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Los Orígenes de la
Asociación (cont.)
Invocamos
a la Virgen con el título Madre de la Eucaristía.
Este
título en síntesis contiene la fe en la Eucaristía, el amor a la Virgen y
la unidad con la Iglesia, comunidad que se reúne entorno a la mesa eucarística.
Organizamos
una serie de actividades apostólicas.
Todos
los días abríamos la capilla a los que querían participar en la oración:
Santo Rosario, Santa Misa, Vísperas.
El
jueves después de la celebración de la Santa Misa, hacíamos el encuentro
bíblico.
El
primer sábado de cada mes estaba dedicado a la oración por la Iglesia y
por la paz del mundo.
El
segundo sábado de cada mes hacíamos un breve retiro espiritual.
Todos
los domingos y fiestas de precepto a las 11 horas había la Santa Misa para
la comunidad entera.
Nosotros
no somos una comunidad que se encierra en sí misma, amamos a la Iglesia,
trabajamos para la Iglesia y estamos dispuestos a sufrir por ella.
En
todos estos largos años también se ha desarrollado la historia de las
apariciones de Jesús, de la Virgen, de San José y de otros santos a Marisa.
Estas
apariciones son anteriores a 1971, año en el cual Don Claudio y Marisa por
voluntad del Señor, se encontraron, pero en esta sede hablamos solo de las
apariciones que van desde el mencionado año hasta hoy.
Este
largo período puede ser subdivido en tres partes. La primera va desde 1971
a 1988, la segunda de 1988 a 1993 y la tercera de 1993 a nuestros días.
Durante
la primera etapa sólo pocas personas tuvieron conocimiento de estas
apariciones y sólo don Claudio ha participado siempre.
Antes
de aceptar los orígenes sobrenaturales, Don Claudio los estudió, consideró
y sometió a atento examen y se ha hizo aconsejar, instruir y guiar por
personas preparadas y competentes, porque en los comienzos de estas
experiencias sobrenaturales era muy joven y sin experiencia. Examinó los
mensajes y comprobó que en ellos no había nada en contraposición con la
Sagrada Escritura. Tuvo siempre presente lo que dice San Pablo: Aunque
nosotros mismos o un ángel del cielo os predicase un evangelio diferente
del que os hemos predicado, sea anatema (Gl 1,8)
Tuvo
la confirmación de que los mensajes venían de Dios porque le ayudaron las
personas que los habían puesto en práctica cosechando notables frutos
espirituales.
También
sobre este punto es iluminadora la Palabra de Dios: El fruto del Espíritu
es amor, alegría, paz, paciencia, dominio de sí (Gl 5, 22).
Encontró
en los mensajes sincero amor a la Iglesia, respeto a la jerarquía eclesiástica
y plena docilidad al magisterio. En ellos cosechó también un inmenso amor,
a menudo con sufrimiento, pero siempre respetuoso por los sacerdotes,
llamados hijos predilectos.
Don
Claudio, también recordaba muy bien las palabras de Jesús: Generación
perversa y adúltera una señal pide (Mt 12, 39), pidió y obtuvo signos y
prodigios que le confortaron para aceptar el origen sobrenatural de estas
apariciones. Le fueron comunicados con notable anticipo la verificación de
hechos, algunos de los cuales extremadamente importantes para la Iglesia y
para la sociedad, que se realizaron puntualmente en la fecha indicada.
Finalmente
sintió dirigidas a sí mismo las palabras de Gamaliel: Si esta actividad es
de origen humano, será destruida, pero si viene de Dios, no conseguiréis
derrotarla, no os suceda que os encontréis combatiendo contra Dios(Hc 5,
38-39)
El
primer período (del 1971 al 1988) ha sido para Don Claudio y Marisa el más
hermoso, el que recuerdan con más agrado porque han vivido estas
experiencias sobrenaturales sin preocuparse de tener que ponerse bajo la crítica,
la curiosidad, la desconfianza u hostilidad de las personas.
La
Virgen los ha guiado con amor y paciencia sin que por ello faltaran, en el
momento oportuno, también las reprimendas que Ella llamaba reclamos
maternos. Les confió en aquellos años, misiones cuya delicadeza impone
envolverlo en el silencio y discreción.
A
veces el trabajo no fue comprendido, no fue aceptado, daba frutos que no
todos llegaban a captar.
Los
mismos superiores, aún en la oscuridad de estas experiencias
sobrenaturales, probablemente se hicieron preguntas, pero quizás viendo en
ellos sinceridad y desinterés callaron y supieron esperar.
De
1998 a 1993 en las apariciones fueron admitidas personas llamadas por la
Virgen para formar un cenáculo de oración y de formación. No todos, y era
previsible, respondieron a la llamada; algunos por motivos fácilmente
particulares, se alejaron y la parábola de los invitados al banquete de
bodas del hijo del rey se ha repitió. En el primer período el sufrimiento
no faltó, pero en el segundo se presentó con más intensidad y bajo
diversos nombres: incomprensión, envidia, celos, calumnia y miedo de lo
sobrenatural.
A
veces eligieron callar, a veces se vieron obligados a defenderse;
frecuentemente son puestos en la situación de sucumbir. Desánimo,
amargura, desaliento y abatimiento les han hecho compañía y el deseo de
mandarlo todo a paseo ha sido fuerte, irrefrenable.
Los
ha salvado del naufragio la gracia de Dios, a menudo se reflejan en el corazón,
las palabras del Señor a Pablo: Te basta mi gracia (2 Co 12,9).
Les
han ayudado los hermanos y las hermanas de nuestro cenáculo que se han
estrechado entorno a ellos con amor y fe.
Pueden
repetir a los miembros de nuestra comunidad lo que dice S. Pablo a los
Filipenses: Gracias a vuestra oración y a la ayuda del Espíritu de
Jesucristo en nada quedaré confundido (Fl 1, 19-20)
A
estos hermanos y hermanas desde octubre de 1988 la Virgen les ha dado
mensajes, como dice Ella misma, para conduciros de la mano poco a poco a la
santidad (Men. Octubre 1988)
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