SIGLO XVI: ORGANIZACIÓN INTERNA
REDACCIÓN DE LAS CONSTITUCIONES
Los comienzos de los Barnabitas no fueron nada fáciles.
En primer lugar les afectó profundamente la muerte prematura del Santo Fundador, fallecido a los 37 años, cuando la Congregación sólo contaba con seis años de existencia.
Les llegó a faltar así a nuestros primeros Padres ese empuje que suelen dar los fundadores a sus instituciones y, sobre todo, unas reglas y constituciones que concretasen, con el aval de la experiencia, la idea de Reforma que cultivaba San Antonio María y orientasen hacia un enfoque seguro la actividad sucesiva de la Congregación.
Cuando San Antonio María Zaccaria murió no dejó más que un bosquejo de Constituciones, junto con unas pocas Cartas y unos Sermones que carecían, además, de una forma definitiva.
Para una redacción definitiva de las Constituciones hubo de esperar hasta 1579.
Fue entonces cuando un equipo de siete Padres, nombrado por el Capítulo General de 1573, con el auxilio del exquisito latinista P. Carlos Bascapé, antiguo secretario de San Carlos Borromeo y, a la sazón, novicio barnabita, bajo la presidencia del P. General Juan Pedro Besozzi y del mismo Cardenal Carlos Borromeo, les dio la forma actual, verdadero prototipo de Código, que todos admiran, donde se conjugan armoniosamente las frías exigencias del Derecho Canónico con la suavidad de la Sagrada Escritura y la fuerza de convicción del consejo ascético.
CRISIS Y PERSECUCIONES
No poco influjo ejercieron también en el ánimo de nuestros primeros padres las criticas, murmuraciones, e incluso calumnias y persecuciones a que fueron sometidos en sucesivas oleadas -1534 y 1551-2-, por algunos religiosos y seglares que veían en la forma de vida de los nuestros y en sus austeras penitencias públicas un silencioso reproche y un continuo desafío a sus relajadas costumbres.
Las voces cada vez más insistentes llegaron hasta las autoridades superiores y el 5 de octubre de 1534, en Milán, se celebró un proceso delante de la triple representación del Senado de la ciudad, del Obispo diocesano y de la Inquisición.
El santo Fundador tuvo que responder de cargos tales como perturbación del orden público y penitencias externas excesivas máxime si practicadas por religiosos hijos de familias nobles y acomodadas cuyo buen renombre parecía perjudicado por el desprecio que aquellas formas suscitaban en la gente.
No faltaban, además, absurdas insinuaciones de falsa piedad, superstición y herejía de la que se tachaba la doctrina de Fray Bautista de Crema, padre espiritual de San Antonio María, y que los nuestros seguían.
Huelga decir que de todas esas perversas maquinaciones el Fundador y su familia religiosa salieron con plena absolución por inconsistencia de las mismas.
Sin embargo el peligro para la naciente institución, que estuvo a punto de hundirse, fue realmente muy grave.
La crisis surtió efectos positivos y negativos al mismo tiempo.
En lo positivo, sirvió para afianzar los miembros del instituto en la convicción de divino beneplácito sobre el mismo y abrir una nueva etapa de su historia. En lo negativo, la novedosa situación que vino creándose condujo a los Padres, desencantados de los contactos con el mundo, a un repliegue del primitivo espíritu hecho de dinamismo y vivacidad en la acción apostólica, hacia formas de vida monástica que luego costaría mucho superar.
Cabe, además, subrayar el hecho de que debido al descrédito en que la Institución había caído en la opinión pública, mermó mucho la afluencia de nuevos sujetos a la misma.
Desde entonces nuestra Congregación sufrió de escasez de elementos, ya que el procedimiento de admisión y selección se fue haciendo cada vez más severo.
PRIMEROS PASOS...
Sin embargo, como consecuencia de las dolorosas experiencias vividas, las nuevas generaciones de barnabitas se formaron a la escuela del más alto sacrificio y renuncia.
Ejemplo clásico en los anales de la Congregación quedó la prueba impuesta al joven Alejandro Sauli (1534-1592), procedente de una familia de la mejor aristocracia genovesa afincada en Milán, en el momento de solicitar el ingreso en la Congregación.
A Alejandro, vestido de sus lujosos trajes, los Padres le mandaron que cargase con una Cruz y fuese a predicar sobre la vanidad de las cosas mundanas en la "Piazza dei Mercanti" de Milán, abarrotada de feriantes, compradores y curiosos de todo tipo.
Alejandro, que tenía 17 años y, según él mismo decía, "venía a esta Congregación para abandonarse totalmente en las manos de la obediencia a fin de no tener nunca comodidad alguna de cuerpo y alma", superó humilde y generosamente la prueba.
Su vida pasó como un meteoro luminoso en la historia de la Orden: a los 34 años ya era General de la misma y a los 36 era nombrado, por San Pío V, Obispo de Aleria en Córcega y, luego, de Pavia en Italia.
Con él la Congregación cobró nueva vida y se abrió a más anchos horizontes, ya que en los 15 años que permaneció en la misma se pusieron los cimientos para una íntegra formación humana, intelectual y religiosa que pasará a ser heredad e insignia de los Barnabitas venideros, hasta hoy en día.
No es de extrañar, pues, que a finales de 1500, con tales sistemas y hombres de esa talla, la fama de los Barnabitas y su recio espíritu se fuera abriendo paso.
San Pío V, San Ignacio de Loyola, San Felipe Neri, aprecian a los barnabitas y no dejan ocasión alguna para exaltar "a los buenos padres".
San Carlos Borromeo escoge por confesor al mismo San Alejandro Sauli y ama sentarse a la mesa de los Padres y en el silencio del claustro de "San Bernabé" se retira a menudo para sus ejercicios espirituales. No rehusa someterse a los servicios más humildes, como el de lavar los platos de los Padres, considerándose uno de ellos. Su agradecimiento hacia estos preciosos colaboradores de su diócesis no puede ser más sincero ya que reconoce "cuán grande es el servicio que Dios nuestro Señor recibe en esta Iglesia mía por obra de los Padres de San Bernabé y cuál es la protección que yo les concedo por su vida intachable y santos ejercicios".
Paulatinamente la obra va madurando y no tardan en llevarse a cabo las primeras fundaciones.
Por invitación de Carlos Borromeo, en 1570 se abre una casa en Cremona, la patria del Santo Fundador, y en 1572 en Monza.
En los mismos años, el P. General recibe la propuesta de una fundación en Portugal, en la que se le ofrecen muy buenas condiciones. Sin embargo, no se hace nada concreto, ya que la Congregación aún no está preparada ni en cuanto a personal ni en cuanto a mentalidad para correr el riesgo de un establecimiento en un territorio prácticamente desconocido.
En resumen, durante el siglo XVI, los Padres emprendieron varias actividades, tendientes todas ellas a reformar el clima, el ambiente, donde irradiaban más por el ejemplo que arrastra que por elegantes sermones: predicación, confesiones, conferencias espirituales públicas, penitencias personales y colectivas, reforma de conventos de religiosos y religiosas: una labor profundamente renovadora, pero casi exclusivamente limitada al apostolado directo, que muy poco se diferenciaba a la de un equipo de sacerdotes diocesanos.
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