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> Archivos > Febrero 2002 domingo, febrero 24 La sociedad
multicultural (II) Las tesis de Sartori se
fundamentan en la consideración del Islam como religión que vertebra una
cultura no democrática, para concluir que la población emigrante a Europa
desde países musulmanes tendrá dificultades insalvables en su integración por
la incompatibilidad de la cultura islámica con la cultura democrática de
nuestras sociedades. En principio, habría que
reconocer el riesgo de deriva de este discurso hacia un peligroso e infundado
temor al inmigrante, a la persona de otra cultura, por el mero hecho de
serlo. Esas recelosas opiniones que advierten indiscriminadamente del riesgo
de integrismo islámico en la población extranjera quizá no puedan más que
catalogarse como semillas de xenofobia en la tolerante Europa. Algunos hablan de intelectualización
del racismo cuando se plantea la integración del que viene de fuera como
un permanente e inevitable conflicto entre la cultura de unos y otros. Lo que
sí parece innegable es que se está utilizando la cultura como sustitutivo del
concepto de raza, como señala el antropólogo Manuel Delgado, para presentar
las diferencias humanas como irrevocables y afirmar que quienes no se
integran en democracia es porque tienen otra cultura. De esta manera siempre
habrá personas que no podrán ser nunca como nosotros debido al obstáculo
cultural, y eso sí es puro racismo. Esta semana Mikel
Azurmendi -nombrado hace unos meses presidente del Foro de la Inmigración- ha
vuelto a insistir, siguiendo al profesor Sartori, en unas declaraciones que en
superficie se saben polémicas y que, pronunciadas en una comisión del Senado,
han despertado la consabida controversia entre los grupos políticos y en los
medios. Azurmendi dijo que «el multiculturalismo es una gangrena de la
sociedad democrática», sacando al debate público la que es conclusión de su
libro “Estampas de El Ejido”, escrito sobre los sucesos xenófobos
ocurridos en el levante almeriense hace dos años (febrero de 2000). La visión de aquellos
lamentables hechos que se presenta en el libro resulta inquietante si, como
parece, lo resume todo en un conflicto lógico entre una población autóctona,
descrita impecablemente como laboriosa y emprendedora, y los inmigrantes de
origen magrebí, caracterizados por todos los males de la convivencia (son
sucios, maleducados, ladrones, etc). Este análisis, nada objetivo, termina
siendo muy preocupante si pretende negar la violencia racista en favor de la
explicación de los hechos como una reacción normal de unos ciudadanos
indignados por la violencia de los moros. Al margen de los casos
concretos, Azurmendi tiende a centrar su discurso en la crítica al
'multiculturalismo', como ha dejado claro en un artículo publicado en "El País"
a raíz de la polvareda que ha levantado con sus afirmaciones. Pero es
incomprensible por qué en un tema de tanta trascendencia las discusiones
filosóficas se están realizando en un océano de conceptos tan equívocos. El
rechazo frontal a la multiculturalidad, al que muchos están dispuestos a
sumarse, es muy peligroso, pues supone no aceptar la realidad de una
diversidad cultural que convive en un marco democrático. Sin embargo,
multiculturalidad se confunde con multiculturalismo, y éste a su vez es
considerado por algunos de sus críticos únicamente en su vertiente más
nefasta. En principio, podríamos convenir que multiculturalidad y
multiculturalismo se pueden considerar sinónimos, aunque siguiendo la literalidad,
éste último -como señala el sufijo ismo- se refiere exclusivamente a
una orientación política destinada a alcanzar el objetivo representado por el
primer concepto, la multiculturalidad. Negar la sociedad multicultural es
negar la realidad, y otra cosa sería estar de acuerdo o no con determinados
planteamientos multiculturalistas. Y ahí reside el centro
de la polémica: ¿a qué 'multiculturalismos' nos estamos refiriendo? Muchos
teóricos coinciden en señalar cuáles serían los 'malos multiculturalismos',
los que no nos sirven por su exacerbación de las identidades contrapuestas,
el relativismo cultural en que se basan y la situación social que propician
dónde cada grupo cultural vive aparte del otro, formándose ghettos y
no existiendo integración. Esta definición es la que usa Azurmendi cuando
condena al multiculturalismo de forma tan rotunda. Pero que, en cierto
modo, esté cargada de razón su crítica no quiere decir que no la haya
expuesto de una forma irresponsable, jugando de una manera un tanto absurda
con conceptos muy confusos. Y junto a esto, cabe también hablar del oscurantismo
reverenciado, que describe J. M. Ridao,
presente en muchos discursos -también en los seguidores de Sartori- y que
contamina el debate con una visión culturalista del mundo basada en una idea
de cultura romántica y esencialista que fomenta las diferencias y las
identidades. domingo, febrero 17 La sociedad
multicultural (I) Por todo esto, y en el
contexto actual, no suena más que a una polémica estéril, y un tanto falaz,
la desatada por la prohibición a una niña marroquí de 13
años de usar el tradicional hijab o pañuelo de cabeza
en la escuela. No se trata del chador (como se ha dicho, confundiendo
realidades distintas), ni es comparable en absoluto a la ablación. Que cada persona pueda
mostrar en su vestimenta las tradiciones o costumbres de su lugar de origen,
entra dentro de la libertad individual y no presenta incompatibilidad alguna
con las reglas comunes que se deben cumplir en una democracia. Levantar una
polémica sobre un caso como este son ganas de parecerse a los franceses, que
hicieron del chador una cuestión de estado. No escolarizando a las
hijas de los inmigrantes musulmanes se está provocando un daño mucho mayor
que el de la supuesta discriminación sexual del pañuelo de marras. Fátima puede decidir
perfectamente en un futuro prescindir del hijab, una prenda que la
diferencia de los demás. Pero no podemos pretender que la integración de los
inmigrantes se base en que ellos tengan que adoptar nuestras costumbres. Eso
indicaría que no estamos preparados para conocer y respetar al otro, al
diferente. domingo, febrero 10 Ideología «Los efectos más negativos han surgido de la
liberalización de los mercados financieros y de capital, la cual ha planteado
a los países en desarrollo riesgos sin beneficios compensatorios», sostiene,
en contra de la doctrina oficial del FMI y la comunidad financiera, que «mantiene
con tal fuerza sus creencias sobre temas claves, que le parece innecesario
darles sustento teórico y empírico». En cuanto a la liberalización comercial,
se ha impuesto una agenda injusta en las negociaciones multilaterales, fijada
«por el Norte o, más exactamente, por intereses especiales del Norte» y «en
algunos casos las naciones menos desarrolladas han salido perdiendo». El concepto justicia social global que
Stiglitz reivindica es, en esencia, el motor del cambio ideológico que se
hace necesario en las altas esferas del poder mundial. Gracias al empuje de
los movimientos de la sociedad civil y a los "antiglobales", se
está cambiando la retórica de esos organismos... «por lo menos ya hablan de
pobreza», apostilla. Pero sigue habiendo diferencias entre los discursos y la
realidad. Que se escuche la voz de los excluidos de la globalización y se
tomen en cuenta las preocupaciones de los países en desarrollo sigue siendo
un reto para la ciudadanía global y sus representantes políticos. domingo, febrero 3 La Iglesia de siempre Bueno, pues este es el hecho que ha causado
tanto escándalo en los últimos días, pero ¿por qué escándalo? Es el primer
cura homosexual que lo acepta y lo dice para no engañar a nadie ni a sí
mismo, de acuerdo, pero la noticia no puede enterrar por su novedad una
realidad que era ampliamente conocida: dentro de la Iglesia siempre han
abundado los homosexuales. E incluso la actitud "reprobable" del
cura por no aceptar el celibato, además de enmarcarse en una lucha que han
librado muchos católicos contra la rigidez vaticana, más le valdría a la autoridad
eclesial que la tratara sin la previsible hipocresía. Porque ¿cuántos
sacerdotes no habrán incumplido su deber de continencia, como para que se
conozcan en todos los pueblos las típicas historias de los hijos del cura?
Por no hablar de la "comprensión" que demuestra la jerarquía
católica con obispos condenados por pederastia... Es triste que la Iglesia tenga que estar
siempre en el centro de tantas polémicas, pero parece inevitable teniendo en
cuenta su propensión a ejercer influencia política y su afición a meter la
nariz en cualquier asunto, sobre todo en el dormitorio de la gente. Como si
hubiéramos vuelto atrás unos cuantos siglos, ahí tuvimos al Papa Wojtyla
condenando hace poco el divorcio, las parejas de hecho, el aborto, el sexo
fuera del matrimonio... y para colmo llamando a la 'objeción de conciencia' a
jueces y abogados para que los estados democráticos (y se supone que
aconfesionales) no caigan "en pecado" con tanto perversión. Claro,
si todo fuera como la ejemplar expulsión de la profesora de religión que se
había casado con un divorciado, el mundo iría mucho mejor... Pero lo cierto es que la Iglesia se ha
quedado sin legitimidad para dar ejemplo. La conducta del ecónomo de
Valladolid es aplaudida por el Arzobispado que invirtió en Gescartera, justo
lo contrario de lo que hizo la opinión pública, y ahora al cura de Valverde
le caerá la Inquisición encima, cuando la mayoría de los ciudadanos
respeta su comportamiento. ¡Qué diferencia según se trate de un tema de sexo
o de dinero! Por lo pronto ya ha dicho algún obispo que «este cura homosexual
está enfermo o no ha sido fiel a su vocación», persistiendo en las declaraciones
homófobas de la Conferencia Episcopal, que el periódico que dio la
noticia califica de propias de las "catacumbas católicas" en un
editorial. La Iglesia en la encrucijada: para mantener el negocio es
necesario tener clientes fieles, pero si no se moderniza, muy pocos quedarán
para reírle las gracias. Los obispos siempre pensarán que, mientras haya
tarta a repartir, todo va bien, pero lo que no sabemos es qué pensará Dios de
todo esto. |