y se le paga tanto el salario de los días hábiles como el de los feriados. No hay ningún escamoteo.
2. Prestaciones sociales: se calculan por el principio de "salario integral" (sueldo realmente percibido más bonificaciones más utilidades, dividido entre días del mes). No hay ningún escamoteo.
3. Utilidades: se calculan dividiendo el total de la masa de utilidades a repartir entre la masa salarial pagada, y multiplicando por el total de salarios percibido por el trabajador. Cuando se trata de utilidades convencionales se paga una quincena (completa), un mes (completo), dos meses (completos), o lo que se haya convenido. El cálculo, en ambos casos, es independiente del salario diario. No hay ningún escamoteo.
O sea, para concluir rápidamente un tema que debiera ser intrascendente, y sólo atribuible a las extravagancias de 3M, el autor vuelve a mentir. Si lo hace ex profeso o como producto de su desconocimiento de la legislación y las prácticas vigentes en el mercado de trabajo, es cosa que sólo él conoce.
Esta polémica debiera cerrarse aquí, si no fuera porque 3M, en notas anteriores, afirmó que el sistema ideal a adoptar es el norteamericano, de pago por horas efectivamente trabajadas. Y si sus artículos no estuvieran permanentemente llenos de ataques a las organizaciones de los trabajadores.
Esto me obliga a particularizar en otro tema: la concepción neoliberal de la cuestión laboral, que mostrará lo peligrosamente coincidentes que son las opiniones de 3M con las del neoliberalismo.
VI. Neoliberalismo y mundo del trabajo
El esquema conceptual básico del neoliberalismo en lo referente a la economía es, como hemos visto arriba, el paradigma neoclásico, convenientemente actualizado. En este modelo, el producto y el empleo son funciones del salario.
No es esta nota lugar para hacer un desarrollo completo del modelo. En la base del mismo se encuentra la llamada "Ley de los rendimientos decrecientes", que puede encontrarse en cualquier texto introductorio a la economía, tanto como el modelo de Equilibrio General.
La conclusión del complejo desarrollo que omitimos es la siguiente: no existe el desempleo involuntario. Si hay desempleados, es porque la tasa de salario es demasiado alta, y existe una tasa de salario más baja que garantiza el pleno empleo de todos los factores de la producción.
¿Y por qué puede ser la tasa de salario demasiado alta? Porque existen "rigideces estructurales" que "distorsionan" el mercado de trabajo y hacen inflexible el salario a la baja. Esas "rigideces estructurales" tienen un nombre: derecho laboral, protección al trabajador, y, finalmente, sindicatos.
Los sindicatos son, entonces, la distorsión fundamental, porque a través de su acción es que se imponen las "rigideces estructurales". ¿Las enumeramos? Jornada de ocho horas, remuneración de días feriados, prestaciones por maternidad (y paternidad, en los países más avanzados económica y socialmente), restricciones (o compensación) al trabajo nocturno, normas sobre trabajo insalubre, y todos los etcéteras contenidos en la legislación laboral moderna.
La ofensiva neoliberal del último treintenio (también conocida -merecidamente- como "revolución de los ricos" o "restauración conservadora") se ha ensañado especialmente con estas conquistas y lo ha hecho (sabiamente, desde su punto de vista) con la convicción de que es necesario doblegar a los sindicatos para eliminarlas.
La consigna ha sido, consistentemente, "flexibilización laboral", y la herramienta para lograrla, la eliminación de los sindicatos, o al menos, la reducción de su poder de negociación.
¿En qué consiste la "flexibilización laboral"? En reducir lo más que sea posible el salario. Por la vía del alargamiento de la jornada de trabajo (que reduce el pago de horas extras), por la de la "contratación flexible", por la de eliminación de conquistas. El objetivo es uno y sólo uno: la flexibilización del salario, para lograr su baja, ya que al "alto" nivel de salarios se le atribuye el desempleo.
A treinta años de esta ofensiva pueden juzgarse sus resultados. El desempleo aumentó (en pocos países de nuestro continente baja de dos dígitos), aumentó la informalidad (desempleo autofinanciado) y se deterioraron con fuerza las condiciones de trabajo. El correlato era de esperarse (para cualquiera que no haya sido presa del pensamiento único): el mercado ha venido estrechándose y la caída del consumo arrastró al PIB. Si en los años del "pacto keynesiano" (los treinta gloriosos", llaman los franceses a ese período que duró desde la postguerra hasta mediados de los 70) las economías maduras crecían a un 5% anual, en promedio, y las "emergentes" hasta un 10%, hoy es motivo de alegría que lo hagan a más del 2% anual.
La revolución de los ricos genera pobreza, y lo hace a escala planetaria. ¡Y nuestro amigo 3M nos propone imitarla! Nos propone, por ejemplo, eliminar las prestaciones por maternidad, para que la mujer ocupe el lugar que le corresponde (kinder, küche, kirchen). Nos propone eliminar el pago de los días feriados y no laborables (igual que en USA). Y a eso le llama progreso.
Le contesto con palabras de un gran poeta argentino, Leopoldo Marechal: "cuando oigo la palabra 'progreso', siento un profundo escozor en la vejiga y me meo torrencialmente en el progreso".
San Carlos, Cojedes, Venezuela, 25/10/2003