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El emir Pervana preguntó: "¿Por qué habré sido objeto de tantas gracias y bienaventuranzas por parte de nuestro Maestro? No las esperaba ni tuve jamás esa inquietud. No me considero digno, ni siquiera, de permanecer con las manos juntas, día y noche entre los servidores de su sé­quito. Sin embargo ¡cuán grandes fueron las gracias recibidas!"

El Maestro respondió: "Te hemos distinguido por ha­ber procurado siempre lo más alto. Porque a pesar de tu muy noble y eminente jerarquía, a pesar de la importan­cia de tus cargos, es tanta tu buena voluntad que, conside­rándote con humildad, no estás satisfecho de ti mismo y te impones innumerables obligaciones. Por eso, y aún cuando nuestro corazón estuvo siempre a tu servicio, que­remos honrarte además, en una forma exterior. Debes saber que también la forma posee un cierto valor por estar asociada con el centro del ser: así como se es impotente sin huesos, así es necesaria la piel. Si se planta en la tierra un grano sin su piel, no germinará, pero si se lo siembra con ella se convertirá en un gran árbol. Por eso el cuerpo tiene gran importancia y es totalmente imprescindible, sin él no podemos alcanzar nuestro propósito.

¡Sí, por Dios! Lo esencial es comprender el verdadero sentido y transformarse uno mismo en el verdadero sentido. Si se afirma: "Dos rakats de oración valen más que el mundo material y todo lo que contiene"[1], muchos no comprenderán. Pero aquél que considera que olvidar dos rakats de oración es más grave que perder el mundo ente­ro y todo lo que le pertenece, ese comprenderá.

 

Un derviche visitaba a un rey[2], y el rey lo saludó: "Oh, asceta!".

El otro le respondió: "El asceta eres tú".

El rey preguntó: "¿Cómo podría ser yo un asceta cuando el mundo entero me pertenece?".

"No es así, tú ves las cosas al revés -respondió el derviche-. Este mundo mate­rial, el otro mundo y la propiedad de todas las cosas, todo eso me pertenece a mí: Mientras tú te conformas con un bocado y un hábito, yo elegí la totalidad del mundo".

 

"Donde quiera que vuelvas tu rostro, allí estará el Ros­tro de Dios"[3]. Ese Rostro está siempre presente, es ac­tual, continuo y eterno. Los amantes de Dios se sacrifi­can por El sin pedir nada en cambio, los otros no son más que bestias.

El Maestro dijo: "Inclusive no siendo más que bestias son, sin embargo, dignos de recibir un cierto bienestar; es­tando en el establo son, por lo tanto, objeto de los cuida­dos del amo del establo. Sí El así lo desea puede transfe­rirlos a otro sitio del mismo modo en que, haciéndoles surgir de la nada, los hizo aparecer entre los que existen. El los transporta desde el establo de la no existencia al del orden mineral, del orden mineral al orden vegetal, del or­den vegetal al orden animal, del orden animal al orden hu­mano, del orden humano al orden angelical, y así sucesivamente hasta el infinito[4]. El manifestó todo es­to a fin de que se reconociera que tiene muchos establos jerárquicamente clasificados. "Capa sobre capa, pero, ¿por qué no creen en eso?"[5]. Dios manifestó estos órdenes a fin de hacernos conocer los grados que aún nos fal­ta recorrer y no para que se los niegue diciendo: "Esto es todo lo que existe".

El artista muestra su arte y su talento a fin de que se crea en él y en su capacidad. De la misma forma, cuando un rey ofrece a alguien presentes y vestiduras honorables, y le testimonia su afecto, es porque a partir de en­tonces los súbditos se esfuerzan y preparan otras bolsas esperando nuevos dones. Si ellos se contentaran con lo que ya recibieron, el rey jamás les otorgarla nuevos dones.

El verdadero asceta es aquél que tiene el fin siempre ante sus ojos. Los hombres del mundo[6] son aquellos que no ven más allá del establo. En cuanto a los privilegia­dos, los iniciados, ya no ven ni el fin ni el establo, por el contrario, contemplan solamente el origen y lo reconocen en cada cosa.

 

El hombre sabio, si siembra trigo, sabe que será trigo lo que ha de germinar; lo mismo sucederá con la cebada, el arroz, etc. El prevé el fin a partir del origen: toda vez que ha conocido el origen, no considera más el fin, sin embar­go, todo fin es claro para él.

 

El dolor guía al hombre. En tanto el dolor -la pasión o el deseo por una cosa- no surja en su corazón, jamás le será posible realizar sus deseos en este mundo ni en el otro. Hasta no sentir María los dolores del parto, no se encaminó hacia el árbol de la felicidad. "Los dolores del parto la hicieron dirigirse hacia el tronco de la datilera"[7]. Ese dolor la impulsó hacia el árbol, y éste, que estaba seco, produjo frutos. El cuerpo es semejante a María, y cada uno lleva en él un Jesús. Si experimentamos ese do­lor en nosotros, nuestro Jesús nacerá, pero si no lo sentimos, Jesús, por su camino secreto, regresará a su origen privándonos de sus beneficios.

 

Mientras nuestra naturaleza corporal esté satisfecha, el alma, en su fuero interno, permanecerá en la indigencia. El demonio está saturado de alimentos, pero Gabriel permanece en ayunas.

Busca remedio en tanto tu Jesús esté en la tierra, pues una vez que El haya partido hacia el cielo, tu remedio ha­brá desaparecido.[8]

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[1] Tradición profética, relatada por al-Munawi, Kunuz, p. 67.

[2] Ibn Khallikan informa en el Wafayat al-A'yan, No 504, de esta histo­ria, como siendo la de al-Fudail ibn 'lyad y el Califa Haroun ar-Rashid. Cf. igualmente Tadhkirat al-awliya, ed, de Leyde, 1, p. 251, y Sana'i, Hadiqa, p. 645 (ed. de Teherán por Razawil.

[3] Corán, II, 115.

[4] Cf. Mathnawi, I I I, 3901 sg; IV, 3647 sig., etc.

[5] Corán, LXXXIV, 19-20.

[6] No ven el fin.

[7] Corán, IXI, p. 23.

[8] Cita del poeta Khaqani (ob. circa 1200).

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