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LA
CONTROVERSIA
No
encontramos controversia sobre la Inmaculada Concepción en el continente
europeo antes del siglo XII. El clero normando abolió la fiesta en
algunos monasterios de Inglaterra donde había sido establecida por los
monjes anglosajones. Pero hacia fines del siglo XI, a través de los
esfuerzos de Anselmo el Joven, fue retomada en numerosos establecimientos
anglo-normandos. Que San Anselmo el Viejo restableciese la fiesta
en Inglaterra es altamente improbable, aunque no fuese nueva para él.
Estaba familiarizado con esto bien por los monjes sajones de Canterbury,
bien por los griegos con quienes entró en contacto durante el exilio en
Campania y Apulin (1098-9). El tratado «De Conceptu virginali» que
usualmente le es atribuido, fue compuesto por su amigo y discípulo el
monje sajón Eadmer
de Canterbury. Cuando los cánones de la catedral de Lyon, que no
dudo conoció Anselmo el Joven, Abad de San Edmundo de Bury, al introducir
personalmente la fiesta en su coro después de la muerte de su obispo en
1240, San Bernardo consideró su obligación protestar públicamente
contra esta nueva forma de honrar a María. Él dirigió contra los cánones
una vehemente carta (Epist. 174), en la que les reprobaba haberse arrogado
tal autoridad sin haber consultado antes a la Santa Sede. Desconociendo
que la fiesta había sido celebrada en la rica tradición de las Iglesias
griega y siria respecto de la impecabilidad de María, afirmó que la
fiesta era extraña a la antigua tradición de la Iglesia. Es evidente,
sin embargo, por el tenor de su lenguaje que él pensó sólo en la
concepción activa o en la formación de la carne, y que la distinción
entre la concepción activa, la formación del cuerpo y la animación del
alma había sido ya inducida. Indudablemente, cuando la fiesta fue
introducida en Inglaterra y Normandía, el axioma «decuit, potuit, ergo
fecit», la piedad pueril y el entusiasmo de los semplices,
construidas sobre revelaciones y leyendas apócrifas, primaban. El objeto
de la fiesta no fue determinado claramente, no siendo puestas en evidencia
sus razones positivas teológicas.
San
Bernardo se sinceró completamente cuando pidió encarecidamente las
razones para observar la fiesta. No advirtiendo la posibilidad de
santificación en el momento de la infusión del alma, escribió que sólo
se puede hablar de santificación después de la concepción, la cual haría
santo el nacimiento, no la concepción misma (Scheeben, «Dogmatik», III,
p. 550). De ahí que Alberto Magno observe: «Decimos que la Santísima
Virgen no fue santificada antes de la animación, y la afirmación
contraria a ésta es condenada como herejía por San Bernardo en su carta
sobre los cánones de Lyon» (III Sent., dist. iii, p. i, ad. 1, Q. i).
San Bernardo fue respondido enseguida en un tratado escrito o por Ricardo
de San Víctor o por Pedro Comestor. En este tratado se apela al hecho de
que existe una fiesta que ha sido establecida para conmemorar una tradición
insostenible. Mantiene que la carne de María no necesitaba purificación;
que fue santificada antes de la concepción. Algunos escritores de aquel
tiempo sostenían la idea fantástica de que antes de la caída de Adán,
una porción de su carne fue reservada por Dios y transmitida de generación
en generación, y que de esta carne fue formado el cuerpo de María (Scheeben,
op. cit., III, 551), y que esta formación se conmemoraba con una fiesta.
La carta de San Bernardo no previó la extensión de esta fiesta. En 1154
era observada en toda Francia, hasta 1275, que fue abolida en París y en
otras diócesis por los esfuerzos de la Universidad de París. Después de
la muerte de los santos la controversia retornó entre Nicolás de St.
Alban, un monje inglés que defendió el establecimiento de la festividad
en Inglaterra, y Pedro Cellense, el celebrado obispo de Chartres. Nicolás
señalaba que el alma de María
fue atravesado dos veces por la espada, i. e., al pie de la cruz y cuando
San Bernardo escribió la carta contra su fiesta (Scheeben, III, 551). El
debate continuó durante los siglos XIII y XIV, e ilustres nombres se
alinearon en uno y otro bando. San Pedro Damián, Pedro Lombardo,
Alejandro de Hales, San Buenaventura y Alberto Magno son citados en
oposición. Santo Tomás se pronunció primero a favor de la doctrina en
su tratado sobre las «Sentencias» (en I Sent. c. 44, q. 1 ad 3); sin
embargo, en su Summa Theologica llegó a la conclusión opuesta.
Muchas discusiones han surgido ya sea a favor de Santo Tomás o no negando
que la Santísima Virgen fuese inmaculada desde el instante de su animación,
y han sido escritos libros para negar que él llegase a esa conclusión.
No obstante, es difícil decir que Santo
Tomás no considerase por un instante al menos la animación posterior
de María
y su santificación anterior. Esta gran dificultad surge por la duda de cómo
podría haber sido redimida si no pecó. Dicha dificultad la manifiesta al
menos en diez pasajes de sus escritos (ver Summa III:27:2, ad 2). Pero
aunque Santo
Tomás retuviese esto como esencial a su doctrina, él mismo suministró
los principios que, después de ser considerados en conjunto y en relación
con estos trabajos, suscitaron otros pensamientos que contribuyeron a la
solución de esta dificultad desde sus propias premisas.
En
el siglo XIII la oposición fue en gran parte debida a que se quería
clarificar el sujeto en disputa. La palabra «concepción» era usada en
sentidos diferentes, los cuales no habían sido separados de la definición.
Si Santo Tomás, San Buenaventura y otros teólogos hubieran conocido el
sentido de la definición de 1854, la habrían defendido con firmeza de
sus oponentes. Podemos formular la cuestión discutida por ellos en dos
proposiciones, ambas en contra del sentido del dogma de 1854:
- la
santificación de María
tuvo lugar antes de la infusión del alma en la carne, de modo que la
inmunidad del alma fuese consecuencia de la santificación de la carne
y no había riesgo por parte del alma de contraer el pecado original.
Esto se aproximaría a la opinión del Damasceno respecto de la
santidad de la concepción activa.
- La
santificación tuvo lugar después de la infusión del alma para
redención de la servidumbre del pecado, que el alma arrastró de su
unión con la carne no santificada. Esta formulación de la tesis
excluye una concepción inmaculada.
Los
teólogos olvidaron que entre santificación antes de la infusión
y santificación después de la infusión había un término medio:
santificación del alma en el momento de la infusión. Parecían
ajenos a la idea según la cual lo que era subsiguiente en el orden de la
naturaleza podía ser simultáneo en un punto del tiempo.
Especulativamente considerado, el alma sería creada antes que pudiese ser
infundida y santificada, pero en la realidad el alma es creada y
santificada en el mismo momento de la infusión en el cuerpo. Su principal
dificultad era la declaración de San
Pablo (Romanos 5:12) de que todos los hombres han pecado en Adán.
La propuesta de esta declaración paulina, sin embargo, insiste en la
necesidad que todos los hombres tienen de la redención de Cristo. Nuestra
Señora no fue una excepción a esta regla. Una segunda dificultad era el
silencio de los primeros Padres. Pero los teólogos de aquel tiempo no se
distinguieron tanto por su conocimiento de los Padres o de la historia,
sino por su ejercicio del poder del razonamiento. Leyeron a los Padres
Occidentales más que a los de la Iglesia Oriental, quienes expusieron con
mayor completez la tradición de la Inmaculada Concepción. Y algunos
trabajos de los Padres que habrían sido perdidos de vista fueron traídos
a la luz. El famoso Duns Escoto (… 1308) dejó (en III Sent., dist. iii,
en ambos comentarios) los fundamentos de la verdadera doctrina tan sólidamente
establecidos y disipadas las dudas en forma tan satisfactoria que en
adelante la doctrina prevaleció. Él mostró que la santificación después
de la animación –sanctificatio post animationem— requería que
se llevase a cabo en el orden de la naturaleza (naturae) no del
tiempo (tempis); él resolvió la gran dificultad de Santo Tomás
mostrando que lejos de ser excluida de la redención, la Santísima Virgen
obtuvo de su Divino Hijo la más grande de las redenciones a través del
misterio de su preservación de todo pecado. Él introdujo también, por
la vía de la ilustración, el peligroso y dudoso argumento de Eadmer
(San Anselmo) «decuit, potuit, ergo fecit».
Desde
el tiempo de Escoto la doctrina no sólo llegó a ser opinión común en
las universidades, sino que la fiesta se expandió a lo largo de aquellos
países donde no había sido previamente adoptada. Con excepción de los
dominicos, todas o casi todas las órdenes religiosas la asumieron: los
franciscanos en el Capítulo General de Pisa en 1263 adoptaron la Fiesta
de la Concepción de María en toda la Orden; esto, sin embargo, no
significa que profesasen en este tiempo la doctrina de la Inmaculada
Concepción. Siguiendo las huellas de Duns Escoto, sus discípulos Pedro
Aureolo y Francisco de Mayrone fueron los más fervientes defensores de la
doctrina, aunque sus antiguos maestros (San Buenaventura incluido) se
hubiesen opuesto a ella. La controversia continuó, pero los defensores de
la opinión opuesta fueron la mayoría de ellos miembros de la Orden
Dominicana. En 1439 la disputa fue llevada ante el Concilio de Basilea,
donde la Universidad de París, anteriormente opuesta a la doctrina,
demostrando ser su más ardiente defensora, pidió una definición dogmática.
Los dos ponentes en el concilio fueron Juan de Segovia y Juan Torquemada.
Después de haber sido discutida por espacio de dos años antes de la
asamblea, los obispos declararon la Inmaculada Concepción como una pía
doctrina, concorde con el culto Católico, con la fe Católica, con el
derecho racional y con la Sagrada Escritura; de ahora en adelante,
dijeron, no estaba permitido predicar o declarar algo en contra (Mansi,
XXXIX, 182). Los Padres del Concilio decían que la Iglesia de Roma estaba
celebrando la fiesta. Esto es verdad sólo en cierto sentido. Se guardaba
en algunas iglesias de Roma, especialmente en las de las órdenes
religiosas, pero no fue adoptada en el calendario oficial. Como el
concilio en aquel tiempo no era ecuménico, no pudo pronunciarse con
autoridad. El memorandum del dominico Torquemada sirvió de armadura para
todo ataque a la doctrina hecho por San Antonio de Florencia (… 1459) y
por los dominicos Bandelli y Spina.
Por
un Decreto de 28 de Febrero de 1476, Sixto IV adoptó por fin la fiesta
para toda la Iglesia Latina y otorgó una indulgencia a todos cuantos
asistieran a los Oficios Divinos de la solemnidad (Denzinger, 734). El
Oficio adoptado por Sixto IV fue compuesto por Bernardo de Nogarolis,
mientras que los franciscanos emplearon desde 1480 un bellísimo Oficio
salido de la pluma de Bernardino de Busti (Sicut Lilium), que fue
concedido también a otros (e. g. en España, 1761), y fue cantado por los
franciscanos hasta la segunda mitad del siglo XIX. Como el reconocimiento
público de la fiesta por Sixto IV no calmó suficientemente el conflicto,
publicó en 1483 una constitución en la que penaba con la excomunión a
todo aquel cuya opinión fuese acusada de herejía (Grave nimis, 4
de Septiembre de 1483; Denzinger, 735). En 1546 el Concilio de Trento,
cuando la cuestión fue abordada, declaró que «no fue intención de este
Santo Sínodo incluir en un decreto lo concerniente al pecado original de
la Santísima e Inmaculada Virgen María Madre de Dios» (Sess. V, De
peccato originali, v, en Denzinger, 792). Como quiera que este decreto no
definió la doctrina, los teólogos opositores del misterio, aunque
reducidos en número, no se rindieron. San Pío V no sólo condenó la
proposición 73 de Bayo según la cual «no otro sino Cristo fue sin
pecado original y que, además, la Santísima
Virgen murió a causa del pecado contraído en Adán, y sufrió
aflicciones en esta vida, como el resto de los justos, como castigo del
pecado actual y original» (Denzinger, 1073), sino que también publicó
una constitución en la que negaba toda discusión pública del sujeto.
Finalmente insertó un nuevo y simplificado Oficio de la Concepción en
los libros litúrgicos («Super speculum», Dic. De 1570; «Superni
omnipotentis», Marzo de 1571; «Bullarium Marianum», pp. 72, 75).
Mientras
duraron estas disputas, las grandes universidades y la mayor parte de las
grandes órdenes se convirtieron en baluartes de la defensa del dogma. En
1497 la Universidad de París decretó que en adelante no fuese admitido
como miembro de la universidad quien no jurase que haría cuanto pudiese
para defender y mantener la Inmaculada Concepción de María. Toulouse
siguió el ejemplo; en Italia, Bolonia y Nápoles; en el Imperio Alemán,
Colonia, Maine y Viena; en Bélgica, Lovaina; en Inglaterra, antes de la
Reforma, Oxford y Cambridge; en España, Salamanca, Toledo, Sevilla y
Valencia; en Portugal, Coimbra y Evora; en América, México y Lima. Los
Frailes Menores confirmaron en 1621 la elección de la Madre Inmaculada
como patrona de la orden, y se comprometieron bajo juramento a enseñar el
misterio en público y en privado. Los dominicos, sin embargo, se vieron
en la especial obligación de seguir las doctrinas de Santo Tomás, y las
conclusiones comunes de Santo Tomás eran opuestas a la Inmaculada
Concepción. Los dominicos, por tanto, afirmaron que la doctrina era un
error contra la fe (Juan de Montesano, 1373); aunque adoptaron la fiesta,
hablaban persistentemente de «Sanctificatio B. M. V.», no de «Conceptio»,
hasta que en 1622 Gregorio V abolió el término «sanctificatio». Pablo
V (1617) decretó que no debería enseñarse públicamente que María fue
concebida en pecado original, y Gregorio V (1622) impuso absoluto silencio
(in scriptis et sermonibus etiam privatis) sobre los adversarios de
la doctrina hasta que la Santa Sede definiese la cuestión. Para poner fin
a toda ulterior cavilación, Alejandro VI promulgó el 8 de Diciembre de
1661 la famosa constitución «Sollicitudo omnium Ecclesiarum»,
definiendo el verdadero sentido de la palabra conceptio, y
prohibiendo toda ulterior discusión contra el común y piadoso
sentimiento de la Iglesia. Declaró que la inmunidad de María del pecado
original en el primer momento de la creación de su alma y su infusión en
el cuerpo eran objeto de fe (Denzinger, 1100).
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