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El derecho al agua (I)

domingo, 15 de junio de 2003


El agua es un bien vital al que no tienen acceso 1.500 millones de personas. La tendencia que el desarrollo de las economías más avanzadas apunta para el futuro es hacia la consolidación de la 'mercantilización' del agua: convertida en bien económico, el acceso a ella dependerá del criterio 'justo' del precio establecido a través de mecanismos de mercado. Nunca hemos considerado el agua como lo que realmente es: un bien común universal, patrimonio vital de la humanidad. «El acceso al agua debe ser considerado como un derecho básico, individual y colectivamente inalienable». Estas son las ideas básicas que el profesor Riccardo Petrella viene divulgando desde hace años. Economista, italiano establecido en la Universidad Católica de Lovaina en Bélgica, ha trabajado como director durante 15 años del programa FAST de la Unión Europea y ha irrumpido con fuerza en el precario mercado de las conciencias para sensibilizar a la población mundial sobre el problema del agua, además de para razonar y dar cuerpo a todo un movimiento ciudadano global que debería luchar desde este mismo momento para evitar el agravamiento de una situación ya de por sí dramática.

Publicado por Icaria e Intermón Oxfam, el ensayo de Petrella El manifiesto del agua traza el panorama mundial en el que la necesidad de este recurso esencial puede causar problemas en apenas un par de décadas, si no se pone remedio, al doble de población que actualmente sufre su carencia. No escapan a su análisis los obstáculos que los 'señores del agua' o los intereses privados ponen a las soluciones, orientando la tendencia hacia la privatización del agua, como si de un bien económico cualquiera se tratara. El Foro Mundial del Agua celebró el pasado marzo su tercera edición en Kyoto, y además de servir para reconocer la verdadera dimensión de la crisis, dio un modesto impulso a las bases de la que debería ser una política mundial del agua. Aunque la sensación que deja el enésimo encuentro global para buscar salida a la «crisis del agua», anunciada desde hace veinte años, es que los estados no están por la labor de caminar hacia una autoridad mundial que abordara los factores fundamentales del problema: distribución desigual de los recursos hídricos, contaminación, etc. Las necesidades de financiación de las instancias públicas que en cada realidad local tienen que hacer frente a la infraestructura que atienda a las poblaciones más afectadas por la escasez, son también determinantes del agravamiento de la situación.

A pesar de las cuantiosas inversiones auspiciadas por instituciones internacionales para la consecución de un acceso universal al agua potable, los esfuerzos deberán ser muy superiores en las próximas décadas si se quiere alcanzar ese objetivo de reducir a la mitad en 2015 las penurias actuales. Todos sabemos, además, cuál es la primera barrera: el subdesarrollo. El agua como derecho básico, cuyo abastecimiento no demasiado gravoso debieran garantizar los poderes públicos locales, requiere un importante flujo financiero que subsane el déficit de infraestructuras de saneamiento y depuración de los principales núcleos de pobreza. Una justa redistribución global entre países serviría para establecer una corresponsabilidad a la hora de cumplir con la adecuada administración del agua como patrimonio común de la humanidad, pero también jugaría un papel de incentivo a la cooperación frente a la fuente de conflictos presentes y futuros -los más graves, entre estados- que el problema del agua puede representar si no se ataja de raíz, como sostiene Petrella. Las inversiones que no llegan se unen a las dificultades de una situación nada halagüeña en muchos puntos del planeta: aumento descontrolado de la población, cambio climático, creciente contaminación o sobreexplotación de los recursos hídricos, etc.

La iniciativa pública debe primar, siempre que se consideren realmente prioritarias las políticas de solidaridad y el control de los ciudadanos sobre un bien esencial, frente a la influencia de las grandes empresas del sector que presionan a favor de la privatización. Aunque la prevención hacia los intereses 'nacionales' es también necesaria en muchos casos: la tendencia de los gobiernos a ejecutar grandes obras de infraestructura, que enseñan como muestras de poder, es ciertamente preocupante. La mayor presa del mundo es la llamada presa de las Tres Gargantas, que se está construyendo, desde hace diez años, en el río Yangtsé. Es el ejemplo perfecto de proyecto faraónico, destinado a controlar las aguas del gran río de China, con el que han soñado dirigentes de varias generaciones. Pero los riesgos de obras de tal magnitud, amén de la cuestionable eficacia de la construcción de grandes presas, colocan muchos interrogantes a esta política de inversiones. Dos millones de personas van a verse desplazadas por la inundación de 632 kilómetros en esta región china. Los costes sociales, ambientales y económicos se suman a la pérdida de decenas de ciudades y más de mil poblaciones con su riqueza particular; el desastre ecológico que se vislumbra podría ser el mayor vivido en el país.

 

El derecho al agua (y II)

domingo, 22 de junio de 2003


Las dimensiones de la tragedia que en poblaciones de todo el mundo supone no tener acceso a agua en buenas condiciones de salubridad son ya innegables. Baste el dato de 30.000 personas que mueren cada día por enfermedades agravadas por la carencia de agua sana. O reconocer que la mitad de la población mundial no dispone de sistemas de tratamiento de aguas residuales. Tiene razón Petrella cuando afirma que soluciones no faltan, y que para llevarlas a cabo tan solo precisaríamos de gobernantes capaces de tomar las decisiones oportunas: «...reconocer el acceso al agua potable sana como un derecho humano universal, indivisible e imprescriptible; tratar el agua como un bien común perteneciente a la vida sobre la tierra y a la humanidad y no como una mercancía, un bien económico, privatizado; promover otra agricultura (para la alimentación local, poco destructora del suelo y menos depredadora de agua); reorientar la tecnología al servicio de las necesidad de los más desposeídos (por ejemplo, reinventar la utilización del agua de lluvia); lograr la participación de los ciudadanos en la gestión del agua mediante la revalorización de las instituciones democráticas representativas y la creación de prácticas democráticas directas, participadas». («¿Derecho a beber agua o a pagarla?», Riccardo Petrella).

A pesar de los aportes del progreso científico y tecnológico, el agua sigue siendo un problema; por esta razón, en el contexto de la creación de un mundo cada vez más globalizado, no podemos más que adoptar una óptica política para organizar los esfuerzos que confluyen en la satisfacción de esta necesidad básica para todos y cada uno de los habitantes del planeta. El agua como bien público se convierte verdaderamente en el bien común mundial del ecosistema Tierra, del que nadie puede desentenderse: a todos incumbe como seres humanos la conservación y el uso sostenible del bien esencial para la vida. Y el acceso y disfrute del agua, con sus derechos y obligaciones, corresponde a cada comunidad humana, pero sin perder la vinculación con el sujeto primordial al que corresponde la 'titularidad' de este bien: la comunidad humana mundial. En este punto, la propuesta de Petrella en «El manifiesto del agua» acierta en formular la necesidad de un Convenio Mundial que asegure el acceso al agua a todos los seres humanos como «derecho político, económico y social inalienable, individual y colectivo al mismo tiempo». Sería una forma de hacer legalmente vinculante el derecho al agua para así establecer los mecanismos políticos más oportunos de administración a escala global.

El objetivo primordial de cualquier decisión política se resume en lograr una gestión sostenible e integrada de acuerdo con los principios de solidaridad. Éstos implican cumplir con la responsabilidad individual y colectiva con el resto de la población mundial, con las generaciones futuras y con el ecosistema, y atender a los más adecuados principios de reparto y protección del agua. La base de esta gestión debe residir en las estructuras democráticas, para lo cual hay que potenciar los parlamentos y fomentar mecanismos de democracia participativa. En el ámbito internacional hay un vacío de instituciones: hay que crear un organismo mundial, que como matiza Petrella no puede convertirse en un entramado burocrático susceptible de ser corrompido por los intereses de los 'señores del agua'. La sugerencia está sobre la mesa: un parlamento mundial del agua. Porque la situación actual acumula demasiados vicios institucionales que en nada favorecen la consecución efectiva de los objetivos que se marcan. Sobre el agua deciden en el momento presente todos los componentes de la oligarquía mundial: empresas de aguas, Banco Mundial, organismos internacionales como la FAO, los técnicos-científicos que avalan los principios sobre los que se mueven todas estas instituciones.

Petrella explicita en todo momento su deseo de que los ciudadanos tomen la iniciativa para no dejar un asunto tan trascendental como el agua en manos de esa «oligarquía de financieros, tecnócratas y comerciantes». En ese caso, será fundamental tener claro de qué forma sustituimos el 'dejar hacer' del mercado. Considerada el agua como un bien económico, sabemos que los mecanismos de mercado no nos proporcionan un resultado óptimo. Se deberá adoptar en su lugar un sistema de 'fijación de precios' escalonado de acuerdo con los principios ya mencionados de solidaridad y sostenibilidad. Una triple tarifa, por ejemplo: el primer nivel corresponde a la cantidad y a la calidad necesarias e indispensables para la vida (el agua como necesidad básica), que sería pagado a través de impuestos o pagos únicos a nivel colectivo. El segundo nivel es el superior al umbral mínimo imprescindible y se facturaría con precios en aumento a cada consumidor. También se incluiría en ese nivel el uso del agua en la industria o en otras actividades productivas. Sin perjuicio de la existencia de un tercer nivel: a partir de un determinado límite, el consumo del agua no deberá ser permitido. El objetivo es fomentar una cultura de gestión razonable del agua. Cualquier propuesta que vaya en esta línea será positiva, aunque en la actualidad debemos enfrentarnos en primer lugar a algo más grave: la ausencia de voluntad política, en la mayoría de los países, respecto a solucionar el problema del agua.

 

 

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