|
La Virgen María y los Santos
María
Santísima tomó en sus manos las flores colocándolas nuevamente en el
hueco de la tilma de Juan Diego y le dijo: “«Mi hijito menor, estas
diversas flores son la prueba, la señal que llevarás al Obispo; de mi
parte le dirás que vea en ellas mi deseo, y que por ello realice mi querer,
mi voluntad; y tú ..., tú que eres mi mensajero..., en ti absolutamente se
deposita la confianza; y mucho te mando con rigor que nada mas a solas, en
la presencia del Obispo extiendas tu ayate, y le enseñes lo que llevas; y
le contarás todo puntualmente, le dirás que te mandé que subieras a la
cumbre del cerrito a cortar flores, y cada cosa que viste y admiraste, para
que puedas convencer al Obispo, para que luego ponga lo que está de su
parte para que se haga, se levante mi templo que le he pedido».
Y dicho esto, la Virgen María despidió a Juan Diego. Quedó el indio
tranquilo en su corazón, muy alegre y contento con la señal, porque
entendió que tendría éxito y surtiría efecto su embajada, y cargando con
gran tiento las rosas sin soltar alguna, las iba mirando de rato en rato,
gustando de su fragancia y hermosura.
Juan Diego llegó a la casa del Obispo, y suplicó al portero y a los demás
servidores que le dijeran al Obispo que deseaba verlo; pero ninguno quiso;
fingían que no entendían, quizá porque todavía estaba oscuro, o porque
ya lo conocían, o que nomás los molestaba y los importunaba. Juan Diego
espero por un larguísimo tiempo; y cuando los sirvientes vieron que el
indio todavía seguía ahí, sin hacer nada, esperando que lo llamaran, y
observando también que algo cargaba en su tilma, se acercaron para ver que
traía. Juan Diego no pudo ocultarles lo que llevaba, pues podrían
empujarlo y hasta maltratar las flores, así que abriendo un poquito la
tilma, se dieron cuenta que eran preciosas flores que despedían un perfume
maravilloso. Y quisieron agarrar unas cuantas, tres veces lo intentaron,
pero no pudieron, porque cuando hacían el intento ya no podían ver las
flores, sino que las veían como si estuvieran pintadas, o bordadas, o
cosidas en la tilma.
Inmediatamente fueron a decirle al Obispo lo que habían visto; y cómo
deseaba verlo el indito que otras veces había venido, y que ya hacía muchísimo
rato que estaba allí aguardando el permiso, porque quería verlo. Y el
Obispo, en cuanto lo oyó, comprendió que Juan Diego portaba la prueba para
convencerlo, para poner en obra lo que solicitaba el indio. Enseguida dio
orden de que pasara a verlo. Y Juan Diego habiendo entrado, en su presencia
se postró, como ya antes lo había hecho; de nuevo le contó lo que había
visto, admirado y su mensaje.
Y en ese momento, Juan Diego entregó la señal de María Santísima
extendiendo su tilma, cayendo en el suelo las preciosas flores; y se vio en
ella, admirablemente pintada, la Imagen de María Santísima, como se ve el
día de hoy, y se conserva en su sagrada casa. El Obispo Zumárraga, junto
con su familia y la servidumbre que estaba en su entorno, sintieron una gran
emoción, no podían creer lo que sus ojos contemplaban, una hermosísima
Imagen de la Virgen, la Madre de Dios, la Señora del Cielo. La veneraron
como cosa celestial. El Obispo “con llanto, con tristeza, le rogó, le
pidió perdón por no haber realizado su voluntad, su venerable aliento, su
venerable palabra.”
|