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Alardea la villa
de Feria de haber robado los roqueros de la sierra a los bravos alcotanes,
y con el tiempo cubrió con su toquilla blanca y con verdes olivas la
desnudez de las crestas de su cumbre. Y es que Feria está, donde tenía que
estar. Ni quiso ni pudo bajar a la llanura. Ondea a los cuatro vientos el
pendón de su castillo sobre el verde mar de los Barros. Y se recrea hoy
con la mirada amplia, puesta en la campiña extremeña.
Feria es Feria y su castillo; no
puede desprenderse de él; nunca pudo vivir el uno sin el otro, como pareja
de ensueño. Se lo ha marcado así su propio destino, desde que el hombre
prehistórico pisó estas tierras. Tomaron aquí asiento pequeños grupos que
penetraron por el valle del Guadajira en épocas neolíticas, y ocuparon las
crestas del borde festoneado que dominan las ricas vegas de la llanura. El
eminente alcor que hoy ocupa la fortaleza actuó como un semáforo que
atrajo la mirada de sucesivas culturas. Desde el calcolítico este empinado
cueto ejerció una poderosa seducción. Lugar para ver sin ser visto,
atalaya de control, defensa y refugio de huestes medievales. Los estudios
arqueológicos que se realizan en la actualidad sobre estos poblados así lo
demuestran. Después llegaría la incertidumbre de la época prerromana, de
la que se dice, sin fundamento ni demostración arqueológica, que sobre
este cueto se levantaría la Seria celta y un primer castro, que después
aprovecharían los romanos.
Así, en el transcurso del
tiempo, el mítico cono rocoso se vio coronado de una primitiva defensa
medieval ya en dominio musulmán, marcando el destino de aquella pequeña
aldea, la Seridja mora, que después fuera la villa de Feria. Fue en los
comienzos del siglo XI, cuando Al-Aftas, fundador de la Taifa de Badajoz,
se preocupó de reparar y ampliar las defensas de Feria, y otras
fortalezas, dotándolas de instalaciones adecuadas para hacerlas efectivas
contra los reyezuelos de Córdoba, Carmona y Sevilla. Se incorporaba así a
la línea de cobertura de Sierra Morena que se prolongaba por el Castellar
de Zafra, Reina, Montemolín y Tentudía. Los mechones cuarcíticos del
apuntado cono se vieron desde entonces resaltados por la silueta coronada
de los adarves de sus murallas y de su primera torre defensiva.
Pasó el tiempo y se cumplió la
Reconquista, y de nuevo el mítico lugar volvió a seducir el sueño de la
nobleza medieval. Un astuto señor, don Lorenzo Suárez de Figueroa, Maestre
de Santiago, fijó su mirada en aquella fascinante defensa para asentar
allí las bases, tantas veces soñadas, de un poderoso feudo: el Señorío de
Feria, que le sería concedido a su hijo, don Gómez, por Enrique III, en
1394.
Por su posición estratégica aquella primera
fortaleza es considerada punto clave para la defensa de sus territorios,
pero la torre y los elementos defensivos no cumplían las exigencias
estratégicas modernas, y el Primer Conde, don Lorenzo, en 1460, acometió
unas profundas reformas que concluyeron con su nieto, el Tercer Conde, en
1513, aprovechando las partes más fortalecidas de las antiguas murallas.
El resultado final logró la imagen que ha llegado hasta nosotros: una
fortaleza roquera que ocupa unos 7.000 metros cuadrados, con una plaza de
armas, dividida en dos sectores por un cuerpo de cortinas en línea, a
caballo de las cuales se alza, majestuosa e impresionante, la torre del
homenaje, de 40 metros de altura y 18 de lado.
El recinto amurallado de sólida fábrica de
mampuesto de cal y piedra, de casi tres metros de anchura, se dota de
torres redondeadas que avanzan al exterior en el sector meridional,
mientras las del sector norte son cuadradas, denotando su origen árabe; y
se recorre todo el perímetro por adarve o paseo de ronda. La torre emerge
de manera arrogante, de cuatro cuerpos, con ventanas distribuidas de forma
irregular, y saeteras, más para dar luz interior que con fines defensivos.
En su fábrica se aprecia la evolución moderna del gótico militar. Se
corona con canes y llaman la atención sus esquinas redondeadas, solución
que para Edwar Cooper se conecta con las fortificaciones de la zona de
Madrid, elemento que soluciona la línea de canes que la coronan y
fortalece los empujes interiores, al propio tiempo que la hace menos
vulnerable. Presenta una bella portada gótica de influencia portuguesa con
puntales rematados por hojas de higuera, símbolo de la Casa de los Feria,
y estaba recorrida por una inscripción epigráfica que al faltar gran parte
de las dovelas originales no es posible descifrar. El cuerpo de la torre
queda embellecido por dos de sus ventanas que se enmarcaron y geminaron
con caprichosa celosía flamígera. Sobre la entrada un matacán
sobresaliente es sostenido por alargados modillones.
Su interior se compartimenta
de igual forma en las tres plantas, siendo más noble la primera, que
parece dispuesta para residencia: solería de ladrillo y olambrillas
vitrificadas, frisos de yesería mudéjar, ventanales de celosía gótica y
parteluces, con poyos ventaneros a ambos lados al modo cortesano, cierres
de alamud o tranco y una chimenea de amplio hogar que facilitaba la
calefacción en las dos primeras plantas. El sótano serviría de almacén,
con entradas y salidas para evacuar, y un aljibe para el abastecimiento de
la torre.
Los testimonios
epigráficos, que aparecen en todo el conjunto, además de los indicados,
hacen referencia a los condes que intervinieron en su construcción: una
banda decorativa exterior y esgrafiada
recorre perimetralmente el cuerpo de la torre, en la que se representan
los símbolos heráldicos de los Suárez de Figueroa y de las tres casas con
quienes entroncaron los tres primeros condes: hoja de higuera, alón armado
de los Manuel, y lobo pasante y estrella de ocho puntas de los Osorio y
Roja. Sobre el cubo circular, que protege la entrada de la plaza de armas,
se encuentra una piedra armera que repite los muebles (alón y león
rampante) con hoja de higuera, enlace del Primer Conde con doña Maria
Manuel.
El sistema de aguada es
perfecto: dos aljibes que almacenan las aguas de filtración y de
superficie abastecen ambos sectores de la plaza de armas; mientras el
abastecimiento interior es más complejo: sobre el terrado se construyeron
dos depósitos cilíndricos que recogen las aguas llovedizas uno de los
cuales queda para servicio de las dependencias superiores, mientras el
otro manda el agua por tubería, empotrada en el muro, al gran aljibe
situado en el sótano, para abastecer las dependencias inferiores. Este
aljibe está dotado de desagüe para evitar el rebosamiento, y entrada para
ser abastecido manualmente desde el exterior mediante el acarreo de agua,
en caso de necesidad. Quedaban, de esta forma, cubiertos los servicios
exteriores e interiores.
El criterio defensivo estaba, pues, concebido
para garantizar el refugio y la defensa gradual. A las fragosidades
naturales de su propia ubicación, ahora se une su recinto amurallado con
sus torres comunicadas por el paseo de ronda. Perdido el sector sur, el
más vulnerable, se haría frente desde la zona norte con su muralla
transvérsal y la propia torre, ayudándose, en opinión de Cooper, con el
foso tallado en la roca, que aún se aprecia. Si el patio norte fuera
tomado, quedaría como reducto la torre del homenaje. Dificultaría el
último asalto al edificio la entrada en recodo y la ladronera o matacán,
situado sobre la portada. Por lo demás, no dispone de otros elementos
defensivos como troneras, merladuras y almenajes. En el caso de Feria no
parece que existieran minas o corredizos subterráneos, en cambio, se dotó
a cada sector del patio con dos entradas o poternas para acceder de forma
discreta por el costado este de la muralla.
Terminada su reconstrucción
la nueva fortaleza se convirtió en elemento clave en la articulación
defensiva del Condado, con visualización perfecta con los otros tres
castillos defensivos de Zafra, Villalba y Nogales, que guardan las
distancias itinerarias apropiadas, no más de media jornada.
Vigilante, confidente mudo de tantos sueños
y con el eco aún reverberante entre sus muros del grito de los neblíes y
los azores que esperan la voz de ataque del halconero del Duque; testigo
de continuos sobresaltos, en una época de enfrentamientos con el país
vecino de Portugal o de frecuentes luchas internas y banderías entre la
nobleza, el Castillo de Feria ha sido el centinela y el refugio de los
pobladores de esta sierra. Tantas incursiones, asaltos, devastaciones y
quema de mieses fueron la pesadilla de los villanos en una época de
tremendas convulsiones políticas, pero desde que el legendario cueto se
remató con este gigante atalayero, los vecinos se sintieron más seguros y
protegidos.
El pronunciado alcor, que ya escogieron
los primeros pobladores de esta tierra, ha marcado desde tiempos remotos a
sus moradores; allí se atrincheraron y no quisieron bajar a la llanura.
Pero llegó el terror de la máquina bélica de los franceses, que lo
inutilizaron en 1811, y el gigante centinela quedó abandonado, destrozado
y profanado. Hoy, después del devastador momento de la Guerra de la
Independencia y estar sometido a la incuria del propio pueblo, las
actuaciones que se llevan a cabo por el Programa Alba Plata, ha permitido
recuperar su primera planta. El firme propósito de la Administración
Regional y Ayuntamiento de establecer un centro de investigación con
documentación microfilmada de los Archivos de Medinaceli, y poner en
servicio todo el edificio, logrará que el viejo atalayero alce de nuevo
soberbia su frente y el centinela haga su ronda por el adarve, enarbolando
su ballesta, esta vez, en la guarda de otro tesoro: el patrimonio y la
cultura del pueblo de Feria.
© Jose Muñoz Gil , 1999. Queda prohibida la reproducción de la información gráfica y escrita
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