He vuelto a ese acantilado olvidado
para sentarme en su borde escarpado…
El Sol, rojo de poniente, entre nubes
sigue despidiéndose como hace años…
Y esas olas, ya no son como eran
de espuma blanca y brumosa
que ahora son de espera y tiempo.
Y el Viento, húmedo y picante,
empapa poco a poco las ropas de viaje,
ensortija el pelo y, disimulando, disimulando,
dibuja lágrimas de sal en el rostro…
Se repite la imagen, y es siempre solo,
como esperando sin esperar…
¿Cómo esperar dónde ya no hay nadie por llegar?
Y no llega nadie… y nadie está ya.
Solo el sol rojo despidiéndose
de las olas del mar.