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Publicado en LA VANGUARDIA, 2 de febrero de 2003

¿Derecho a beber agua o a pagarla?

RICCARDO PETRELLA

El agua, bien común para todos, es la gran batalla política mundial en este principio del siglo XXI. Ya no hace falta documentar la “crisis del agua”: 1.500 millones de personas sin acceso al agua potable sana; 2.400 millones sin servicios sanitarios; 3.000 millones sin sistema de tratamiento de aguas residuales. Resultado: 30.000 personas mueren todos los días debido a enfermedades provocadas por la ausencia de agua sana; hay en el mundo 18 millones de niñas (menores de 14 años) que no saben lo que es ir a la escuela porque tienen que buscar agua a tres, cuatro o incluso más kilómetros de distancia.

La situación no es mejor en lo que concierne a la degradación de los recursos hídricos: el 80 por ciento del agua de todos los ríos de Francia está contaminada a causa de las extracciones excesivas, numerosos ríos (como el Colorado) no llevan ya el agua al mar; las capas freáticas se secan cuando no están ya seriamente contaminadas. El agua de calidad se hace cada vez más rara: hay que bombear capas cada vez más profundas o lejanas, lo que se traduce en aumentos considerables de los costes.

Escasa, el agua se vuelve más y más cara. Se la denomina “oro azul”. En los países de África, Asia, América Central y Sudamérica, así como en los países de la antigua Unión Soviética, las autoridades públicas no disponen de los recursos financieros con que hacer frente a las inversiones necesarias para abrir pozos o fuentes públicas o crear los servicios sanitarios en los barrios de las inmensas aglomeraciones populares. Así, muchos países han “vendido” los servicios de agua a las grandes empresas multinacionales.

El control sobre el uso de los recursos hídricos del planeta por parte de los “señores del agua” (Suez y su filial Aguas de Barcelona, Thames Water, RWE, Vivendi, Bechtel, Nestlé, Coca-Cola, Danone, etcétera) avanza a grandes pasos en todo el mundo gracias a la privatización y la mercantilización del agua.

Escasa y cara, el agua se ha convertido en un recurso mercancía codiciado e importante en términos estratégicos para la seguridad alimentaria y económica de los países. De modo que, cada vez más, la encontramos en el origen de graves conflictos entre grupos sociales y comunidades territoriales en el interior de un mismo país y entre Estados (la guerra del agua en Oriente Próximo, entre la India y Pakistán, entre Mauritania, Mali y Senegal, etcétera).

Si no hacemos nada, la “crisis del agua” se transformará de aquí al 2020-2025 en la “bomba del agua”: el 60 por ciento de la población mundial (es decir, 4.800 millones de personas) corre el riesgo de vi-vir en regiones marcadas por fuertes penurias de agua.

Las soluciones no faltan y son conocidas. El núcleo del problema es la ausencia de voluntad política, incluso en los países del sur del mundo, para tomar las decisiones que se imponen; a saber, reconocer el acceso al agua potable sana como un derecho humano universal, indivisible e imprescriptible; tratar el agua como un bien común perteneciente a la vida sobre la tierra y a la humanidad y no como una mercancía, un bien económico, privatizado; promover otra agricultura (para la alimentación local, poco destructora del suelo y menos depredadora de agua); reorientar la tecnología al servicio de las necesidad de los más desposeídos (por ejemplo, reinventar la utilización del agua de lluvia); lograr la participación de los ciudadanos en la gestión del agua mediante la revalorización de las instituciones democráticas representativas y la creación de prácticas democráticas directas, participadas. No podemos dejar el destino de la vida –eso es lo que está en juego con el agua– en manos de una oligarquía de financieros, tecnócratas y comerciantes.

Riccardo Petrella es fundador y secretario general del Comité International pour le Contrat Mondial de l'Eau.

 

 

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