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| Comentarios acerca de la novela Chat El Chat de Pedro Camilo Por Manuel Mora Serrano |
| Chat-La otra voz de Pepe S�nchez es una extra�a novela en la tradici�n nacional. En efecto, de su extensi�n, que yo recuerde haber le�do, no hay otra con menos personajes. Hacer una novela donde �nicamente haya dos reales y uno virtual, no es tarea simple para un novelista; acaso lo sea para un cuentista; Pedro Camilo se ha distinguido, hasta ahora, por ser un buen contador de cuentos literarios. �Quiere esto decir que estamos ante un cuento largo? No. Estamos ante una novela corta de acuerdo con todas las definiciones antiguas y modernas del g�nero, sin olvidar que esta colecci�n de la Editora Cole est� dedicada, precisamente a las novelas cortas y aunque sus 188 p�ginas podr�an indicarnos que no es tan breve, su lectura, h�gase morosamente o de un tir�n, nos lo parecer�, sea por los di�logos cortos, como corresponde al medio por el cual se hacen: la computadora; sea por la intensidad de las peripecias hogare�as, o porque se trata de una narraci�n lineal con apenas unos flash back, el caso es que al concluir la lectura tenemos la sensaci�n de que todav�a falta m�s. Con ello quiero decir que no nos ha cansado y que hemos quedado con ganas de que ocurran m�s cosas, aunque la frase final del protagonista nos promete eso y deja campo abierto a la imaginaci�n. He dicho que s�lo hay dos personajes. En efecto, uno de ellos es, naturalmente, Pepe S�nchez, que resulta ser el �nico de quien tendremos perspectivas interiores, ya que lo que piensa o siente la Cuca Smith, la contrapartida femenina, como la tercera en cuesti�n, la virtual Rosalba Evans, quedan en el misterio. Naturalmente, hay personajes referenciales, como la orientadora espiritual Susana Mercedes y la catequista Rufina del Orbe; adem�s se mencionan como entes virtuales a la dama de Coahuila, a la se�ora de Puerto Rico, a la comerciante de Belice y a la muchacha de Bucaramanga pero ninguno de ellos tiene el m�s peque�o rol, de modo que debemos concentrarnos en esos dos reales y esa virtual persona, y de un desconocido pariente que aparece al final y que jugar� un papel decisivo en la soluci�n de la trama. Esbozado as� el panorama, tenemos que el punto de vista del narrador parte desde la perspectiva de un sacerdote cat�lico, y con la iglesia chocamos, Sancho, ah� es donde el autor tiene que hilar fino para no hacerse un chich�n eclesi�stico mereciendo una homil�a cardenalicia y todo porque el buen cura del barrio capitale�o, que no se parece a ninguno que conozcamos, vale decir, que no tiene intenci�n caricaturesca de novela en clave, sino que es pura invenci�n del fabulador, aunque quiz�s haya alguna reminiscencia infantil o juvenil de alguno conocido o referenciado en su Salcedo natal, el caso es que es un tipo singular�smo y como de �l tenemos que hablar m�s adelante, vamos a conversar de la segunda persona, o sea, de Cuca Smith. Es una negra cocola que el buen cura ha encontrado en la patria de los cocolos por excelencia, San Pedro de Macor�s, que se podr�a convertir en tremenda cuca si se le antepone el art�culo y se le quita el apellido y que, en pa�ses hermanos, como Venezuela, es una verdadera mala palabra. Quiz�s el amigo del doble sentido, como es sabido que es cualquier lector criollo, vea en este nombre sonoro una velada sugerencia de alg�n entente sexual entre ella y su patr�n, pero de que lo haya o no lo haya, no est�n tan seguros ni el autor ni el lector. El personaje virtual es Rosalba, Rosalba Evans. Con la cual el sacerdote se chatea y ha llegado a enamorarse, hasta el punto que ha olvidado que no puede mentir y vive en pecado, algo que le produce, como es natural, muchos remordimientos de conciencia, porque las mentiras, cuando se producen, suelen parir otras y otras, hasta el infinito. Lo novedoso, lo actual, es, precisamente, el intercambio a trav�s de este artefacto m�gico. M�s que en su iglesia y para su feligres�a, el padre S�nchez vive en el cuarto donde tiene su computadora y para su enamorada. Hay momentos muy salaces en el intecambio l�dico entre el cura y la argentina (porque ten�a que ser argentina la mujer), culta, por supuesto, como es culto el padre S�nchez y m�dico virtual, para comodidad del autor, que, como el Se�or, hace sus criaturas a su imagen y semejanza, aunque difiera mucho f�sicamente de �l. Si los personajes lo son, la historia misma es gortesca en el fondo. El padre no es un protagonista hermoso, de facha agradable, como suelen ser los personajes de una novela rosa. En cuanto a la Evans, est� escudada detr�s de la c�moda anonimia del chateo y, en cuanto a Cuca (hemos regresado a Cuca otra vez), es una negra cocola de Macor�s del Mar. Pero Cuca Smith tiene un pa'tr�s monumental que encandila al sacerdote y unas tetas que tambi�n lo emocionan, aunque �l, durante todo el trayecto de la narraci�n y justamente antes del final, se escudar� en su inter�s sexual, rabiosamente sexual y profundamente espiritual desde el punto de vista cultural, en Rosalba Evans. De modo que en ese mundo: uno, real, cotidiano, de comidas apresuradas o lentas, de rezos y atenciones a sus feligreses, con su eterna compa�era de protuberantes gl�teos de estiapigia, sus problemas prost�ticos y su doble personalidad y del otro, la falsa vida moderna del chateo, del enamoramiento plat�nico y de ciertas salacidades compartidas, entre el personaje real, que miente y el personaje virtual, que no sabemos si lo hace, se desarrolla toda la trama. La novela se escribe en el filo de la navaja; a caballo entre la fantas�a y la realidad desarmadora, de una obra que pudi�ramos llamar, el desasosiego de un cura. A pesar de las irreverencias (que las hay, aunque no tan graves como para excomulgar al autor), se trata de una historia que tiene cierta fuerza de verdad; uno duda si el autor es o ha sido un sacerdote o alguien que conoce al dedillo algunos secretos profesionales de estos misteriosos seres. Cuca Smith tuvo marido. Al tipo le llamaban Eatsman Kodak Pelegr�n, hijo, naturalmente, de un fot�grafo; adem�s sabremos de un ni�o an�nimo que le pregunta un d�a al cura: -Padre, �usted est� muerto todav�a? Y �l le contesta muy "salcedensemente": -Bueno, mi hijo, estoy entre Lucas y Juan Mej�a. Hay ocurrencias jocosas, por m�s que la novela nos obligue a leerla con cierta sonrisa que a veces se interrumpe en carcajadas: Cuca se lamenta un d�a: -Ay, Futuro Papa, se le fue el apetito. Y �l le contesta con toda su flema: -No, buena mujer, estoy pensando en las bondades del pachul�. Yo no voy a seguir develando las ocurrencias ni los sucedidos de la obra. Ahora bien, lo que yo puedo, como lector, es recomendar la lectura de Chat, la otra voz de Pepe S�nchez, como lo que realmente es: una novela sabrosa en s� misma, agradable de leer, �gil, moderna, fresca, original en su tem�tica y en su trama, bien escrita y una segura promesa de que su autor podr� seguir d�ndonos obras de calidad que enriquecer�n el acervo cultural de todos. Santo Domingo, 13 de diciembre de 2001 |
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