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La Virgen María y los Santos
Pero
María Santísima bajó del cerro y pasó al lugar donde mana una fuente de
agua aluminosa, salió al encuentro de Juan Diego y le dijo: “«¿Qué
pasa, el más pequeño de mis hijos? ¿A dónde vas, a dónde te diriges?»”.
El indio quedó sorprendido, confuso, temeroso y avergonzado, y le respondió
con turbación y postrado de rodillas: “«Mi Jovencita, Hija mía la más
pequeña, Niña mía, ojalá que estés contenta: ¿cómo amaneciste? ¿Acaso
sientes bien tu amado cuerpecito, Señora mía, Niña mía? Con pena
angustiaré tu rostro, tu corazón: te hago saber, Muchachita mía, que está
muy grave un servidor tuyo, tío mío. Una gran enfermedad se le ha
asentado, seguro que pronto va a morir de ella. Y ahora iré de prisa a tu
casita de México, a llamar a algún de los amados de Nuestro Señor, de
nuestros Sacerdotes, para que vaya a confesarlo y a prepararlo; que vinimos
a esperar el trabajo de nuestra muerte. Mas, si voy a llevarlo a efecto,
luego aquí otra vez volveré para ir a llevar tu aliento, tu palabra, Señora,
Jovencita mía. Te ruego me perdones, tenme todavía un poco de paciencia,
porque con ello no te engaño, Hija mía la menor, Niña mía, mañana sin
falta vendré a toda prisa».”
María Santísima escuchó la disculpa del indio con apacible semblante;
comprendía, perfectamente, el momento de gran angustia, tristeza y
preocupación que vivía Juan Diego, pues su tío, un ser tan querido, se
encontraba moribundo; y es precisamente en este momento en donde la Madre de
Dios le dirige unas de las más bellas palabras, las cuales penetraron hasta
lo más profundo de su ser:
“«Escucha, ponlo en tu corazón, Hijo mío el menor, que no es nada lo
que te espantó, lo que te afligió; que no se perturbe tu rostro, tu corazón;
no temas esta enfermedad ni ninguna otra enfermedad, ni cosa punzante
aflictiva. ¿No estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra
y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco
de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra
cosa?»” Y la Señora del Cielo le aseguró: “«Que ninguna otra cosa te
aflija, te perturbe; que no te apriete con pena la enfermedad de tu tío,
porque de ella no morirá por ahora. Ten por cierto que ya está bueno».”
Y efectivamente, en ese preciso momento, María Santísima se encontró con
el tío Juan Bernardino dándole la salud, de esto se enteraría más tarde
Juan Diego.
Juan Diego tuvo fe total en lo que le aseguraba María Santísima, la Reina
del Cielo, así que consolado y decidido le suplicó inmediatamente que lo
mandara a ver al Obispo, para llevarle la señal de comprobación, para que
creyera en su mensaje.
La
Virgen Santísima le mandó que subiera a la cumbre del cerrillo, en donde
antes se habían encontrado; y le dijo: “«Allí verás que hay variadas
flores: córtalas, reúnelas, ponlas todas juntas: luego baja aquí; tráelas
aquí, a mi presencia».”
Juan Diego inmediatamente subió al cerrillo, no obstante que sabía
que en aquel lugar no habían flores, ya que era un lugar árido y lleno de
peñascos, y sólo había abrojos, nopales, mezquites y espinos; además,
estaba haciendo tanto frío que helaba; pero cuando llegó a la cumbre, quedó
admirado ante lo que tenía delante de él, un precioso vergel de hermosas
flores variadas, frescas, llenas de rocío y difundiendo un olor suavísimo;
y poniéndose la tilma o ayate a la manera acostumbrada de los indios,
comenzó a cortar cuantas flores pudo abarcar en el regazo de su ayate.
Inmediatamente bajó el cerro llevando su hermosa carga ante la Señora del
Cielo.
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