POESIA LUZ - de Malu Otero
POESIA LUZ
Malu Otero




Felipe Santiago de Salaverry



Felipe Santiago de Salaverry (1805-1836), militar y pol�tico peruano, presidente de la Rep�blica (1835-1836). Nacido en Lima, en una familia de la m�s rancia aristocracia criolla, ingres� muy joven en la milicia independentista y pudo as� participar en las �ltimas batallas contra los espa�oles por la emancipaci�n del Per�, como la de Ayacucho (diciembre de 1824). Sigui� la carrera militar y en 1834 hab�a alcanzado el grado de general. Se sublev� contra el presidente liberal Luis Jos� de Orbegoso y tom� Lima, donde estableci� un gobierno autoritario y fue proclamado presidente en 1835. Sin embargo, otro militar liberal, el general boliviano Andr�s Santa Cruz, tom� partido por el depuesto Orbegoso.
Derrotado y hecho prisionero, Santa Cruz lo hizo fusilar en Arequipa. En 1830 hab�a nacido su hijo, Carlos Augusto Salaverry, que se convertir�a en uno de los m�s importantes escritores rom�nticos peruanos de la segunda mitad de ese siglo.Cuando se muere, su hijo Felipe Santiago Salaverry P�rez ten�a un a�o de edad.

"Felipe Santiago de Salaverry," Enciclopedia Microsoft� Encarta� Online 2007


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LA SALAVERRINA
En TRADICIONES PERUANAS, de Ricardo Palma

El 23 de febrero de 1835 un joven de veintiocho a�os de edad, pues naci� en Lima el 2 de mayo de 1806, y que recientemente hab�a obtenido el ascenso a general de brigada, alzaba en la fortaleza del Callao la bandera de la revoluci�n contra el gobierno del presidente constitucional don Luis Jos� de Orbegoso. Al d�a siguiente el pueblo de Lima armoniz� con la causa y principios proclamados por el flamante jefe supremo.

Mal inspirado el gobernante leg�timo, solicit� y obtuvo la alianza de naci�n vecina, y tropas extranjeras con el car�cter de aliadas pisaron el territorio peruano. As� desnacionaliz� Orbegoso su causa, y la del revolucionario general Salaverry gan� en prestigio, pues toda la juventud se agrup� en torno del pabell�n de la patria, simbolizado en el joven caudillo. El pa�s se hizo salaverrino.

Salaverry, inteligente, simp�tico, honrado y bravo como un Ney o un Murat, un Necochea o un C�rdoba, era el �dolo del soldado. La rigurosa disciplina establecida por �l en su peque�o ej�rcito, dio por fruto militares pundonorosos y valientes hasta el hero�smo.

En agosto de ese a�o los dos mil hombres que compon�an el ej�rcito estaban acantonados en Bellavista, pueblecito situado a dos millas cortas del Callao, donde el general Salaverry con infatigable constancia se ocupaba en ejercicios militares y en los �ltimos arreglos para emprender campa�a contra el invasor.

Salaverry, que en su ni�ez hab�a sido alumno del conservatorio de m�sica que hasta 1820 tuvieron los agustinos del convento de Lima, encontraba poco b�licas las marchas y pasos dobles que tocaban las dos �nicas bandas militares de su ej�rcito, y encarg� a los jefes de batall�n que estimularan a los m�sicos mayores para que compusieran algo que enardeciera el �nimo del soldado, arrastr�ndolo con irresistible impulso a morir defendiendo el honor de su bandera. �l quer�a otra Mansellesa, otro Himno de Riego, o algo siquiera como el Himno de Bilbao; m�sica, en fin, de esa que hace hervir la sangre en las venas y que crea o improvisa valientes.

Ya en dos ocasiones las bandas militares hab�an tocado, en la retreta �185? que dos noches por semana daban a la puerta de la casa ocupada por Salaverry, marchas o pasos dobles, compuestos por m�sicos reputados en el pa�s; pero el general dijo en tales oportunidades:

-�Eh! Esa m�sica ser� muy buena para bailaar boleros y zorongos, pero no para que los hombres se hagan matar.

Una noche, sonadas ya las nueve y concluida la retreta, el capit�n bajo cuyas �rdenes iban las dos bandas, se acerc�, como era de ordenanza, al jefe supremo, y cuadr�ndose militarmente le dijo:

-Mi general, con su permiso van a retirarsse las bandas a su cuartel.

-Est� bien -contest� lac�nicamente Salaverrry.

Las dos bandas, al ponerse en movimiento, rompieron en una marcha alegre, entusiasta, en la que hab�a algo de fragor de combate y diana de victoria, marcha guerrera, en fin, que repercuti� en los nervios de Salaverry, quien ech� a andar tras de los m�sicos y entr� junto con ellos en el cuartel.

-Coronel -dijo, dirigi�ndose a Vivanco, quue era el subjefe de estado mayor-. �Qu� m�sico ha compuesto ese paso de ataque?

-Aqu� lo tiene vuecelencia -contest� Vivannco haciendo adelantar a un mulato de veinticinco a�os y de aspecto simp�tico, a pesar de que luc�a un abdomen como un tambor.

-�C�mo se llama esta marcha, mi amigo?- lee pregunt� el jefe supremo, sonriendo ante la obesidad del m�sico.

-La Salaverrina, mi general.

-�Y el nombre de usted?

-Manuel Ba��n, servidor de vuecelencia.

> -Pues, se�or Ba��n, lo felicito; porque haa compuesto un paso doble que �186? llevar� a mis tropas a la victoria. Desde hoy queda usted nombrado director de las bandas del ej�rcito, con sueldo de capit�n. Deme usted la mano.

Y el heroico Salaverry, el �dolo de la juventud lime�a, dio una empu�ada al humilde m�sico; y volvi�ndose al coronel de carabineros de la Guardia, que se alistaba para realizar con doscientos sesenta hombres la ocupaci�n de Cobija, a�adi� en voz baja:

-Quiroga, toma seis onzas de oro de la cajja de tu batall�n y obs�quiaselas a Ba��n.

Y La Salaverrina no se volvi� a tocar por las bandas del ej�rcito hasta el 4 de febrero de 1836 en el re�id�simo combate del puente de Uchumayo, en que sali� derrotado y herido el general boliviano Rallivi�n, dejando trescientos quince muertos y doscientos ochenta y cuatro prisioneros. El coronel C�rdenas fue el h�roe del combate.

Salaverry orden� que desde ese d�a, La Salaverrina del m�sico lime�o Manuel Ba��n se conociera con el nombre de El Ataque de Uchumayo.

Ha transcurrido m�s de medio siglo y el paso doble de Uchumayo sigue siendo el predilecto del soldado peruano.

Aqu� deber�amos dar por concluida la tradici�n; pero habr� lectores que nos agradezcan el que por v�a de ep�logo les demos a conocer el �xito de la revoluci�n encabezada por Salaverry.

El 7 de febrero, esto es, tres d�as despu�s del triunfo de Uchumayo, se dio la batalla de Socabaya. Eran las nueve de la ma�ana cuando la divisi�n boliviana del general Sag�rnaga rompi� fuego de ca��n y fusiler�a sobre los batallones Chiclayo y Victoria, a �rdenes del coronel Rivas, que habr�an sido arrollados sin la oportuna y vigorosa carga del escuadr�n h�sares, mandado por el bizarro Lagomarsino, que perdi� en ella la mitad de su gente.

Los cazadores de la Guardia y los cazadores de Lima, mandados respectivamente por los coroneles Oyague y R�os, se lanzaron con denuedo sobre los tres cuerpos bolivianos que ten�an al frente. Oyague y R�os cayeron muertos a la cabeza de sus batallones.

Los batallones primero y segundo de carabineros, mandado el �ltimo por un hermano de Salaverry, se dejaron envolver por los dispersos; y lo mismo sucedi� en las filas enemigas con tres cuerpos bolivianos.

As� la infanter�a peruana como la boliviana desaparecieron del campo.

En este momento dos escuadrones bolivianos cargaron sobre granaderos del Callao, que se desorden� al caer muerto su gallardo coronel don Pedro Zavala, hijo del marqu�s de Valleumbroso; pero los coroneles Boza y Solar, al frente de los famosos coraceros de Salaverry, dieron tan impetuosa carga sobre la caballer�a de Santacruz que la desbarataron por completo. En esta arremetida el valiente general Salaverry, lanza en mano, alentaba a sus soldados. La victoria sonre�a a los peruanos.

La infanter�a boliviana estaba en total dispersi�n y su caballer�a escapaba a todo correr acosada por los coraceros. Pero al pasar �stos persiguiendo a los enemigos, el batall�n sexto de Bolivia, que era el cuerpo de reserva y que estaba oculto y parapetado tras de unas tapias, hizo una descarga cerrada sobre los coraceros, mat�ndoles cuarenta y cinco hombres y convirtiendo en derrota el que los salaverrinos cre�an asegurado triunfo.

A las once de la ma�ana, el mismo Santacruz, desesperanzado de vencer, se hab�a puesto en fuga con direcci�n al Volc�n, punto asignado para reuni�n de los dispersos.

En esa batalla combatieron por parte de Salaverry mil novecientos hombres, sin contar la artiller�a, compuesta de seis piezas de monta�a, �188? que qued� a una legua del campo, perdida en unos fangales, y dos compa��as, mandadas por el comandante Deustua, que escoltaban a aqu�llas.

El ej�rcito boliviano constaba de dos mil doscientos hombres, sin incluir los setecientos de la divisi�n Quir�s, que lleg� a Socabaya dos horas despu�s de cesado el fuego.

La batalla fue la m�s sangrienta que registra la historia patria: pues se estim� en un treinta y cinco por ciento el n�mero de los que por ambos ej�rcitos quedaron fuera de combate.

En Waterloo, Wellington con ciento veintiocho mil hombres venci� a los setenta y dos mil de Napole�n, y hubo cincuenta mil bajas; es decir, el veinticinco por ciento del total de combatientes.

En nuestra cl�sica batalla de Ayacucho, en que por ambas partes fueron quince mil hombres los que entraron en acci�n, hubo tres mil seiscientos entre muertos y heridos, o sea el veinticuatro por ciento.

Prisionero Salaverry, fue fusilado por el vencedor extranjero en la plaza de Arequipa, a las cinco de la tarde del 18 de febrero, en uni�n del general Fernandini, de los coroneles Solar, C�rdenas, Rivas, Carrillo y Valdivia, y de los comandantes Moya y Picoaga, hijo del brigadier espa�ol Picoaga, fusilado por Pumacagua. Todos recibieron la muerte sin revelar la menor flaqueza de �nimo


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