La pesca milagrosa
(Mt. 4.18-22; Mr. 1.16-20)
5
1 Aconteció que estando Jesús junto al lago de Genesaret, el
gentío se agolpaba sobre él para oír la palabra de Dios.
2 Y vio dos barcas que estaban cerca de la orilla del lago; y
los pescadores, habiendo descendido de ellas, lavaban sus redes.
3 Y entrando en una de aquellas barcas, la cual era de Simón,
le rogó que la apartase de tierra un poco; y sentándose,
enseñaba desde la barca a la multitud.
4 Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Boga mar adentro, y
echad vuestras redes para pescar.
5 Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos
estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra
echaré la red.
6 Y habiéndolo hecho, encerraron gran cantidad de peces, y su
red se rompía.
7 Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la
otra barca, para que viniesen a ayudarles; y vinieron, y llenaron
ambas barcas, de tal manera que se hundían.
8 Viendo esto Simón Pedro, cayó de rodillas ante Jesús,
diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.
9 Porque por la pesca que habían hecho, el temor se había
apoderado de él, y de todos los que estaban con él,
10 y asimismo de Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que eran
compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: No temas; desde
ahora serás pescador de hombres.
11 Y cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo, le
siguieron.
Jesús sana a un leproso
(Mt. 8.1-4; Mr. 1.40-45)
12 Sucedió que estando él en una de las ciudades, se
presentó un hombre lleno de lepra, el cual, viendo a Jesús, se
postró con el rostro en tierra y le rogó, diciendo: Señor, si
quieres, puedes limpiarme.
13 Entonces, extendiendo él la mano, le tocó, diciendo:
Quiero; sé limpio. Y al instante la lepra se fue de él.
14 Y él le mandó que no lo dijese a nadie; sino ve, le dijo,
muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu purificación, según
mandó Moisés, para testimonio a ellos.
15 Pero su fama se extendía más y más; y se reunía mucha
gente para oírle, y para que les sanase de sus enfermedades.
16 Mas él se apartaba a lugares desiertos, y oraba.
Jesús sana a un paralítico
(Mt. 9.1-8; Mr. 2.1-12)
17 Aconteció un día, que él estaba enseñando, y estaban
sentados los fariseos y doctores de la ley, los cuales habían
venido de todas las aldeas de Galilea, y de Judea y Jerusalén; y
el poder del Señor estaba con él para sanar.
18 Y sucedió que unos hombres que traían en un lecho a un
hombre que estaba paralítico, procuraban llevarle adentro y
ponerle delante de él.
19 Pero no hallando cómo hacerlo a causa de la multitud,
subieron encima de la casa, y por el tejado le bajaron con el
lecho, poniéndole en medio, delante de Jesús.
20 Al ver él la fe de ellos, le dijo: Hombre, tus pecados te
son perdonados.
21 Entonces los escribas y los fariseos comenzaron a cavilar,
diciendo: ¿Quién es éste que habla blasfemias? ¿Quién puede
perdonar pecados sino sólo Dios?
22 Jesús entonces, conociendo los pensamientos de ellos,
respondiendo les dijo: ¿Qué caviláis en vuestros corazones?
23 ¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados,
o decir: Levántate y anda?
24 Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad
en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te
digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.
25 Al instante, levantándose en presencia de ellos, y tomando
el lecho en que estaba acostado, se fue a su casa, glorificando
a Dios.
26 Y todos, sobrecogidos de asombro, glorificaban a Dios; y
llenos de temor, decían: Hoy hemos visto maravillas.
Llamamiento de Leví
(Mt. 9.9-13; Mr. 2.13-17)
27 Después de estas cosas salió, y vio a un publicano llamado
Leví, sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo:
Sígueme.
28 Y dejándolo todo, se levantó y le siguió.
29 Y Leví le hizo gran banquete en su casa; y había mucha
compañía de publicanos y de otros que estaban a la mesa con
ellos.
30 Y los escribas y los fariseos murmuraban contra los
discípulos, diciendo: ¿Por qué coméis y bebéis con
publicanos y pecadores?
31 Respondiendo Jesús, les dijo: Los que están sanos no
tienen necesidad de médico, sino los enfermos.
32 No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al
arrepentimiento.
La pregunta sobre el ayuno
(Mt. 9.14-17; Mr. 2.18-22)
33 Entonces ellos le dijeron: ¿Por qué los discípulos de
Juan ayunan muchas veces y hacen oraciones, y asimismo los de los
fariseos, pero los tuyos comen y beben?
34 El les dijo: ¿Podéis acaso hacer que los que están de
bodas ayunen, entre tanto que el esposo está con ellos?
35 Mas vendrán días cuando el esposo les será quitado;
entonces, en aquellos días ayunarán.
36 Les dijo también una parábola: Nadie corta un pedazo de un
vestido nuevo y lo pone en un vestido viejo; pues si lo hace, no
solamente rompe el nuevo, sino que el remiendo sacado de él no
armoniza con el viejo.
37 Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el
vino nuevo romperá los odres y se derramará, y los odres se
perderán.
38 Mas el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar; y lo uno y
lo otro se conservan.
39 Y ninguno que beba del añejo, quiere luego el nuevo; porque
dice: El añejo es mejor.
Los discípulos recogen espigas en el día de reposo
(Mt. 12.1-8; Mr. 2.23-28)
6
1 Aconteció en un día de reposo, que pasando Jesús por los
sembrados, sus discípulos arrancaban espigas y comían,
restregándolas con las manos.
2 Y algunos de los fariseos les dijeron: ¿Por qué hacéis lo
que no es lícito hacer en los días de reposo?
3 Respondiendo Jesús, les dijo: ¿Ni aun esto habéis leído,
lo que hizo David cuando tuvo hambre él, y los que con él
estaban;
4 cómo entró en la casa de Dios, y tomó los panes de la
proposición, de los cuales no es lícito comer sino sólo a los
sacerdotes, y comió, y dio también a los que estaban con él?
5 Y les decía: El Hijo del Hombre es Señor aun del día de
reposo.
El hombre de la mano seca
(Mt. 12.9-14; Mr. 3.1-6)
6 Aconteció también en otro día de reposo, que él entró en
la sinagoga y enseñaba; y estaba allí un hombre que tenía seca
la mano derecha.
7 Y le acechaban los escribas y los fariseos, para ver si en el
día de reposo lo sanaría, a fin de hallar de qué acusarle.
8 Mas él conocía los pensamientos de ellos; y dijo al hombre
que tenía la mano seca: Levántate, y ponte en medio. Y él,
levantándose, se puso en pie.
9 Entonces Jesús les dijo: Os preguntaré una cosa: ¿Es
lícito en día de reposo hacer bien, o hacer mal? ¿salvar la
vida, o quitarla?
10 Y mirándolos a todos alrededor, dijo al hombre: Extiende tu
mano. Y él lo hizo así, y su mano fue restaurada.
11 Y ellos se llenaron de furor, y hablaban entre sí qué
podrían hacer contra Jesús.
Elección de los doce apóstoles
(Mt. 10.1-4; Mr. 3.13-19)
12 En aquellos días él fue al monte a orar, y pasó la noche
orando a Dios.
13 Y cuando era de día, llamó a sus discípulos, y escogió a
doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles:
14 a Simón, a quien también llamó Pedro, a Andrés su
hermano, Jacobo y Juan, Felipe y Bartolomé,
15 Mateo, Tomás, Jacobo hijo de Alfeo, Simón llamado Zelote,
16 Judas hermano de Jacobo, y Judas Iscariote, que llegó a ser
el traidor.
Jesús atiende a una multitud
(Mt. 4.23-25)
17 Y descendió con ellos, y se detuvo en un lugar llano, en
compañía de sus discípulos y de una gran multitud de gente de
toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón, que
había venido para oírle, y para ser sanados de sus enfermedades;
18 y los que habían sido atormentados de espíritus inmundos
eran sanados.
19 Y toda la gente procuraba tocarle, porque poder salía de
él y sanaba a todos.
Bienaventuranzas y ayes
(Mt. 5.1-12)
20 Y alzando los ojos hacia sus discípulos, decía:
Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de
Dios.
21 Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis
saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.
22 Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, y
cuando os aparten de sí, y os vituperen, y desechen vuestro
nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre.
23 Gozaos en aquel día, y alegraos, porque he aquí vuestro
galardón es grande en los cielos; porque así hacían sus padres
con los profetas.
24 Mas ¡ay de vosotros, ricos! porque ya tenéis vuestro consuelo.
25 ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados! porque tendréis hambre.
¡Ay de vosotros, los que ahora reís! porque lamentaréis y lloraréis.
26 ¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de
vosotros! porque así hacían sus padres con los falsos profetas.
El amor hacia los enemigos, y la regla de oro
(Mt. 5.38-48; 7.12)
27 Pero a vosotros los que oís, os digo: Amad a vuestros
enemigos, haced bien a los que os aborrecen;
28 bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os
calumnian.
29 Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la
otra; y al que te quite la capa, ni aun la túnica le niegues.
30 A cualquiera que te pida, dale; y al que tome lo que es
tuyo, no pidas que te lo devuelva.
31 Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, así
también haced vosotros con ellos.
32 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?
Porque también los pecadores aman a los que los aman.
33 Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito
tenéis? Porque también los pecadores hacen lo mismo.
34 Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir,
¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores prestan a
los pecadores, para recibir otro tanto.
35 Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no
esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y
seréis hijos del Altísimo; porque él es benigno para con los
ingratos y malos.
36 Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es
misericordioso.
El juzgar a los demás
(Mt. 7.1-5)
37 No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no
seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados.
38 Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y
rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida
con que medís, os volverán a medir.
39 Y les decía una parábola: ¿Acaso puede un ciego guiar a
otro ciego? ¿No caerán ambos en el hoyo?
40 El discípulo no es superior a su maestro; mas todo el que
fuere perfeccionado, será como su maestro.
41 ¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano,
y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?
42 ¿O cómo puedes decir a tu hermano: Hermano, déjame sacar
la paja que está en tu ojo, no mirando tú la viga que está en
el ojo tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu propio ojo, y
entonces verás bien para sacar la paja que está en el ojo de tu
hermano.
Por sus frutos los conoceréis
(Mt. 7.15-20)
43 No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el
que da buen fruto.
44 Porque cada árbol se conoce por su fruto; pues no se
cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian
uvas.
45 El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo
bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo
malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca.
Los dos cimientos
(Mt. 7.24-27)
46 ¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que
yo digo?
47 Todo aquel que viene a mí, y oye mis palabras y las hace,
os indicaré a quién es semejante.
48 Semejante es al hombre que al edificar una casa, cavó y
ahondó y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino una
inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no
la pudo mover, porque estaba fundada sobre la roca.
49 Mas el que oyó y no hizo, semejante es al hombre que
edificó su casa sobre tierra, sin fundamento; contra la cual el
río dio con ímpetu, y luego cayó, y fue grande la ruina de
aquella casa.
Jesús sana al siervo de un centurión
(Mt. 8.5-13)
7
1 Después que hubo terminado todas sus palabras al pueblo que
le oía, entró en Capernaum.
2 Y el siervo de un centurión, a quien éste quería mucho,
estaba enfermo y a punto de morir.
3 Cuando el centurión oyó hablar de Jesús, le envió unos
ancianos de los judíos, rogándole que viniese y sanase a su
siervo.
4 Y ellos vinieron a Jesús y le rogaron con solicitud,
diciéndole: Es digno de que le concedas esto;
5 porque ama a nuestra nación, y nos edificó una sinagoga.
6 Y Jesús fue con ellos. Pero cuando ya no estaban lejos de la
casa, el centurión envió a él unos amigos, diciéndole:
Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres bajo mi
techo;
7 por lo que ni aun me tuve por digno de venir a ti; pero di
la palabra, y mi siervo será sano.
8 Porque también yo soy hombre puesto bajo autoridad, y tengo
soldados bajo mis órdenes; y digo a éste: Ve, y va; y al otro:
Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.
9 Al oír esto, Jesús se maravilló de él, y volviéndose,
dijo a la gente que le seguía: Os digo que ni aun en Israel he
hallado tanta fe.
10 Y al regresar a casa los que habían sido enviados, hallaron
sano al siervo que había estado enfermo.
Jesús resucita al hijo de la viuda de Naín
11 Aconteció después, que él iba a la ciudad que se llama
Naín, e iban con él muchos de sus discípulos, y una gran
multitud.
12 Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que
llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la
cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad.
13 Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le
dijo: No llores.
14 Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se
detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate.
15 Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a
hablar. Y lo dio a su madre.
16 Y todos tuvieron miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: Un
gran profeta se ha levantado entre nosotros; y: Dios ha visitado
a su pueblo.
17 Y se extendió la fama de él por toda Judea, y por toda la
región de alrededor.
Los mensajeros de Juan el Bautista
(Mt. 11.2-19)
18 Los discípulos de Juan le dieron las nuevas de todas estas
cosas. Y llamó Juan a dos de sus discípulos,
19 y los envió a Jesús, para preguntarle: ¿Eres tú el que
había de venir, o esperaremos a otro?
20 Cuando, pues, los hombres vinieron a él, dijeron: Juan el
Bautista nos ha enviado a ti, para preguntarte: ¿Eres tú el que
había de venir, o esperaremos a otro?
21 En esa misma hora sanó a muchos de enfermedades y plagas, y
de espíritus malos, y a muchos ciegos les dio la vista.
22 Y respondiendo Jesús, les dijo: Id, haced saber a Juan lo
que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los
leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son
resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio;
23 y bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí.
24 Cuando se fueron los mensajeros de Juan, comenzó a decir de
Juan a la gente: ¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña
sacudida por el viento?
25 Mas ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de
vestiduras delicadas? He aquí, los que tienen vestidura preciosa
y viven en deleites, en los palacios de los reyes están.
26 Mas ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y
más que profeta.
27 Este es de quien está escrito:
- He aquí, envío mi mensajero delante de tu faz,
- El cual preparará tu camino delante de ti.
28 Os digo que entre los nacidos de mujeres, no hay mayor
profeta que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino
de Dios es mayor que él.
29 Y todo el pueblo y los publicanos, cuando lo oyeron,
justificaron a Dios, bautizándose con el bautismo de Juan.
30 Mas los fariseos y los intérpretes de la ley desecharon los
designios de Dios respecto de sí mismos, no siendo bautizados
por Juan.
31 Y dijo el Señor: ¿A qué, pues, compararé los hombres de
esta generación, y a qué son semejantes?
32 Semejantes son a los muchachos sentados en la plaza, que dan
voces unos a otros y dicen: Os tocamos flauta, y no bailasteis;
os endechamos, y no llorasteis.
33 Porque vino Juan el Bautista, que ni comía pan ni bebía
vino, y decís: Demonio tiene.
34 Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: Este es
un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y de
pecadores.
35 Mas la sabiduría es justificada por todos sus hijos.
Jesús en el hogar de Simón el fariseo
36 Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y
habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa.
37 Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber
que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco
de alabastro con perfume;
38 y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a
regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y
besaba sus pies, y los ungía con el perfume.
39 Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo
para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase
de mujer es la que le toca, que es pecadora.
40 Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa
tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro.
41 Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos
denarios, y el otro cincuenta;
42 y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di,
pues, ¿cuál de ellos le amará más?
43 Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó
más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado.
44 Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré
en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado
mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos.
45 No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado
de besar mis pies.
46 No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con
perfume mis pies.
47 Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son
perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona
poco, poco ama.
48 Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados.
49 Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron
a decir entre sí: ¿Quién es éste, que también perdona
pecados?
50 Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, vé en paz.
Mujeres que sirven a Jesús
8
1 Aconteció después, que Jesús iba por todas las ciudades y
aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y
los doce con él,
2 y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus
malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la
que habían salido siete demonios,
3 Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, y Susana, y
otras muchas que le servían de sus bienes.
Parábola del sembrador
(Mt. 13.1-15, 18-23; Mr. 4.1-20)
4 Juntándose una gran multitud, y los que de cada ciudad
venían a él, les dijo por parábola:
5 El sembrador salió a sembrar su semilla; y mientras
sembraba, una parte cayó junto al camino, y fue hollada, y las
aves del cielo la comieron.
6 Otra parte cayó sobre la piedra; y nacida, se secó, porque
no tenía humedad.
7 Otra parte cayó entre espinos, y los espinos que nacieron
juntamente con ella, la ahogaron.
8 Y otra parte cayó en buena tierra, y nació y llevó fruto a
ciento por uno. Hablando estas cosas, decía a gran voz: El que
tiene oídos para oír, oiga.
9 Y sus discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Qué significa
esta parábola?
10 Y él dijo: A vosotros os es dado conocer los misterios del
reino de Dios; pero a los otros por parábolas, para que viendo
no vean, y oyendo no entiendan.
11 Esta es, pues, la parábola: La semilla es la palabra de
Dios.
12 Y los de junto al camino son los que oyen, y luego viene el
diablo y quita de su corazón la palabra, para que no crean y se
salven.
13 Los de sobre la piedra son los que habiendo oído, reciben
la palabra con gozo; pero éstos no tienen raíces; creen por
algún tiempo, y en el tiempo de la prueba se apartan.
14 La que cayó entre espinos, éstos son los que oyen, pero
yéndose, son ahogados por los afanes y las riquezas y los
placeres de la vida, y no llevan fruto.
15 Mas la que cayó en buena tierra, éstos son los que con
corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y dan fruto con
perseverancia.
Nada oculto que no haya de ser manifestado
(Mr. 4.21-25)
16 Nadie que enciende una luz la cubre con una vasija, ni la
pone debajo de la cama, sino que la pone en un candelero para que
los que entran vean la luz.
17 Porque nada hay oculto, que no haya de ser manifestado; ni
escondido, que no haya de ser conocido, y de salir a luz.
18 Mirad, pues, cómo oís; porque a todo el que tiene, se le
dará; y a todo el que no tiene, aun lo que piensa tener se le
quitará.
La madre y los hermanos de Jesús
(Mt. 12.46-50; Mr. 3.31-35)
19 Entonces su madre y sus hermanos vinieron a él; pero no
podían llegar hasta él por causa de la multitud.
20 Y se le avisó, diciendo: Tu madre y tus hermanos están
fuera y quieren verte.
21 El entonces respondiendo, les dijo: Mi madre y mis hermanos
son los que oyen la palabra de Dios, y la hacen.
Jesús calma la tempestad
(Mt. 8.23-27; Mr. 4.35-41)
22 Aconteció un día, que entró en una barca con sus
discípulos, y les dijo: Pasemos al otro lado del lago. Y
partieron.
23 Pero mientras navegaban, él se durmió. Y se desencadenó
una tempestad de viento en el lago; y se anegaban y peligraban.
24 Y vinieron a él y le despertaron, diciendo: ¡Maestro,
Maestro, que perecemos! Despertando él, reprendió al viento y a
las olas; y cesaron, y se hizo bonanza.
25 Y les dijo: ¿Dónde está vuestra fe? Y atemorizados, se
maravillaban, y se decían unos a otros: ¿Quién es éste, que
aun a los vientos y a las aguas manda, y le obedecen?
El endemoniado gadareno
(Mt. 8.28-34; Mr. 5.1-20)
26 Y arribaron a la tierra de los gadarenos, que está en la
ribera opuesta a Galilea.
27 Al llegar él a tierra, vino a su encuentro un hombre de la
ciudad, endemoniado desde hacía mucho tiempo; y no vestía ropa,
ni moraba en casa, sino en los sepulcros.
28 Este, al ver a Jesús, lanzó un gran grito, y postrándose
a sus pies exclamó a gran voz: ¿Qué tienes conmigo, Jesús,
Hijo del Dios Altísimo? Te ruego que no me atormentes.
29 (Porque mandaba al espíritu inmundo que saliese del hombre,
pues hacía mucho tiempo que se había apoderado de él; y le
ataban con cadenas y grillos, pero rompiendo las cadenas, era
impelido por el demonio a los desiertos.)
30 Y le preguntó Jesús, diciendo: ¿Cómo te llamas? Y él
dijo: Legión. Porque muchos demonios habían entrado en él.
31 Y le rogaban que no los mandase ir al abismo.
32 Había allí un hato de muchos cerdos que pacían en el
monte; y le rogaron que los dejase entrar en ellos; y les dio
permiso.
33 Y los demonios, salidos del hombre, entraron en los cerdos;
y el hato se precipitó por un despeñadero al lago, y se ahogó.
34 Y los que apacentaban los cerdos, cuando vieron lo que
había acontecido, huyeron, y yendo dieron aviso en la ciudad y
por los campos.
35 Y salieron a ver lo que había sucedido; y vinieron a
Jesús, y hallaron al hombre de quien habían salido los
demonios, sentado a los pies de Jesús, vestido, y en su cabal
juicio; y tuvieron miedo.
36 Y los que lo habían visto, les contaron cómo había sido
salvado el endemoniado.
37 Entonces toda la multitud de la región alrededor de los
gadarenos le rogó que se marchase de ellos, pues tenían gran
temor. Y Jesús, entrando en la barca, se volvió.
38 Y el hombre de quien habían salido los demonios le rogaba
que le dejase estar con él; pero Jesús le despidió, diciendo:
39 Vuélvete a tu casa, y cuenta cuán grandes cosas ha hecho
Dios contigo. Y él se fue, publicando por toda la ciudad cuán
grandes cosas había hecho Jesús con él.
La hija de Jairo, y la mujer que tocó el manto de Jesús
(Mt. 9.18-26; Mr. 5.21-43)
40 Cuando volvió Jesús, le recibió la multitud con gozo;
porque todos le esperaban.
41 Entonces vino un varón llamado Jairo, que era principal de
la sinagoga, y postrándose a los pies de Jesús, le rogaba que
entrase en su casa;
42 porque tenía una hija única, como de doce años, que se
estaba muriendo.
Y mientras iba, la multitud le oprimía.
43 Pero una mujer que padecía de flujo de sangre desde hacía
doce años, y que había gastado en médicos todo cuanto tenía,
y por ninguno había podido ser curada,
44 se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto; y al
instante se detuvo el flujo de su sangre.
45 Entonces Jesús dijo: ¿Quién es el que me ha tocado? Y
negando todos, dijo Pedro y los que con él estaban: Maestro, la
multitud te aprieta y oprime, y dices: ¿Quién es el que me ha
tocado?
46 Pero Jesús dijo: Alguien me ha tocado; porque yo he
conocido que ha salido poder de mí.
47 Entonces, cuando la mujer vio que no había quedado oculta,
vino temblando, y postrándose a sus pies, le declaró delante de
todo el pueblo por qué causa le había tocado, y cómo al
instante había sido sanada.
48 Y él le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; ve en paz.
49 Estaba hablando aún, cuando vino uno de casa del principal
de la sinagoga a decirle: Tu hija ha muerto; no molestes más al
Maestro.
50 Oyéndolo Jesús, le respondió: No temas; cree solamente, y
será salva.
51 Entrando en la casa, no dejó entrar a nadie consigo, sino a
Pedro, a Jacobo, a Juan, y al padre y a la madre de la niña.
52 Y lloraban todos y hacían lamentación por ella. Pero él
dijo: No lloréis; no está muerta, sino que duerme.
53 Y se burlaban de él, sabiendo que estaba muerta.
54 Mas él, tomándola de la mano, clamó diciendo: Muchacha,
levántate.
55 Entonces su espíritu volvió, e inmediatamente se levantó;
y él mandó que se le diese de comer.
56 Y sus padres estaban atónitos; pero Jesús les mandó que a
nadie dijesen lo que había sucedido.
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