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Años más tarde, estudiaría en otros colegios privados de órdenes religiosas en las localidades andaluzas del Palo de Málaga y de Utrera (Sevilla). En el año 1926 inicia en la universidad de Granada, los estudios de la carrera de Derecho. Allí llegó a conocer a otro insigne poeta: Federico García Lorca, con quien entabla una buena amistad. Tiene Rafael, -a decir de algunos de sus estudiosos-, una impregnación del estilo poético de García Lorca que se rezuma a través de toda su obra. En el año 1931 con la caída de la monarquía, se instala en España la II República, y el joven Rafael no parece que la recibe con hostilidad, a pesar de su procedencia de linajes propicios a la monarquia. Lo que sí quedó claro y se trasluce a través de su obra poética, la distancia crítica con la que observa al mundillo de la nobleza. No se conoció que Rafael ejerciera trabajo alguno relacionado con sus estudios universitarios, pues se dedicó a vivir de las holgadas rentas paternas, gastando sus dineros en asistir a los cafés cantantes y teatros de variedades de Sevilla La obra poética de Rafael de León, queda dividida en esos dos grandes apartados: poesías propiamente dichas, y Hacia el final de su dilatada carrera de letrista, escribió para los cantantes Nino Bravo, Raphael y Rocío Dúrcal; y una de sus letras ganó el primer premio del Festival de la Canción de Benidorm, el año 1965 bajo el título de "La luna de Benidorm". |
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Mira cómo se me pone
la piel, cuando te recuerdo...
Por la garganta me sube
un río de sangre fresco,
de la herida que atraviesa,
de parte a parte mi cuerpo.
Tengo clavos en las manos,
y cuchillos en los dedos,
y en mi sien, una corona
hecha de alfileres negros.
Mira cómo se me pone
la piel ca vez que me acuerdo
que soy un hombre casao
¡y sin embargo, te quiero!
Entre tu casa y mi casa
hay un muro de silencio;
de ortigas y de chumberas,
de cal de arenas y de viento,
de madreselvas oscuras
y de vidrios en acecho.
Un muro para que nunca
lo pueda saltar el pueblo,
que anda rondando la llave
que guarda nuestro secreto.
Y yo bien sé que me quieres,
y tú sabes que te quiero,
y lo sabemos los dos,
y nadie puede saberlo...
¡Ay, pena, penita, pena
de nuestro amor en silencio!
¡Ay, qué alegría, alegría
quererte como te quiero!
Cuando por la noche a solas,
me quedo con tu recuerdo,
derribaría la pared
que separa nuestro sueño.
Rompería con mis manos
de tu cancela los hierros
con tal de verme a tu vera,
tormento de mis tormentos,
y te estaría besando
hasta quitarte el aliento.
Y luego... ¡qué se me da
quedarme en tus brazos, muerto!...
¡Ay, qué alegría y qué
pena
quererte como te quiero!
Nuestro amor es agonía,
luto, angustia, llanto, miedo,
muerte, pena, sangre, vida,
luna, rosa, sol y viento.
Es morirse a cada paso
y seguir viviendo, luego,
con una espada de punta
siempre pendiente del techo.
Salgo de mi casa al campo
sólo con tu pensamiento,
por acariciar a solas
la tela de aquel pañuelo
que se te cayó un domingo
cuando venías del pueblo,
y que no te he dicho nunca,
mi vida, que yo lo tengo;
y lo estrujo entre mis manos
lo mismo que un limón nuevo,
y miro tus iniciales,
y las repito en silencio
para que ni el campo sepa
lo que yo te estoy queriendo...
Ayer, en la Plaza Nueva,
- vida, no vuelvas a hacerlo-
te vi besar a mi niño,
a mi niño, el más pequeño,
y cómo lo besarías,
¡ay, Virgen de los Remedios!
que fue la primera vez
que a mí distes un beso.
Llegué corriendo a mi casa
alcé mi niño del suelo
y, sin que nadie me viera,
como un ladrón en acecho,
en su cara de amapola
mordió mi boca tu beso,
¡Ay, qué alegría y qué
pena
quererte como te quiero!
Mira: pase lo que pase,
aunque se hunda el firmamento,
aunque tu nombre y el mío
lo pisoteen por el suelo,
y aunque la tierra se abra,
aun cuando lo sepa el pueblo
y pongan nuestra bandera
de amor a los cuatro vientos,
¡sígueme queriendo así
tormento de mis tormentos!
¡Ay, qué alegría y qué
pena
quererte como te quiero!
Romance de aquel hijo que no tuve contigo
Hubiera podido ser
hermoso como un jacinto
con tus ojos y tu boca
y tu piel color de trigo,
pero con un corazón
grande y loco como el mío.
Hubiera podido ir,
las tardes de los domingos,
de mi mano y de la tuya,
con su traje de marino,
luciendo un ancla en el brazo
y en la gorra un nombre antiguo.
Hubiera salido a ti
en lo dulce y en lo vivo,
en lo abierto de la risa
y en lo claro del instinto,
y a mí... tal vez que saliera
en lo triste y en lo lírico,
y en esta torpe manera
de verlo todo distinto.
¡Ay, qué cuarto con juguetes,
amor, hubiera tenido!
Tres caballos, dos espadas,
un carro verde de pino,
un tren con cuatro estaciones,
un barco, un pájaro, un nido,
y cien soldados de plomo,
de plata y oro vestidos.
¡Ay, qué cuarto con juguetes,
amor, hubiera tenido!
¿Te acuerdas de aquella tarde,
bajo el verde de los pinos,
que me dijiste: -- ¡Qué gloria
cuando tengamos un hijo! ?
Y temblaba tu cintura
como un palomo cautivo,
y nueve lunas de sombra
brillaban en tu delirio.
Yo te escuchaba, distante,
entre mis versos perdido,
pero sentí por la espalda
correr un escalofrío...
Y repetí como un eco:
"¡Cuando tengamos un hijo!..."
Tú, entre sueños, ya cantabas
nanas de sierra y tomillo,
e ibas lavando pañales
por las orillas de un río.
Yo, arquitecto de ilusiones
levantaba un equilibrio
una torre de esperanzas
con un balcón de suspiros.
¡Ay, qué gloria, amor, qué
gloria
cuando tengamos un hijo!
En tu cómoda de cedro
nuestro ajuar se quedó frío,
entre azucena y manzana,
entre romero y membrillo.
¡Qué pálidos los encajes,
qué sin gracia los vestidos,
qué sin olor los pañuelos
y qué sin sangre el cariño!
Tu velo blanco de novia,
por tu olvido y por mi olvido,
fue un camino de Santiago,
doloroso y amarillo.
Tú te has casado con otro,
yo con otra hice lo mismo;
juramentos y palabras
están secos y marchitos
en un antiguo almanaque
sin sábados ni domingos.
Ahora bajas al paseo,
rodeada de tus hijos,
dando el brazo a... la levita
que se pone tu marido.
Te llaman doña Manuela,
llevas guantes y abanico,
y tres papadas te cortan
en la garganta el suspiro.
Nos saludamos de lejos,
como dos desconocidos;
tu marido sube y baja
la chistera; yo me inclino,
y tú sonríes sin gana,
de un modo triste y ridículo.
Pero yo no me doy cuenta
de que hemos envejecido,
porque te sigo queriendo
igual o más que al principio.
Y te veo como entonces,
con tu cintura de lirio,
un jazmín entre los dientes,
de color como el del trigo
y aquella voz que decía:
"¡Cuando tengamos un hijo!..."
Y en esas tardes de lluvia,
cuando mueves los bolillos,
y yo paso por tu calle
con mi pena y con mi libro
dices, temblando, entre dientes,
arropada en los visillos:
"¡Ay, si yo con ese hombre
hubiera tenido un hijo!..."
¿Te acuerdas de aquella copla,
que escuchamos aquél día,
sin saber quién la cantaba,
ni de qué rincón salía?
Qué ángel, que estilo
Qué sentimiento y qué voz;
creo que se nos saltaron
las lágrimas a los dos;
"Toito te lo consiento,
menos faltarle a mi madre...
"Que una madre no se encuentra
y a ti te encontré en la calle".
No vayas a creerte que esto
va con intención;
pues sabes bien que por ti,
tengo clavado en el corazón,
el querer más puro y bueno
que ningún hombre sintiera,
por la que Dios, Uno y Trino,
le diera por compañera
pero me gustó la copla,
y entra bien por "soleares".
"Toito te lo consiento,
menos faltarle a mi madre",
Y me he enterado, casualmente,
que tú le faltaste ayer,
y nadie me lo ha contado,
pero yo lo sé;
que tengo mis amores,
entre dos carinos repartidos,
que si encuentro a uno llorando,
es que el otro lo ha ofendido;
y mira que no me canso
de tus caprichos constantes;
¿quieres un vestido?; ¡Catorce!,
¿quieres un reloj?; ¡De brillantes!
ni me importa que la gente
vaya de mí murmurando;
que si soy pa ti un muñeco:
que si me has quitado el mando,
que en la diestra y la siniestra,
tienes un par de agujeros,
por donde se van al mar,
los ríos de mi dinero.
¿Y a mi qué?
Con tal de que a mi vera
tú jamás te me separes.
"Toito" te lo consiento,
menos faltarle a mi madre.
Porque ese mimbre,de luto
que no levanta su voz,
que en seis años no ha tenido
contigo ni un sí ni un no.
Que anda como una pavesa
que no gime ni suspira,
que se le llenan de gloria
los ojos, cuando nos mira,
Que me crió con su sangre.
Que me llevó de la mano,
para que me santiguase
como buen cristiano,
que en las cancelas del hijo,
consumió su juventud,
cuando era cuarenta veces
mucho más guapa que tú
Tienes que hacerte de cuenta,
que la viste en los altares,
y ponerte de rodillas,
antes de hablarle a mi madre;
Porque este amor que te tengo
se lo debes a su amor.
Que yo me casé contigo
porque ella me lo mandó.
Conque a ver si tu conciencia,
se aprende esta copla mía,
muy semejante a aquel cante.
que escuchamos aquel día
sin saber quién lo cantaba,
ni de qué rincón salía.
A la madre de mi alma,
la quiero desde la cuna;
por Dios, no me la avasalles,
que madre, no hay más que una,
y a ti te encontre en la calle.
........................................
Me
lo contaron ayer
Me lo contaron ayer
las lenguas de doble filo,
que te casaste hace un mes,
y me quedé tan tranquilo...
Otro cualquiera en mi caso,
se hubiera echao a llorar;
yo, cruzandome de brazos,
dije que me daba igual.
Nada de pegarme un tiro
ni enredarme en maldiciones,
ni apedrear con suspiros
los vidrios de tus balcones.
¿Que te has casao? ¡Buena suerte!
Vive cien años contenta,
y a la hora de la muerte
Dios no te lo tenga en cuenta.
Que si al pie de los altares
mi nombre se te borró,
por la gloria de mi madre
que no te tengo rencor.
Porque sin ser tu marío,
ni tu novio, ni tu amante,
soy el que mas te ha querio;
con eso tengo bastante.
Y haciendo un poco de historia,
nos volveremos atras,
para recordar la gloria
de mis dias de chaval.
¿Que tiene el niño Malena?
Anda como transtornao,
le encuentro cara de pena
y el colorcillo quebrao.
Y ya no juega a la tropa,
ni tira piedras al rio,
ni se destroza la ropa
subiendose a cojer níos.
¿No te parece a ti extraño?
¿No es una cosa muy rara
que un chaval de doca años
lleve tan triste la cara?...
Mira que soy perro viejo,
y estás demasiá tranquila.
¿quieres que te de un consejo?
Vigila, mujer, vigila.
(y fueron dos centinelas
los ojitos de mi mare.)
Cuando sale de la escuela,
se va por los olivares.
¿Y que es lo que busca allí?
Una niña. Tendrá el mismo
tiempo que él.
José Miguel, no le riñas,
que esta empezando a querer.
Mi pare encendió un pitillo,
se enteró bien de tu nombre
y te compró unos zarcillos
y a mi un pantalón de hombre.
Yo no te dije: «¡Te adoro!»,
pero amarré en tu balcon
mi lazo de seda y oro
de primera comunión.
Y tu, fina y orgullosa,
me ofreciste en recompensa
dos cintas de color rosa
que engalanaban tus trenzas.
«Voy a misa con mis primos.»
«Bueno; te veré en la ermita.»
Y que serios nos pusimos
al darle el agua bendita.
Mas luego, en el campanario,
cuando rompimos a hablar.
Dice mi tita Rosario
que la cigueña es sagrá,
y el colorín y la fuente,
y las flores y el rocío,
y aquel torito valiente
que esta bebiendo en el rio,
y el bronce de esta campana,
y el romero de los montes,
y aquella cinta lejana
que le llaman horizonte.
Todo es sagrao, cielo y tierra,
porque too lo hizo Dios.
¿Que te gusta más? ¡Tu
pelo!
¡Que bonito te salió!
Pues... tu boca, y tus brazos,
y tus manos redonditas,
y tus pies fingiendo el paso
de las palomas zuritas.
Con la pureza de un copo
de nieve te comparé,
te revestí de piropos
de la cabeza a los pies.
A la vuelta te hice un ramo
de pitiminí precioso.
Y luego nos retratamos
en el aguita del pozo.
Y hablando de estas pamplinas
que se inventan las criaturas,
llegamos hasta la esquina
agarraos por la cintura.
Yo te pregunté: «¿En que
piensas?»
Tu dijiste: ¡En darte un beso!
Y yo senti una verguenza
que me caló hasta los huesos.
De noche, muertos de luna,
nos vimos por la ventana.
¡Chis!... Mi hermanito está en
la cuna;
le estoy cantando la nana:
«Quitate de la esquina,
choquillo loco,
que mi mare no quiere
ni yo tampoco.»
Y mientras tu cantabas,
yo inocente pense
que nos casaba la nana
como a mario y mujer.
¡Pamplinas! Figuraciones
que se inventan los chavales;
despues la vía se impone:
tanto tienes, tanto vales.
Por eso yo, al enterarme
que llevas un mes casá,
no dije que iba a matarme,
sino que me daba igual.
Mas como es rico tu dueño,
te vendo esta profecía:
Tu, cada noche, entre sueños,
soñaras que me querias
y recordaras la tarde
que tu boca me besó.
Y te llamarás ¡cobarde!,
como te lo llamo yo,
y verás, sueña que sueña,
que me mori siendo chico.
Y se llevó una cigueña
«mi corazón en el pico».
Pensarás: No es cierto nada.
Yo sé que lo estoy soñando.
Pero allá en la madrugada
te despertarás llorando
por el que no es tu marío,
ni tu novio, ni tu amante,
sino el que mas te ha querío;
con eso tengo bastante.
Por lo demás, to' se orvía.
Verás como Dios te envia
un hijo como una estrella.
Avísame de seguida;
me servirá de alegria
cantarle la nana aquella:
«Quitate de la esquina,
chiquillo loco,
que mi mare no quiere
ni yo tampoco.»
Pensarás: no es cierto nada.
Yo sé que estoy soñando.
Pero alla en la madrugada
te despertarás llorando
por el que no es tu marío,
ni tu novio, ni tu amante,
sino el que mas te ha querío;
con eso tengo bastante.