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Camino de Santiago por la Vía de La Plata |
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Peregrinos Canarios |
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Octava Etapa ( continuación ) |
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MONTAMARTA - GRANJA DE MORERUELA . SANTA CROYA DE TERA |
Al poco de reanudar la marcha, y como no, para celebrarlo: ¡
pinchazo !, premio para Jesús después de una graciosa cuestecilla a pleno
solajero. Avanzamos por camino de tierra vecinal hasta incorporarnos a la
carretera general, pasando por encima del río Esla. Después del ascenso de un
pequeño puerto y una grata bajada, toca disfrutar de la ausencia de pendientes,
llaneando varios kilómetros, pero la felicidad no dura mucho y aparece un
ventarrón, que sopla fuerte en contra, el cual tratamos de capear como podemos
a base de continuos abanicos. Con la lengua fuera, llegamos a las inmediaciones
de Tábara; nos tomamos un respiro en el Restaurante Galicia, aliviamos las
necesidad de nutrientes, un cafecito y destino Tábara: ¡ nuestra pesadilla !,
estuvimos perdidos una hora. Si quieren que no les pase lo mismo, bajen junto a
la iglesia-monasterio, que tiene en su fachada una placa relativa al Camino y
tengan paciencia para atravesar, a veces con la montura a cuestas, veredas
intransitables.
Desembocamos en una carretera comarcal y giramos a la izquierda, rodando durante
dos kilómetros, y al llegar a su parte más alta nos incorporamos, otra vez a
la izquierda, a una buena pista que nos conduce, entre jaras y encinas hasta
Bercianos.
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Al salir de este pequeño pueblo hay que extremar la atención, dejando atrás una frondosa plantación de chopos, debemos girar a la derecha, sobrepasando unas bodegas y afrontando una empinada cuesta de tierra, que da al traste con la cadena de Rubén. Mientras Jesús acompaña a Rubén en la reparación de la avería, Óscar y Fernando se adelantan, rodando por un fresco camino orillado de árboles, hasta llegar a Sata Croya de Tera con la intención de conseguir alojamiento. En dicha localidad el Ayuntamiento nos ofrece la oportunidad de pernoctar en los vestuarios del campo de fútbol, pero el aspecto que ofrecen dichas dependencias es de lo más cutre, así que decidimos cruzar el pueblo y, al final del mismo, contactar con una casa rural de la que nos habían hablado. Efectivamente, una morada acogedora, regentada por Anita y Domingo. Este último se ofreció a comprar unos churrascos y chorizos para cenar, y tras una buena ducha de agua caliente, lo acompañamos hasta El Pentágono, bodega de su propiedad, con una solera de más de doscientos años, en perfecto estado de conservación. Hicimos lumbre y dimos buena cuenta de las viandas del país, regadas con exquisito y fresco vino de cosecha propia. La velada, amistosa y relajada, sirvió para hablar de lo divino y de lo humano, para arreglar las deficiencias encontradas en la Ruta de la Plata y, al mismo tiempo, de homenaje al dios romano Baco. Cuando la conversación se hacía ya demasiado espesa y dificultosa - por aquello de los efluvios - y las risas afloraban sin solución de continuidad optamos por retornar al lugar del hospedaje. Pero antes de retirarnos, Domingo se empeñó en que tomáramos un último café en el bar de Germiniano, en Santa Marta. De madrugada era cuando acabamos de cantar las nostálgicas isas, folías y malagueñas... en el horizonte las estrellas, cómplices de nuestra juerga, guiñaban sus ojos de comprensión e ironía. |