3ª parte – El plan kishime

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1 El valle, reaparece el poder

2 Glidria

3 Kiren

4 En el interior del Palacio

5 Trampa

6 Amelia actúa

7 Tobia

 

Cáp. 1 – El valle, reaparece el poder.

 

Habían abandonado las tierras áridas y frías y pasado una cadena montañosa muy escarpada, un camino que Amelia no se había creído capaz de atravesar. Pero todavía lo seguía, un poco herida, muy cansada y hambrienta, porque tenía más miedo de quedarse sola en el medio de la nada que de ser su prisionera. Grenio se encaminaba sin descanso a la región de donde venían las piedras verdes, como las del adorno que le había entregado la jefa Vlogro. Creía que el secuestrador de Tobía lo había dejado como una invitación, o una provocación, de parte de los kishime que habían contratado a Fretsa, luego a Tavlo y habían hecho de todo para interferir en su vida. Tener que llevar consigo a la humana lo ponía bastante nervioso, pues no podía dejarla en ningún lado ya que en Frotsu-gra no la querían. Era lenta, débil y quejosa. No le gustaba la comida que él podía obtener pero no sabía conseguirse la propia y tampoco sabía encender un fuego. Por suerte, tenía al caballo como transporte, pues no podía seguirle el paso, se agotaba fácilmente y necesitaba dormir todos los días. Encima, casi se había congelado en el paso de montaña, a pesar de que tenía más ropa que él.

Ahora la observó descansando, sentada contra el tronco de un árbol junto al arroyo. Se encontraban en un valle donde la tierra era negra, la hierba abundante y por todos lados se veían manadas de animales y campos llenos de flores. Amelia dormitaba. Se despertó al sentir una sombra que caía sobre ella y al verlo, se levantó de un salto, espantada.

–¿Qué?

–Pogasa... –Grenio dijo en voz baja, aburrido de su expresión de sobresalto– ta go.

Ella siguió su brazo con la vista. Le señalaba un bosque lejano, cruzando el río. Amelia juntó sus cosas.

El valle de Vleni-gra, había sido en algún momento un lugar favorito para los troga, en el pasado distante, cuando no se escondían de los humanos. Ahora, por todos lados veía o presentía su presencia: un puente rústico de madera, una pala abandonada, los cimientos de una casa. Pasando el bosque, estarían a la vista de Tise, siglos atrás uno de los centros más florecientes de los humanos. Amelia contempló boquiabierta, en cuanto pudo divisarlos entre el follaje y las ramas, los muros y altas torres blancas de una ciudad. Casi saltó de gusto, iba a ver caras humanas de nuevo.

Pero antes de llegar, Grenio quería recopilar algo de información sobre quien habitaba allí. Bajando la colina, se encontraba un pequeño campamento humano, unas cuantas chozas de donde salía humo y no muy lejos, una manada de garro, esos animales que los humanos domesticaban.

¿Qué vinimos a hacer aquí?, se preguntó Amelia, los ojos clavados con deseo en los muros blancos. Pero al ver que se aproximaban a unas casas, su alegría volvió a nacer, pensando que tal vez le darían un buen recibimiento. Mientras tanto, Grenio iba especulando que él entendía bastante bien la lengua humana, pero seguro iban a armar un escándalo al verlo. Se volvió hacia la joven y empezó  a revolver entre sus cosas.

–Oye... –se quejó, perpleja, mientras él encontraba algo con que cubrirse.

Amelia al fin comprendió sus intenciones, en cuanto lo vio ponerse una de las capas que le habían dado los tukés, y sonrió. Por su estatura y tamaño, sólo podía pasar por un humano superdesarrollado a base de esteroides.

–¿Eso es para ocultarse? –murmuró mientras lo seguía rumbo a la aldea, no muy confiada.

Grenio se acercó determinado a un jovencito que estaba distraído, lijando un pedazo de madera con ahínco, frente a la puerta de una casa. Le preguntó algo. El joven levantó el rostro para ver quiénes eran los recién llegados. Primero, vio a Amelia que llevaba de la brida al caballo y lo miraba expectante. Luego sus ojos se dirigieron a este extraño personaje, de figura impresionante y cubierto por una capa. Su rostro quedaba ensombrecido por la capucha, pero sus ojos refulgían y tenía la voz ronca. El muchacho se levantó y salió corriendo sin contestarle y gritando con todos sus pulmones que el monstruo había venido.

Grenio tiró la capa al piso, exasperado, después de toda su precaución para que no entraran en pánico. El joven desapareció, pero de las casas empezaron a salir como una docena de mujeres y hombres, algunos armados con picos y hoces, alertados por los gritos y creyendo que un monstruo venía a robar su ganado.

–¿Quién es ese? ¿Qué quiere? ¡Que se vaya! –gritaron, rodeándolo.

–Sólo quiero  saber algo –gruñó Grenio, molesto.

Por un momento, estas personas quedaron impresionadas porque podía hablar en su idioma. Luego se percataron de la presencia de la joven y un anciano se dirigió a ella. Amelia se quedó sin saber qué responder, movió la cabeza y alzó los hombros, en señal de que no les entendía.

–¿Es otro monstruo? –preguntó una mujer, que estiraba el cuello para ver por encima de los que habían rodeado a los dos viajeros.

–No... –respondió otra, tocando tímidamente un hombro de Amelia con la punta del dedo índice–. Parece que es una chica...

Al mismo tiempo, Grenio, que ya se había cansado de sus amenazas y de que no le contestaran simplemente, tomó a un hombre del hombro y lo encaró:

–¿Hay alguien en la ciudad? ¿Quién vive ahí?

El hombre se estaba muriendo de miedo al notar sus manos con garras y el púrpura de sus ojos, y el resto tomó su movimiento como un ataque. Uno cometió el error de pincharlo con su herramienta y Grenio reaccionó; se dio vuelta y lo lanzó volando de un golpe. Tomó las herramientas de otros dos y las quebró como si fueran escarbadientes.

–¡No! –exclamó Amelia, viendo desvanecerse su sueño de tener casa y comida caliente por lo menos un día.

Aunque hasta el momento no había hecho más que golpearlos, si continuaba así, el troga iba a matar a esas personas, que evidentemente no tenían idea de cómo defenderse. Las mujeres se habían alejado, pero un par de hombres jóvenes se sentían con la responsabilidad de enfrentar al monstruo. Amelia trató de interponerse entre ellos y el troga. Grenio la apartó de un manotazo y cayó al suelo, sentada.

–Ouch... –exclamó– ¿Quién es ese?

De repente divisó a alguien que se aproximaba, caminando entre la hierba alta con paso tranquilo. Parecía tener una túnica suelta gris pálido y se movía con la suavidad de un bailarín de ballet.

La gente de la aldea no lo había visto y Grenio estaba de espaldas, esperando que se animaran a atacarlo. Por eso no se dieron cuenta de su presencia hasta que una bola de luz vino volando y explotó en medio de todos. Amelia eludió la bomba en el último momento, echándose a un lado. Grenio se volvió sorprendido, la bola de energía no le había dado por muy poco. El suelo quedó calcinado sin haber fuego; los aldeanos habían sido arrojados por la onda expansiva.

Se trataba del mismo kishime que aparecía siempre para molestarlo. Había tenido suerte, ya que venía a él sin tener que rastrearlo.

–¿Me buscabas? –escuchó la voz de Bulen claramente en su cabeza.

Grenio tomó su daga. Amelia se había incorporado y contemplaba al kishime con una sonrisa.

–¡Eres tú! ¡Mandaste a Fretsa y a todos esos inútiles tras de mí! –rugió Grenio.

Bulen sonrió con ironía.

–No grites. ¿Viniste a buscar las gemas, al tuké, o es por la profecía?

Amelia se dio cuenta de que la actitud de Bulen hacia Grenio era burlona, no le tenía miedo e incluso parecía despreciarlo. No tenía la cara de buena persona y la sensación cálida que había sentido antes con él. Esto la desconcertó.

–Vine a pelear contigo –respondió Grenio, lanzándose contra él.

Bulen también avanzó y chocaron. A pesar de la frágil apariencia del kishime, sus fuerzas eran similares. Grenio no pudo hacerlo retroceder. Bulen no llevaba un arma pero lo enfrentaba en igualdad de condiciones. Logró apretar su brazo en cierto punto y hacerle soltar la cuchilla. El troga trataba de empujarlo con todas sus fuerzas, apretando los dientes y gimiendo por el esfuerzo, mientras que Bulen lo contenía con absoluta calma.

Los hombres del pueblo murmuraron: esos no eran personas. Amelia se apartó de su camino, el caballo relinchó. Los dos estaban  tan compenetrados en su lucha que ni siquiera se daban cuenta de donde pisaban. Bulen logró sacarse al troga de encima y le lanzó una bola de energía. Grenio la esquivó y esta fue a estrellarse contra una choza. Grenio tomó una de las vigas que saltaron luego de que la casa voló en pedazos y la lanzó contra el kishime. Los humanos habían huido a refugiarse, clamando por misericordia. Amelia trató de esconderse detrás de un tronco caído pero pronto se volvieron hacia allí y tuvo que correr hacia el otro lado.

–Me da risa tu mentalidad simple –le dijo Bulen, satisfecho consigo mismo.

Decían que el troga había desarrollado poderes similares a los de un kishime pero él podía ganarle todavía. Grenio había tomado una astilla y la movió en el aire como un garrote. Bulen esquivó su golpe, saltando. Con ligereza se elevó y retrocedió unos cuantos metros. Sulei no podía decir que este era un ejemplar que valía la pena, no entendía a qué se refería con eso.

Grenio vio que el otro se acercaba y pretendió darle un garrotazo pero se encontró con que Bulen no evitó el golpe sino que aferró la madera con sus manos. Una corriente pasó por ellas y la madera se iluminó un instante, explotando al siguiente en su cara. Cegado por las astillas que lo rociaron, no esquivó su siguiente ataque. El aire explotó frente a él y una onda de calor lo atravesó. Sintió como si  le hubieran clavado mil agujas en el cuerpo y se tambaleó.

Amelia miraba de lejos con un corazón indeciso. Este era el kishime que la había salvado dos veces y que parecía tan amable, pero su poder era terrible comparado con el de esta bestia. ¿Estaba de su lado o no? Si le ganaba a Grenio, ¿podía ayudarla?

Grenio había caído al piso, debilitado por las heridas internas, y Bulen lo contemplaba en silencio. Entonces, Amelia se animó a aproximarse un poco. En eso, el kishime levantó una hoz que los aldeanos habían dejado abandonada. La alzó como si fuera a ejecutarlo, y ella quedó helada.

–¡No! –gritó, tapándose al mismo tiempo la boca.

El troga sentía que algo andaba muy mal porque nunca lo habían derrotado tan fácilmente. Bulen debía de haber golpeado algún punto vital con su explosión de luz. Sabía que estaba  encima de él y que iba a terminarlo en cualquier segundo. La humana gritó y enseguida sintió el zumbido de un objeto que se dirigía a su cabeza a toda velocidad.

Levantó el brazo y atajó el extremo de la herramienta antes de que la hoja de metal tocara su cuello. Si bien el ataque no había funcionado, Bulen usó la hoz como conductor. Electricidad corrió de un extremo al otro. Pero ni la mano ni el cuello del troga explotaron. Como si tuviera un escudo, la energía rebotó en su mano y volvió hacia atrás. El kishime retomó su energía y retrocedió, un poco extrañado. ¿Cómo podía devolver su descarga? ¿Era verdad que tenía poder?

Había abierto los ojos y trataba de incorporarse. Bulen lo miró con fijeza y le pareció que estaba distinto, seguro, como si ahora pudiera levantarse y derrotarlo a él.

–¿Bulen? –dijo Amelia con voz  insegura, interrumpiendo sus pensamientos.

Bulen se volvió y pasó caminando por el lado de la joven, sin detenerse ni posar los ojos en ella.

Amelia se sintió perdida. La había ignorado por completo de nuevo. Luego se desvaneció en el aire. Con el pecho dolorido y al borde de las lágrimas, despegó los ojos del lugar donde había desaparecido.

El troga había logrado sentarse y estaba tosiendo, y ella notó con consternación que le salía un hilo de sangre por la boca. Se agachó junto a él y oyó su respiración angustiosa.

–Eh... ¿Gre-nio? –dudó en preguntarle, pues seguro lo tomaría a mal.

Él la miró y en un primer momento le pareció que su mirada la atravesaba, como si estuviera viendo algo muy lejano; luego la enfocó y trató de hablar. La piel bajo su camisa estaba horadada, como si lo hubieran atacado con punzones. Sin embargo, no parecía tener miedo a morir, si es que podía decir lo que estaba pensando o sintiendo, con esa expresión suya. Parecía más tranquilo que de costumbre y no la miró con el mismo odio o disgusto de siempre.

–Falta poco –murmuró.

Colocó una mano sobre el pecho, conteniendo la respiración. El aire vibró a su alrededor, movido por una música sutil. Como por arte de magia, las heridas se fueron cerrando y el cuerpo recobró su funcionamiento habitual.

Amelia quedó pasmada, y no sólo por lo que había visto, sino porque sus palabras resonaron en su cabeza. Le había comprendido con claridad.

 

Cáp. 2 – Glidria

 

Grenio se agachó en la orilla del río para beber un poco. Mientras tanto, la joven caminaba de un lado a otro sin parar. Alguien los observaba, oculto entre unos árboles cercanos.

Amelia se detuvo y se quedó mirándolo.

–¿Cómo que no me entiendes? Entonces, ¿qué fue lo que escuché antes? ¿Me estoy volviendo loca? Puedes hablar como los otros, como Bulen, con la mente, pero todo el tiempo me ignoras. ¿Me escuchas?

El troga la miró sin comprender. Algo raro le había pasado después de que Bulen lo hirió en el pecho, una fuerza lo había protegido y salvado. Debió actuar medio desmayado. Por qué estaba tan agitada, no se lo podía imaginar. Tal vez, quería irse con el kishime y estaba enojada porque no se lo había permitido.

La joven esperó una respuesta, pero de esa cara de estatua no podía sacar nada. De repente notó un movimiento entre los arbustos y vio que alguien raro se acercaba. Un troga.

–Esto no es algo que se vea todos los días...

Grenio se dio vuelta al escuchar el saludo. Se trataba de un viejo de piel gris apergaminada, y largo pelo blanco que le caía de los costados del cráneo hasta la cintura. Llevaba un manto marrón colgado de un hombro, un taparrabos de piel raída, y un báculo lustroso en la mano izquierda. A la joven le impresionaron sus ojos redondos, que parecían salirse de las cuencas ya que nunca parpadeaba. Se fijaron en ella y Amelia trató de ocultarse detrás el otro.

–Un humano y un troga que se llevan tan bien –terminó el viejo.

–¿Quién eres tu? –bufó Grenio, preguntándose de dónde había salido un tipo tan raro.

–Soy Glidria. Vivo en esa montaña –explicó, señalando un monte que se perdía en el cielo–. Hace rato noté la esencia de un troga y la seguí, y después vi la pelea con ese kishime blanco... Hum... Perdiste muy fácilmente, ¿no crees? No deberías enfrentarte solo con quien no puedes vencer.

Grenio se adelantó un paso, listo a apretarle el cuello, pero Glidria lo detuvo con la punta de su bastón en el pecho.

–Aunque estás vivo, ¿cómo es posible? –añadió.

Amelia se encontró en compañía de dos trogas. Al menos el viejo no parecía tener el hábito de comer humanos, porque la miró con curiosidad primero, pero al explicarle Grenio que era su presa, ya no la molestó con sus ojos saltones. Los dos se sentaron en un claro del bosque. Glidria se desprendió el odre y una bolsa que llevaba atada a la cintura y ambos bebieron y almorzaron.

–¿Conoció a mi padre? –preguntó Grenio, admirado.

–Sí, desde pequeño –asintió el viejo apoyándose en el bastón y estudiándolo–. Pero él era un excelente guerrero y estratega. ¿Cómo es que tú eres un tonto?

–¿Qué?

–Dices que viniste hasta aquí a buscar a ese kishime que te está molestando, y luego lo enfrentas sin estar preparado.

Grenio suspiró. Se levantó y caminó hasta donde Amelia estaba acariciando el morro del caballo y dándole hierba en la boca, y metió la mano en la alforja. Extrajo un adorno de metal rojo con piedras verdes y se lo mostró a Glidria.

–Sí, ya veo. Seguiste la pista correctamente, porque ese adorno proviene de Tise y últimamente se han reunido allí un montón de kishimes, docenas tal vez. Ocuparon la ciudad abandonada... Claro que yo no me he acercado, pero he escuchado a los humanos hablar en el campo y en el bosque.

–Eso es lo que quería saber... –replicó Grenio.

El viejo pasó junto a la joven y le clavó los ojos. Ella empezó a temblar.

–Así que es una descendiente de ese guerrero Claudio –comentó, tomándole la mano entre sus garfios largos y huesudos–. Deberías comértela.

Amelia sintió alivio cuando la soltó, pero contempló atónita que le había dejado una fruta roja en su mano. Glidria se reunió con el otro troga y le preguntó:

–¿Sabes usar una espada?

 

Siguiendo las indicaciones del anciano, se dirigieron hacia las montañas, al lugar donde antes funcionaba la herrería más importante que abastecía a Tise. Estaba abandonada hacía siglos, pero según Glidria, entre los restos todavía quedaban piezas que jamás habían sido entregadas. El último maestro herrero había desaparecido misteriosamente, tras adquirir fama legendaria.

No les fue difícil encontrar la cascada, junto a la cual una enorme casa de piedra se conservaba en pie, aunque invadida por la vegetación. Pasaron sobre los restos de un puente que cruzaba el arroyo y se detuvieron a contemplar el panorama, desde una explanada donde todavía podía apreciarse el piso de adoquines cubierto de pasto, y restos de mesas y aparatos para forjar metal.

Amelia miró el sol que estaba bajando y las sombras que se proyectaban desde la espesura, que prosperaba en ese ambiente fresco y húmedo. El troga se paró frente a la entrada, una arcada coronada por un escudo decorado con piedras verdes. Al poner los pies en el umbral, notó que en la penumbra interior las alimañas salían corriendo asustadas con su presencia.

Amelia sintió un escalofrío mientras miraba alrededor, entre árboles y arbustos, esperando que en cualquier momento saltara algún ser extraño, monstruo o duende, para demandar quién venía a perturbarlo. Oyó crujidos; eran los pasos de su acompañante, dentro del edificio. Esperó paciente, pero intrigada por saber qué venía a buscar el troga en este sitio abandonado.

Grenio recorrió varias habitaciones, revisando antiguos hornos y pilares donde posiblemente hubieran colgado los instrumentos fabricados; hacía mucho que se habían llevado todo. Los humanos se habían apoderado de lo que quedó para sus herramientas. Se preguntó qué tramaría Glidria al mandarlo allí. Al fin, lo único que halló, bajo una grieta del piso, fue un arcón de madera cubierto de tierra. Lo sacó afuera.

En principio tenía un candado, pero lo habían forzado. Grenio contempló el trozo de metal retorcido, no estaba roto y quebrado sino derretido o quemado. Lo puso a un lado y levantó la tapa, esperando encontrar, por alguna vuelta del destino, una fabulosa hoja que esperara por él.

Sólo había algo de polvo en el fondo.

Enojado y preocupado, pensando que tal vez el troga en el que había confiado trabajaba para los kishime, volvió a poner la tapa en su lugar. En algún lugar debía quedar algún herrero tan bueno como el anterior herrero de Tise, creía él, según la idea troga de que un clan pasaba su conocimiento de generación en generación.

Lo único que había quedado de la herrería eran los adornos de las paredes y este bonito arcón recubierto de símbolos. Algunos humanos usaban esos dibujos para enviarse mensajes y poner sus nombres, pues los había visto grabados en los edificios antiguos y en rollos de piel sobre los cuales pintaban. Si hubiera tenido al tuké habría sabido qué significaban. Grabó en su mente los símbolos representados sobre la entrada y en la tapa del arcón.

Mientras Grenio estudiaba la caja de madera, Amelia estaba inquieta, con la sensación de que la vigilaban mil ojos ocultos en el bosque, y cansada tras una larga jornada. No había comido en todo el día, recordó, y tenía la fruta que el troga le dio. No la había probado por desconfianza, pero a esta hora, prefería correr el riesgo. La sumergió en el río y con ademán de quien va a la horca, la mordió. Era una fruta dulce y jugosa como un tomate. Podía ser veneno, pero estaba deliciosa. ¿Por qué se la había dado? Imaginó que el viejo la veía como un mono de circo o la mascota de un amigo. Bueno, le daba igual.

Se desperezó, y miró hacia el valle. Le extrañó que una columna de humo se levantaba más abajo, demasiado espesa para ser la fogata de un campamento o un hogar. Si no la engañaban sus ojos, también veía un resplandor rojizo detrás de la floresta.

 

Cáp. 3 – Kiren

 

De regreso, pasaron por una aldea humana que había sido atacada e incendiada.

Grenio había sentido el olor agrio del humo y la pestilencia de los cuerpos mucho antes de que la espesura del bosque les permitiera divisar el  fuego. Algunas chozas ya habían ardido completamente y sólo quedaban carbones y ceniza. Amelia se tuvo que cubrir la boca y nariz con la manga de su casaca para no vomitar: por todos lados había cuerpos caídos, mutilados o quemados. Mujeres, hombres y niños; todos los habitantes de la aldea habían sido masacrados. Algunos habían muerto de frente, sin llegar a usar las azadas y palas tiradas junto a sus cadáveres, y otros mientras trataban de escapar.

–¿Quién hizo esto? –susurró Amelia, tratando de evitar ver directamente las heridas abiertas–. ¿Otros humanos? ¿Trogas?

Grenio se volvió hacia ella y pareció negar, mediante un sacudón de cabeza enérgico:

–Fra.

El olor, además de la muerte, señalaba a un grupo bastante numeroso de kishime. Desconcertado porque nunca había visto ni oído que ellos atacaran en grupos, y menos a cualquier humano, revisó el lugar para ver si hallaba algo particular que quisieran obtener. Pero parecía un simple caserío de pastores, pobres, sin armas ni herramientas sofisticadas.

Amelia quedó anonadada después de esa visión, y ni todo el cansancio del mundo le dejó cerrar los ojos. Permaneció arrebujada en su manta mirando el fuego, que Grenio preparó en un claro, abierto a la luz lunar y libre de malos olores. Sentía el rumor de un arroyo cercano y el ulular de los insectos y animalitos nocturnos, lo que en otras noches le había parecido agradable pero hoy sonaba tétrico.

Al fin se durmió y soñó con el fuego que casi la había alcanzado en Frotsu-gra, pero en su pesadilla se veía a sí misma carbonizada, un cuerpo inmóvil que de pronto abría los ojos y pretendía salir caminando a pesar de que ya había muerto. Alguien la miraba con la impotencia de no poder alcanzarla, y luego un ser de ojos fríos, cabello largo y piel luminosa, le tendía los brazos.

 

–Deli, Sulei –se disculpó Bulen entrando en un salón del palacio elegido como cuartel general.

El recién llegado contempló el artefacto que Sulei había ordenado desenterrar del subterráneo del edificio y colocar en ese recinto sin salidas al exterior. Tenía la forma de una pirámide trunca con grabados sobre la misma piedra. Estaba hecho de un material oscuro, opaco. En ese momento, su jefe tenía las manos puestas encima, sintiendo su textura y frialdad.

–Algo no anda bien... –comentó, entrecerrando los ojos, luego retiró sus manos y le prestó atención a Bulen.

–¿Para qué piensas utilizar eso?

–Ah, más adelante verás, si lo puedo reparar. No importa... ¿Cómo les fue a los nuevos combatientes?

Bulen hizo un recuento detallado del desempeño de los kishime mandados por el Consejo. No sobrepasaban los doce años y tenían buenas cualidades, como era de esperar de un kishime que sobreviviera la infancia; pero todavía se mostraban inexpertos en la lucha y en seguir las órdenes.

–Era de esperar –respondió Sulei mientras salían del cuarto oscuro y se dirigían arriba–. Los jóvenes de hoy en día no han sido preparados para la guerra. Sólo mi Casa ha mantenido el ideal del soldado. El resto del Kishu sólo se contenta con subsistir, aburridos, en los rincones de este mundo, afirmando al mismo tiempo que somos la raza más poderosa y que al final prevaleceremos. ¡Hay que demostrarlo! ¡El tiempo es ahora! Después de todo, la profecía está aquí.

Bulen nunca lo había visto con ese rostro tan serio y expresión enérgica. Pasaron por un hall donde los kishime que recién habían vuelto de su práctica se alineaban para escuchar las recomendaciones de su superior. Se trataba de una decena de muchachos pálidos, delgados, de rasgos delicados, que observaron con admiración al nuevo miembro del Kishu. Les habían dicho que tenía el doble de su edad y que podía acabar con cualquiera, incluso con los kishime más poderosos.

Sulei saludó a los jóvenes con una sonrisa que les brindó confianza.

–¿Cuál fue el resultado? –preguntó al instructor, que parecía un doble de Bulen.

–Todos los humanos murieron en el lugar. Después quemamos la aldea, como solicitó.

–Ya veo que les resultó fácil. Ningún herido.

–La resistencia fue nula, señor. Si fueran trogas...

–Pide demasiado, Sadin. Bulen les ordenará algún otro ejercicio, estén prontos –replicó Sulei, riendo, y a los jóvenes comentó–: Si pasan mi entrenamiento, pueden tener una espada como esta.

Días antes se había traído las mejores armas que podían hallarse, y las colocó en exposición en una larga mesa. Las hojas refulgían en tonos rojos y verdes bajo los candelabros que iluminaban el interior del palacio con el brillo del día.

En la terraza del primer piso, admiraron los primeros rayos del sol.

–¿Hay algo que quieras decir?  –preguntó Sulei a su compañero, notando su espíritu inquieto y la mirada perdida.

–Sí, pensaba en tus palabras –Bulen lo miró confuso–. No entiendo por qué ha decidido el Kishu atacar ahora, luego de permanecer quieto por mil años.

En la última guerra entre kishimes y trogas,  mil años antes, una generación entera había perecido. Más tarde se recuperaron, pero para entonces si querían dominar en el mundo no sólo debían vencer a los trogas, sino también a los humanos, que tenían a su favor su número: se procreaban en cantidades, y vivían en ciudades bien defendidas con ejércitos poderosos.

–No es porque seamos pocos, como te habrán enseñado en la escuela comunal. Es que el Consejo se volvió perezoso, y atemorizado por creencias supersticiosas de las cuales no tienen ni idea... ¿Cuántos de ellos saben leer nuestros antiguos escritos y conocen nuestra historia? –Sulei chasqueó los dedos–. Se tranquilizaron con el cadáver de una humana cualquiera, creen que el sofu ya no existirá. Era fácil convencerlos en ese momento.

–Es cierto que con nuestros poderes... –asintió Bulen, fijándose en los humanos que habitaban del otro lado del río–. Esos humanos decadentes... ni siquiera saben que estamos acá.

–Muchos no creen que existimos, ha pasado tanto tiempo –rió Sulei–. Bueno, peor para ellos.

 

Se despertó empapada en sudor, temblando. No podía deshacerse de los sueños, pero este había parecido tan real que creyó haber  tocado a esa persona. Persona u otra cosa, que trataba de comunicarse con ella, como si quisiera ayudarla o avisarle de algo importante.

Había luz. Miró alrededor. Estaba sola por el momento, pero seguro que el troga no se había alejado mucho. A veces se iba, pero la seguía vigilando como si temiera que se le escapara. En verdad, no la dejaría en paz nunca. Necesitaba volver a la Tierra para sentirse libre.

A veces le daba lástima lo que le sucedió a su familia, pero otras veces lo odiaba por haberla metido en este lío. Si estaba allí en un mundo extraño, era todo su culpa. Y encima, nada había salido bien. Cuando creía tener un medio para retornar a su hogar, se lo robaban. Tenía a Tobía que la quería ayudar, y desaparecía. Los troga trataban de matarla y los kishime creían que traería el fin del mundo. Había muchos muertos alrededor. “Esta mala suerte... ¿será obra de esa tal profecía? Están todos asustados, excepto este terco que sólo piensa en vengarse. ¿Sabrá lo que veo en los sueños? Si pudiera contarle...”

No, era inútil. Aunque hablara con Grenio, no creía que pudiera hacer las paces y que todo terminara como si nada.

 

Grenio había salido a recorrer los alrededores, para estar seguro de que estaban solos. Tenía que estar prevenido, ahora que los kishime sabían que estaba allí. La luz matinal iluminaba con su gracia el verde follaje y las ardillas correteaban entre las ramas sin tenerle miedo. Un arroyo corría alegre entre las rocas brillantes. Los picos se alzaban en la lejanía, envueltos en una neblina azul.

Alguien se acercaba. Las hojas muertas crujieron y un par de criaturas del bosque huyeron entre gritos. Grenio se mantuvo quieto contra el tronco de un árbol y esperó.

Una pequeña se acercó corriendo por el sendero. Venía mirando hacia atrás como si la persiguieran. Pasó por el lado del troga sin percatarse de su presencia, pero se detuvo unos metros más allá, helada. La niña traía un vestido con el ruedo rasgado y manchas de tizne. Volteó la cabeza y lo miró con ojos dilatados de miedo. Aunque Grenio no se movió, su cuerpo se accionó como por un resorte y la niña se perdió entre las ramas. El troga supuso que venía de una aldea del valle, y estaría asustada por haber presenciado el ataque de la noche anterior.

Volvió al campamento y se encontró con que la joven ya había recogido sus cosas, se había cambiado de ropa, y estaba sentada con la cabeza inclinada y las manos enlazadas sobre el regazo. Era una actitud extraña, como si esperara para confesarle algo.

Ella alzó la cabeza, lo miró a los ojos, que era poco usual en ella, y le hizo una seña.

Grenio se acercó y se acuclilló a su nivel. Amelia lo miró con intensidad, quería que sus palabras entraran de alguna forma en su cabeza. Al final, señaló el lugar en su pecho donde lo habían herido y había sanado y alzó las cejas, inquisitiva. Grenio no movió un músculo. Amelia intentó tocando su propia cabeza y la del troga, indicándole que en aquel momento se habían entendido.

–Tre...? –preguntó Grenio, sabiendo que intentaba comunicarse pero sin entenderle.

Amelia señaló de nuevo sus cabezas e hizo un ademán de estar dormida.

–Tatsa.

–En mis sueños... vi a Claudio –se señaló a sí misma.

–Jo-rri Claudio –repuso él, señalándola.

–Y al troga... pelearon y... había un bebé –Amelia no estaba segura de que toda su gesticulación fuera comprendida.

Grenio asintió bajando la cabeza. Sabía perfectamente que en el mundo del sueño había visto a sus antepasados, batallas y sangre, porque compartía las mismas visiones cuando dormía cerca de ella. ¿Pero por qué sacaba eso ahora?

–¿Me comprendes? –Amelia sintió un tremendo alivio, si no hablaba con alguien iba a explotar.

Pero ahora, ¿cómo le explicaba que en la última noche, había visto a Claudio, una mujer quemada y en lugar del troga, su antepasado, a otra persona?

–Sa... –murmuró Grenio, sobresaltado, y al seguir su mirada ella se percató de que estaban siendo observados por una niña.

Se trataba de una pequeña de siete, ocho años, flaca y medio sucia, que dura como una estatua, los miraba con ojos redondos y asombrados mientras ellos estaban enfrascados uno con el otro. De inmediato se levantaron y se separaron.

Grenio amagó ir hacia la niña, que no atinó a moverse. Las piernas le temblaban. Amelia se apiadó de su aspecto frágil y temeroso y se interpuso, colocando las manos sobre los hombros de la pequeña para tranquilizarla. La niña sollozó y miró de soslayo al troga, que cruzado de brazos, se preguntaba qué querría esa criatura.

–Sh... no le hagas caso –la consoló Amelia, pasándole un brazo por los hombros y secando sus lágrimas. Le sonrió y preguntó–. ¿Cómo te llamas? Yo soy Amelia, Amelia –se señaló.

La niña sorbió sus lágrimas y tartamudeó:  –K-Kiren.

“Qué lindo nombre y qué tierna que es...”. Era una bonita niña debajo de todo el tizne. Parecía maltratada. “¿Qué le habrá pasado?”

Grenio la interrogó, de dónde venía y dónde estaba su familia. La niña dudó en contestarle a ese monstruo, pero como la muchacha le daba confianza y estaba con él, le contestó que venía huyendo de su aldea, y que todos estaban muertos luego de que vinieron unos muchachos malos, con sus espadas y fuego. Por sus señas y la tristeza en su rostro, Amelia se dio cuenta de que la pobre niña había sufrido peor suerte que la suya, y que estaba sola. A pesar de la molestia del troga, no iba a dejarla abandonada, por lo menos hasta llegar a una aldea humana, y como parecía que Grenio había decidido encaminarse hacia la ciudad de muros blancos, Amelia decidió que la niña los acompañara e incluso le cedió la montura.

Para el troga sólo era un estorbo, pero al rato se dio cuenta de que la niña decía “Dilut, Dilut”, y se refería a la ciudad de Tise. Cuando salieron del bosque, los muros se alzaron ante sus ojos, imponentes sobre la campiña, y Kerin gritó asustada. Los malos se escondían allí en el palacio alto, dijo, escondiendo su cara entre las crines por las cuales se sostenía al caballo. Amelia la calmó con unas caricias en la espalda, y le dio una fruta que había recogido por el camino, igual a la que Glidria le regaló antes.

Grenio contempló la torre que se erguía en el centro de la ciudad, sus ojos ardiendo. Ahora iba a ver que tramaban los kishime y por qué se metían con él, pero sobre todo, esperaba acabar con el tal Bulen.

 

Cáp. 4 – En el interior del Palacio

 

Sulei, luego de asegurarse de que estaba solo, bajó unos escalones y caminó por el largo pasillo que se internaba en el subterráneo del palacio. Había prohibido que sus hombres se acercaran, y así lo habían cumplido. Sólo Bulen y un sirviente sabían que al final del oscuro y estrecho pasillo, un humano languidecía en una de las celdas. Dos veces por día el sirviente le dejaba comida y agua, cuidándose de no ser visto por otros kishime.

Tobía sintió el quejido de la puerta al abrirse y levantó la cabeza. La única luz entraba por una pequeña abertura circular cerca del techo. La puerta se abrió y el mismo kishime que lo había recibido el primer día apareció en el umbral. Podía ver claramente su rostro que lucía una ligera sonrisa, porque el rayo de luz lo iluminaba directamente. Sulei se movió hacia las sombras al entrar y Tobía se enderezó, todavía sentado en el camastro.

–¿Cómo se encuentra? –le preguntó el kishime con naturalidad, como si conversara con un viejo amigo.

Tobía no le contestó. Sulei le daba escalofríos porque sonreía y hablaba amablemente, lo cual en su situación resultaba chocante.

–Tuké Tobía ¿cierto? –continuó Sulei, gesticulando con suavidad–. Supuse que estaba aburrido, después de tantos días de encierro, así que vine a traerle novedades...

Tobía trató de distinguir su expresión en la penumbra. También miró la puerta, que había quedado entreabierta, más allá de Sulei.

–No se preocupe por salir, ya que tenemos noticias de que han venido a rescatarlo.

–¿Han venido?

–Pero no creo que sólo un troga y una pobre chica humana puedan pasar por cincuenta de nosotros –agregó el kishime.

–Ella... –Tobía había estado pensando todo ese tiempo, y había llegado a la conclusión de que si lo habían atrapado en Frotsu-gra, tenía que ser una trampa con la finalidad de atraer a Grenio a un lugar donde corría con desventaja–. Ustedes quieren...

–Ya se habrá dado cuenta de que no nos interesa su vida, y que sólo nos sirve para atraparlos.

El corazón de Tobía comenzó a latir con fuerza.

–¡No! –exclamó–. Grenio no va a venir a rescatarme a mí... si viene es para hacerlos pedazos a Uds.

Sulei se rió.

–Así es –asintió, y luego en tono serio le dijo–. Pero tú quieres permanecer con vida, supongo...

–¿Qué quiere? –replicó Tobía, frunciendo el ceño. El kishime pasaba de la amenaza a negociar con él.

–No se ofenda por lo que voy a proponerle. Piénselo... Su vida y las valiosas piedras de su templo, a cambio de la humana. No, no se altere. Considere... recuperar algo que han cuidado por incontables generaciones a cambio de una joven que apenas conoce.

Sulei se retiró antes de que pudiera responderle. Tobía quedó turbado, demasiado enojado como para contradecirlo en el momento.

 

Grenio se acercó al palacio más alto de la ciudad, esquivando con cuidado toda presencia. Se escurrió por calles destruidas, cubiertas de polvo y escombros, y saltó por los techos hasta alcanzar su destino sin ser descubierto.

El palacio constaba de tres torres cilíndricas que se elevaban sobre una construcción maciza formada por varios pisos de terrazas. Eso le daba una forma peculiar según la fachada por la que se lo observara. Grenio examinó el lugar desde los edificios cercanos. Evitó las terrazas del oeste puesto que por las ventanas se divisaban señales de actividad. Los jóvenes estaban practicando lucha. Al fin, eligió entrar por la fachada sur, ocupada por un sector escalonado que terminaba en un estanque seco. Saltó rápidamente los cinco niveles hasta llegar arriba. Una fuente vacía, envuelta en esculturas que representaban hojas, flores y animales, se abría en el centro de un balcón con piso de mosaico y rodeado de puertas que daban paso a la penumbra del interior.

Esa zona del palacio estaba medio derruida y llena de humedad, tierra y musgo. El troga siguió su olfato y caminó por anchos pasillos que daban vueltas, finalizaban en escalinatas y salones, subían y bajaban, formando un laberinto.

 

Sulei emergió de las regiones más bajas y se sorprendió al encontrarse de frente con Bulen.

–¿Qué pasa?

–Están aquí, Sulei.

–Bien, déjalos que se aproximen un poco más y luego haz lo que te dije. Yo me ocupo de ella. Y que nadie interfiera.

 

La joven miró por la rendija de la ventana, para asegurarse de que la calle seguía vacía. Kiren seguía sentada y sacudiendo las piernas sobre una antigua mesada de piedra, al fondo del cuarto donde las había dejado Grenio. Amelia la envidió, ya que pasado el susto, jugaba como cualquier niña, con algo que había encontrado entre sus cosas. Miró de nuevo hacia fuera y, segura de que nadie los había seguido y nadie las vigilaba, se dirigió hasta la niña a indagar qué objeto estaba revolviendo entre sus manos.

Amelia le quitó el colgante, sorprendida. La niña la miró con grandes ojos, asustada por su movimiento brusco, pero al segundo se distrajo con un insecto que estaba anidando en una grieta de la mesa. Amelia estudió el adorno, un círculo formado por cuatro gajos, cuatro piedras verdes, y luego se lo colgó del cuello. Grenio lo había puesto entre sus cosas, así que no lo consideraba importante. Eso quería decir que no había ido a la ciudad para buscar al secuestrador de Tobía, sino por un motivo personal. Lo único que le interesaba era pelear.

Miró a Kiren, indecisa, y al final se dirigió hacia ella y le hizo una seña para que se quedara quieta, callada, escondida en esa casa abandonada, junto con el caballo. La saludó desde la entrada y tapó bien la puerta, no fuera que alguien pasara y la viera adentro. La casa estaba ubicada a la sombra de la muralla. Amelia comenzó a caminar mirando hacia todos lados y evitando separarse de los muros. Estaba en un pueblo fantasma. Ni un sonido, nada, excepto el susurro de sus propios pasos.

Al rato, ya acercándose al centro de la ciudad, comenzó a percibir un murmullo. Al final de la calle, que desembocada en un espacio abierto, le pareció ver una sombra que pasaba. Se apretó contra la pared, el corazón golpeándole en el pecho como para romperle las costillas. Miró de nuevo: nadie. Pero no podía continuar en esa dirección, de la que provenía claramente un ruido de pies arrastrados. Se dio cuenta de que podía usar un muro destruido por el paso del tiempo como escalera para subir a la azotea de la vivienda contigua, y desde arriba, ver qué había del otro lado de la manzana.

Se arrastró sobre su vientre, con cuidado y sigilo, hasta el borde de la última casa y espió por encima del pretil.

Un grupo de jóvenes formados en un rectángulo hacían ejercicios marciales, guiados por un instructor también de apariencia juvenil y túnica gris. “¿Son humanos? Parecen muchachos... son muy ágiles...” Los contempló por un rato; practicaban con una vara de madera, arrastrando los pies al avanzar y luego saltando y golpeando el aire, en imitación de los movimientos de su maestro o superior. Lo extraño era que todos esos jóvenes de túnica blanca e inmaculada, no emitían sonidos, no jadeaban, ni respiraban fuerte, parecían incansables, y su maestro no les daba órdenes. Sus brazos y piernas fluctuaban al unísono, y en sus rostros no se reflejaba ninguna emoción.

Amelia estaba sudando e inquieta. Se apartó de su puesto de observación, sintiendo que si se quedaba más rato se iban a percatar de su presencia.

Dio un rodeo por las calles y al mirar hacia arriba, notó que estaba cerca de las torres altas que había visto de lejos. Había algo ominoso en las tres torres blancas, lisas, que parecían intactas en medio de aquella ciudad ruinosa y abandonada. Temió que el eco de sus pasos despertara a los habitantes fantasmales de esos palacios que parecían observarla desde las sombras. Luego se rezongó, porque lo más temible que podía encontrarse era a uno de esos trogas o kishime, y eran seres de carne y hueso. Si estaban allí, los iba a ver y sentir tanto como ellos podían. Tenía que ser cuidadosa.

En eso, mientras decidía que iba a hacer, continuar revisando o volver y esconderse, un hombre alto, vestido de gris hasta los pies y con cabello largo, pasó caminando a una cuadra de distancia. Sin apartarse de la galería en la cual se había detenido, Amelia siguió a la figura con un aire similar al de Bulen.

Si era él, tenía la esperanza de que viéndolo a solas, se decidiera a ayudarla. O ¿qué podía haberlo cambiado tanto desde la vez que le salvó la vida? En el fondo, no podía creer que con ese rostro de ángel no fuera una buena persona. Debía tratarse de un malentendido.

Sin darse cuenta, llegó al borde de la galería y cruzó la avenida en dirección al palacio.

La figura que seguía se había internado en su interior tras subir por una amplia escalinata que terminaba sobre la calle. Amelia se detuvo al pie de los escalones, sintiéndose desnuda en ese espacio abierto. Miró atónita la enorme puerta de entrada, sobre la cual había un relieve decorado con gemas verdes. Conocía ese dibujo; lo comparó con el colgante y comprobó que era idéntico. Una sensación de alegría la invadió, parecía que el destino la había guiado, pues no tenía ninguna razón para tomar el adorno y seguir a ese hombre y sin embargo, había llegado al lugar indicado.

 

Su instinto le había dicho que revisara la parte de abajo. Si quería descubrir que tramaban, las respuestas estarían en las profundidades. Logró desenredar su camino hasta las bodegas y pasillos del sótano; allí captó la esencia de un kishime.

Estaba oscuro, olía a moho y oía un rumor de agua corriente. Una ráfaga de aire rancio pasó y lo guió hasta un salón circular del que partían cuatro pasillos. Trató de ubicar la pista pero en ese punto se confundía, así que optó por una puerta cualquiera, descendiendo una cantidad de peldaños estrechos excavados en la piedra. De repente se detuvo. Un escalofrío recorrió su espalda y se clavó las uñas en sus propias palmas. Nunca había tenido tanto pavor.

Había desembocado, al final de la escalera, en un recinto circular y abovedado, una cueva artificial. La luz de tinte verdoso provenía de unas lámparas adosadas a las paredes, fabricadas con lascas de cuarzo verde.  En medio de ese ambiente turbio, habían colocado un gran armatoste negro, con grabados relucientes en sus cuatro lados. Grenio no supo definir qué podría ser aquello: tal vez una caja, pero no veía aberturas, o una pieza de arte antigua. Sin embargo, su piel se heló al contemplarla, presa de un incontrolable terror. Luego distinguió otra cosa detrás de la pirámide negra, un artefacto colocado contra la pared, coronado de cables y tubos, con un cuerpo central cilíndrico de metal y cristal.

Sus ojos no necesitaban mucha luz para distinguir los objetos. Pudo ver con claridad su contenido, con el débil reflejo de la luz en la superficie de vidrio. Dentro de ese extraño recipiente, en un líquido espeso, flotaba un cuerpo.

Se trataba de un troga y Grenio lo reconoció. No había imaginado encontrarlo allí, ni en esas circunstancias. No le agradaba, pero ese final tan perverso, insólito, no lo merecía Tavlo a pesar de ser un traidor. Se acercó con recelo. El cuerpo desnudo, estaba atravesado por varillas que lo sujetaban al soporte metálico de la maquinaria. Podía ver sus ojos entreabiertos y lechosos, que le daban una expresión melancólica a su rostro, como si lamentara lo que le había sucedido.

El troga nunca había visto ni oído que los kishimes hicieran algo similar. Sólo podía entender que a Tavlo lo habían asesinado para algún uso muy particular. Tenía que salir de allí y enfrentarse de una vez con los kishime. En ese lugar no iba a encontrar más respuestas.

 

Amelia cruzó la entrada y se halló en un amplio salón abrazado por escalinatas. Podía caminar a la derecha o a la izquierda. Se preguntó adónde se habría desvanecido el kishime. Notó que todo relucía, los pisos brillantes y las paredes pulidas, demostraban un gran cuidado; aunque por fuera el edificio parecía estar derruido. Por lo demás, estaba muy silencioso. Sus pasos resonaron en las paredes vacías.

Al final eligió ir hacia delante, vacilando ahora que ya estaba adentro, recapacitando que sería peligroso encontrarse con otros kishime. No sabía qué le pasaría si la sorprendían allí.

Debajo de una escalera se abría una habitación larga, donde vio una mesa dispuesta con innumerables armas blancas de todos los tamaños. Se dio cuenta de que se había precipitado al venir. Guerreros entrenando, armas... ¿con quién pensaban luchar? Recordó la gente de la aldea destruida, todos masacrados. Eran fuertes como para enfrentarse al troga y ganarle... los humanos no tenían oportunidad si los kishime decidían dedicarse a atacarlos. Pero Tobía le había dicho que hacía más de quinientos años que no había una guerra entre las razas, porque los troga eran poquitos comparados con los humanos, y a los kishime parecía no importarles el resto del mundo.

Algo interrumpió sus pensamientos. Tuvo una sensación desagradable, como si alguien la observara. Se dio vuelta, alarmada.

Un hombre, calvo y vestido de pantalón y camisa negra, estaba parado en el otro extremo de la sala.

 

Cáp. 5 – Trampa

 

Volvió sobre sus pasos, subió la escalera, y se encontró de nuevo en la confluencia de las cuatro puertas, al mismo tiempo que un par de kishimes emergían de extremos opuestos.

Uno era el sirviente que venía de llevarle agua a Tobía, y se sorprendió al verlo. El otro era Sadin, que había sido encargado por Bulen de inspeccionar el lugar, y enseguida se puso en guardia, sacando el látigo que traía enrollado en su cintura.

Antes de que pudiera hacer nada, Grenio se vio aprisionado por una fina correa que simulaba una columna vertebral, compuesta de pequeños huesos hilados en una cinta de metal, de tan sólo un centímetro de diámetro. Dobló su brazo izquierdo e intentó romperla con sus garras, pero el hilo era indestructible. A la vez, notó que el sirviente se le venía encima con un cuchillo que había sacado de entre sus ropas. De este se libró con un golpe en el momento en que se le arrimaba, y al mismo tiempo tironeó con todo su cuerpo hacia delante llevándose consigo al otro. Sadin perdió el balance por la fuerza inesperada del troga. Torció la muñeca y el látigo se aflojó.

Grenio tomó al sirviente por el cuello y lo lanzó por una puerta. Rodó escaleras abajo. Mientras, en su celda, Tobía sintió los ruidos que provenían del pasillo y el quejido que emitió el kishime al caer. Por un momento, esperó que vinieran por él.

Sadin lanzó su correa hacia el cuello del troga, pero este ya estaba corriendo hacia la salida. Vio venir el ataque y cazó la punta del látigo en su mano. Este se enroscó en torno a su muñeca, salvando su cuello. Luego le dio un tirón, pero Sadin estaba listo y se dejó guiar por el movimiento, saltando con ligereza hacia el propio Grenio y extendiendo un brazo directo a su pecho. El troga se inclinó, esquivando el golpe, y notó admirado, que al golpear la pared junto a él, el puño del kishime se hundió y dejó una cicatriz profunda en el muro.

–¡Jo fra to! –exclamó, dándole un codazo en la cabeza que lo mareó por un segundo.

No le interesaba entretenerse con este kishime. Corrió escaleras arriba, emergiendo de las profundidades del palacio a una zona iluminada. Por suerte ahora llevaba la daga en su mano, porque al llegar al nivel de la calle, lo esperaban cinco jóvenes kishime, alertados de que había alguna conmoción en el lugar. Expectantes, rodearon la puerta que les habían prohibido traspasar, esperando que también les tocara un poco de acción para demostrar su poder.

Grenio se detuvo y los miró, tranquilo. Entre ellos no se encontraba Bulen. Les preguntó dónde estaba su jefe pero no le comprendieron o no les interesaba responder. El troga levantó su brazo armado, doblado, en actitud protectora. Los kishime permanecían inmóviles, paralizados, con la mirada fija en él y casi sin respirar.

De pronto todos se pusieron en movimiento al unísono, embistiendo de todas direcciones. Eran rápidos, pretendían confundirlo y rodearlo para atacarlo por todos lados. Pero Grenio no se dejó intimidar por su velocidad y sutiles movimientos. Se lanzó hacia delante, resuelto, esquivando un golpe por la derecha y parando una estocada con la izquierda. Se zambulló, empujando a los dos que lo atacaron de frente y lanzándolos contra sus otros compañeros. Se volteó, había logrado tomar a uno por el pelo y lo abatió contra el piso, mientras hería con un rápido movimiento al que lo atacaba desde arriba, dejando un tajo en su hombro.

Alguien gritó una palabra y Grenio se vio librado del enjambre de molestos muchachos. Una línea voló hacia el techo, y al impactar produjo una explosión de polvo y escombros. Grenio se apartó de un salto atrás, esquivando los pedazos que cayeron donde estaba parado un segundo antes. Al disiparse el polvo, vio a Sadin, observando con el látigo colgando fláccido de su mano. Los otros kishime se reagruparon, humillados por haber sido sorprendidos por su maestro en una mala posición. Grenio inspiró una gran bocanada de aire y apretó los puños. Aceptó que iba a tener que vencer a todos estos, para avanzar y enfrentarse con Bulen.

 

Sulei contempló a la humana con curiosidad y una sonrisa hipócrita. Ella sintió un escalofrío cuando él caminó hacia ella y retrocedió sin querer. Las piernas le temblaron. Tenía la sensación de que lo conocía, y le causaba desagrado, más que temor. Sulei se detuvo y le habló:

–No te asustes.

Amelia titubeó, porque lo comprendía:

–¿No eres humano?

–No, como puedes notar, comunicarnos con ideas a través de nuestras mentes, aunque usemos palabras también, es una facultad que tenemos algunos kishime –explicó.

Amelia se encontró de espaldas contra la mesa, donde estaban las armas.

–Es peligroso que una humana esté aquí –siguió Sulei, acercándose lentamente–. Por ahora estamos ocupando este palacio y a la mayoría no les gustan los de tu especie.

Amelia lo miró con interés, preguntándose qué quería decir. ¿No pretendía hacerle daño? ¿A él no le disgustaban los humanos?

–Ven –dijo Sulei, tendiéndole la mano–. Tienes que salir de aquí.

Le tomó una mano y la guió hacia la puerta, deteniéndose allí para espiar el exterior. Ella lo siguió, aturdida, y al fin logró juntar el valor para preguntarle, susurrando, contagiada de su actitud de precaución aparente:

–¿No hay un humano aquí? ¿Un monje llamado Tobía?

Sulei la remolcó a través del salón.

–Sí, creo que hay un humano encerrado por ahí.

–¿Está bien? –exclamó ella.

–Sí, está con vida. ¿Lo conoces?

Amelia suspiró, aliviada, y agregó: –Tengo que sacarlo.

Sulei sonrió con escepticismo. “No creerás que te voy a hacer las cosas tan fáciles...”

–Sola, no puedes enfrentarte con nosotros. Te dejaré ir por hoy... porque me simpatizas.

Un ruido fuerte les llegó de adentro. Ella se detuvo, sobresaltada.

–¿Qué pasa?

Sulei tiró de su mano, contestando con una sonrisa: –Hay un troga causando problemas.

Se metieron por una puerta que ella no había visto antes y traspasando un pasadizo oscuro y estrecho, terminaron en un jardín del palacio, seco y descuidado, a cierta distancia de la entrada principal. El kishime la empujó hacia la calle, y le advirtió que debía tener mucho cuidado en el camino.

 

Grenio miró a Sadin y a los otros, que en grupos de dos y tres, estaban otra vez quietos. ¿Quién iba a atacarlo primero?

–No usen su poder dentro del palacio, por favor –dijo una voz a sus espaldas–. Sulei se va a molestar por este estropicio.

Viendo por encima del hombro, el troga notó que Bulen los observaba con su habitual calma.

Los otros se retiraron en silencio.

Grenio lo miró, los ojos rojos, lleno de rabia al recordar lo que le habían hecho a Tavlo, y aún más porque sentía que jugaban con él. ¿Qué pretendían?

  –Supongo que has estado descubriendo nuestros secretos... Es decir, podrías hacerlo si fueras lo bastante inteligente –ironizó Bulen–. Pero entonces no te meterías en una trampa.

El troga se abalanzó contra él y le tiró un golpe de puño. Bulen se movió apenas lo suficiente para evitarlo y a la vez lo golpeó en la nuca con una mano, pasándole un poco de electricidad que lo dejó obnubilado. Grenio se tambaleó hacia delante pero logró mantenerse en pie.

–¿Qué quieres? –gruñó, dándose vuelta–. ¿Es por la profecía, que me trajeron aquí?

Bulen se detuvo un momento y después, lanzó una carcajada.

–¿Piensas que tú nos interesas para algo? –exclamó con desdén y fingido asombro–. Mientras estás jugando aquí, yo me quedaré con ella.

No iba a permitir que se burlara de él. Se tiró contra el kishime cuando este comenzó a brillar, pero llegó a tiempo de abrazar tan sólo aire. Aturdido, se dirigió a la salida, y allí se encontró con Sadin que había permanecido vigilando afuera. El troga lo dominó antes de que pudiera usar su látigo y lo dejó fuera de combate con una llave en su cuello que lo asfixió.

Su olfato y oído le comunicaron que en esa dirección había más kishimes. No podía perder más tiempo, porque Bulen podía moverse instantáneamente de un lado a otro. Siguiendo su instinto, tomó el camino por el que había entrado, por corredores abandonados y salones sucios, corriendo tanto que al detenerse al fin en una terraza, su visión se nubló. ¿Por qué no podía usar el poder de transportarse como los otros, por qué no podía controlarlo? Deseaba salir de allí, y llegar rápido hasta ella, ¿qué más tenía que hacer?

Tuvo que utilizar el método tradicional, sus propias piernas para correr y saltar muros, logrando alcanzar su destino en poco tiempo. Se detuvo a inspeccionar la zona. No parecía haber nadie cerca, lo extraño era que esperaba encontrar a Bulen. Lo había engañado de nuevo. Siempre comenzaba una lucha con él y después se retiraba sin terminar. Como si no le interesara matarlo; tan sólo jugaba, como un pequeño que se dedica a sacarle las patas a un insecto.

 Encontró a la pequeña sola en la habitación. Todo parecía en orden, advirtió, y la niña no mostraba miedo ni sobresalto. Le preguntó dónde estaba la otra, y Kiren señaló la puerta.

–¿Se fue?

Tal vez se quería escapar de su venganza. Le extrañó, sin embargo, que luego de insistir en que la niña fuera con ellos, la dejara abandonada. Los humanos se comportaban de forma muy extraña. Tenía que encontrarla antes que ellos. En ese momento, miró a Kiren, que se había retirado contra un rincón, y notó algo extraño.

 

Cáp. 6 – Amelia actúa

 

Mientras trataba de hallar su ruta entre las calles y ruinas, que se veían todas similares, Amelia recordó las palabras del kishime. Tobía estaba bien pero no podía rescatarlo. Necesitaba ayuda. Difícil de conseguir cuando no podía comunicarse con nadie en ese planeta. Por otro lado, del troga no podía esperar apoyo y ¿cuán dispuestos estarían los humanos a hacer algo? Y si quisieran ¿tenían la capacidad de enfrentarse a estos seres?

La puerta de la casa, que ella se había asegurado de tapar bien, estaba entreabierta. Se acercó con recelo, sin hacer ruido, casi sin respirar. Por un instante escuchó, y del interior le llegó un ruido sofocado. No dudó en entrar por la pequeña.

–¡Kiren!

El caballo relinchó, mirando la escena desde su rincón, con ojos acuosos y nariz resoplante. Kiren se había bajado de la mesa y tomado refugio contra la pared, arrinconada y visiblemente atemorizada. Grenio se cernía sobre ella, sin prestar atención a la puerta. Amelia se quedó allí, paralizada, viendo que él amenazaba a la niña con su daga.

El troga notó su presencia cuando ella entró y caminó, apresurada, hasta su equipaje. Grenio empujó a Kiren con la mano derecha, la daga apretada en la izquierda.

–¡Déjala! –le ordenó Amelia, con voz grave, parándose a su lado.

Grenio sabía por su respiración que estaba agitada y tal vez, enojada, pero no podía explicarle. Miró a Kiren con ojos encendidos, con rabia, y ella le devolvió una mirada inocente, mientras se apretujaba contra la pared. Levantó el brazo izquierdo para terminar con ella.

Sorprendido, notó un dolor agudo en el pecho, y al mirarse, advirtió que la punta de una espada sobresalía cerca de su corazón. Amelia había tomado la espada de Claudio, y en el momento en que lo vio decidido a matar a la niña, una fuerza en su interior le permitió levantarla y la hundió en su espalda.

Kiren, que había cerrado los ojos esperando lo peor, se sorprendió de estar viva. Se levantó de un salto y se apartó del troga, que había caído arrodillado. Amelia extrajo la espada con gran esfuerzo y la sangre brotó de su pecho, inundando el suelo. Grenio había dejado caer su arma para sostenerse la herida.

–¡Ah! –exclamó Amelia, asustada de su propio acto y sus manos temblorosas dejaron caer la espada.

Al parecer el troga no podía levantarse, entonces estaban a salvo. Pero no quería quedarse. Tenía que salir de allí. Recogió sus cosas, colocando la espada de nuevo en su funda, tomó de la brida al caballo y lo sacó afuera. Tuvo que volver, al notar que Kiren no estaba con ella. La niña seguía parada junto al troga, mirándolo. Murmuró algo, y Grenio le contestó con un gruñido. Sólo su voluntad lo mantenía erguido. Al fin el dolor y la pérdida de sangre pudieron más y cayó al piso, inconsciente. Queriendo huir lo más pronto posible de esa imagen, Amelia tomó a la niña de un brazo y la sacó afuera.

Corrieron por la sombra de la muralla blanca, hasta llegar a un agujero por donde podían salir al campo. La ciudad estaba rodeada de una campiña floreciente y suaves lomas que se extendían hacia el río. Del otro lado, se podía divisar una mancha oscura donde los humanos habían levantado un caserío, despejando el terreno para poner sus corrales y plantar.

Amelia puso a Kiren en la montura y ella caminó entre la hierba que le llegaba hasta el pecho. Iba sudando y agitada, no por el ejercicio, sino por el miedo. No tenía idea de qué se le había metido en la cabeza al troga para atacar a una niña, pero si esa era su naturaleza, ya no podía permanecer a su lado. Ahora se daba cuenta de que debía haber escapado mucho antes.

¿Qué iba a hacer ahora? No estaba muy segura, pero lo primero era poner suficiente distancia entre ellos, porque no confiaba en que su herida lo detuviera. Después de todo, era como un monstruo. Acto seguido, conseguir ayuda con los humanos o los kishime. Tal vez podía contar con Bulen. Encontrar a los tukés y contarles lo que había sucedido. Mateus tendría alguna idea de cómo rescatar a Tobía y a las gemas.

Bueno, imaginarlo era fácil, pero no tenía idea de cómo llevar a cabo todo eso.

–Ar la –dijo Kiren, señalando con emoción y sacando a la joven de su mundo.

Amelia notó que estaban cerca del río. Un poco más arriba, unas cuantas rocas sobresalían del agua lo suficiente para poder vadear la corriente. Del otro lado, pastaban unos animales.

El agua estaba fría y las rocas resbalosas. Amelia miró con asombro los peces que pasaban entre sus pies, como flechitas minúsculas de plata y oro.

Entraron en la aldea, que estaba silenciosa y desierta. ¿No había nadie en sus casas? La joven miró a Kiren, inquieta. La pequeña observaba todo con atención y rostro serio.

Amelia metió la cabeza por una puerta y escrutó el interior. Las chozas constaban de una sola habitación, y en ese lugar no había ni un alma. Revisó otras casas con igual resultado. Al final, se detuvo indecisa en medio del poblado. Había objetos tirados, recipientes llenos de comida y los animales andaban sueltos. Parecía que todos hubieran desaparecido.

Aunque le parecía un delito, tomó algo de comida y un cuerno que le podía servir para cargar agua. Le indicó a Kiren que la siguiera y se fueron a sentar a la orilla de un arroyo que desembocaba en el río, entre unos arbustos. Ella se sentó con la cabeza entre las manos, pensativa, mientras Kiren se dedicó a dar cuenta de las provisiones.

No podía comer, recordando que había herido de muerte a alguien, aunque no fuera humano. A pesar de que la había sacado de su planeta, de su vida normal y había amenazado con asesinarla, no se sentía contenta con lo que había hecho. Esa espada estaba maldita, seguía clamando por la sangre del clan Grenio. Si estaba muerto, ella había terminado con esa vendetta, pues ya no quedaba ni uno solo con ese nombre.

Un grito les llegó desde la aldea. Amelia se levantó de un salto. Kiren dejó de masticar un momento, miró en esa dirección, y luego siguió comiendo con tranquilidad.

Amelia se acercó a un arbusto y miró entre las hojas. Le hizo una seña a la niña para que se mantuviera callada, pero no era necesario porque Kiren no había pensado emitir ni un sonido. Dio un rodeo y salió del otro lado del follaje. Si no la engañaban sus ojos, más allá del caserío, una línea de humo se levantaba hacia el cielo. Tal vez los habitantes en este momento estaban reunidos allí, y por eso no había visto a nadie. Decidió acercarse.

Corrió medio agachada por el campo, dejando la aldea a su derecha y parando junto a un árbol, para mirar con cautela quien había encendido la fogata.

Ante sus ojos se extendía un espectáculo que le costó comprender. Había un montón de bultos en el suelo, que luego de un momento pudo reconocer como cuerpos abatidos. Sus ropas crudas indicaban que eran campesinos. Estaban tirados unos sobre otros, en posiciones incómodas, como si los hubieran amontonado. No estaban vivos. Algunos yacían de cara al piso y de otros, pudo percibir sus rostros congelados en la máscara de la muerte, con expresión de sorpresa o dolor según sus últimos momentos. El humo provenía de un joven cuyas ropas habían tomado fuego. Rodeando esa escena, cuatro muchachos delgados, vestidos con largas túnicas azules y grises, parecían estudiar el producto de su exterminio. Amelia se apretó contra el tronco, temerosa de que notaran su presencia. Sin duda, se trataba de los mismos que había visto entrenar en el centro de Tise. Ahora cargaban sables, no varas de madera, y uno se miraba la mano, extrañado, pues se había manchado de sangre y contaminado la tela de su vestido.

De pronto, la joven se dio vuelta y corrió como loca lejos de ese lugar. Tenían que alejarse de esa ciudad.

Corrió, cortó camino entre medio de los arbustos y se frenó, atónita, al llegar al claro donde había dejado a Kiren. La niña no estaba sola. Parecía tranquila, sentada sobre una raíz, mientras la figura blanca parecía hablarle, parado frente a ella.

Bulen la había sentido llegar y se dio vuelta con calma.

Por un momento, la joven iba a sonreír al reconocerlo, pero algo quedó trancado en su garganta. Se sentía paralizada y no sabía si se iba a poner a llorar o a reír, por eso no dijo nada.

–He venido por ti –anunció él.

Amelia titubeó.

–¿Qué quieres decir? –preguntó, frunciendo el ceño.

Su tono le daba miedo, porque Bulen no expresaba nada y parecía un extraño, otro distinto al que había conocido antes.

El kishime le tendió la mano a Kiren y esta no vaciló en pararse y tomarla. Se acercaron y Bulen dijo al pasar.

–Queremos que vengas al palacio.

–¿Como tu prisionera?

Se adelantaron un poco. Ella no se había movido, sólo meditaba mirando el piso, pero él la previno:

–Sígueme, por favor. Si intentas escapar, tendré que hacerte daño.

Su voz indicaba que le daba lo mismo que fuera por las buenas o las malas. Parecía ahorrar energía en sus movimientos y palabras. De hecho, tratar con humanos y trogas le parecía rebajarse, pero si Sulei se tomaba todas esas molestias, sería por algún buen motivo.

Desalentada, Amelia tomó la brida de su caballo, que no parecía contento con Bulen porque se resistió un poco a seguirlo, y se resignó a hacer lo que decía.

 

Cáp. 7 – Tobía

 

Cuando abrió los ojos, se encontró acostado sobre hierba mullida, a la sombra de unos árboles. Al intentar levantarse, notó que estaba tan débil que no podía moverse y recordó entonces lo que le había pasado.

–¿Cómo estás? –le preguntó Glidria, que estaba acuclillado junto a él, muy afanado moliendo unas semillas en un mortero.

El viejo lo había vendado con sumo cuidado y habilidad, ya que no sentía ningún dolor. A lo largo de doscientos sesenta años había visto muchas batallas y heridas, pero aún así se sorprendía de que Grenio estuviera con vida.

–No te muevas –lo contuvo porque trataba de sentarse–, o la herida comenzará a sangrar. Los de tu familia han muerto jóvenes ¿verdad? Pero esto es el colmo...

Grenio suspiró y se quedó quieto, resignado, porque no tenía fuerzas. Glidria puso el polvo que había molido en un odre y lo removió. Luego probó un trago, lo miró con aprobación, y lo puso a un lado. Se levantó y juntó unas ramas para encender una fogata.

–Nos van a ubicar si haces humo –murmuró Grenio, que ahora descansaba con los ojos cerrados.

–¡Tú me vienes a dar consejos de táctica! Dime cuántos eran los kishime que te atacaron para dejarte en ese estado.

El viejo había tocado un punto sensible. Había perdido con su enemigo... No, nunca esperó que hiciera algo así. La había subestimado, porque era mujer y débil.

–¡Qué cara! –comentó Glidria, clavándole sus ojos saltones–. Supongo que fue ese kishime que estabas buscando.

–No... –su honor no le permitía mentir o agrandar el poder de su enemigo para no quedar mal, pero tampoco podía decir la verdad.

–Tampoco he oído las gracias.

En verdad, este viejo lo había sacado de la casa en ruinas, lo había transportado inconsciente afuera de la ciudad y cuidado de su herida.

–Estás muy bien conservado ¿no?

Glidria tomó otro trago del odre. Se trataba sin duda de su destilado favorito, que siempre llevaba colgado de la cintura y sazonaba con semillas olorosas.

–No es forma de dar las gracias. Pero está bien, porque no fui yo quien te ayudó.

–¿Quién fue?

Se escucharon ruidos entre las hojas y dos trogas aparecieron frente a sus ojos, como si se hubieran dibujado allí. Luego de un momento los reconoció. Estaban en el grupo de Fretsa cuando atacaron el monasterio tuké. Tenían la habilidad de mimetizarse en el ambiente y eran veloces.

–Trajimos lo necesario, cho Glidria –dijo Trevla, lanzándole cinco serpientes negras, que cayeron junto a sus pies y empezaron a enroscarse sobre sí mismas.

Glidria fue tomándolas una a una y cortándole la cabeza, dejando caer la sangre en un bol. El otro troga había traído un cuarto trasero de garro, que entre los dos se pusieron a cortar en lonjas y asar para la cena.

Grenio los miró, inquieto.

–No te preocupes por el rastro –dijo Glidria, mientras mezclaba la sangre de víbora con un poco de su bebida–. Luego de ocuparse de todas las aldeas que había en el valle, los kishime se han mantenido dentro de Tise. Toma esto, es bueno para reponer energía –añadió, poniéndole el recipiente en la boca.

Luego le relataron cómo lo habían encontrado.

Trevla y Vlojo viajaban camino de encontrarse con su jefa, que se había separado de ellos tiempo antes para llegar a Frotsu-gra, cuando escucharon rumores de que los kishime se estaban juntando en Tise. Eso les sonó extraño, estando tan alejado de las montañas que los kishime frecuentaban, y decidieron ir a revisar. Estuvieron siguiendo un rastro de muertos y aldeas quemadas, hasta que alcanzaron a ver un grupo que entraba en la ciudad. Luego de cruzar la muralla por un punto apartado, estuvieron deambulando un rato por calles desiertas, hasta que vieron pasar un kishime caminando con urgencia a algún lugar. Se frenó en la entrada de una vivienda; ellos lo acechaban. Al parecer, no se había percatado de su presencia hasta que lo siguieron adentro y lo sometieron. Allí vieron al troga caído en el suelo, y en un antebrazo llevaba un brazalete que conocían bien. Luego de acabar con el kishime, lo cargaron fuera de Tise, hasta las montañas, donde se cruzaron por casualidad con Glidria. Habían pasado dos días.

Después de comer, los trogas apagaron la fogata. Se había hecho de noche y las estrellas brillaban, más allá de las copas de los árboles. Trevla y Vlojo fueron a hacer un recorrido por el campo, para asegurarse de que no los vigilaban y tal vez espiar qué hacían los ocupantes de la ciudad.

–Er... si estuviste dentro de Tise, dentro del palacio, tendrás idea de qué piensan hacer los kishime –lo sondeó Glidria, una vez estuvieron solos.

Grenio ya se podía sentar, recostado contra un tronco. Se apretó el vendaje y miró a lo lejos.

–No sé que se proponen, pero tienen armas, andan en grupos, y han exterminado aldeas como diversión. Tú deberías irte, Glidria.

–¡Yo, dejar mi montaña! No, he vivido tanto tiempo en este lugar, y además, pienso terminar mis días aquí –refunfuñó el viejo, tomando un poco de su botella para darse energía–. Pero... ¿piensas que van a empezar una guerra o algo?

–Tal vez... No son amigos de los troga. Y creo que quieren algo más que pelear –contestó Grenio, recordando a Tavlo metido en un gran frasco.

–Entonces es por la profecía...

–¡Qué! Tú también mencionas eso... Dime si mi padre te dijo algo –exclamó Grenio, con tanta violencia que el viejo temió que se saltaran sus vendas–. ¿Qué sabes?

Luego de meditar un rato, Glidria contestó, con tono misterioso:

–No tengo idea. Pero de tanto oír hablar a lo largo de los años, pienso que debe ser algo muy malo para todos nosotros, como el fin del mundo o algo así.

Pasmado, Grenio pensó que todos actuaban como unos locos y se tranquilizó a sí mismo pensando: “No puede haber una profecía porque nadie puede ver el futuro”.

–Cuando yo era joven –continuó Glidria tras una pausa–, decían que sofu ocurriría cuando viniera la gente del cielo, los que viven en las estrellas. Los pequeños creíamos que iban a venir unos kishime muy poderosos a destruirnos, porque tú sabes, ellos tienen ese poder de viajar a través del aire de un lugar a otro. Muchos años después, conocí a tu padre y me contó la leyenda familiar.

–¿Leyenda? Hablas de Claudio y nuestra venganza.

–Sí, pero ahora que lo pienso... Uds. pueden viajar como los kishime, y ese humano del que buscas venganza venía de un lugar distante y extraño. Otro mundo. Entonces, es cierto que tú estás conectado a la profecía –Glidria habló con asombro–. Y... ¿qué le pasó a la humana?

Sobresaltado, el otro lo miró, y no contestó por un rato:

–Creo que aprovechó para huir... Tengo una pregunta que puede sonar delicada –agregó–. ¿Estuve hablando dormido? ¿Escuchaste alguna palabra extraña salir de mi boca?

Luego de pensarlo un momento, Glidria negó. “Entonces, algo le habrá pasado”. Porque desde el momento que la conoció, un lazo invisible los unía, sobre todo en los sueños.

–Gracias, Glidria –murmuró cerrando los ojos–. Mañana tendré que ir a ocuparme de un asunto pendiente con esos kishime. Si pasa algo, dale mi gratitud a esos dos.

Glidria lo estudió con incredulidad, pues dudaba de que en su condición pudiera levantarse, y mucho menos pelear.

 

Desde que la tenían en su poder, trasladaron a Tobía a una habitación enorme de un piso alto, rodeada de terrazas, sin barrotes, y con más comodidades que su calabozo en el sótano. Le hacía compañía a Amelia y aunque sus condiciones no habían mejorado, por lo menos estaban juntos.

Luego de la alegría inicial por poder abrazarlo y encontrarlo vivo, y después de que se contaron sus peripecias, la joven permaneció callada y taciturna casi todo el tiempo. Respondía a sus preguntas y comía lo que le traían, pero no parecía la misma. Su humor y el ánimo para sortear todas las dificultades, los había perdido.

–Vamos –trató de animarla, viéndola tirada en un diván junto a la ventana, sin haber dormido más que un par de horas durante toda la noche–. Sé que no querías lastimar a nadie, pero fue necesario. Recuerda todas las veces que él te amenazó y su objetivo de matar a los descendientes de Claudio, tu familia ¿no? Nadie te puede culpar.

Amelia se incorporó. Ambos se pararon junto a la terraza, allí donde las cortinas volaban con la brisa perfumada de la mañana.

“No es eso, es que parece que he perdido algo. Hay algo que extraño”.

–¿O es que en realidad te agradaba? ¿Lo extrañas?

–¿Qué? –Amelia casi se atragantó.

Entonces vio que él estaba sonriendo. Se burlaba de ella, pero era cierto... Aunque no podía decir que le agradaba, ya se había acostumbrado a su presencia. Ya no le asustaba su apariencia, conocía más o menos sus reacciones, apreciaba el interés en su gente y entendía sus ansias de vengarse. Incluso podía pasar algunos de sus platos cuando no consistían en carne cruda. Eso que le faltaba, eran sus sueños. No había tenido pesadillas sobre el pasado.

A Tobía se le congeló la sonrisa en el rostro porque no había logrado alegrarla, al contrario, parecía estar a punto de llorar. La observó acariciarse las muñecas. Los kishime le habían colocado un par de pulseras, diciendo que con eso no podría escaparse del palacio. El tuké la obligó a acostarse en una de las suaves camas que tenía su prisión, para que tratara de recuperar el sueño que perdía en la noche. Pensaba que tenían que estar preparados, y aprovechar el primer momento propicio para escapar.

Amelia comenzó a respirar regularmente; estaba dormida. En eso, entró Sulei, caminando con gran ostentosidad hasta el centro del extenso salón.

Tobía, intrigado por su manera de moverse, como un rey que visitara los establos para hacerle un gran favor a un criado, esperó que hablara:

–Tuké... Hermoso día ¿no? –comenzó Sulei, que hoy usaba una túnica color azul que resaltaba sus ojos, los cuales brillaban con malicia–. Espero que haya pensado en mi propuesta del otro día, pues ya pasó un tiempo suficiente y me gustaría escuchar su respuesta.

–Se refiere a... –susurró Tobía, mirando de reojo a Amelia, que seguía durmiendo.

–Sí, le dije que teniéndola a ella Ud. quedaría libre junto con las gemas.

–¡Pero yo no hice nada! Uds. la capturaron –siguió susurrando Tobía.

–Es lo mismo. Hace tres días prefirió quedarse a hacerle compañía. Le repito la oferta, puesto que no lo necesitamos en realidad, Tuké.

Tobía consideró. Si no era una trampa, podía salir libre, caminar fuera de ese lugar. Estaría dejando a la joven a su suerte, pero podía ir en busca de ayuda. Tenía que sopesar el riesgo que podía correr sola y cómo se iba a sentir abandonada, con la oportunidad de encontrar ayuda afuera.

–¿Puedo hablar con ella antes de decidir?

Sulei lo miró con expresión pétrea.

–No, es ahora o nunca.

Tobía decidió aceptar su oferta.

En cuanto accedió, dos kishimes lo tomaron de los brazos y lo sacaron de la estancia. Sulei cerró la comitiva, echándole una ojeada a la joven, echada sobre las mantas, antes de salir.

En cuanto se fueron, Amelia se incorporó. Había estado escuchando todo el rato, simulando dormir. En el primer momento, se sintió desolada, pero sus palabras daban a entender que se iba por su propia voluntad. Sin embargo, le extrañó que hubiera conversado en su idioma como si esperara que lo entendiera. Por su culpa, lo habían secuestrado, pensó. Si se iba y no volvía a verlo, no podía quejarse. Pero Tobía era un buen hombre y no la iba a dejar sola.

 

Continuación...

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