Olimpia moderna, Cezanne (fragmento)

ASPECTOS DEFINITORIOS

EL MEJOR ROMANTICISMO

El modernismo  fue, en muchos aspectos, el enterrador del romanticismo. A pesar de ello, y contradictoriamente, éste movimiento dejó profunda huella en Darío y su generación. Estos hechos ambivalentes se deben a que; por un lado, el movimiento romántico en lengua española no significó la revolución estética y vital que representó en la mayoría de los países europeos. Nuestro romanticismo fue ante todo un romanticismo de superficie; por ejemplo, en el campo de lenguaje y su renovación no hubo un cambio, se continuó con una construcción castiza y encorcetada de las frases y los versos. En el campo vital, la ruptura emotiva, a veces visceral, del héroe baironiano con la sociedad de su época no se dio o se dio de manera superficial, por ejemplo, todos nuestros poetas románticos mexicanos fueron hombres de estado (Justo Sierra, Altamirano), nada más contradictorio con la condición contestataria y contracorriente de Baudelaire o Byron.

El modernismo, consciente de la necesidad de llevar ese cambio en las letras en lengua española rompió con todo lo que representara mediocridad, conformismo, falta de imaginación, falta de creatividad, y todo ello se encontraba precisamente el las generaciones previas a ellos: en el romanticismo y en el realismo. Por otro lado, muchas de las actitudes vitales románticas, encarnadas en Poe, Baudelaire, Byron, seguían vigentes en la medida en que las generaciones de intelectuales modernistas seguían siendo marginados de un mudo burgués, racional, ordenado y puritano. Por eso es que la inadaptación social que ven en Verlaine, Rimbaud y otro más, les parece modélico y como tal adaptan a los llamados poetas malditos en cuanto a proyecto de vida y en cuanto a proyecto de desarrollo artístico.

De todos los poetas románticos que influyen al modernismo se destacan dos figuras principalmente: Baudelaire y Bécquer. Del francés gustan de sus arranques de personalidad desafiante, su encarnación del dandi o su necrofilia. Del poeta español gustan sobre todo el tono melancólico de sus poemas, la sugerencia del sentimiento antes que la explicación del hecho.  Como ejemplos que confirmen lo dicho podemos citar el poema “Flores” de Julián del Casal que ya comentamos en nuestra antología del modernismo y “El enemigo” de Baudelaire que influyó más allá del tema mismo a Casal.

 

FLORES

 Mi corazón fue un vaso de alabastro

donde creció, fragante y solitaria,

bajo el fulgor purísimo de un astro

una azucena  blanca: la plegaria.

 Marchita ya esa flor de suave aroma,

cual virgen consumida por la anemia,

hoy en mi corazón su tallo asoma

una adelfa purpúrea: la blasfemia.

 

 

EL ENEMIGO

 Mi juventud no fue sino un gran temporal

Atravesado, a rachas, por soles cegadores;

Hicieron tal destrozo los vientos y aguaceros

Que apenas, en mi huerto, queda un fruto  en sazón.

 

He alcanzado el otoño total del pensamiento,

Y es necesario ahora usar pala y rastrillo

Para poner a flote las anegadas tierras

Donde se abrieron huecos, inmensos como tumbas.

 

¿Quién sabe si los nuevos brotes en los que sueño,

Hallarán en mi suelo, yermo como una playa,

El místico alimento que les daría vigor?

-¡Oh dolor! ¡Oh dolor! Devora vida el Tiempo,

Y el oscuro enemigo que nos rodea el corazón,

Crece y se fortifica con nuestra propia sangre.

 

Como se puede observar, en estos poemas el tema es el paso del tiempo: como hay un antes y un después; el caso de “Flores” el pasado logra salvarse en cuanto que se ve con nostalgia y con un recuerdo de que fue bueno, para “El enemigo” el resultado es tan negativo en el antes como en el después. Ambos comparan sus vidas y logros con flores o frutos, terminan sus poemas con un tono  amenazante: la muerte, la maldad.

En el caso de la influencia de Bécquer podemos señalar varios poemas en los que el autor español habla oblicuamente de sus sentimientos, de su spleen, veamos sólo uno, la rima 68:

 

LXVIII

No sé lo que he soñado  

en la noche pasada.  

Triste, muy triste debió ser el sueño, 

pues despierto la angustia me duraba.  

Noté al incorporarme  

húmeda la almohada,  

y por primera vez sentí al notarlo  

de un amargo placer henchirse el alma.  

Triste cosa es el sueño  

que llanto nos arranca;  

mas tengo en mi tristeza una alegría...  

¡Sé que aún me quedan lágrimas!  

 

 

        Si lo comparamos con los poemas de Juan Ramón Jiménez y Ramón López Velarde que citamos en la sección dedicada a comentar el simbolismo, es evidente que la influencia del romántico español en estos dos modernistas es irrecusable. Por un lado tenemos un ambiente similar en los tres poemas: los espacios cerrados y nocturnos, el estado febril típico del enfermo y representado por el sudor del yo poético. La confusión respecto del sentimiento: el no saber la causa última de su estado y una ligera, en Velarde y Jiménez, alusión a la pasión amorosa no resuelta.

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