8 La máquina                   12 Rescate

9 Duelo                            13 Derrumbe

10 Despertar                    14 Escape

11 En la oscuridad

 

Cáp. 8 – La máquina

 

Vlojo volvió de ir a buscar agua al río y en el acto notó que faltaba el troga herido. Se apresuró a despertar a Glidria y Trevla. Mientras ellos dormían un poco luego de haber hecho guardia toda la noche, Grenio había logrado levantarse y salir del campamento sin hacer ruido. Glidria estaba sorprendido, porque a pesar de su aviso de la noche anterior, no había imaginado que tuviera fuerzas para caminar. También estaba enfadado, porque se iba a meter en líos y los dejaba afuera.

Vlojo y Trevla se pusieron a discutir entre ellos. Ese troga tenía el brazalete que le había entregado Fretsa. Si su jefa se enteraba de que lo habían dejado ir a enfrentarse con los kishime sin ayuda, se iba a enojar mucho.

–Oigan, jóvenes –interrumpió Glidria, colocándose su capa al hombro y atándose el odre en la cintura–. Somos tres. Está bien que hay que auxiliar a Grenio, aunque su conducta demuestra que no quiere nuestra ayuda, pero también deben pensar en el resto de nuestra raza.

Mientras ellos decidían qué hacer, Grenio iba subiendo trabajosamente una ladera rocosa. Había descendido por un campo verde y cruzado un arroyo frío. Todavía respiraba con dificultad por la herida del pecho, y no podía correr. Caminando le tomó toda la mañana llegar al pie del monte que le había indicado Kiren. Estaba aislado del resto, y sobresalía con su pico nevado coronando los planos azules varios cientos de metros más arriba. A cierta distancia podía ver unas piedras blancas, como vestigios de una construcción antigua.

“Si sobrevives, tengo un mensaje de Bulen. Te esperará al mediodía...” Recordó las palabras de la niña, mientras miraba fríamente cómo su sangre caía en el piso de tierra.

No había dedicado toda su vida para vengar a su clan, para que unos extraños vinieran a interferir en el último minuto. Era el único que quedaba para cumplir esa tarea y no podía morir, pero tampoco podía ser vencido. Por eso no tenía miedo de ir a enfrentarse con un enemigo poderoso en las peores condiciones, porque sabía que al final, iba a vencer.

 

El sirviente de Sulei escoltó a Tobía hasta la puerta del palacio y lo empujó suavemente, indicándole que siguiera caminando. El tuké se preguntó hasta dónde pensaba acompañarlo y comenzó a considerar si había hecho bien en confiar en la palabra del kishime. Encima lo habían dejado sin su atuendo y sentía el sol, que ya estaba alto en el cielo, quemándole la cabeza.

El kishime se mantuvo pegado a él mientras caminaban por calles desiertas y silenciosas, hasta la muralla. Tobía no imaginaba que a plena luz del día, en esa ciudad que parecía dormir un sueño eterno, le fuera a pasar algo, hasta que se percató de que el otro pensaba seguirlo también fuera de Dilut. Decidió pararse allí en medio del camino y enfrentarlo, decirle que lo dejara en paz y que podía seguir solo. El kishime lo miró sin expresión, sin responder, y de repente, algo brilló en su mano y Tobía vio, quedando paralizado, que había extraído de su ropa una cuchilla curva y afilada.

El tuké se tiró atrás, esquivando el cuchillazo que cortó el aire frente a su nariz, y cayó sentado. Tuvo que arrastrarse para huir de su próximo golpe. El kishime avanzaba inexorable pero sin prisa, zigzagueando la hoja en el aire como una máquina. Tobía se salvó de milagro, pues al girar hacia un lado para evitar que lo clavara al piso, encontró de golpe que los pastos del costado del camino ocultaban una zanja, y se fue rodando hasta el fondo. Al levantar la cabeza desde abajo, vio que el kishime lo miraba parado en el sendero, y comenzaba a descender por la colina. Tobía se dio vuelta, se incorporó de un salto y salió corriendo a todo lo que daba, sin mirar atrás.

Iba surcando con dificultad la hierba que le llegaba al pecho, transpirando, con el corazón golpeándole el pecho, corriendo como loco. Un poco más atrás el kishime lo seguía deslizándose entre el verde. Muy pronto, el humano se iba a cansar, y de todos modos no tenía adonde huir. Pero Tobía no pensaba eso. Veía el río más adelante y por alguna razón, creía que si lo alcanzaba y lo cruzaba, tenía oportunidad de salvarse. Tal vez el kishime no se animara a seguirlo hasta una aldea, y a lo lejos veía unas casas de adobe con techos de paja.

Por fin llegó hasta la orilla. Sus pies hicieron saltar la arena mientras el kishime apenas parecía hollar el suelo al correr. Tobía percibió un borrón ante sus ojos y notó, atónito, que el otro lo había sobrepasado y se plantaba frente a él. Intentó frenar y fue a dar de rodillas a sus pies. La hoja brilló en la luz del sol y zumbó en las orejas de Tobía, que se encogió de miedo. La cuchilla salió volando y fue a clavarse en la arena a unos metros.

Tobía notó con sorpresa que su cabeza todavía seguía pegada a su cuello y el kishime, que había fallado. Quien había desviado la hoja con su espada se detuvo a contemplar la escena interrumpida. El kishime se preguntó cómo no había visto aproximarse a ese troga, e intentó correr hacia su cuchilla.

Trevla no se preocupó en evitar que tomara la hoja, pero en cuanto el kishime volteó y tomó velocidad, se puso en su camino bien plantado con las piernas separadas y giró en el último momento, decapitándolo con un corte limpio.

Al volverse hacia el humano notó que Tobía lo miraba con sentimientos mezclados, y le dijo:

–¿Nos conocemos?

 

Bulen los guió un piso más arriba, abriendo las puertas dobles de una sala que se mantenía en penumbras, protegida del sol por cortinajes negros. Amelia agradeció el quitarse de encima doce pares de ojos, pues los jóvenes kishime que se formaron a modo de guardia a la salida de su habitación, nunca habían visto a una humana. Además, esos niños vestidos de blanco, le daban escalofríos, por su forma de moverse sin producir el más mínimo sonido y sus rostros insensibles como máscaras.

Los dos kishime que tenía a su espalda, la empujaron adentro de la sala. Ella dio unos pasos, insegura, hacia la penumbra interior. Bulen, se dio vuelta y le clavó la mirada, tan aguda que resultaba cruel. Podía atravesar su alma si la veía así. ¿No tenía compasión?

Uno de los kishime cerró la entrada y la aseguró. El otro, un sirviente, encendió algunas lámparas, iluminando el amplio salón. Círculos concéntricos aparecían pintados en el piso, y una fila de columnas los rodeaba. En el centro de la sala habían colocado un artefacto en forma de caja alargada de color ámbar, sostenido por patas torneadas, alto hasta la cintura de Bulen. Él se detuvo junto al objeto y pasó una mano por su superficie lisa, dejando un rastro de luz que se desvaneció al instante.

Amelia, que se había quedado parada, temerosa de moverse entre ellos, se preguntó con languidez qué se proponían hacer ahora y qué querían de ella. Sus sentidos estaban adormecidos por algún motivo, y tampoco podía sentir gran miedo ni otra emoción violenta.

Cerró los ojos cuando Bulen se paró frente a ella y tocó su cara con un dedo. Permaneció inmóvil y sólo abrió los ojos cuando sintió que él estaba sosteniendo sus manos. El kishime contemplaba las manos que habían atravesado a Grenio. Él se había sorprendido al oír la noticia y a la vez se había decepcionado porque eso ponía fin al plan de Sulei. Pero este demostraba una confianza ciega en que todavía estaba vivo y que podían seguir adelante; en especial porque el hombre que habían mandado a indagar nunca volvió.

–No te ves muy saludable –comentó Bulen, advirtiendo los ojos enrojecidos e hinchados por falta de descanso y las lágrimas, así como la piel quemada por el sol y el frío, y los kilos que había perdido en el viaje. Su ropa desgastada tampoco ayudaba.

Ella trató de desprender sus manos y él las dejó caer. Luego hizo una seña al guardia, que se acercó con una llave y le sacó las muñequeras.

 

El sol casi alcanzaba el cenit cuando se detuvo a descansar sobre una roca. La hora indicada para la cita con Bulen se aproximaba. Tenía que recuperarse pronto de su fatiga.

Grenio se apoyó contra un pedestal de piedra que en otro momento había sostenido una escultura monumental, de la cual sólo quedaban los enormes pies. A su sombra, descansó y se dejó resbalar hasta sentarse en la hierba. El viento ululaba sobre la meseta desde los espesos bosques que lo cercaban. Aparte de eso no se sentían otros ruidos. Estaba rodeado por bloques diseminados, cerca de los cimientos de un antiguo templo.

 

Bulen puso sus manos sobre la máquina y esta comenzó a resplandecer allí donde la superficie entraba en contacto con su piel. El kishime cerró los ojos y se preparó para pasarle una carga potente, para que reviviera. Se vio empujado hacia atrás por la propia descarga, sus manos y cara enrojecidos, y el artefacto comenzó a pulsar. Los otros escucharon el latido de la máquina, como un corazón, que resonaba en todo el lugar. La superficie color ámbar se volvió translúcida, dejando ver en su interior partículas brillantes y unas fibras más oscuras, que parecían venas y órganos en el lugar de cables y componentes.

–Acércate –ordenó Bulen.

Amelia no reaccionó, ni pensaba moverse cerca de esa cosa, pero fue empujada por el guardia kishime. Notó con pavor que no tenía fuerzas para resistirse, aunque iba recuperando sus sensaciones como si antes estuviera en un sueño y ahora totalmente despierta. Sus oídos oyeron el zumbido eléctrico y el latido de la máquina, su piel se erizó y un escalofrío recorrió su espalda a la vez que su corazón se desbocada. Cerró los ojos con fuerza cuando el kishime la empujó contra la superficie brillante. Estaba tibia.

–No tengas miedo, no es necesario –aclaró Bulen–. Sulei me ha encargado esta tarea para asegurarse de la profecía, pero él no piensa como los otros kishime. No pretende matarlos.

No era lo que ella recordaba. No estaba segura.

–¿Qué es lo que quiere? –titubeó en preguntar.

Como respuesta, Bulen tomó la mano derecha de Amelia por la muñeca. Con su otra mano, tocó el borde del artefacto, lo que produjo que una parte se deslizara y apareció una rendija redonda. Tomó esa pieza y la extrajo, dejando una abertura que se perdía en el interior de la máquina. Luego, sostuvo la mano de la joven sobre ese hueco. La pieza que tenía en la otra mano consistía en un cono de base circular que terminaba en una punta muy fina. Usando esta, picó la parte carnosa de la palma de la joven y apretó su muñeca, cuando ella trató de desprenderse de su apretón. Brotó sangre y escurrió en espesas gotas por el orificio hacia el interior del aparato. Bulen volvió a colocar la pieza en su lugar y toda indicación de que algo se había movido desapareció.

–¿Qué... –exclamó ella, apretando su mano cortada y mirándolo con sorpresa.

Además del latido, ahora se escuchaba un zumbido mecánico seguido de unos chasquidos. Después de una serie rápida, cesaron, y el artefacto empezó a emitir una energía luminosa. Amelia notó con asombro que sus propios latidos se acompasaban al sonido pulsante que venía de su interior. No podía desprender los ojos de esa cosa, como si la luz que tocaba su piel fuera un imán.

Bulen tocó la frente de la joven con dos dedos y ella cayó, exánime, entre sus brazos. El sirviente se aproximó para llevarse su ropa. Bulen la levantó y la depositó sobre el artefacto. Todavía tenía los ojos abiertos, pero no respondía, como hipnotizada.

La luz envolvió su cuerpo en un aura espesa y se cerró sobre ella. Ahora sólo había luminosidad en torno a la silueta de la joven. Bulen se apartó unos pasos. En la superficie superior de la máquina aparecieron poros, por los cuales empezó a rezumar un líquido viscoso que parecía moverse con voluntad propia. Hilos de sustancia se esparcieron sobre la piel humana y se solidificaron, conectando la carne pálida con la carne ámbar por medio de filamentos del mismo color que los órganos internos. El proceso de conexión estaba completo.

 

La herida le estaba punzando. La carne rasgada estaba tan cerca del corazón que cada vez que este latía rápido por el esfuerzo o sus reflexiones, dolía más. Grenio se levantó, porque temía caer desmayado. Estaba sintiendo náuseas. Tal vez tuviera un sangrado interno. Recordó haber oído que algunos guerreros morían semanas después de un enfrentamiento, las vísceras totalmente podridas, sin que se dieran cuenta de ello hasta el fin.

“¿Por qué me curé tan rápido de los pinchazos de Bulen?” pensó, tocando el vendaje sobre su pecho. Era el mismo lugar donde él lo había herido, pero entonces no había sentido el más mínimo sufrimiento. En cambio, la mujer casi le había atravesado el corazón... No podía meditar sobre eso, el kishime ya estaba llegando.

Sulei apareció ladera abajo y caminó con elegancia y sin prisa. Venía con una sonrisa en su rostro, como encantado de verlo.

–Dos días lo estuve esperando –comentó al acercarse.

–¿Quién eres? –gruñó Grenio, decepcionado. Tenía la misma ropa que Bulen pero de color azul y no tenía cabello.

–Soy Sulei. No te enojes, ya sé que querías ver a Bulen. Pero él es mi subordinado, yo dirijo lo que él hace, así que para tu propósito vale lo mismo.

Grenio inspiró, tomando su daga. Este kishime le daba una sensación desagradable, como la primera vez que conoció a Bulen. Su instinto le avisaba que estos seres llevaban la desgracia.

Sulei desenvainó. Llevaba una hermosa cimitarra transparente, que Grenio admiró.

–¿Comenzamos? –dijo el kishime.

 

Cáp. 9 – Duelo

 

El sol caía a pico sobre ellos. Desde esa alta explanada podía apreciarse un lindo paisaje, con el río, el valle verde, la ciudad rodeada de flores, las montañas boscosas y el cielo azul de fondo. Pero los dos estaban ocupados en mantener al rival alejado de sus gargantas y buscar el movimiento exacto que les diera la victoria.

Sulei comenzó con unos pases suaves, moviendo su espada sin intención de matarlo. En cambio, Grenio temía que si la lucha se prolongaba en ese discurrir lento, sus fuerzas se iban a acabar. Tenía que terminar rápido. Se arrojó hacia delante, tratando de obligarlo a luchar cuerpo a cuerpo, aunque era muy arriesgado dada la diferencia de largo de sus armas. Además, no conocía la capacidad de esa espada fabricada de un material tan extraño. Grenio cerró el espacio entre los dos y lo cortó con su mano izquierda. Sulei evitó la estocada, elevándose liviano en el aire.

El troga se agachó un poco para tomar impulso de nuevo. Un segundo antes de arrojarse contra el otro, tomó una roca del piso y la arrojó. Sulei no se distrajo con el proyectil. Levantó la mano libre y la roca explotó en el aire, volviéndose polvo. En el mismo instante, Grenio se le abalanzó y él lo detuvo con sus manos, tratando de golpearlo con la empuñadura. El troga se preguntó por qué no había intentado cortarlo antes de que llegara a esa distancia. Sulei le dio un golpe en el pecho, provocándole inmenso dolor. Pero el troga había logrado asirlo por la ropa y no pensaba soltarlo. Rugió y lo revoleó. Sulei saltó en el aire, dio una voltereta y cayó parado a unos metros.

Grenio respiró con fuerza, sosteniéndose la herida. Sangraba, la venda estaba empapada.

Sulei cargó hacia él, el rostro serio y la espada dirigida hacia el troga. Grenio lo vio venir, y notó, con preocupación, que le costaba mover las piernas. En el último momento, se zambulló a un lado, obteniendo así sólo un corte en el brazo. Se volteó, y ante su sorpresa, Sulei ya estaba frente a él, la espada apuntada a su pecho.

–¿Qué esperas? –murmuró, aunque se resistía a resignarse.

–Ver si mi experimento funciona –sonrió Sulei, cortando el aire con su arma, pero sin herirlo.

¿A qué se refería? No podía ponerse a pensar ahora. Quería distraerlo. ¿Por qué jugaban con él? El troga observó que tenía la daga, que no había soltado a pesar de la sensación de entumecimiento que empezaba a bajar por su hombro izquierdo. Dio un rápido giro con su cintura y arrojó el cuchillo hacia el kishime, que se había quedado observándolo con curiosidad.

Sulei logró desviar la trayectoria con un golpe de espada y la daga se clavó en el suelo. Grenio saltó hacia él, los brazos extendidos. Sin darse cuenta, Sulei retrocedió, un poco impresionado. La hoja zumbó en el aire y las vendas cayeron del cuerpo del troga. Grenio dio otro paso adelante y golpeó el rostro del sorprendido kishime.

Sulei sonrió, complacido.

–Tienes espíritu para luchar –lo halagó–, lástima que no podamos seguir mucho tiempo.

Extrañado, Grenio miró hacia abajo, y vio que la sangre se escurría lenta e inevitablemente fuera de su cuerpo.

 

Estaba soñando. Lo extraño era que recordaba estar en un lugar raro, parada junto a Bulen, que con su rostro bello e impasible parecía un ángel de la muerte, y sentir miedo por algo que le iban a hacer, y luego estaba dormida, porque lo que veía no era real. Si estaba dormida, en cualquier momento podía despertar, y eso la tranquilizaba.

Esta vez era una espectadora. Como un espectro, se hallaba parada junto a Claudio, quien empuñaba la espada con ambas manos, su rostro lleno de fiereza que rayaba en la locura. Era el hombre que había exterminado un linaje entero y sólo le faltaba ese monstruo con pelos hirsutos en la espalda y ojos amarillos. Grenio, también estaba en guardia pero con expresión tranquila y ojos apagados. No la veían. Amelia se animó a dar unos pasos, rodeándolos; parecían estatuas congelados en medio del movimiento inicial. La joven se agachó. Cerca de la pared de la cueva, yacía de espaldas una mujer troga con cola de lagarto y piel escamosa. Su cráneo tenía marcas como los tigres, en un tono más claro que su piel oscura. Estaba enroscada, envolviendo entre sus brazos un bulto. Amelia extendió un brazo para tocarlo. Sintió la tibieza de un cuerpo nuevo, lleno de vida, tierno. Al toque de sus dedos, la cabecita se movió, inquieta. La cría buscaba el calor y el alimento de su madre. Amelia retiró la mano, con un poco de repulsión ante este pequeño de apariencia anormal. Él emitió un quejido. La joven se apiadó y volvió a colocar la mano sobre su cabecita. Entonces la escena cobró movimiento, como si hubiera pulsado el botón de play.

Claudio y Grenio chocaron espadas. Se apartaron con un empujón y volvieron a cargar. El choque se repitió varias veces. El troga tenía fuerza y podía embestirlo, el otro tenía habilidad superior y podía esquivar, deslizar su hoja y atrapar su espada. Se movía con ímpetu, apareciendo de un lado y de otro. Grenio mantuvo su terreno sin apurarse, sin mostrar enojo ni ansias de aniquilar. Claudio se movía a base de odio, de desesperación. Amelia se mantuvo arrodillada junto al cuerpo inerte, observando atónita la lucha. ¿Qué iba a pasar? ¿Qué debía hacer? ¿Era un sueño, o eran recuerdos reales? ¿Debía intervenir?

 

Usando su mano ensangrentada, Grenio lanzó un golpe al rostro de Sulei, a quien se le congeló la sonrisa. Enseguida reaccionó enviando energía a sus puños, que usó para mandar al troga volando de espaldas. Cayó pesadamente.

–¿Qué haces? –exclamó el kishime, fastidiado con la actitud de Grenio, que lo provocaba y apresuraba su propia muerte.

En el suelo, el troga tomó su daga y la arrojó, y esta vez fue a clavarse en el muslo derecho de Sulei. El kishime se miró, sorprendido, aunque no parecía sentir ningún dolor.

–Buen tiro –comentó, sacando la hoja y tirándola al piso.

–En general tengo buena puntería –Grenio se incorporó–. Lamento tener que pelear contigo en estas condiciones.

–Sí... yo también esperaba más del legendario guerrero de la profecía.

El tono sarcástico de Sulei era justo lo que necesitaba para olvidarse del dolor y la debilidad y arremeter en una lucha sacando fuerzas de pura rabia. Intercambiaron golpes, el kishime siempre ileso. Tenía la velocidad de un rayo y podía prever por dónde lo iba a atacar. Además, le hizo varias incisiones en los brazos y piernas. La hoja transparente tenía el filo de un bisturí, y sus cortes ardían como fuego. El cuerpo del troga latía envuelto en dolor.

Sulei hizo una pausa, parándose a contemplar su cimitarra empañada de rojo. Su adversario luchaba por mantenerse en pie, se tambaleaba. Decidió terminar con esa espera y le lanzó una bola de energía. Grenio sólo percibió una luz cegadora y un tremendo golpe que lo impulsó hacia atrás, como si un puño gigantesco lo hubiera volteado.

–No exageres, si hubiera querido ya no tendrías cabeza –le dijo Sulei, observando su cuerpo caído, con un hombro destrozado y el hueso expuesto.

Grenio no lo escuchó con claridad, sólo sentía un rumor adormecedor, que le recordó el mar batiente de Frotsu-gra.

 

Amelia se levantó, horrorizada. Quería detenerlos de alguna forma, aún cuando sólo se trataba de un sueño, porque los dos luchaban sin tregua, con heridas impresionantes. Extendió un brazo, pero había olvidado la facultad del habla. Impotente, vio que Claudio hundía su espada en el pecho del troga. Grenio tosió, y con sangre en los labios, pero manteniéndose en pie, tiró de la hoja, y la extrajo de su pecho. Claudio, cansado y con una mirada melancólica, perdido el sostén de la empuñadura, fue a dar contra la pared de la cueva. El troga dejó caer la espada a sus pies. Se acercó lentamente, ahorrando sus últimas fuerzas.

Una mano se posó sobre su hombro y Amelia vio, sobresaltada, que había alguien parado detrás de ella, cuando un minuto antes estaba sola. Tenía forma humana y su piel era más que blanca, translúcida, y su carne, brillante. Sólo sus ojos parecían tener consistencia; grises como una nube de tormenta, la miraban con calma y le transmitían confianza. Lo conocía de algún lado.

–¿Quién eres?¿Cómo llegaste aquí?

–Esa es mi pregunta –contestó una voz que no salía de esa imagen luminosa sino de todas partes–. Pero puedo imaginarme quien eres, porque estás aquí. No te preocupes –añadió, viendo su ansiedad por los otros dos, que se habían detenido de nuevo, la espada de Grenio colocada en el cuello del humano, que seguía sentado y abatido–. Son sólo sombras del pasado. ¿Quieres ver qué sucedió con ellos?

Ella miró.

–Debo matarte, es el único homenaje que les puedo ofrecer a todos los troga del clan que asesinaste –dijo Grenio con voz temblorosa.

–Lo dices como si no quisieras –replicó Claudio, levantando hacia él sus ojos agotados, y con tono amargo agregó–. Vamos. No me importa mucho.

El troga retiró la espada un poco para tomar impulso y cortarle la cabeza, pero se detuvo allí, considerando. Por largo rato trató de imaginar qué pasaba por la mente de este humano, para detenerse al final, para mostrar tanto hastío y desagrado. ¿Por qué lo había hecho? Sus palabras: “Venganza... lo que te prometí... matar a tu familia como tú mataste a la mía.”

–Ni siquiera sé a quien te refieres –suspiró, bajando la espada.

Grenio se arrodilló junto al humano. Claudio se enderezó, incómodo de tenerlo tan cerca. El troga le aferró un brazo con una mano y con la espada que empuñaba en la otra, se hizo un corte en el cuello. La espada chocó contra el suelo, su mano la soltó. Claudio trató de zafarse de su apretón, asqueado, porque la sangre manó del corte a chorros, bañándolos. La cabeza gacha, Grenio soltó la empuñadura y se prendió con ambas manos de Claudio, que lo miraba con ojos desorbitados, manteniendo la mayor distancia posible, y sin entender por qué se acababa así.

–¿Él mismo se mató? –exclamó Amelia, buscando la respuesta en su compañero luminoso.

–Su herida ya era mortal. Necesitaba debilitarse más rápido –respondió la voz.

–¡¿Para qué?!

En lugar de responder, el ser luminoso la tomó por las manos. A su alrededor, las paredes de la cueva se volvieron borrosas y comenzaron a escurrirse como pintura húmeda. Las figuras permanecieron inmóviles.

–No podemos hablar aquí –la voz que antes tronaba, sonaba lejana–. Porque no estamos solos.

Ella se asustó. Ahora la cueva y sus ocupantes habían desaparecido y sólo lo veía a él; ambos estaban flotando en la nada, en la oscuridad. En medio de la negrura, divisó estrellas, diminutas y opacas.

Él todavía la sostenía de la mano, pero de pronto notó que perdía brillo y nitidez.

–¿Qué  pasa?

–El cuerpo donde habito, está en peligro, me llama.

La joven miró sus manos, lo último que quedó visible antes de que desapareciera por completo. Estaba sola, en un cielo nocturno que la rodeaba por arriba y abajo, en la nada. No podía ser un sueño. Extendió los brazos, tratando de alcanzar algo. Sus manos chocaron contra una pared invisible, suave, mullida, fresca. No estaba en el medio de la nada, era una ilusión óptica. Estaba atrapada.

 

Cáp. 10 – Despertar

 

“Estoy aquí”.

“Estoy despierto”.

Sulei esperó unos segundos a ver si se recuperaba, si lograba levantarse. Si no, iba a estar muy decepcionado, porque ni siquiera llegó a ver los poderes que impresionaron a Bulen y Zilene.

El troga trató de incorporarse, apoyado en el brazo derecho sano, con la idea de que tenía que luchar y nunca rendirse. No podía perder, y por eso aunque no veía ni oía, y estaba rodeado de penumbra, casi inconsciente, logró sentarse. No tenía armas ni fortaleza física. Sólo le quedaba, pensó con tristeza, luchar y morir de pie.

“Grenio”.

La voz resonaba en su cabeza, como cuando el kishime se comunicaba con él, pero no se trataba de Sulei. Sin embargo, estaba demasiado concentrado en lo que tenía frente a él como para cuestionarse qué era esa voz.

Sulei contempló con un poco de admiración, la tenacidad del troga para levantarse, sabiendo que no podía hacer nada. Era tonto, pero también le daba cierta dignidad que esperó tener cuando su hora llegase, algún día. Pero era tiempo de acabar con las dudas. Tenía que exterminarlo.

Con rostro serio, concentrado, el kishime extendió los brazos, las palmas juntas produciendo una magnitud de energía suficiente para borrarlo de la faz del planeta. Sólo quedaría polvo, partículas, de su cuerpo. La fuerza concentrada era tal que sus ropas flamearon. Sulei apretó los dientes, fijó sus ojos en el blanco y abrió sus palmas, mientras lanzaba un alarido.

El torrente de energía voló hacia Grenio. El troga levantó el brazo, por reflejo, queriendo pararlo o cubrirse. No quería morir, pensó temblando, porque nunca antes se había visto tan cerca del fin y porque tenía rabia de terminar así, sin saber para qué, sin honrar a su clan, sin detener a sus enemigos. Sus emociones sólo duraron un segundo, lo que tardó en envolverlo un gran huevo de energía.

Sulei vio que la onda lo golpeaba, seguro de que en un instante, brillaría y explotaría. En cambio, el troga fue envuelto por su energía que permaneció flotando a su alrededor más tiempo de lo que era posible. Comenzó a preguntarse qué pasaba. Grenio, dentro del óvalo resplandeciente, estiró su brazo para tocarlo y la voz lo detuvo: “No”.

–¿Quién eres? –musitó Grenio, aunque no había nadie cerca–. ¿El de las visiones, el que salvó a la mujer del fuego? Eres una imagen del pasado, no puedes ser real...

“Tienes un enemigo adelante. No es hora de conversar”.

Esta voz se portaba muy mandona. Grenio vio al kishime caminar hacia él, y usó su mano derecha para golpear la pared de energía, pensando en romperla como una cáscara de huevo. Le dio un golpe seco, pensando que tal vez su mano podía quedar inutilizada para siempre. Un trozo de energía se desprendió del resto, se estiró y salió impulsado en dirección a Sulei, que lo reflejó con el filo de su arma. Grenio probó de nuevo, golpeando con mayor seguridad e ímpetu. Ahora se formó una pequeña bola, similar a la que le había arrojado Sulei para dejarlo sin hombro.

El kishime no pudo contener toda la onda y una parte lo impactó, haciéndolo retroceder un paso. De nuevo Grenio lo atacó y él retrocedió dos. Aferró la cimitarra, la cual reflejó el sol como un espejo, y se lanzó corriendo hacia el troga.

La hoja atravesó la capa de energía y esta se disolvió en el aire, entre luciérnagas doradas.

–Esta hoja es maravillosa, una shala –dijo Sulei con sonrisa feroz, sosteniendo la cimitarra sobre su hombro–. Fabricada en Dilut ¿sabías? Lo más importante, corta de todo. Luz, materia, aire, agua o fuego.

Fuera del huevo que lo contenía, Grenio comenzó a sentir las punzadas en la carne expuesta y la sangre que corría lentamente de sus heridas. Si el otro podía cortar hasta energía, estaba igual que antes, porque no tenía con qué pararlo. La cimitarra bajó en un semicírculo fatal y la esquivó tirándose contra el kishime de costado y aferrando su brazo con la mano derecha. Mientras lo sostuviera no podía cortarlo, era cuestión de mantener su fuerza. Sulei usó su mano izquierda para rodear su cuello, pretendiendo quemarle el rostro o la garganta con su poder. Grenio lo mordió y Sulei apartó la mano con un alarido.

Tenía una marca de dientes en la muñeca y sangraba.

–Muere –gruñó el kishime, blandiendo la punta de la espada hacia su pecho.

Grenio fue esquivando los golpes y retrocediendo en dirección a las ruinas del templo. Sulei lo atacó con furia. Su actitud había cambiado, ya no jugaba, parecía otro. No se comportaba como los otros kishime, consideró Grenio.

Sulei se detuvo a tomar aliento. Había gastado demasiada energía en su ataque anterior. Sólo tenía que comprobar algo más.

–¿Es verdad que puedes viajar por el espacio?

Grenio se había detenido junto a un pilar de piedra inclinado y enterrado en la tierra. Empezaba a entender que los kishime estaban muy interesados en su habilidad, eso era lo que les molestaba de él. Apoyó su mano derecha contra la piedra, para mantenerse en pie. De nuevo veía borroso, el efecto que lo había protegido ya no estaba funcionando.

–¿Es por la profecía, que están tan interesados en perseguirme? –preguntó, con voz calma, porque había aceptado que tenía pocas chances de sobrevivir, a pesar de su deseo.

–Claro. Desde hace quinientos años no es secreto que tu clan tiene que ser el destinado a convertirse en una fuerza destructiva. Pero por ahora no eres tan poderoso, sino ya me hubieras vencido –Sulei sonrió y se pasó la cimitarra a la mano izquierda, extendiendo la derecha para crear un poco de energía sobre su palma abierta–. Te falta algo... Si puedes usar tu habilidad, escapa de esto.

La energía bullía y giraba en forma de bola amarilla sobre su palma, y Grenio apenas podía sostenerse, las garras clavadas en la piedra y el otro brazo inutilizado. Cayó sobre una rodilla, con punzadas de dolor en todo el cuerpo. No podía huir para salvarse, no quería.

“Escapa”. Resonó la voz en su mente. Grenio sacudió la cabeza, molesto. No quería. “Huye y pelea después”. Aunque quisiera, no sabía como controlar esa habilidad.

Sulei lanzó la bola. El troga la vio venir. “Usa tus manos”. Extendió los brazos hacia delante, con un terrible dolor como si le arrancaran el brazo izquierdo, a tiempo para recibir la bola y de alguna forma, reflejarla. Era caliente y le produjo un cosquilleo en todo el cuerpo. Sulei se sorprendió al recibir su energía de vuelta y apenas atinó a cubrirse con su cimitarra. La bola explotó contra la hoja transparente y la onda expansiva le dio en pleno pecho y rostro, quemando su piel con un dolor imprevisto.

–¡Ah! –hacía muchísimos años que nadie lo hería, el dolor era una sensación peor de lo que recordaba.

Con rabia, se arrojó contra el troga, que se hallaba de rodillas, ocupado en apretar su brazo izquierdo. No podía atacarlo con su energía, porque la reflejaba, así que empuñó su cimitarra y asestó un tremendo golpe contra él. Grenio no pudo moverse del lugar a tiempo, sólo se hizo a un lado, sufriendo igual un corte profundo en un muslo. Ahora tenía otra herida abierta; le había arrancado un trozo de piel y carne. Cayó a un lado, con pocas posibilidades de levantarse. Pero Sulei, habiendo terminado su ataque inclinado junto al troga, no estaba muy  bien. Había usado su poder y realizado un esfuerzo físico sin tener energía. Sintió un vahído y el corazón acelerado: corría el riesgo de que no le quedara nada para el viaje de vuelta. Se apoyó en el piso para levantarse y le dio una última mirada al troga.

–Espero que no mueras todavía... –dijo haciéndole un saludo con la mano–. Nos veremos.

Desde el piso, Grenio lo vio desaparecer en una onda luminosa. Se sentía impotente, porque quería seguirlo y no tenía un gramo de fuerza. Tenía que haberlo vencido, sino para qué vino a ese encuentro. Junto a él, en la tierra, discernió unas trazas, las marcas de los dedos del kishime al agacharse, y unas gotas de sangre. Alerta, trató de incorporarse. “Debes usar el poder”, susurró alguien en su oído, “nadie te va a encontrar a tiempo para ayudarte”.

–No quiero ayuda –gruñó en respuesta,  haciendo un terrible esfuerzo para apoyarse en un codo, que lo dejó agotado en el piso de nuevo.

“Vas a morir”.

–No... –tenía miedo aunque no quisiera admitirlo, y se lamentaba de no haber terminado sus asuntos–. Sal de mi cabeza –se quejó.

“Vas a morir, sin resolver tu venganza”.

Antes había probado a viajar adonde quería y no funcionó. Las veces que lo hizo fue casualidad, necesitaba ir a un lado y aparecía allí. Pero no podía controlarlo a voluntad.

“No pienses en el lugar. Lo que te hace falta es un ancla”.

–No sé que es...

“¿Adonde quieres ir?”

Tenía que seguirlo, porque ese kishime era líder de Bulen y por tanto el que estaba detrás de todos los comportamientos extraños: la persecución, el robo de las gemas y el rapto de Tobía, el cadáver de Tavlo. Estaban armando un pequeño ejército. Los querían a él y a la humana, por la supuesta profecía.

“Imagina lo que hay en ese lugar”. Cerró los ojos. Sintió un escalofrío. Imaginó que las últimas fuerzas abandonaban su cuerpo. “No te des por vencido”.

Nunca. Se había dicho que no podía morir sin hacer su trabajo como último miembro del clan, y no iba a desistir hasta el último segundo. El frío subió por sus piernas y lo cubrió por completo como una sombra que se extendía sobre él, pero su cabeza todavía funcionaba con claridad. Lo envolvió una brisa, que se convirtió en olas de mar. En un movimiento ondulante el aire empezó a brillar. De pronto el suelo se abrió bajo su cuerpo y cayó al vacío, a la más absoluta oscuridad.

 

Cáp. 11 – En la oscuridad

 

Tobía estaba asombrado con su nueva compañía. Junto con uno de los trogas que lo atacaron en el monasterio, que ahora decía estar de parte de Grenio, y el viejo de piel arrugada y ojos saltones, que se les unió camino a la ciudad, los tres cruzaron la muralla medio derruida. Con mucha precaución, caminaron por las calles vacías y silenciosas. El troga con aspecto de reptil y ojos verdosos, le había dicho que si los kishime estaban preparando algo, quería verlo en persona. El viejo parecía más comprensivo con su causa de rescatar a Amelia.

–Ese palacio –señaló Tobía a los otros.

–Sí, he visto una de las torres iluminada por la noche –agregó Glidria.

Trevla se confundió con lo edificios de barro y piedra blanca, y las calles polvorientas. Lo divisaron, como una mancha borrosa en el paisaje, mientras se perdía rumbo al palacio.

–Supongo que irá adelante –comentó Tobía en voz baja.

–Sí... Pero nosotros debemos  buscar una entrada más disimulada.

Glidria todavía tenía fuerza para saltar los muros cargando al delgado humano y subir el terraplén de una fuente seca, que llegaba a una terraza unos pisos más arriba. Saltó otro piso y comenzó a escalar entre los complicados tejados del palacio hacia la torre oeste.

Trevla entró por la puerta principal, cruzándose con varios kishimes que no sintieron la más mínima presencia, salvo una brisa fría que atravesó la sala. Pasó por la sala de armas y subió un piso. Llegó a una estancia iluminada por amplios ventanales, recubierta de cerámica blanca, ocupada por tres piletas llenas de agua vaporosa. Saliendo de este baño por una arcada, había otro cuarto similar con pequeñas bañeras individuales de plata, que un sirviente kishime rellenaba con baldes de agua fría. El vapor de la habitación anterior se había pegado a su piel y su cubierta ya no era tan buena. El kishime vio una silueta difusa y detuvo su tarea, extrañado. Trevla avanzó y antes de que pudiera avisarle a los demás, lo descalabró de un golpe en la cara. El kishime cayó de bruces contra  un bañera, la cabeza sumergida en el líquido.

 

El tiempo parecía no transcurrir en ese ataúd blando y oscuro. Atrapada en un espacio apenas suficiente para permanecer de pie, Amelia se empezó a cuestionar cómo había llegado allí. Si se esforzaba, en su cabeza aparecían algunos recuerdos: distinguía a Kiren y Bulen en medio del bosque, luego se veía obligaba a seguirlo y ella estaba muy enojada con él, la recluía en una habitación enorme, y un kishime le ponía unos brazaletes en las muñecas. Luego, de nuevo aparecía Bulen junto a ella y estaban en un lugar raro, con una máquina que emitía un ruido y una vibración que invadía sus entrañas y le daba escalofríos, la premonición de algo espantoso. Le habían hecho algo, por eso estaba allí, en ninguna parte. ¿Cómo iba a volver?

Intentó golpear las paredes invisibles con sus puños. Parecía estar golpeando carne, porque sus manos se hundían y no producían ruido. En realidad, el único sonido era un murmullo muy apagado, como el pulso latiendo en sus oídos.

Necesitaba ayuda, que alguien la sacara de ahí. El ser que había aparecido antes... ¿cómo se llamaba? No le había dicho su nombre. Tenía que llamarlo.

–¡Hola! ¡Ey! –gritó con toda la fuerza de sus pulmones–. ¡Hola!

Sus gritos no salieron del reducido espacio que ocupaba, chocaron contra las paredes y reverberaron contra su propio cuerpo, taladrándole sus oídos hasta que sus ecos se desvanecieron.

“¿Qué pasa? ¿Dónde estoy? ¡Bulen! ¡Déjenme salir!”

Un temblor estremeció el espacio, dándole un poco de vértigo. Tenía miedo de caer, porque más allá, por arriba y por abajo, sólo veía oscuridad y estrellas. Si estaba despierta, ¿cómo podía estar del lado de los sueños? ¿Estaba alucinando? ¿Drogada? Ahora podía pensar con más claridad, y por eso sentía más miedo. Cerró los ojos y trató de pensar en otra cosa, pero lo único que venía a su mente eran las imágenes que había visto en los sueños, kishimes caminando por una montaña cubierta de nieve, cielos azules, campos de batalla, una explosión poderosa que hacía volar la nieve, un sol rojo. No podía concentrarse y visualizar el rostro de su madre o su tía, o una imagen de su hogar, porque esas visiones interferían con fuerza. Recordó que el ser brillante le dijo “no estamos solos”.

“¿Quién eres? ¿Por qué me tienes aquí encerrada?”

 

Trevla se detuvo al final de un pasillo y calculó que si tenía que pasar por delante de cinco guardias, iba a encontrar algo interesante del otro lado.

Los dos primeros no supieron qué los golpeó. Cuando quisieron darse cuenta ya estaban en el piso, atravesados con sus propias lanzas. El resto se puso en guardia, apuntando sus armas hacia la amenaza invisible que venía por un largo tramo de pasillo. Trevla corrió hacia ellos, confiando en llegar antes de que su olor los alcanzara y pudieran localizarlo. Saltó para evitar la estocada del primero que barrió el aire con un corte horizontal, y enfrentó al segundo con un golpe en diagonal que cortó el pecho del kishime. Giró, usando su cola para derribar al otro, y detuvo una espada entre sus manos.

El troga se hizo visible ante los asombrados ojos de los dos kishime lesionados.

El último, observaba desde el fondo. Sadin suspiró. Con todo el entrenamiento, había logrado un conjunto que exterminaba humanos con ansia feroz, pero apenas podía enfrentarse a un troga.

–¡Li mosi! –les ordenó, empuñando su látigo y caminando hacia Trevla–. E du.

Los jóvenes kishime cerraron la salida del pasillo, y el troga se volvió hacia Sadin, tomando su arma y esperando tener mejor suerte con este adversario. No quería ganarle a un montón de niños enclenques. Sintió un silbido y puso su espada en posición vertical, a tiempo de evitar que la delgada correa se enroscara en su cuerpo. El látigo se aferró  a la hoja y Sadin tiró de él. La correa se tensó. Trevla mantuvo sus manos bien apretadas en la empuñadura y ladeó la hoja, intentando cortarlo. Pero su filo no tenía el poder, y el látigo resbaló por la hoja. Sadin lo liberó y con una rápida ondulación el látigo se depositó a sus pies.

–¡Le du kesi! –exclamó Sadin.

Trevla se dio vuelta, presintiendo que las palabras no iban dirigidas a él. Los otros dos corrieron hacia el troga y se lanzaron  de un salto, cruzando sus lanzas en el último segundo, tratando de cortar su cabeza de un tijeretazo. Trevla se agachó y extendió ambos brazos, sus puños chocaron con sus cuerpos y los dos jóvenes kishimes salieron volando. El que tenía la herida en el pecho, tosió y se miró la mano, recostado contra la pared: había escupido sangre. Parecía más sorprendido de estar herido, que asustado o enojado. Trevla los miró con desdén y echó un vistazo por encima de su hombro, sospechando de la quietud de ese lado.

Sadin contemplaba la lucha descontento. Trevla volvió a mirar al frente. El kishime que todavía estaba en pie, apuntó su lanza hacia él, inclinándose apenas, y permaneció inmóvil. “No voy a jugar a quien ataca primero con este niño”, pensó Trevla. Entonces, la lanza pareció temblar y desapareció ante sus ojos, y al mismo tiempo el troga sintió que algo atravesaba su hombro izquierdo. Se miró y atónito, comprobó que la misma lanza que estaba en manos del kishime, ahora sobresalía de su cuerpo. Había volado más rápido de lo que podía ver, y el otro ni siquiera había hecho un vaivén con su brazo. Sadin felicitó a su discípulo y caminó hacia el troga, mientras este se arrancaba la punta de la carne, sin poder disimular un grito de dolor.

A las espaldas de Sadin, una puerta del pasillo se entreabrió y Tobía escudriñó el lugar. Vio que Trevla estaba ocupado con tres enemigos, y le hizo una seña a Glidria. Habían entrado a una habitación cualquiera por la ventana y tuvieron suerte. Ahora se dirigieron al final del pasillo, hacia la entrada que guardaba Sadin antes de distraerse con Trevla.

El viejo troga abrió la pesada puerta mientras el kishime enroscaba su látigo alrededor del brazo derecho de Trevla, con el cual intentaba golpear al otro kishime que ahora lo atacaba con sus manos desnudas. Tobía y Glidria lo dejaron tratando de librarse del apretón de Sadin, que amenazaba con ahorcarlo, mientras atacaba con su cola al otro joven, quien saltaba sobre sus embates con agilidad.

Del otro lado de la puerta nacía una escalera de piedra en forma de caracol que se perdía en las alturas, un hueco sombrío sin ventanas. Comenzaron a subir, Tobía excitado y tembloroso, Glidria, sintiendo el presagio de algo impactante.

 

Sulei caminaba apoyado en un sirviente.

Había llegado al perímetro del palacio, sin poder coordinar el lugar exacto de su arribo. Un sirviente que lo encontró tirado en el piso, se apresuró a dar órdenes de preparar una tina con agua salada y hierbas revitalizantes. Sulei abrió los ojos, medio desorientado, y luego de un minuto logró fijar la vista en su sirviente y ordenarle que tomara su cimitarra. El sirviente lo ayudó a levantarse y lo llevó escaleras arribas. Entraron al palacio. Descansó en una otomana, mientras el otro colocaba la cimitarra en una caja de cristal en la sala de armas y buscaba ropas limpias para su señor. En eso, un kishime llegó bastante agitado y anunció que había encontrado a su colega medio ahogado en una tina, con signos de haber sido atacado.

–Cálmense –musitó su jefe–. Sadin se ocupará de la seguridad del palacio. Mientras, Uds. vayan al sótano, al lugar donde les prohibí entrar, ¿recuerdan? Bajen por la primera puerta hasta el fondo. Encontrarán unas ruedas grandes que deben girar...

El sirviente ayudó a Sulei a entrar en una tina de plata y él se sumergió completamente, con los ojos cerrados, entre hierbas y semillas que flotaban en la superficie del agua fría. Sulei meditó. “¿Grenio no estaba solo? No constaba en lo que les habían contado. ¿Espías de Frotsu-gra? Posiblemente”.

 

Probaron varios pisos, todos abandonados, hasta llegar a un sitio que Tobía reconoció. Abrió una puerta del otro lado del pequeño corredor y exclamó:

–¡Aquí nos tenían presos!

Dio unos pasos al interior, dándose cuenta de que no había nadie aún antes de preguntar:

–¿Amelia?

Glidria posó los ojos en el diván donde todavía se notaba el hollado de un cuerpo. El olor de la joven se percibía de forma sutil en el aire, e intentó seguir el rastro por el corredor, pero allí desaparecía. Tenía que haber salido por la escalera. Glidria se detuvo, sorprendido, un pie en la escalera y otro en el umbral, percibiendo una vibración en el techo.

–¿Sientes eso? –le preguntó al tuké, que miró hacia todos lados, confuso.

–¿Qué?

 

En la oscuridad, seguía hablándole a un supuesto ser que estaba allí, por lo menos en su mente. “¿Dónde estoy? ¿Estoy soñando o despierta? ¿Estoy en coma, o estoy alucinando? ¿Estoy fuera de mi cuerpo, como un viaje astral o algo?” Comenzaba a creer que las imágenes que la invadían de repente tenían un sentido. Tal vez era la forma en que se expresaba esa cosa.

Tal vez ni siquiera la entendiera. Necesitaba al ser brillante. Él parecía saber qué hacer, qué pasaba. “¿Por qué se fue sin darme aunque sea una pista?” Estaba confundida; eso de no saber si tenía cuerpo o no resultaba insólito. El tiempo seguiría pasando para el resto y ella estaba sola, flotando en la nada; era desesperante.

Las paredes se estremecieron. Esta vez lo sintió en su propio cuerpo. Este lugar, este universo en el que se hallaba, amenazaba con derrumbarse.

Lo que la sostenía perdió consistencia, y se convirtió en una gelatina. Sus piernas estaban hundidas en lo negro, en las estrellas. Intentó aferrarse con las manos, pero todo a su alrededor escurría. Ya llegaba hasta su cintura. Amelia gritó porque todo su cuerpo era succionado por esa materia oscura. Cuando su cabeza se hundió, perdió el conocimiento.

 

Cáp. 12 – Rescate

 

Glidria subió unos escalones y empujó la siguiente puerta, convencido de que había algo allí que producía un zumbido insistente. Esperaba ver unos cuantos kishime, pero se sorprendió al encontrar un pasillo vacío. Los guardias habían bajado apenas Bulen cerró la puerta de la sala redonda, pues Sulei le había recomendado discreción. El viejo caminó con determinación hacia una puerta en forma de arco y se tiró contra ella con todas sus fuerzas.

La puerta permaneció incólume, pero del otro lado, Bulen y el guardia, e incluso el sirviente que los acompañaba, apartaron sus ojos del espectáculo que observaban para prestar atención a  los golpes que se repetían contra la puerta. Alguien intentaba forzar la entrada.

Bulen frunció el ceño. ¿Qué era esto? ¿Quién podía haber llegado hasta allí, teniendo en cuenta que estaban en uno de los últimos pisos de un palacio con cincuenta guardias kishime?

El zumbido cesó de repente. En realidad había cambiado de frecuencia. Bulen dio unos pasos hacia el artefacto y se detuvo junto al fulgor que emitía, dudando si entrar en su campo de energía. Sin embargo, el sonido indicaba que ya no estaba enviando las ondas sincronizadas con la joven como al principio.

Tobía miró al troga con curiosidad. Glidria se detuvo a escuchar, inquieto por ese súbito cambio y se arrojó contra la puerta, que apenas comenzaba a astillarse, una vez más.

 

Contra sus expectativas, luego de que su cuerpo cayera por un agujero en la tierra, no apareció en otro lado, sino que se quedó flotando en la oscuridad. No podía verse las manos ni los pies, ni sentía las heridas que deberían estar palpitando con dolor, ni olía a otros, ni veía nada a lo lejos. No tenía latido ni respiración. Estaba muerto.

“No te apures...” Escuchó. Sintió alegría, aunque no la había oído con sus orejas, la voz sólo había aparecido en su mente. “¿Dónde estoy?” Le preguntó.

“En el medio, entre el origen y el destino.”

O sea que había partido pero no había podido llegar a ningún lado.

“Te desmayaste en el último momento... creí que habías muerto, pero tal vez... Ya que estamos aquí, todo lo que tienes que hacer es aparecer”.

¿Cómo? Ya le había dicho a esa voz entrometida que no sabía cómo viajar. Lo hacía sin pensar. “Claro que piensas en algo, pero es tan rápido que ni tú lo percibes. Es como la intención, quieres algo y lo sabes, aunque no sepas el por qué. Y como la voluntad, te diriges en una dirección u otra, porque así lo quieres.”

Esa voz no debía haberse percatado nunca de que sus explicaciones eran incomprensibles.

“En concreto, necesitas un ancla, una dirección, como una luz en medio de la tempestad, para no terminar perdido en este lugar en cada ocasión. La dirección es otra persona, con la que compartes algo en la sangre. La otra persona produce una vibración que puedes reconocer entre millones. En tu caso, debes concentrarte en ella, en la humana.”

Sorprendido, Grenio permaneció en blanco por unos momentos. La voz se impacientó. Si no colaboraba, iban a estar atascados allí largo tiempo y no creía que fuera seguro permanecer en ese estado inmaterial, en medio de la nada.

El troga no era tan terco como para echar a la basura su vida, aunque tuviera que contar con ella para salvarse. Le parecía el colmo que ella fuera su brújula para salir de ese lugar, pero al menos no tenía problemas para pensar en ella. El rencor por la pérdida de su familia, sumado a lo que había pasado desde que la conoció, producía emociones que hacían difícil olvidarla o ignorarla. Sin embargo, por más que pensara en ir hacia ella, nada sucedió.

“Qué extraño. Hace un rato la percibía con claridad... hablé con ella... sus ondas llegaban con claridad hasta la montaña.” Comentó la voz. Si le había sucedido algo grave, si había perdido la conciencia o peor, si estaba muerta, Grenio estaría en graves dificultades. La posibilidad de volver a algún sitio sería nula.

 

Trevla estaba enredado en la correa de Sadin, que daba una vuelta a su cuello y cruzaba por su brazo derecho, manteniendo su mano derecha inmovilizada junto a la cadera. Si intentaba moverse, el tirón lo asfixiaba. El kishime intentó golpearlo y Trevla lo paró tomándolo por la muñeca. El joven kishime que observaba, aferró una lanza y la clavó en la cola del troga, al notar que su maestro estaba trabado en su ataque.

–¡Arg...

–Li pelu... –masculló Sadin, impresionado por la resistencia del troga.

El joven se preparó a darle el golpe de gracia, usando su puño abierto en un movimiento rápido que atravesaría su pecho y si podía, le arrancaría el corazón para tener su primer trofeo troga. Sadin lo contempló, con un brillo orgulloso en sus ojos.

El golpe salió despedido, al tiempo que alguien se interponía y empujaba al joven kishime hacia la pared. Frustrado, el joven chocó contra el muro y resbaló al piso. Miró y no había nadie.

–Llegas tarde –le dijo Trevla a su compañero.

Vlojo apareció junto a ellos empuñando su espada:

–No tanto... tuve que buscar por todo el palacio hasta encontrarte, hermano.

Estiró el brazo hacia un lado y ensartó su espada en el hombro del kishime que se lanzaba hacia él. El joven cayó sentado, asombrado, sosteniéndose la herida que manaba sangre; su visión se nublaba y no sentía el brazo.

Sadin había logrado liberar su mano. Calculó sus chances contra dos troga. Podía ganar pero iba a salir herido. Al menos le gustaría saber por qué figuraban en la historia y qué tenían que ver con los planes de Sulei. Aflojó un poco el lazo y Trevla se desenredó. El troga se detuvo un segundo a masajear su cuello y luego le señaló a su compañero:

–Glidria y un tuké se metieron por esa puerta. ¿Los seguimos?

–Sí, no queremos perdernos de nada.

Al unísono se lanzaron contra Sadin, que tenía poco lugar adonde moverse. Sus puños se cerraron sobre el kishime y este cayó noqueado. Los trogas llegaron al final del pasillo y se desvanecieron por la puerta, siguiendo el rastro de Glidria.

Después de un momento, Sadin se levantó del piso y fue a chequear el estado de sus alumnos. Ayudó a levantar a los dos heridos y les encomendó que se llevaran a sus compañeros muertos. Luego se dirigió hacia  la escalera.

 

Bulen se quedó junto al artefacto, tratando de averiguar qué le estaba pasando y si esto podía interferir con los planes de Sulei. No tenía idea de que había vuelto y estaba unos pisos más abajo. Las ondas del aparato interferían con su percepción. Los otros dos kishime se apostaron frente a la puerta, que cedió de repente con la fuerza del impacto combinado de los tres trogas.

Trevla y Vlojo irrumpieron en el salón, y tomando cuenta de quienes ocupaban el lugar, y apuntaron sus armas hacia el guardia, considerando al sirviente inofensivo. Glidria y Tobía que los seguían, se quedaron estáticos contemplando el extraño artefacto centelleante, con sus tentáculos carnosos envolviendo el cuerpo de la joven. Tobía avanzó, haciendo caso omiso de Bulen y los demás, absorto en el rostro aparentemente dormido de Amelia.

–¿Qué le hicieron? –balbuceó.

Bulen lo miró con indiferencia y comentó, fijando sus ojos de nuevo en la máquina, que comenzaba a palpitar con renovada fuerza:

–Todavía vivo...

El brillo aumentó, iluminando hasta las columnas que cercaban el salón con un color anaranjado. Glidria recurrió a su odre, Tobía retrocedió un paso.

–Lo que sea esa cosa... parece que no es seguro –dijo Vlojo a su compañero.

Pero antes que preocuparse de eso, tenían que ocuparse del kishime, que no pensaba dejarlos pasar. El guardia extendió los brazos, se plantó frente a ellos, y mientras los trogas se preguntaban qué pretendía, salieron despedidos por una tremenda descarga eléctrica.

Bulen dio un paso hacia la joven, y al entrar en lo profundo de la luz, sintió una oleada de repugnancia que recorría todo su cuerpo, como si un líquido espeso invadiera su cuerpo recorriendo sus venas. Tendió una mano y la apoyó en la frente de Amelia, que permanecía libre de hilos viscosos. Cerró los ojos y la llamó. Ella no le contestó, pero pudo ver un campo negro lleno de estrellas que se acercaban tan rápido hacia él que parecían rayos dorados, y una luz roja que explotaba en su mente. La explosión lo iba a alcanzar. Asustado, quitó su mano y se apartó de la joven conectada al artefacto.

 

Dos niños delgados y ágiles corrían descalzos por la ladera de una montaña nevada, sus pies dejando ligeras huellas azules, apenas visibles. Uno de ellos se detuvo, a contemplar el disco rojo del sol que se elevaba sobre el horizonte. Su rostro se iluminó con una sonrisa. Su compañero había corrido más arriba, pero se dio vuelta a ver qué lo había detenido y también contempló la escena con interés. El cielo revestía un confuso color grisáceo, mientras que del otro lado de la montaña el malva del amanecer aún no se había disipado. Lo embargó la emoción, porque el mundo era demasiado hermoso. Había tantos detalles que notar, como las facetas brillantes de uno de lo cristales de hielo junto a sus pies o los dientes que adornaban el borde de las hojas en el bosque. Aunque si hubiera estado solo, no se hubiera detenido ese instante, porque iban retrasados para la reunión de su Casa. Su amigo era un despistado. Fue a buscarlo para tirar de su brazo y sacarlo de su ensimismamiento.

Pero la montaña, la nieve, los dos niños, no existían hacía largo tiempo. La escena había ocurrido muchas eras antes, y ya no corría el riesgo de llegar tarde a ningún lado. El tiempo y el lugar no significaban nada para él. Pero por algún motivo, esos recuerdos se resistían a desaparecer. ¿Qué tenía que suceder para que se terminaran?

Amelia se encontró de pie sobre la baranda del balcón de una casa de piedra, al borde de un precipicio. El fondo era un borrón. La casa, cuadrada, de piedra gris, parecía pintada sobre el cielo azul, como si no tuviera espesor. Se sintió atrapada en una pintura. Junto a la balaustrada donde se había sentado había un copo de nieve. Lo tocó. No estaba frío, parecía un pedazo de goma.

“¿Qué es esto? Parece que estoy en un mundo de mentira, artificial”. Se trataba de una imagen, como los niños que había visto antes, pero ahora estaba presente. Si pudiera hablar con el dueño de estos recuerdos, tal vez le enseñara la salida. El viento sopló. No había nadie alrededor. Se sentía sola. Le faltaba su cuerpo real y la sensación de lo material.

A su lado apareció un niño. La miró con expresión destrozada. Ella se preguntó qué le pasaría, parecía angustiado a punto de romper a llorar. El niño señaló el cielo. Amelia miró y vio el sol, rojo, hinchado, a punto de explotar. ¿Le tenía miedo? Quiso decirle que no les iba a pasar nada, que el sol estaría bien, pero ¿quién le iba a creer? El niño ya no estaba. Había saltado. Amelia lo miró y deseó seguirlo. Podía tirarse al fondo y ver que pasaba. De todas formas eso no era real, así que no podía estrellarse contra una roca. Se paró junto al borde y miró el vacío con aprehensión. Se necesitaba mucho valor para saltar, aunque fuera en un sueño. Pero tenía que ir a algún otro lugar.

 

Tobía intentó acercarse a Amelia para ayudarla, pero Bulen se lo impidió, arrojándolo al piso. Miró a Glidria, suplicante:

–Haga algo –imploró el tuké.

Bulen se volvió hacia el viejo con tranquilidad. Podía herirlo un poco, antes de interrogarlo para saber qué hacía allí. Observó complacido que el guardia tenía a los otros dos a raya, ya que después de haber sido quemados en el rostro y los brazos, no podían cambiar su piel y confundirse en el ambiente. Por su parte, Glidria se percató de que irónicamente, no había hecho caso a su propio consejo, al ir a enfrentarse con un enemigo desconociendo sus fuerzas. Iluminado por el fulgor anaranjado, Bulen avanzó un paso y levantó una mano hacia él.

En el artefacto, la mano de la joven se crispó un momento, volviendo a relajarse enseguida. Tobía notó el movimiento con alegría. Se arrastró hacia ella y tomó su mano. Estaba viva. Tenía que despertarla y luego salir de allí.

El aire vibró con violencia. El sonido palpitante se detuvo por un momento, como si le hubieran bajado el volumen de golpe, y un viento barrió el recinto en círculos. Bulen se frenó a punto de atacar, mirando el artefacto extrañado; pero el centro de la fuerza centrífuga que parecía chupar el aire, el sonido, la luz, hacia sí mismo, no provenía de allí sino de un punto a su derecha. En ese momento, la luz que había tragado fue expulsada en una explosión, el aire volvió a la normalidad, y Grenio se materializó a su lado.

Glidria tragó con dificultad. Intentaba encontrar su voz para poder alegrarse de verlo, pero estaba muy impresionado.

El recién llegado miró el lugar, echó un rápido vistazo a quienes lo rodeaban, y por último se chequeó a sí mismo. Sentía la cabeza ligera. Sus heridas parecían haberse recuperado bastante, sólo tenía una depresión donde su hombro había sido destrozado, y le faltaba además un pedazo de piel en un muslo, el que todavía sangraba.

Reanudando su movimiento, Bulen dirigió su ataque hacia Grenio y le mandó una descarga de energía. Sin alarmarse, Grenio levantó un brazo como escudo, y el ataque fue devuelto. Bulen se apartó a tiempo, pero la energía impactó contra su sirviente, que cayó inerte. El guardia, que vigilaba los movimientos de Trevla y Vlojo, aprovechó que estos habían quedado inmóviles por la sorpresa, se volteó y arrojó su lanza contra el troga. Grenio le agradeció el gesto, atrapándola en el aire. Ahora  tenía un arma. La hizo girar entre sus manos, y el kishime retrocedió, alarmado por su expresión decidida. Pero a Grenio no le interesaba él, se lo dejaba a los otros. Tenía a Bulen delante y esta vez no se le podía escapar.

En cuanto el brillo del artefacto comenzó a disminuir, Tobía se aproximó a la joven. Aún se sentían esos latidos, pero no parecía a punto de explotar. Revisó la superficie brillante, en busca de algún interruptor.

–¡Amelia! –la llamó, susurrando junto a su oreja–. ¡Amelia!

La joven parpadeó.

–¡Aaa...! –y abrió los ojos gritando desesperada.

 

Cáp. 13 – Derrumbe

 

Un minuto antes estaba cayendo en un precipicio, acercándose a velocidad creciente al fondo. Lo alcanzó. Era una bruma espesa y la atravesó. No había suelo. Al abrir los ojos, estaba de vuelta en el mundo real. Reconoció a Tobía y dejó de gritar. Sonrió, profundamente aliviada de volver a tocar, a ver, a respirar. Intentó levantarse. Las hebras que unían su piel al artefacto se disolvieron y cayeron sobre la superficie ambarina, que había cesado de resplandecer. Estaba feliz de sentir su piel de nuevo, pero se percató de que estaba desnuda y se apresuró a cubrirse con sus brazos.

–¿Qué pasa? –exclamó, saltando y ocultándose detrás del artefacto junto con Tobía.

En el otro lado, Grenio y Bulen luchaban, lanza contra espada, abstraídos de todo alrededor.

–¡Grenio! –murmuró, asombrada.

También sintió un alivio increíble, porque todavía estaba vivo. Pensar que había matado a alguien, la torturaba. Algo tibio cayó sobre sus hombros. Glidria le había arrojado la capa que llevaba colgada de un hombro, para que se cubriera. La joven le agradeció con una sonrisa, y se sorprendió porque también se alegraba de ver a este horrible anciano con ojos redondos sin párpados, que la miraba siempre fijo.

–Muchas cosas –le contestó al fin el tuké, muy agitado–. Pero antes que nada, tenemos que salir de aquí.

 

Sulei se levantó chorreando agua, salió de la bañera y tomó su ropa limpia, su habitual conjunto negro. Se dirigió al primer piso y les ordenó a todos los que estaban allí que tomaran sus armas y estuvieran listos para lo que fuera.

Sus sirvientes ya habían adelantado bastante cuando bajó al subterráneo del palacio. Primero habían hecho un gran esfuerzo para girar unas enormes norias que abrirían la salida al río. Luego tomaron una carretilla y se dirigieron al siguiente corredor. Habían colocado el armatoste con forma de pirámide, sobre el tablón con ruedas y lo estaban llevando por un corredor que bajaba y luego subía. Sulei tomó una antorcha y los acompañó. Al final del tortuoso túnel, descubrieron una caverna amplia y húmeda, donde las negras aguas de un lago aguardaban ser perturbadas, por primera vez en cientos de años. Sulei empujó un lanchón hacia el embarcadero y los sirvientes hicieron descender su carga en él. El agua se desplazó con un sonido pegajoso, chocando contra el moho de las lejanas paredes. Los kishime abordaron junto con el artefacto y uno de ellos empujó la barcaza por medio de una larga pértiga, hacia la salida. Sulei le entregó la antorcha y les indicó que los seguiría después.

 

Bulen notó que los movimientos del troga habían mejorado en velocidad y precisión. Cada estocada que intentaba, se encontraba con su lanza. Pensaba superarlo con su agilidad; pero a pesar de sus heridas, Grenio nunca le daba la espalda, siempre atento a sus movimientos. El kishime se detuvo a contemplar la situación. Sulei lo estaba llamando, y le decía que se llevara a la mujer. Necesitaba derrotarlo ahora para ir a encontrarse con él. A la vez que frenaba un golpe de Grenio, Bulen comenzó a retroceder.

Grenio se interpuso en su camino, salvando de un salto el artefacto y parándose frente a los dos humanos.

–¿Es esto lo que quiere? –murmuró el troga, con voz grave, decidida.

Bulen permaneció en silencio. Todos los demás se habían detenido en sus lugares.

–Sé que me entiendes –continuó Grenio–. ¿Dónde está el otro?

No podía hacerlo. Bulen se dio media vuelta, sin contestar, y salió de la habitación.

Grenio resopló y se dispuso a seguirlo, pero primero tomó el brazo de Amelia. Ella lo siguió a los tropezones mientras que él corría a grandes zancadas y se lanzaba escaleras abajo. Trevla los siguió, dejando a Vlojo el placer de reventar la cara del guardia de un codazo. Tobía y Glidria siguieron, pisando sobre el guardia desmayado.

Mientras trataban de alcanzarlo, Bulen se desplazó de la torre al primer piso en un parpadeo, encontrándose con Sulei en la sala de armas.

–Deli Sulei –se disculpó, bajando la cabeza–. Apareció Grenio y no pude derrotarlo. Además, Sadin ha dejado que entren tres trogas al palacio.

Su maestro de guardias había resultado un inútil. No, un traidor. Sulei lo espió, escurriéndose por el corredor hacia los sótanos. Sadin había dejado un grupo cuidando la salida de la torre, y luego se dedicó a averiguar qué tenía Sulei tan escondido en la bodega a la cual no le habían dejado entrar. La encontró vacía. Un recinto circular iluminado con luz tenue; en el centro se veían las marcas de algo pesado que había sido arrastrado hacia fuera, dejando huellas en el polvo a lo largo de un corredor. Por allí se percibía un olor a humedad y un sonido de agua. Volvió arriba y se detuvo en el primer piso. Luego de pensarlo un rato, decidió salir por el jardín.

 

Por fin habían dejado la torre y desembocaron en una larga galería que terminaba en dos escalinatas, abrazando el salón principal del primer piso. Grenio disminuyó la velocidad y Amelia pudo recuperar el aire, mientras descendían lentamente. Adoró la luz del sol que fluía por todo el salón, luego de estar encerrada en un mundo oscuro. Al cabo de un rato, reconoció el lugar, por donde había pasado al escapar ayudada por el kishime de negro.

–Él es... –susurró, advirtiendo que abajo los esperaban Sulei y Bulen.

Grenio la miró, enojado, como avisándole que no se le ocurriera acercarse a ellos.

Aquel kishime le había dicho que le simpatizaba, ¿quién era? Notó que Bulen se mantenía un paso detrás de él, con deferencia, y cuando hablaron lo miró con admiración, muy distinto al rostro frío que le había puesto a ella. Ahora se dio cuenta de que la amabilidad que le había atribuido era todo su imaginación; Bulen nunca la había mirado más que con desdén.

–No esperaba verte tan pronto –dijo Sulei, sonriente, lo que aumentó el mal humor del troga.

Antes de que posara sus pies en el suelo, por los costados del salón entraron dos filas de veinte kishime, armados, y rodearon el lugar. Grenio los contó con calma, esos no le preocupaban.

Sumándose a la fiesta, Trevla y Vlojo emergieron en la cima de las escalinatas, listos a saltar a la batalla.

–Supongo que ya podemos sacarnos las máscaras –continuó el kishime, adoptando un tono más serio y con los ojos puestos en Amelia, que se había ocultado detrás del troga, apretando la capa que la cubría con manos temblorosas–. Yo soy el consejero Sulei y estos son mis hombres. Ya conocen a Bulen, mi mano derecha. Uds. son sin ninguna duda, la profecía. Los demás –añadió, señalando a los otros trogas con un gesto de cabeza–, son interferencia. Pero si salen con vida y llegan a su ciudad, pueden decirle al resto que considere esto mi declaración de guerra.

Los kishime alzaron sus armas. Amelia se encogió en su sitio, estupefacta. Grenio seguía con los ojos fijos en Sulei, los puños cerrados, y lleno de una ira que hacía brillar sus ojos color fuego. Cuando sintió un temblor no se dio cuenta de que provenía del propio edificio.

Bulen frunció el ceño y levantó la cabeza hacia el techo, percibiendo los temblores que sacudían las paredes por oleadas.

“¿Un terremoto?” se preguntó Amelia, sintiendo inestable el piso.

Glidria se había detenido a ayudar a Tobía, que tropezó bajando de la torre y rodó un par de escalones casi llegando al fondo. En ese momento, las paredes vibraron una vez y ellos quedaron quietos, pasmados. No sabían lo que era un terremoto. Luego los temblores se reanudaron, sacudiendo la torre, hasta que pedazos de escombro y polvo empezaron a caer sobre sus cabezas. Salieron corriendo de allí, pero el desastre se expandía al resto del edificio. Cuando alcanzaron al resto, los kishime ya estaban bastante nerviosos, contemplando las grietas en los muros. El palacio tenía mil años, y había sido construido por segmentos. No resistiría el sacudón de una de sus partes.

–¡Esa cosa está vibrando! –gritó Glidria, saltando en medio de todos y haciendo caso omiso de la seriedad de la batalla por comenzar–. ¡La torre va a caer encima de sus cabezas! ¡Vayan a pelear a otra parte!

Amelia no había comprendido sus palabras pero compartía su agitación y las ganas de salir de ese lugar. Los temblores, percibió al fin, no venían de la tierra sino de la torre, donde estaba el artefacto que le daba escalofríos tan sólo recordar. Parecían ir en aumento. Iba a poner una mano en el hombro de Grenio, para pedirle que huyera, cuando vio una figura flotando a su lado. Una figura, porque no tenía la consistencia de un cuerpo; boquiabierta, reconoció al niño del sueño, translúcido, resplandeciente, flotando en el aire.

–¡Tú! ¿Qué haces aquí? –le preguntó, porque debía estar adentro de la máquina.

“Creo que salí contigo... una parte de mí... pudo escapar, un poco”, le contestó una voz profunda que no correspondía a esa imagen infantil. “Me di cuenta, cuando estuvimos unidos... los mismos sentimientos... extraño tener un cuerpo... quería salir”.

Exasperado, porque sentía crujir el adobe de la torre bajo la fuerza de las vibraciones y esto le haría retrasar sus planes, Sulei ordenó a sus hombres que salieran y a Bulen que retrocediera. Pero este no pretendía dejarlo solo.

–¿Tú estás causando los temblores? ¿Porque estás adentro de la máquina? –Amelia preguntó con compasión, tendiendo una mano hacia la figura.

El niño intentó tocarla, pero sólo era un fantasma, sin carne, sin tacto. Su desesperación, sin embargo, era bien palpable. Su voz sonó más agitada: “no... yo soy eso... querían que me convirtiera en eso... para que mis habilidades duraran, siempre”. Pero no sólo su poder había quedado atrapado en el artefacto mecánico, toda su carne, su espíritu, sus recuerdos, se habían metamorfoseado en una cosa que no moría, y no estaba viva. Estaba aburrido y cansado. No podía salir. Al fin, se había dado cuenta de todo eso.

–¿Qué vas a hacer? –preguntó ella con voz trémula, asustada porque ya imaginaba la respuesta, recordando el sol rojo que parecía estallar.

Grenio la miró con expresión rara, porque estaba hablando con alguien que no podía ver. Sólo ella lo veía, sólo con ella podía comunicarse. El niño pareció sonreírle y se esfumó.

Las vibraciones alcanzaron su máxima frecuencia y siguió un resplandor que podía ser visto a muchos kilómetros de la ciudad, saliendo de la torre. El brillo pareció disminuir, de blanco a amarillo y luego rojo. En realidad, el material ya no pudo contener adentro una energía enorme que pulsaba por salir y el artefacto ambarino estalló, en una explosión escarlata que se llevó consigo la parte superior de la torre, arrojando piedras y polvo a cientos de metros. Mientras una grieta se abría a lo largo de lo que quedaba de torre, partiéndola en dos, Sulei y Grenio seguían detenidos en medio del salón, la mampostería cayendo a su alrededor. Trevla y Vlojo pasaron por su lado, viendo que ya todos habían escapado, inclusive el viejo, y no tenía sentido quedarse para ser enterrados. Bulen miró nervioso a Sulei; media torre se despegó de su contraparte y se desplomó sobre el techo del salón produciendo un sonido estrepitoso.

Tobía abrazó a la joven. Sulei accedió a  partir, pero antes de desvanecerse con Bulen, dijo:

–Mi oferta sigue en pie, monje. Nos veremos después...

Saliendo de su mutismo, Grenio los empujó hacia la salida, una terraza que terminaba en una ancha escalinata. Estaban a un segundo de que el techo cediera bajo el peso de los escombros. A sus espaldas se elevó una columna de polvo y se escuchó un gran estruendo. Sin detenerse, bajaron a los jardines y siguieron corriendo. Perdido su equilibrio, todo el palacio comenzó a resquebrajarse y hundirse sobre sí mismo.

 

Cáp. 14 – Escape

 

Sadin fue testigo de la explosión y del escape, pero no vio salir a Sulei. Sin embargo, no  podía creer que no hubiera salido; tal vez usando el subterráneo, que él no se había atrevido a revisar hasta llegar al agua. Ahora se coló por las ruinas de la ciudad, evitando a los otros. De pronto, vio por el rabillo del ojo una sombra que se despegaba de un muro y se volvió a enfrentarla, pensando que alguien lo seguía.

–Un espía... –comentó, acercándose con el látigo en su mano.

La reconoció, era un íncubo que Bulen había usado para obtener información, sacándolo de entre sus filas de nuevos aprendices. Tenía la apariencia de una pequeña humana, así que era perfecto para infiltrarse sin causar sospecha. A él, se le ocurrió un nuevo uso. La presentaría como testigo ante el Kishu, comprobando que la verdadera humana de la profecía seguía viva, y que Sulei había engañado al consejo enviándoles un cadáver cualquiera.

 

Los trogas se detuvieron frente a un edificio medio derruido y miraron alrededor, un poco avergonzados de que otros hubieran sido testigos de su pavor al salir corriendo. En el momento de la confusión, entre el ruido y el polvo, todos habían huido entremezclados. Ahora, los kishime se reunían en pequeños grupos. Uno de estos conjuntos contemplaba el palacio derrumbado desde la azotea de una casa vecina. Trevla se pasó una mano por la frente y suspiró, mientras Glidria se sentaba sobre una roca y sacaba su odre, que sacudió alarmado, pues ya no le quedaba ni una gota.

Amelia estaba parada mirando los restos de la torre, pensando en el niño que le había hablado. “¿Qué habrá pasado con él? ¿Habrá logrado lo que quería? ¿Está muerto?”

Sintió una presencia a su lado que la sacó de su ensimismamiento. Pensando que era Tobía, se volteó, y vio a Grenio, que cruzado de brazos, parecía ignorarla. El tuké estaba tirado a sus pies, adonde había caído desfallecido.

–¡Tobía! –exclamó, alarmada.

–Déjalo. Está bien –Amelia miró fijamente a Grenio, que seguía en la misma posición, la vista clavada en el derrumbe.

–Gracias a ti, Grenio. Siempre supe que ibas a venir a salvarme –bromeó Tobía.

Ahora que no estaba ocupado con los kishime, caviló Amelia poniéndose nerviosa, seguro que querría vengarse de ella por lo sucedido. En cierta forma la había rescatado de los kishime, y se sentía profundamente agradecida. Pero recordaba con claridad su salvajismo al atacar a una niña indefensa. Sus motivos eran siempre egoístas y violentos.  

–¡Espera! –exclamó, asombrada, al darse cuenta de que recién había escuchado sus palabras, es decir, lo había comprendido–. ¿Qué pasa? ¿Quién eres tú?

Tobía se reclinó sobre un hombro para escuchar mejor. Grenio, que había estado absorto en los sucesos del día, lamentando que esos dos se le habían escapado y cavilando sobre cuándo los volvería a encontrar, recordando las habilidades que había usado con la ayuda de esa voz, que ya no había oído desde que salió de la oscuridad, se encontró con una nueva sorpresa. Se volvió hacia la joven, la contempló, esperando que dijera algo más. Ella, en suspenso, todavía esperaba una respuesta. ¿Estaba confundida, o su mente se había descompuesto por haber sido conectada a esa cosa?

–To pu’pogasa... gonia ja –susurró él, aguardando con mucha expectativa algún signo de comprensión.

Amelia inspiró, cambiando lentamente su expresión de pasmo a una calma extraña.

Glidria se levantó, alarmado. Trevla y Vlojo, se dieron cuenta también de que unos kishime pasaban corriendo por su lado, aunque sin prestarles atención. Las bandas de kishime que hasta ese momento andaban esparcidas por la ciudad, se iban concentrando en dirección oeste, desapareciendo fuera de la muralla de Tise. Cuando Amelia se dio vuelta, Grenio ya no tenía su curiosidad puesta en ella porque veía venir algo de muy lejos. Siguiendo la misma dirección que los kishime, como si los persiguiera, una nube de polvo y un eco de cascos se hicieron presentes, anunciando la llegada de un viejo conocido.

–¡Increíble! –exclamó ella, acercándose a recibir a su caballo, que creía perdido desde que los kishime se lo llevaron. Aparentemente lo habían soltado y luego de la conmoción, el fiel animal había vuelto a ver qué había sido de su ama. Corcoveó, bufó, y luego ella acarició su morro con satisfacción–. Hola, bebé, ¿dónde te metieron, eh...? ¿Qué haces?

El caballo metió su cabeza en el hueco de su cuello, resopló por la nariz, y luego fue a saludar también a Grenio, quien le dio unas palmadas en el lomo.

Amelia se llevó una mano a la boca, preocupada, casi asustada. Al pasar por su lado, había visto que el animal todavía llevaba la espada ensangrentada colgada de la talega.

Ya que todos los kishime habían huido del lugar y Grenio no parecía pensar en seguirlos, los guerreros de Fretsa decidieron partir, reanudar viaje para encontrarse con su jefa y ahora, llevarle interesantes noticias sobre los planes de Sulei. Por su lado, Glidria volvió a su montaña, contento sólo con haber salido con vida de ese nido kishime. Ya era de noche y estaban parados en un mirador rodeado de arbustos espinosos, no muy lejos de donde había cuidado de sus heridas:

–Deberías irte con los otros –le sugirió Grenio.

–¿Qué, crees que me voy a sentir solo, ahora que no hay más humanos? –replicó el viejo, observando el valle, las aldeas desiertas y las manadas deambulando por ahí, puesto que sus cuidadores habían sido exterminados–. No soy como tú –se burló.

–Lo decía por los kishime –gruñó Grenio, enojado–. Recuerda que de aquí en adelante debemos considerarnos en guerra con ellos, y todo cuidado es poco. No subestimar al enemigo, ¿recuerdas?

–Ah... Pero eso es tu problema. Yo estoy muy viejo, ya no voy a pelear por nada, ni por nadie. Esos monstruos, además, ya dejaron este valle. Es un lugar seguro.

Como para desmentir sus palabras, en ese momento una lengua de fuego surgió de la ciudad y se expandió como una serpiente roja hacia el río, dispersándose luego en todas direcciones. Los pastos altos, secos, ardieron con facilidad. Pero no había sol que causara un incendio espontáneo. Al mismo tiempo, varios puntos del valle, donde antes había aldeas y chozas, comenzaron a arder, diez piras rojas iluminando la noche con su luz.

Tobía y Amelia vinieron corriendo, atraídos por el terrible espectáculo.

–Están destruyendo todo... –señaló ella, confundida.

–No puede ser –dijo Tobía, con cara de incredulidad–. Los kishime adoran la naturaleza, el campo, nunca harían algo así sólo por el placer de la destrucción.

–Entonces, ¿fue otra cosa? –preguntó ella, pensando en la destrucción de la torre.

Para Grenio, era obra de Sulei, pues él tenía planes que ni los otros kishime imaginaban, y no se detendría ante nada, ni aún ante sus propias creencias, si eso servía a sus propósitos. Lo que le preocupaba era lo que guardaba debajo del palacio. Le hubiera gustado ir a revisar los restos, aunque le daba escalofríos volver a encontrarse con algún artefacto misterioso.

El valle ardió con furia y para la mañana, cuando llegaron al paso por donde cruzarían las montañas, y se detuvieron a contemplar el paisaje que iban a dejar atrás, lo que había sido verde y rebosante de vida, ahora estaba cubierto de humo y cenizas. Todavía quedaban bosques enteros, que serían consumidos antes de que la lluvia calmara el ansia devoradora del  incendio.

 

Amelia!! El Plan Kishime                 Arriba                Cuarta Parte...

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