CAPÍTULO TRES: CARA A CARA
Segunda Parte
Vida vs. Muerte
Si algo define a la sociedad española de posguerra, después de la pobreza, es la violencia. Ciertamente han quedado atrás los años de máxima violencia impuestos por la guerra, pero innegablemente no está nada lejos el famoso y obtuso lema nacional de "viva la muerte". La violencia de la posguerra, la que refleja nuestras cuatro novelas, es más sutil pero no deja de ser un elemento definitorio de la conducta social. La muerte o sus sucedáneos están presentes por todas partes y ellos mismos son los deus ex machina que determinan el desarrollo de los acontecimientos en la cuatro obras que aquí analizamos.
Cara a cara se enfrentan vida y muerte, y parece, la segunda está dispuesta a no dejarse ganar la partida. La muerte como tema, mejor, como clímax de las novelas se presenta, como tantos otros elementos que ya hemos señalado, de forma simétrica en estas novelas. La vida, en cambio, sólo es una posibilidad, una luz lejana que promete surgir o sólo ser una imaginación, un efecto óptico. La muerte, como elemento definitorio de la trama, enfrenta su rostro en El fulgor y la sangre y El Jarama contra la no muerte (y no precisamente la vida) en Los bravos y Campos de Níjar.
En efecto, el hecho climático en El fulgor y la sangre y El Jarama se establece en función de la muerte del Cabo Francisco y de Lucita, respectivamente. En el primer caso la muerte aparece desde el principio y es el ambiente opresivo y ominoso que se enseñorea en toda la novela; por el otro lado, en El Jarama, la muerte aparece hasta el final y es el elemento que viene a contradecir todo el largo desarrollo de la obra: aquí, en España, en efecto, aunque la apariencia sea la contraria sí pasa algo, pasa la muerte. Más de trescientas páginas están dedicas a exponernos el aburrimiento y la vacuidad de la sociedad de posguerra, para que al final, la muerte, de manera "inopinada" nos venga a decir que en efecto en España quien define la actividad vital es la actividad de la muerte.
En las otras dos novelas no es la muerte quien define los acontecimientos narrados (1), sino que cierto ambiente necrológico rodea todos los acontecimientos. Se dan hechos, conductas en apariencia normales, que atrás guardan las razones de la muerte, lo que E. Fromm llama el síndrome de decadencia.
En efecto, los personajes principales no mueren, pero sí odian la vida. El acto de iniciación, por ejemplo, que le impone el franquismo al protagonista de Campos de Níjar le hace odiar la vida:
Si no hay nadie en quien creer, si la fe en la bondad y en la justicia no fue más que una ilusión disparatada, si la vida la gobierna el diablo y no Dios, entonces la vida se hace odiosa; ya no puede uno sentir el dolor del desengaño. Lo que se desea demostrar es que la vida es mala, que los hombres son malos, que uno mismo es malo. El creyente y amante de la vida desengañado se convertirá en un cínico y un destructor. Esa destructividad es la destructividad de la desesperación. El desengaño de la vida condujo al odio a la vida (2).
La transformación del protagonista de Los bravos (de un hombre bien intencionado a un destructor) se puede explicar a raíz de la transformación que sufre la sociedad española de posguerra, una sociedad esencialmente necrófila. Cuando un hombre es arrastrado por sentimientos de muerte, y no tiene, en su desamparada formación, fuerzas qué oponer, termina por someterse al ritmo de la personalidad destructora, al síndrome de decadencia. En el aspecto individual una persona se deja ganar por la necrofilia cuando su vida significa: "crecer entre gente que ama la muerte; carecer de estímulo; frialdad, condiciones que hacen la vida rutinaria y carente de interés". En el aspecto social es determinante:
Una situación de abundancia contra escasez, tanto económica como psicológicamente. En la medida en que la mayor parte de la energía del hombre se emplee en la defensa de su vida, o para no morir de hambre, el amor a la vida se atrofia y se fomenta la necrofilia. Otra condición social importante para el desarrollo de la biofilia es la abolición de la injusticia (3).
Como podemos ver, estas condiciones son válidas, tanto para el protagonista como para el resto de los habitantes del pueblo. Las condiciones, pues, para que se desarrolle un amor a la vida en oposición a la muerte son seguridad ("en el sentido de que no están amenazadas las condiciones materiales básicas para una vida digna"), justicia ("en el sentido de que nadie puede ser un fin para los propósitos de otro") y libertad ("en el sentido de que todo individuo tiene la posibilidad de ser un miembro activo y responsable de la sociedad"). Estas condiciones las podemos hacer más extensivas aún, y relacionarlas con las cuatro novelas. Tanto por conocimiento del contexto histórico en que se dan, como por el ambiente en que se desarrollan los acontecimientos narrados, podemos afirmar positivamente que no se dan las condiciones mínimas para el desarrollo del amor; éste se ha de rendir ante las fuerzas del tanatos.
Del par de novelas mencionadas inicialmente en este apartado podemos agregar que la muerte ahí representada, aunque en acontecimientos muy disímiles, comparte un elemento común: el miedo. Estas dos formas de escenificación del rito de la muerte, en El fulgor y la sangre y en El Jarama, tienen como origen la reacción ante un efecto previo de violencia. Violencia mayor en cuanto que constante e inevitablemente es más torturante que la muerte misma, pues ésta viene a dar fina a una prolongada agonía de sufrimiento.
El asesino en El fulgor y la sangre, aunque no lo conocemos, mata para liberarse de la angustia que le provoca la presencia de la guardia civil. No es que Sebastián Vázquez, asesino del cabo Francisco, tuviese algún conflicto personal contra este último, sino que simplemente, como afirma Aldecoa en Con el viento solano "Él se había movido toda la vida por miedo. La pereza y el miedo estaban en casi todos los actos de su vida"(4) .
Otro tanto podemos decir respecto de la muerte de Lucita en El Jarama. Desde páginas atrás ya había insinuado que, aunque el narrador no lo diga, podemos deducir que la muerte de la chica tiene menos que ver con un accidente que con el suicidio. En este caso miedo y suicido forman un binomio un tanto más complejo de explicar. Veamos.
La violencia reactiva explica Fromm, tiene su origen en el miedo y está al servicio de la vida. Es evidente que Sebastián Vázquez cree en peligro su vida y decide conservarla matando. En cambio en Lucita la reacción no es matar, sino matarse como producto de su frustración. "Encontramos conductas agresivas en animales, en niños y en adultos cuando se frustra un deseo o una necesidad. Esta conducta agresiva constituye un intento, con frecuencia inútil, para conseguir el fin fallido mediante el uso de la violencia(5)"
En otro lugar, también, ya hemos explicado que un elemento determinante de todas estas novelas es la frustración, quizá sea importante, más bien, recalcar que dicha frustración está particularmente acentuada en Lucita. Desde las primeras páginas se revela como una mujer muy molesta consigo misma y con sus amigos a causa de su marginalidad económica, principalmente. Se avergüenza de sus amigos y de sí misma, constantemente les reprocha su pobreza y a sí misma la propia. Su inconformidad es tal que usa como blanco de sus ataques su propio aspecto:
-La da vergüenza porque está muy blanca.
-¡Qué tontería!
Pero ahora le daba todavía más vergüenza tener que aparecer a la mirada de todos. Se reía, toda colorada, asomaba la cara tras el chopo.
-Iros, iros vosotros: yo saldré detrás. (El Jarama, 44 y 45)Por otro lado, tiene particular interés amoroso por Tito, pero sus remilgos la hacen deambular de la insinuación al rechazo. Su inconformidad la obliga a rechazarlo, pero su deseo por él le hace insinuares:
Se encontraron a Tito, tendido al sol en un claro de árboles. Se acercaron.
-¿Qué haces?
-Al sol. ¿Ya os salís?
-Nosotras sí -dijo Luci-. ¿Te molestamos tomar el sol aquí contigo?
-Qué tonterías se te ocurren Lucita.
-No lo sé... A lo mejor te gustaba estar solo.
Se había puesto colorada. (El Jarama, 57)Así pues, ante su frustración por no lograr lo que quiere tiene que actuar mediante el uso de la violencia, violencia en este caos tan fuertemente arraigada en sí misma y contra sí misma que termina por agredirse y matarse al querer matar a todo mundo. "El individuo impotente, si tiene una pistola, un cuchillo o un brazo vigoroso, puede trascender la vida destruyéndola en otro o en sí mismo. Así, se venga de la vida por que ésta se le niega(6)"
NOTAS A LA SEGUNDA PARTE DEL CAPÍTULO 3: VIDA VS. MUERTE
1. A pesar de que en una de estas, Los bravos, sí se da una muerte, ésta no es el clímax, ni determina los acontecimientos narrados, aunque sí los influye. Me refiero a la muerte de don Prudencio, el cacique y que ya he mencionado en otro lugar de este estudio.
2. Erich Fromm, El corazón del hombre, F.C.E., México, 1983, p. 27. El subrayado es mío; con él quiero destacar la respuesta, aparentemente extraña, que el personaje da a su desesperación y que a la luz de las palabras de Fromm cobran un sentido clarísimo. Cf. la cita de Campos de Níjar hecha en la página 23 de este trabajo.
3. E. Fromm, Op. cit., pp. 54 y 55
4. Citado por Eugenio G. de Nora en la nota al pie número 46 de la página número 305 de su libro La novela española contempo-ránea. Cf.
5. E. Fromm, Op. cit., p. 23
6. E. Fromm, Op. cit., p. 29. El subrayado es del autor. Este sentimiento de impotencia y frustración creo que ya ha quedado ampliamente demostrado cuando en la página 33 del capítulo 2 transcribí el incidente entre