Desde el enfoque puro del potencial intelectual se revelan las cosas y sus esencias. Intentar revelar que el Todo está en el Todo, sin partes, no es un asunto menor ni especulativo ni mucho menos “una perdida de tiempo” (es esto lo que ilusamente administran los adversarios de este ciclo).
Tampoco se trata de ver literalmente el mundo sobre un elefante sostenido a su vez por una enorme tortuga, la cual a su vez se apoya en una ciclópea araña que se mantiene firme en una colosal piedra, y jurar que esta llega hasta no sé donde (probablemente el gurú no era tan gurú después de todo). Sino comprender que para ciertas culturas es una energía-fuerza y que es un “símil” que contiene esas figuras “las que sostienen el mundo”, ¿cuántos de nosotros no nos hemos preguntado como se sostiene, mueve o mantiene el Cosmos?, ¿de su origen y destino?, ¿quién le dio esa perfecta armonía estrellada en donde incluso el caos tiene un sentido y un porque? Podemos afirmar con Lucrecio: “Ex nihilo nihil, ad nihilum nihil posse reverti.” (De la nada, nada surge; y a la nada, nada puede retornar).
En efecto no puede haber nada que carezca de un principio; y entonces ¿cuál es ese principio? ¿Acaso no hay más que un Principio único de todas las cosas? Si consideramos el Universo total, (no el cielo estrellado que observamos aún con aparatos y llamamos universo) sino ese que es total, es evidente que él contiene todas las cosas, puesto que todas las partes están contenidas en él. Ese Todo es necesariamente ilimitado, ya que si tuviera un límite, lo que hubiera más allá de este límite no estaría comprendido en el Todo, siendo esta suposición absurda. Pues bien, lo que carece de límite es el Infinito, y como lo contiene todo, este Infinito es el principio de todas las cosas. Por otro lado, el Infinito es necesariamente uno, no puede haber dos Infinitos (aunque puede haber galaxias, sistemas solares e incluso universos); resultando de esto que no hay más que un Principio único de todas las cosas, y este Principio es lo Perfecto, pues el Infinito sólo puede ser tal si es lo Perfecto.
Así, lo Perfecto es el Principio supremo, la Causa primera; él contiene todas las cosas en potencia y las ha producido todas; pero entonces, puesto que no hay más que un Principio único, ¿qué hay de todas las oposiciones que normalmente se consideran en el Universo? Pensemos por ejemplo una: la del el No-Ser y el Ser, o bien la del Espíritu y la Materia, o el Bien y el Mal. Es decir, ¿cómo es que la Unidad ha podido producir la Dualidad?
Estos “dos principios”, dentro de la Dualidad cualquiera que esta sea, no pueden ser ambos infinitos, pues entonces se excluirían o se confundirían; si sólo uno fuera infinito, éste sería el principio del otro; y, si ambos fueran finitos, no serían verdaderos principios. Siendo entonces finitos uno y otro, deben proceder de un principio común, que es infinito, lo que nos remite así a la consideración de un Principio único. Variadas doctrinas consideradas habitualmente como dualistas, no lo son más que en apariencia; el dualismo no era sino una doctrina puramente externa, recubriendo la verdadera doctrina interna de la Unidad.
La Dualidad es entonces necesariamente producida por la Unidad, puesto que no puede existir por sí misma; pero ¿cómo puede ser producida? Veamos el ejemplo de la Dualidad en su aspecto menos particularizado, que es la oposición del No-Ser y del Ser; por otra parte, y puesto que uno y otro están forzosamente contenidos en la Perfección total, es evidente desde el principio que esta oposición no puede ser más que aparente. Entonces valdría más hablar únicamente de distinción; pero ¿en qué consiste esa distinción? ¿Existe, en realidad, independientemente de nosotros, o es simplemente el resultado de nuestra forma de ver las cosas?
Si por No-Ser no se entiende sino la pura nada, es inútil seguir hablando, pues ¿qué se puede decir de aquello que no es nada? O bien ¿realmente pensamos que existe la nada? ¿no es acaso absurda la simple pregunta?
Otra cosa muy distinta sería si se considera al No-Ser como comprendiendo la posibilidad de ser (aunque no sólo eso); así entendido, el Ser es la manifestación del No-Ser, y está contenido en estado potencial en el No-Ser. La relación del No-Ser al Ser es entonces como la relación de lo no-manifestado a lo manifestado, y podemos decir que lo no-manifestado es superior a lo manifestado, puesto que es su principio, ya que contiene en potencia todo lo manifestado más lo que no es, lo que nunca ha sido y lo que jamás llegará a ser manifestado.
Al mismo tiempo, vemos que es imposible hablar aquí de una distinción real, puesto que lo manifestado está contenido en principio en lo no-manifestado; sin embargo no podemos concebir lo no-manifestado directamente sino solamente a través de lo manifestado. Esta distinción existe pues para nosotros, pero sólo existe para nosotros, no es real, de lo contrario no habría Infinito y esta última expresión no es más que mero absurdo e incongruencia.
La Dualidad no puede existir sin el Ternario, ya que si el Principio, diferenciándose, da nacimiento a dos elementos —que por lo demás sólo son distintos en tanto que nosotros los consideremos como tales—, éstos dos elementos y su Principio común forman un Ternario, de suerte que en realidad es el Ternario y no el Binario quien es inmediatamente producido por la primera diferenciación de la Unidad primordial. En el Taoísmo se afirma que el Uno engendra al dos y este al tres y de estos se derivan todas las posibilidades de creación o de manifestación.
Es por tanto la fatal ilusión del Dualismo, en este mundo contemporáneo, la que sustituye a la Unidad por la Multiplicidad, y encierra así a los seres sobre los cuales ejerce su poder en el dominio de la confusión y de la división tan “vigente” y en boja, diríamos que muy propios de la edad de hierro.