Cartas, 2

 
 

 


Verdad es, queridos, que Dios ha creado el espíritu del hombre voluble e inconstante; pero, ¿por qué? Seguramente para que el hombre no llegue a estabilizarse en el mal.  En segundo lugar, para que, una vez alcanzado un bien, no se detenga en él, sino que pase a uno más grande, y de éste a otro más grande todavía; de suerte que, pasando progresivamente de una a otra virtud, logre alcanzar la cumbre de la perfección.

De esto mismo proviene una idéntica inestabilidad del hombre en el mal.  En efecto, no hallando él paz y descanso en el mal, de por si no sabría determinarse a hacerlo, y menos todavía perseverar en él. De aquí que en lugar de continuar en el mal, hace retorno al bien; así como no hallando tampoco la paz y la satisfacción en las criaturas, no puede estabilizarse definitivamente en ellas, y entonces se siente elevado hacia Dios.

 

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