Bolívar y el socialismo del siglo XXI
por Ramón Franquesa
En la búsqueda de la alternativa al actual e injusto modelo de sociedad, bueno
será recordar ideas emancipadoras que han llegado a encarnarse en procesos
reales de cambio y por tanto se han transformado en hecho social: la revolución
francesa, la lucha por la independencia de América Latina, las revoluciones
socialistas del siglo XX y la actual revolución bolivariana en Venezuela.
En cada uno de esos procesos podemos detectar una serie de características
comunes:
a) Surgen de una crisis económica, social e ideológica
de la sociedad
anterior. La vieja estructura muestra su inviabilidad y la sociedad reclama
nuevas formas de organización.
b) Existe previamente una propuesta ideológica nueva, que impide que pueda
sostenerse que la crisis tiene una causa accidental (mal rey, mala cosecha,
etc.) y empuja a la sociedad a romper con el fatalismo de que no existe nada
nuevo bajo el Sol.
c) El proceso de cambio implica un proceso de acción destructiva de lo viejo.
d) En este contexto se consolida una nueva forma de organización social, sobre
la base de las concepciones ideológicas previas pero también en función de cómo
estas se pueden aplicar en la práctica. Se abre un proceso de experimentación
social que consolida una nueva propuesta organizativa, que difiere parcialmente
de los planteamientos iniciales
e) Este proceso de creación social está condicionado por la reacción interna y
externa a los cambios y por la necesidad de construir una organización coherente
en relación a los medios culturales y económicos disponibles.
f) La Revolución se consolida y se reinterpreta teóricamente para justificar su
forma final.
La herencia de la Revolución francesa
La Revolución Francesa fue una enorme convulsión social en la que emergieron
ideas y propuestas que removieron el viejo orden y abrieron las puertas de la
libertad y emancipación humana hacia un horizonte que iba mucho más allá de los
resultados que finalmente se obtuvieron.
Fue una revolución burguesa, pero como diversos autores han apuntado, muy
particular. Las condiciones históricas no permitieron un cambio negociado entre
aristocracia y burguesía como en Inglaterra, porque la crisis del trigo (que
movilizó efectivamente por hambre a las clases populares), no permitía a la
aristocracia reconvertir sus explotaciones feudales en capitalistas. Frente a
esa resistencia, la burguesía tuvo que aceptar la movilización de las clases
populares (sans culottes) para desplazar violentamente a la nobleza, que no
aceptaba negociar la perdida del diezmo y sus privilegios jurídicos en un
contexto de crisis. Sin embargo una vez las capas populares estuvieron
movilizadas y percibieron que podían literalmente cortar la cabeza de quien
siempre les había mandado, reformularon sus aspiraciones de manera mucho más
ambiciosa.
Estos grupos percibieron que no sólo eran explotados por la nobleza, sino que
los especuladores, los rentistas, los acaparadores, formaban parte de los
explotadores aunque no fueran de sangre noble. Por las razones antes expuestas,
durante un tiempo la burguesía se radicalizó, desplazando a los girondinos
(partidarios de la negociación con el rey) por los jacobinos, que se apoyaron en
las clases populares y aceptaron ciertas medidas socializadoras (impuestos,
precios máximos, requisas) de manera coyuntural, para poder imponerse
militarmente a una nobleza que se resistía ferozmente a los cambios, porque a
diferencia de Inglaterra le era muy difícil convertirse en propietarios
capitalistas. En ese periodo aparece por primera vez una corriente socialista
autónoma de los jacobinos, con los sectores agrupados bajo Hèbert.
Un aspecto muy relevante de ese periodo es el recurso al Terror. La inseguridad
en las fronteras se resuelve recurriendo a una “Dictadura” transitoria para
liquidar a la nobleza conspiradora, pero ese Terror anula también las formas
democráticas de participación y convierte la lucha política en una lucha de
lideres jacobinos contra reaccionarios, prescindiéndose de la iniciativa
popular. La burguesía utilizó su poderoso Comité de Seguridad Pública para
anular los Tribunales Populares, la lucha abierta de ideas de los clubs
políticos y la prensa. De hecho el Terror llevó la revolución al terreno de las
nuevas élites, haciéndola pasar de las calles a los comisarios y prefectos.
En ese contexto de desmovilización, una vez la burguesía, que era hegemónica
entre los jacobinos, vio que tenía la situación controlada frente a la nobleza y
la iglesia, pasó a aplicar el Terror sobre los Herbistas y empezó a ejecutarles.
Para mantener las formas a Hèbert se le ejecutó junto a Danton (dirigente
girondino), para dar la imagen de aplicar equitativamente el Terror hacia la
derecha y la izquierda.
Pero Robespierre, dirigente de los jacobinos, hizo un mal cálculo con la
liquidación de los dirigentes populares, porque una vez liquidada la izquierda,
la gran burguesía ya no necesitó a los jacobinos. A los pocos meses sobrevino la
reacción Termidoriana y fue Robespierre quien a su vez acabó pasando por la
guillotina.
Es tras ese periodo donde surge con fuerza la voz de Babeuf, quien recogiendo
sistemáticamente la difusa ideología de Hèbert planteará la necesidad de una
nueva revolución que complete la obra iniciada en 1789 estableciendo una
sociedad comunista. Así planteará la abolición de la herencia y una profunda
reforma agraria que convierta en iguales a los ciudadanos y por tanto radicalice
la democracia hasta la igualdad. Babeuf ocupa un destacado lugar en los primeros
capítulos de las historia del movimiento y pensamiento socialista.
Napoleón1 cerró los clubs políticos que difundían abiertamente las ideas de
Babeuf y este pasó a la clandestinidad. En ella surge otra innovación de Babeuf,
su táctica conspirativa. Esta se basaba en articular una estructura piramidal
dirigida por un Comité de 7 personas, que preparaba una insurrección armada2. Su
técnica insurreccional se basa en una preparación muy cuidada de toda la
operación como acción militar a cargo de un grupo clandestino de activistas
comprometidos, que pretendían tomar la dirección de las masas. Los iguales se
organizaron en células independientes entre sí, cuyos miembros desconocían a los
de otras células, apelaron directamente a la clase obrera de París utilizando el
periódico como mecanismo de propaganda, formaron células en los barrios,
pueblos, ejército y policía. Desde entonces los métodos de Babeuf quedarían como
modelo para la revolución socialista: Blanc, Blanqui o Lenin se inspiraron en la
idea de hacer la revolución por medio un partido firmemente estructurado que
crease las condiciones ideológicas y organizativas del cambio.
Una segunda contribución de Babeuf es su plan de acción a aplicar tras el
triunfo de la revolución. Frente a los socialistas utópicos posteriores que
confían en el automatismo espontáneo social, Babeuf cree que la tarea de
transformación de la sociedad sólo puede ser ejecutada por una dictadura
revolucionaria, provisional, que tiene como fin asegurar la transición a una
auténtica situación de igualdad. Una vez distribuida la riqueza y consolidada la
igualdad entre las personas, la Dictadura daría paso a una amplia democracia.
Esta idea seria recogida por autores como Marx y Lenin, que formularán en un
sentido parecido su concepto de Dictadura del Proletariado como forma de
gobierno transitorio para las revoluciones en que se verán implicados (Comuna de
París en 1871 y Revolución Rusa en 1917).
Babeuf quiere instaurar la felicidad, es decir, la igualdad en el goce de los
bienes. Hay que instaurar la igualdad económica y, sobre ella, la igualdad
política. La idea fundamental es la distinción aprendida del feudalismo entre
dominio directo y dominio útil. Aquél ha de ser un dominio de la sociedad. Hay
que construir, por tanto, la propiedad colectiva de la tierra. Para ello la
dictadura provisional comenzará por incautarse de los bienes pertenecientes a
los emigrados y los enemigos de la república, y procederá a una redistribución
de la riqueza. Esto preparará al pueblo para el segundo y definitivo paso que es
la abolición de la propiedad. Paso que se dará paulatinamente mediante la
abolición de la herencia, de modo que en el curso de una generación toda la
riqueza pase a ser propiedad social. El uso de esta propiedad sería individual o
familiar. La familia sería el agente de la producción, la cual permitiría
atender a las necesidades de todos, porque el trabajo sería mucho más abundante
y eficaz. Además, el trabajo libre se convertiría en realización personal. La
producción estaría entregada a agentes individuales; pero no la distribución.
Habría graneros colectivos que recogerían la producción, administrados por
funcionarios elegidos. El pueblo se habría convertido en una comunidad de
iguales, trabajadores sin propiedad privada, sin avaricia, pero llenos de virtud
moral. Las grandes ideas morales de la humanidad y la revolución
(Libertad-Igualdad-Fraternidad) son las que están empujando el pensamiento
comunista de Babeuf. Es un comunismo para una sociedad rural, frugal, que
entonces empezaba a desaparecer.
Pero lo que tiene más interés es observar cómo Babeuf define el estado en la
sociedad socialista. Para definir la forma ideal de gobierno se inspira en los
conceptos enunciados por Rousseau: “Para que el estado social sea perfeccionado,
es necesario que cada uno tenga lo suficiente y que nadie tenga en demasía” y
por Robespierre: “La finalidad de la sociedad, dice en su Declaración de los
Derechos, es la felicidad común, es decir, evidentemente, la felicidad igual de
todos los individuos, que nacen iguales en derechos y en necesidades.
Sobre esa base hace la formulación de cual es el objetivo de la organización del
gobierno socialista que propone cuando enuncia me he comprometido con el pueblo
a mostrarle el camino de la felicidad común; a guiarle hasta el fin, a pesar de
todos los esfuerzos del patriciado y del monarquismo; a hacerle conocer el
porqué de la revolución; a probarle que ésta puede y debe tener por último
resultado el bienestar y la felicidad, la suficiencia de las necesidades de
todos.
Bolívar: La lectura latinoamericana de la Revolución Francesa
Bolívar entrará en contacto con la Revolución Francesa en España en 1800 a
través del Marqués de Urdariz. Este caraqueño asentado en Madrid le facilitará
el acceso a la lectura de textos que llegaban clandestinamente a España. También
en su casa tendrá ocasión de participar en animadas tertulias de círculos
liberales españoles. Entre septiembre de 1801 y abril de 1802 estará en Francia,
cinco años después de la ejecución de Babeuf. Aunque se confiesa admirador de
Napoleón en ese momento, es más que probable que tuviese acceso a las
publicaciones de Marat, Robespierre y Babeuf que circulaban en esos años. Es
cualquier caso parece seguro que debió entrar en contacto al menos con las ideas
de estos pensadores, a través de tertulias y conversaciones, puesto sus ideas
circulaban oralmente en una Francia aún en efervescencia post-revolucionaria.
Después de la muerte de su primera mujer, entre 1803 y 1806 volvería Europa para
visitar Madrid, Londres, París, Viena, Milán, Roma y Nápoles, regresando por
Estados Unidos, donde visitó varias de sus ciudades del Atlántico. Bolívar
conocerá, acompañado en parte de su viaje de su querido maestro Simón Rodríguez,
una Europa convulsa bajo las guerras napoleónicas, que hunden a la monarquía
española en una profunda crisis. Aparte de una componente personal para
recuperarse de la muerte de su mujer, el viaje tuvo un interés político. Parece
claro que le atrae el dominio en el manejo de los bienes del estado y todo
aquello que puede ser útil para el bienestar de su patria. Puso especial
atención a la relación de influjo y veneración que había logrado Napoleón con el
pueblo francés en esos días de gloria. En Roma, rodeado de los recuerdos de la
época republicana, se consolidó su convicción plena de que debía lucha por la
libertad de los pueblos americanos y de que esa era tarea a ejecutar de ahí en
adelante. Ello culmina en el juramento del Monte Sacro. Su último viaje a Europa
con Luis López Méndez y su antiguo maestro Andrés Bello será como diplomático a
Londres, ya en una delegación de Venezuela en 1810.
Su pensamiento combinó el conocimiento de las ideas más avanzadas de su tiempo
con las que había entardo en contacto en la convulsa Europa, junto la vivencia
de una realidad hispanoamericana impregnada de opresión y mestizaje. No está de
más resaltar que precisamente esa toma de contacto era muy superior a la de
muchos intelectuales españoles, y ya no digamos de sus gobernantes, cada vez más
cerrados en sus fronteras para hacer frente a la epidemia revolucionaria de
Francia, por medio de un cordón sanitario intelectual que bloqueó
correspondencia y el tráfico de libros.
Su pensamiento maduró lentamente a partir de ese poso adquirido. Su expresión
más sólida quedará definida sólo tras muchos años y mucha práctica política.
Bolívar conocerá la victoria y la derrota, se verá aclamado en su gloriosa
entrada en Caracas en 1813, pero cercado deberá huir y exiliarse. Verá como el
imperio español utiliza a los esclavos contra los criollos para evitar la
independencia y observará la sólida fuerza de los pobladores llaneros dirigidos
por Páez.
El Segundo Congreso de Venezuela, convocado por Bolívar, se reúne en Angostura
el 15 de Febrero de 1819. Es en ese momento en que se expresa la máxima madurez
política del Libertador, donde se expresan las ideas que van a permitir iniciar
el combate definitivo por la Independencia. Lo que se inicia como una simple
lucha por la independencia de una monarquía destruida por su degradación y por
la invasión napoleónica, se convierte en una formulación nueva para una sociedad
que solo ha conocido la opresión y la subordinación.
Las ideas-fuerza que expresa ese pensamiento son:
1) El carácter igual de los hombres frente el esquema imperial de castas
devenidas de la voluntad divina. Los hombres nacen todos con derechos iguales a
los bienes de la sociedad. Ello a pesar de que los hombres no son iguales entre
si: La naturaleza hace a los hombres desiguales, en genio, temperamento, fuerzas
y caracteres. Las Leyes corrigen esta diferencia porque colocan al individuo en
la sociedad para que la educación, la industria, las artes, los servicios, las
virtudes, le den una igualdad ficticia, propiamente llamada política y social.
2) Una expresión fundamental de esta igualdad es la emancipación de los esclavos
que instituye por Decreto en 1816. En Angostura plantea: La esclavitud rompió
sus grillos, y Venezuela se ha visto rodeada de nuevos hijos, de hijos
agradecidos que han convertido los instrumentos de su cautiverio en armas de
Libertad. Si, los que antes eran Esclavos, ya son Libres: los que antes eran
enemigos de una Madrastra, ya son defensores de una Patria. Esta emancipación
resultaría determinante para dar soporte al programa independentista, pero se
veía amenazada por los intereses de la clase criolla que hegemonizó ese proceso.
Bolívar insiste en ese aspecto de su programa, porque predetermina el modelo de
sociedad a que se aspira: imploro la confirmación de la Libertad absoluta de los
Esclavos, como imploraría mi vida, y la vida de la República.
3) El gobierno no es un fin en sí mismo, no tiene una finalidad idealista, ni
metafísica fuera de las necesidades de los hombres. El Estado debe servir a
fines específicos y en función de cómo los cumple debe ser evaluado. Por tanto
no existe un modelo de gobierno ideal a copiar de cualquier otro lugar, sino que
se debe improvisar su arquitectura en función de examinar si cumple
correctamente sus objetivos. No olvidando jamás que la excelencia de un Gobierno
no consiste en su teórica, en su forma, ni en su mecanismo. sino en ser
apropiado a la naturaleza y al carácter de la Nación para quien se instituye.
4) Los objetivos supremos de la sociedad organizada deben definirse en función
de sus resultados para el conjunto de la sociedad. Para Bolívar: El sistema de
Gobierno más perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad posible,
mayor suma de seguridad social, y mayor suma de estabilidad política. Esta
formulación radical de la función del Estado enlaza con la que Babeuf plantea
desde su perspectiva socialista.
5) Pero este desarrollo debe realizarse armónicamente con las posibilidades que
permite en ese momento la sociedad latinoamericana. Bolívar es muy consciente de
lo limitado que es el punto de partida y de lo peligroso que puede ser un
enfoque ideológicamente dogmático en ese contexto: Las reliquias de la
dominación Española permanecerán largo tiempo antes que lleguemos a anonadarlas:
el contagio del Despotismo ha impregnado nuestra atmósfera, y ni el fuego de la
guerra, ni el específico de nuestras saludables Leyes han purificado el aire que
respiramos. Y más adelante expresa: No aspiremos a lo imposible, no sea que por
elevarnos sobre la legión de la Libertad, descendamos a la región de la tiranía.
6) La educación debe ser un motor de cambio.
7) El carácter continental de su obra. Si Hispanoamérica no genera un gran
espacio político, se vera condenada a la marginalidad y a nuevas formas de
dependencia.
Sin duda un indicador de hasta qué punto Bolívar se adelantó a su tiempo reside
en el hecho de que la emancipación de los esclavos no fuera reconocida por los
gobiernos posteriores hasta 1854 y que la unidad latinoamericana, ni tan
siquiera lo que fue la Gran Colombia que presidio, aún hoy no se haya alcanzado.
El concepto de socialismo en el siglo XX
No dispongo aquí del espacio suficiente para elaborar una análisis detallado de
cómo evolucionó la idea y la praxis de socialismo a lo largo del siglo XX. Las
ideas de Babeuf llegaron a través de Buonarroti, Blanqui, Marx y Lenin depuradas
al siglo XX. Estos autores fueron superando el elitismo de Babeuf, articulando
un análisis económico más profundo y una articulación conspirativa más efectiva
(más política y menos militarista) y participativa (de un partido con un líder
en que sólo fluye información de arriba abajo, se pasa a un partido con
participación de la base y flujo de información en doble dirección).
La evolución del pensamiento y acción socialista ha sido compleja. Ha generado
grandes resultados: crecimiento industrial en países atrasados, generalización
de las políticas de bienestar en la sanidad y la educación, terminó con el viejo
sistema colonial, y se opuso al recurso a las guerras imperialistas. Pero no ha
estado exento de dificultades y errores. En general se observa en el siglo XX
una praxis socialista cargada de clichés, esquematismos y uniformidad de un
proceso que tiene mucho de eurocentrista.
El frío juez de la Historia nos informa que en último término buena parte de
estas formulaciones finalmente fracasaron, a pesar de sus éxitos iniciales. Hoy
esos procesos deben ser analizados minuciosamente para extraer de ellos las
experiencias positivas y negativas. Pero este estudio no puede ser objetivo.
Para unos se trata de estudiar esas revoluciones para evitar que los de abajo
vuelvan a rebelarse. Para otros se trata de estudiarlas para ver donde se
equivocaron y lograr avanzar allá donde se encallaron. Para los primeros vale
cualquier cosa para desprestigiarlas y desanimar a los de abajo de que osen
cambiar el mundo. Para los segundos es imprescindible conocer la verdad y los
datos para evitar tropezar con el mismo error.
Desde mi punto de vista, algunos de los errores en el siglo XX tienen su raíz en
Babeuf. Se trata de conceptos que se han mantenido y están en la base de las
crisis del socialismo del siglo XX, en particular me interesa insistir en dos:
1) El concepto de Dictadura del Proletariado. Tal como deviene del jacobinismo y
de Babeuf, es un planteamiento incoherente y con alto riesgo político. Es
incoherente porque si se aspira a representar a la mayoría, no hay razón para
sustituir la democracia. Y es arriesgado porque promueve procesos políticos de
sustitución del sujeto revolucionario por una burocracia que acaba teniendo
intereses particulares que se apartan de los de la mayoría. De hecho en Francia
tenía la posible justificación de que no era fácil pasar de la democracia
censitaria (sólo votaban los ciudadanos que pagaban impuestos y tenían domicilio
fijo: la burguesía) a la democracia universal en una sociedad sin medios de
gestión y con alto analfabetismo. En el caso de Rusia se empleó otra
justificación basada en que el proletariado era minoritario respecto del
campesinado (pero nótese el absurdo de que se desarrollara un modelo de
socialismo opuesto a los intereses de los campesinos). En el mundo de hoy, los
trabajadores son tan mayoritarios respecto a sus explotadores que no es posible
ni tan siquiera emplear las precarias justificaciones que se dieron en el
pasado. Lo que necesita la “transición” no es una Dictadura sino más
participación, más democracia. El gran problema de los procesos revolucionarios
es cómo mantener el máximo periodo de tiempo posible la movilización social,
hasta barrer los fundamentos de los viejo, sabiendo que lo natural en una
sociedad no es la “revolución permanente” sino la paz social. La mayoría de las
personas solo participa políticamente en situaciones de tensión y prefiere
dedicarse a sus asuntos (familia, trabajo, ocio, etc.) si puede delegar la
actividad política o cree que su movilización no sirve para nada.
2) La mitificación del Terror como medio de cambio. Aunque Babeuf fue muy
crítico con el Terror jacobino, que quitó el protagonismo a la sociedad en
beneficio de la élite política y desplazó el control de la revolución de las
calles a las comisarías, su conspiración militarista después del Termidor de
hecho contiene una fuerte añoranza de los medios violentos de esa fase de la
revolución. Además, sus herederos -y especialmente Bouanarroti, que es el único
conspirador que se escapa de la muerte y años después dejará el único testimonio
escrito-, aún serán más partidarios de medir la revolución por los litros de
sangre derramada. El Terror selecciona una elite ejecutora que empieza por
silenciar al adversario y acaba por silenciar a toda la sociedad: sin palabra no
hay movilización, y sin movilización social no hay revolución.
Pero por otra parte hay aspectos de los planteamientos de Babeuf que fueron
olvidados en la tradición marxista y que hoy justamente aparecen reivindicados.
Por ejemplo el carácter finalista de los gobiernos. ¿Qué define el carácter
socialista de un gobierno? ¿Cómo debemos medir la eficiencia de un gobierno?
¿Cómo podemos evaluar su coherencia con los objetivos socialistas? Para Marx la
función del gobierno es la socialización de los medios de producción. En la
revolución soviética esto se acabará traduciendo en que se mide el socialismo
por el porcentaje de medios de producción estatalizados. Esta percepción se basa
en un análisis teórico del proceso de producción, pero puede esconder, al
movernos de la teoría a la realidad, una cierta simplificación sobre las
alternativas posibles (propiedad privada individual o estatal). Los trabajadores
soviéticos y de otros países acabaron advirtiendo que ese modelo se podía
convertir en un capitalismo de Estado. Ello también está relacionado con el
dilema de cómo se controla este Estado, y es claro que sin democracia es difícil
que éste se mantenga largos periodos al servicio de la mayoría. Pero existe una
forma alternativa definitoria de medir el grado de socialismo que no está
caracterizado por unos parámetros teóricos de las formas de propiedad, sino por
los resultados sociales obtenidos. Aquí, la orientación de Babeuf, que reformuló
Bolívar, en el sentido de que El sistema de Gobierno más perfecto, es aquel que
produce la mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social, y
mayor suma de estabilidad política resulta muy superior a aquella que mide el
socialismo por el peso de la propiedad estatal de los medios de producción.
Adoptar indicadores de resultado social (esperanza de vida, distribución de la
riqueza, consumo, etc.) permite disponer de criterios para evaluar desde una
perspectiva socialista nueva si es mejor en un caso concreto una propiedad
individual, cooperativa, municipal, regional o estatal. Ello no supone negar el
análisis teórico, que puede y que debe contribuir al debate, sino insistir en
que al final lo que debe decidirnos son los resultados prácticos y no la teoría.
Así, por mucho que diga la teoría, si un fontanero con su empresa individual me
atiende mejor que una empresa del Estado, el socialismo debe preservar la
existencia de ese tipo de empresa individual. Ello no sólo redunda en la mejora
de las condiciones de vida de los ciudadanos de esa sociedad socialista, sino
que permite extender coherentemente esa misma regla a la crítica estructural de
las sociedades capitalistas. Obsérvese las virtudes conmutativas de esa regla.
Así, bajo condiciones de capitalismo, los mismos partidarios de ese nuevo
socialismo frente a un monopolio como el servicio de electricidad si demuestran
(y ello es bien fácil) que atiende mejor al ciudadano cuando es público que
cuando es privado, pueden sostener que no es oportuna su privatización, no tan
sólo desde una perspectiva teórica socialista, sino porque es la opción en la
práctica más racional. En este caso son los voceros del capitalismo quienes
aparecen como ideólogos a la defensiva, si sostienen que esa producción debe ser
privada por principio, aunque funcione peor que bajo un régimen público.
Evidentemente los neoliberales seguirán sosteniendo las privatizaciones porque
su problema no es teórico sino práctico: apropiarse de los grandes beneficios
del tejido económico. Sin embargo, un enfoque emancipador fundamentado en
elementos empíricos racionales y demostrables facilita mucho más la articulación
y hegemonía de una conciencia opuesta al neoliberalismo.
En este sentido tiene relevancia considerar, en la definición del socialismo del
siglo XXI, el pensamiento de Bolívar. No solo tiene elementos que lo hacen
cercano a las tradiciones marxistas (negación de la esclavitud y el racismo o
planteamiento internacionalista en la aspiración política continental), sino que
además tiene elementos que se inspiran en la tradiciones socialistas de la
Revolución Francesa, que aparecen por esa vía de manera oportuna con voz propia
en la reflexión abierta sobre el socialismo en el siglo XXI.
El proceso en Venezuela y sus bases teóricas
Este siglo está empezando con un proceso de emancipación social de nuevo tipo en
Venezuela, que llama poderosamente la atención en todo el mundo, pero muy
especialmente en Latinoamérica. Este proceso tiene elementos particulares
derivados de su situación específica y otros vinculados a la globalización. Se
trata de un proceso de emancipación nacional, que frente al hegemonismo de EEUU
(que expresa políticamente el paradigma del neoliberalismo en el mundo y
particularmente en Latinoamérica), sintetiza la tradición europea socialista y
la tradición continentalista y popular Bolivariana
El preámbulo de la presente revolución fue el Caracazo, una rebelión popular que
surge espontáneamente en febrero de 1989 ante la quiebra de los precarios
sistemas de protección social de Venezuela y que acaba en una masacre. Se trata
de una represión dirigida por un gobierno formalmente socialdemócrata, que llevó
a un total desprestigio de las fachadas partidarias que encubrían políticas
neoliberales. La formulación de la alternativa se plasmó primero
insurreccionalmente por un núcleo de militares bolivarianos que, tras fracasar
en 1992, reaparecen por la vía electoral en forma de un movimiento progresista
cívico-militar que reivindica, frente a la destrucción neoliberal del país, la
tradición y el pensamiento de Simón Bolívar.
Los adversarios de los cambios y parte de los teóricos de izquierda denuncian la
supuesta inconsistencia de ese bagaje teórico que fue formulado por Chávez como
un árbol de tres raíces: Bolívar (igualdad, libertad e integración
latinoamericana), Ezequiel Zamora (soberanía popular y unidad cívico-militar) y
Simón Rodriguez (educación popular).
Hoy resulta que tal bagaje sí ha sido suficiente para crear un bloque de cambio
que ha resistido desde 1998 todas las confrontaciones electorales, golpes de
estado, presiones del gran hermano (y de algún hermano enano), bloqueos... Y no
solo ha resistido, sino que ha ido cohesionando las clases populares con una
fuerza inusitada en estos tiempos de reflujo popular. Su éxito político es la
mejor prueba de la utilidad de ese bagaje teórico.
Sin embargo, ello no se debe a una casualidad. Por el contrario, en Venezuela se
ha desarrollado una nueva propuesta que tiene una sólida base teórica en la
perspectiva de emancipación. Se inserta por una parte en las tradiciones
progresistas emancipatorias y por otra parte plantea una aproximación novedosa
al socialismo que además de crear nuevas formulaciones es capaz de recuperar
valiosas tradiciones que habían sido dejadas de lado en el siglo XX.
En el pasado año este proceso se ha reconocido como un proyecto socialista en
construcción. Ello significa un salto cualitativo, en la medida que reconoce en
qué tradición se inserta y representa una abierta convocatoria a encontrar
complicidades entre los trabajadores de todo el mundo. Ese reconocimiento ha
venido acompañado de una llamada a redefinir un nuevo socialismo. Se ha iniciado
un debate sobre de qué socialismo se trata y cómo se puede implantar en forma
concreta. Y aunque todo está abierto, ya en la práctica hay un gran camino
recorrido. En cierta forma todo está por construir en la teoría y en la
práctica, pero el pueblo de Venezuela ya está definiendo un nuevo modelo que nos
orienta sobre cómo puede ser el socialismo del siglo XXI.
En este sentido hay que empezar a reconocer y destacar algunos nuevos elementos,
que probablemente son la antesala para nuevos niveles de desarrollo social
avanzado, pero que no pueden ser subvalorados, porque ya son construcción social
nueva. Destacan entre ellos las siguientes características innovadoras de ese
nuevo socialismo emergente:
-Democrático, respondiendo a las presioones externas no con el recurso fácil al
Terror sino con más voz, más debate, más participación, implicando a más
personas en el conflicto y renunciando a soluciones desde las elites.
Consiguiendo que el furibundo ataque de los adversarios catalice la respuesta
popular y se convierta en un boomerang para sus propósitos.
-Pacífico, a pesar de dotarse de los meedios para defenderse, evita la
provocación y el derramamiento de sangre hasta el límite de lo posible.
-Plural, rehuyendo la formación de un úúnico partido que apueste por el cambio y
mantiene una plural gestión del poder. Los partidos progresistas cooperan pero a
la vez compiten entre sí electoralmente, manteniendo un sistema efectivo de
control mutuo dentro del bloque transformador.
-Económicamente diverso, empleando todaa la fuerza del Estado en el desarrollo de
las infraestructuras y el comercio exterior, pero impulsando formas de gestión
económica social, familiar e incluso privada.
-Empleando el mercado como medio de traansmisión de información de precios y
evitando el riesgo de corrupción y colapso que supone el centralizar en un único
lugar la formación de precios. Ello sin renunciar a la gestión macroeconómica,
unos presupuestos públicos agresivos y a construir un sector público potente
pero no totalizador.
-Estructurando y reformando el Estado aa través de un proceso constituyente que
establece nuevas formas de participación (como la revocación) por medio de un
sistema legal riguroso y transparente que profundiza la democracia en lugar de
restringirla. En lugar de negar la voz a las minorías reaccionarias (como se
hizo en Francia o Rusia), se le ha dado voz a los millones de excluidos que
jamás habían sido censados.
En realidad este proceso no se ha gestado en ningún gran laboratorio ni
universidad, sino interrelacionando las ideas de los dirigentes que apostaban
por un cambio real con la iniciativa de millones de personas y las complejas
circunstancias que envuelven el proceso. No es tan sorprendente porque también
fue así en las grandes revoluciones del pasado, al menos en las etapas que
fueron plenamente populares y movilizadoras. Hoy puede haber quien desde las
torres de marfil siga negando la consistencia del cambio que se está
desarrollando, criticando teóricamente la endeblez de la teoría que ha creado
las condiciones para impulsar ese cambio. También hubo algunos que frente el
trabajo de Galileo siguieron negando que la tierra girase alrededor del sol,
rebuscando citas irrefutables en libros sagrados.
Quizás esos supuestos teóricos deberían empezar a pensar dónde se han
equivocado, y empezar a buscar dónde está la fuerza de las ideas que están
cambiando las cosas en este proceso. Pero no hay prisa, aún sin su concurso
Venezuela y el mundo… sin embargo se mueven.
Notas
1. Con esa acción, este militar promovido por Robespierre se hizo perdonar su
pasado ante la burguesía moderada, que vio en él al hombre capaz de llevar la
Revolución a sus intereses y permitirle la estabilidad frente al levantisco
pueblo francés. Napoleón emplearía las guerras imperialistas para enfriar los
ánimos revolucionarios de las clases populares.
2. En cierta forma el modelo leninista de partido, parte de ese esquema
simplemente complementándolo, con la circulación de información también en
sentido inverso de la base a la cúpula.
O original está em wwwaporrea.org.